Paul Feyerabend señala en un escrito titulado “Expertos en una sociedad libre” que el lenguaje académico ha contaminado la claridad en la expresión. El discurso académico se llena de adjetivos y palabras sofisticadas que disfraza el lenguaje sencillo para aparentar una supuesta profundidad. Esto nos pasa a todos los académicos: a veces consciente o no, asumimos que el lenguaje complejo es “profundo”. Si el lenguaje ordinario o ético se parece al discurso científico, por mencionar un ejemplo, entonces parece darle firmeza o cierto prestigio ante los oyentes.
Paul Feyerabend pone ejemplos sencillos de esta “contaminación” del lenguaje:
Quieren decir que en el comité han participado más de ochenta personas y que el informe contiene los elementos comunes de lo que han escrito 30 de los ochenta y dicen: “este informe intenta reflejar un consenso de treinta informes que han sido presentados por los más de ochenta observadores participantes” (Feyerabend, 2001, p.39).
El lenguaje ordinario se ha contaminado del lenguaje académico porque sugiere que se es “más formal” o “profundo”. Pero a menudo hablar claro y directo es visto como no “interesante” o que no aporta contenido.
Se ha criticado así, en el campo de la Filosofía, que se realizan discursos que no dicen nada con sentido. Producen emociones diversas que parecen importantes, pero no son así. El llamado discurso posmoderno entendido como la inexistencia de la verdad (siendo al mismo tiempo, por paradójico, verdadero que “no hay verdad”), sería un ejemplo de ello.
¿Qué criterios nos pueden servir para distinguir palabrería frente a un discernimiento auténticamente filosófico? Primero, se deben presentar razones y argumentos a favor de las posturas defendidas o refutadas. Y en segundo lugar, se debe ser capaz de clarificar los términos que utiliza en sus argumentos. Si se utilizan términos que no son de uso común o metafóricos, habrá que explicar qué uso se le dan y qué razones justifican su aceptación. Esas razones tendrán que tener algún soporte en la misma realidad empírica que accedemos todos.
Referencias
Feyerabend, P. (2001). ¿Por qué no Platón? Madrid: Tecnos.
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