El Día Nacional del Cine Mexicano, ¿se tiene algo qué celebrar?

El Día Nacional del Cine Mexicano llega en el momento en que se vive la peor época creativa de la producción nacional.   El Día Nacional del Cine Mexicano llega en el momento en que se vive...

17 de agosto, 2018 dia-nacional-del-cine-mexicano

El Día Nacional del Cine Mexicano llega en el momento en que se vive la peor época creativa de la producción nacional.

 

  • El Día Nacional del Cine Mexicano llega en el momento en que se vive la peor época creativa de la producción nacional

El pasado 20 de abril, el Senado de la República aprobó, de manera unánime, que a partir de este pasado 15 de agosto, se celebre el Día Nacional del Cine Mexicano, debido a que el país tiene una importante industria, que ha sido reconocida a nivel mundial y que otorga aproximadamente el 15% del Producto Interno Bruto anual, en materia cultural. La mayoría de la producción nacional está producida por el Estado, vía el IMCINE y sus “filiales”, el FOPROCINE y el FIDECINE. El primero, en teoría, se dedica a financiar parcialmente, filmes de “calidad”, mientras el segundo produce cintas más comerciales.

Para la celebración, desde el 15 hasta el 24 de agosto, se realizarán diversos eventos, desde proyecciones, exposiciones, conferencias, etc., en diferentes sedes en diferentes estados. La Cineteca Nacional, el Centro Cultural Universitario, el Cinematógrafo del Chopo, el Centro Cultural José Martí, e incluso el Sistema de Transporte Colectivo Metro, entre otras instancias, son los lugares escogidos. La programación puede consultarse en https://www.imcine.gob.mx/cine-mexicano/festivales-mercados-y-premios-mexicanos/festivales-mexicanos/dia-nacional-del-cine-mexicano-2018. Ahora bien, siendo realistas, a pesar del éxito de público que están gozando muchas producciones y que se realiza un saludable número de filmes, la pregunta sería, ¿hay, en verdad, algo qué celebrar?

La mayoría de las cintas que se exhiben con éxito en cartelera son comedias románticas que repiten los elencos de las telenovelas, dirigidas por jóvenes poco o nada interesados en arriesgarse, que sacrifican la calidad en pos de obtener el éxito económico y una continuidad en sus carreras. La lista de cintas mexicanas que se estrenan cada semana, si bien es cierto es mayor que en muchos años, quizá desde los años 80, la calidad está estandarizada en malas actuaciones, actores conocidos por trabajar en telenovelas o comediantes televisivos, todos ellos con menos talento que una ardilla corriendo en una rueda. Vamos, el cine mexicano es mil veces menos entretenido que los videos de gatos que hay en Youtube. De las más de 100 cintas que se producen al año, la mayoría son productos destinados al consumo masivo, que repiten la fórmula de los filmes norteamericanos más vulgares y que no aportan nada cinematográficamente hablando. A pesar de que se presume que tienen buena factura, generalmente, entre la pésima dicción de los actores que intervienen en ellas y el mal microfoneo que se les hace, son prácticamente inteligibles; la fotografía, que si bien es superior a la que se hacía en décadas anteriores, en muchas ocasiones está mal enfocada y la música es espantosa. Abundan las malas actuaciones y del glamour que se presumía en los 40s y 50s, no queda absolutamente nada; las nuevas “estrellas” desmerecen ante la presencia, ya no digamos, de María Félix, Dolores del Río, Arturo De Córdova o Pedro Infante, sino, incluso, de gente como Chachita, Fredy Fernández “El Pichi” o Clavillazo. En lugar de esto, hay que soportar a Martha Higareda (y sus horribles senos), Mauricio “Cara de bobo” Ochmann, Aislinn Derbez, Fernanda Castillo y demás, que sabe Dios por qué se pudieron graduar de las academias de actuación. En lugar de los súper dotados directores como Fernando de Fuentes, Emilio “indio” Fernández, Ismael Rodríguez, Alejandro Galindo, Felipe Cazals, Arturo Rispein, Guillermo del Toro, Alejandro G. Iñarritu o Alfonso Cuarón, que recibieron muchos reconocimientos a nivel internacional, el cine de los últimos años está dirigido por Manolo Caro y otros tantos que parecen clones de Manolo Caro. No hay una sola obra rescatable, y las pocas que se han realizado pasan desapercibidas por la mayoría de no sólo el público sino de la crítica en general. Maquinaria Panamericana (2016, Joaquin del Paso), Los insólitos peces gato (2013, Claudia Sainte-Luce), Las Elegidas (2015, David Pablos), 600 millas (2015, Gabriel Ripstein), etc., son obras no sólo rescatables sino que superan con creces a cualquiera de las que se estrenan en cartelera cada semana como Qué culpa tiene el niño (2016, Gustavo “Todas mías” Loza), Treintona, soltera y fantástica (2016, Chava Cartas), No manches, Frida (2016, Nacho G. Velilla) y demás mamotretos que son consumidos por adolescentes cachondos que van al cine a ver si pueden ligarse a la compañerita y “Godinez” cachondos que tratan de ligarse a la secre del inge.

La culpa del mal estado de la calidad de las cintas se le puede achacar a prácticamente todos los involucrados, empezando con las escuelas de cine que están cansados de ser maqiladoras de desempleados y les dicen a sus alumnos que haciendo basura con la fórmula de ¡Salva al gato!, sin bien no se van a volver millonarios ni ir a Hollywood, por lo menos van a poder gastar en unos tacos veganos sin sentir que se quedaron en la ruina. Los exhibidores les exigen a los productores que sus trabajos, si bien no deban forzosamente superar al Blockbuster de la temporada, por lo menos que se mantengan con el público pasadero para poder permanecer el tiempo suficiente y poder generar una mínima ganancia (los cines sólo reciben el 10% de las ganancias de las películas las primeras 2 semanas de exhibición, porcentaje que va subiendo después de la 3ª, eso responde el por qué una bolsa de palomitas te cuesta un salario mínimo, lo cual es otra historia). Además, ahora que la televisión abierta – principal fabricante de basura – está en plena decadencia, los “productores” han visto la oportunidad de contar con actores que de una u otra forma han generado aunque sea un mínimo de fama en telenovelas o programas cómicos y que por una cantidad mínima en comparación a lo que cobraban en TV, hacen gestos y enseñan nalga en sus porquerías. También es culpa del público, que quiere ir a ver cintas para evadirse y que consideran que cualquier obra que intente mínimamente hacerlos pensar no vale la pena, además que se ríen con cualquier chiste por malo que sea. Y ni se diga de los medios de comunicación, la crítica que se “payolea”, los youtubers que se las dan de “crítica” por vociferar cuando algo no les gusta y hasta el gobierno, que es paternalista con la producción cinematográfica. Al crear el famoso EFICINE 189, Felipe Calderón tuvo la aparentemente brillante idea de deducir el Impuesto Sobre la Renta (ISR) a las empresas que invirtieran una cantidad similar en cine, con lo cual se aseguraba que sería posible incrementar la producción y beneficiar a cineastas que no pudieran acceder a los estímulos del IMCINE (COPROCINE y FIDECINE). Una excelente idea que por desgracia, abrió la puerta para que los empresarios se sintieran como los players de los grandes estudios norteamericanos y empezaron a decidir no sólo a quién brindarle su apoyo, sino que se involucraron directamente en los contenidos que se hacen con “su dinero”, que en realidad, le deben al Estado.

En los últimos años, en los sitios donde me he dedicado a escribir, he reseñado muchas cintas mexicanas, la mayoría bastante malas. Sin embargo, también he hablado de algunas que son bastante estimables. Ahora, más que ganas de sacarme los ojos al verlas, me queda la esperanza de que alguna vez veré algo que no sólo valdrá la pena sino que recordaré hasta el último día de mi vida, como ocurrió con Los olvidados (1950, Luis Buñuel), Una familia de tantas (1940, Alejandro Galindo), El profeta Mimí (1973, José Estrada), Crónica de familia (1986, Diego López), El apando (1975, Felipe Cazals), Amores perros (2000, Alejandro G. Iñárritu), María de mi corazón (1979, Jaime Humberto Hermosillo), Tiempo de morir (1966, Arturo Ripstein), Los hermanos del Hierro (1961, Ismael Rodríguez), Los inspolitos peces gato, y demás que serían imposibles registrar en tan poco espacio. Regresando a la pregunta del título, sí hay mucho qué celebrar, a pesar de Manolo Caro, de Eugenio Derbez, de Televisa Cine, de los críticos milenials, de los youtubers y del mal gusto del público. Vale la pena celebrar, precisamente para no olvidar. El cine mexicano fue, alguna vez, la segunda industria más importante del mundo, dio a luz obras que hoy en día se consideran patrimonio de la humanidad (Los olvidados es parte del acervo del MOMA de Nueva York; en el pasado festival de Cannes, Martin Scorsese presentó una versión restaurada de La enamorada, de Emilio Fernández, por ejemplo) y hoy en día, tenemos directores que son considerados de los mejores del mundo. Vaya pues esta celebración para festejar que con todo, nuestro cine sigue vivo.




 

Para mi sobrino Victor y para Dafne, ojalá sus óperas primas lleguen pronto y sean consideradas, algún día, opus magnum.

Comentarios
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La enfermera le dijo que lo único que podía darle era un tecito de helecho, que no tenía otra cosa. La señora se enojó, porque el helecho no sirve para nada, y fue a quejarse con el portero. Como éste le dijo que él no tenía la culpa, la señora empezó a agitar a los vecinos, diciendo que ellos pagaban el Seguro Vecinal y que nunca tenían nada que darles, que eso no era justo, y que debían tomar cartas en el asunto. La cosa se puso tan fea, que el portero convocó a una junta de vecinos para tratar del asunto. Y allá se presentaron todos, porque a todos les interesa la falta de medicinas. Los guaruras daban vueltas alrededor de ellos, para evitar que se alebrestaran y para que no hablaran mucho entre ellos. Por fin, apareció el portero. Pero en ese momento, uno de los guaruras le pidió al señor del 14, que es muy serio y muy propio, que se pasara a una silla al lado del estrado. A mí me extrañó y fui con ellos, así como quien no quiere la cosa, que es cuando uno sí quiere la cosa. 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Y cuando el del 14 ya se levantó y salió al patio, nadie se le acercaba “por si las moscas” (¿qué tendrán que ver aquí las moscas?, me pregunto). Pero el portero no perdía ocasión de decirle a quien lo quisiera oír (y a quien no quisiera, también) que el hombre se había salvado gracias a la celeridad con que el Seguro Vecinal había actuado. Pero todo pasa, y un día que la Mocha fue a pedir algo para el dolor de cabeza, le dijo la enfermera que ya ni te de helecho quedaba. Y como la mujer se fuera enojada, fue a contarle al portero lo que había pasado. El caso fue que el día siguiente, el portero citó a  otra junta; y, tal como me imaginé,  pusieron  una bolita de esas que te conté en el asiento de la Mocha. Pero a mi la Mocha me cae muy bien, porque es una mujer sola que lucha por sacar adelante a un niño que ni siquiera es producto de una noche de pasión culpable, sino que lo recogió por buena gente; y yo no podía permitir que eso pasara. Así que, aventurándome a una suerte peor que la muerte (no la concibes, ¿verdad?), mientras los vecinos discutían en pie, cogí la bolita con los dientes y la fui a dejar en el asiento del portero. La “máxima autoridad” de la vecindad se dejó caer en la silla con toda su humanidad, y el efecto no se hizo esperar. Los guaruras, obedeciendo las órdenes que ya tenían, lo subieron a la enfermería sin hacer caso de sus gritos y protestas. Y la enfermera, que en esos casos no se fija en las caras, sino en los traseros, le empujó las tres lavativas de rigor (fueron cuatro, pero nadie las contó. Yo creo que la enfermera sí lo reconoció y aprovechó para vengarse de algo). El portero estuvo fuera de circulación como una semana y, por sí o por no, mandó deshacerse de todas las bolitas que habían comprado en una tienda de esas en las que venden bromas. La aventura de las lavativas lo hizo enflaquecer y hasta perder el color por unos días. Pero ya está “bien” otra vez, urdiendo nuevas ideas para fastidiar a los vecinos (si no es para eso, no se explican todos los dolores de cabeza que les causa). Yo también sufrí las consecuencias, no vayas a creer, porque cuando la bolita del portero explotó me alcanzaron unas gotas y durante varios días olí a lo que no se puede mencionar. Las vecinas que suelen echarme pellejos me espantaban (o eso creían ellas), diciendo que las iba yo a infectar. Pero como no pasó nada, al cabo de unos días volvieron a llamarme para darme de comer. Que mucho se los agradecí, porque no me podía yo acercar a nadie en busca de alimento, y hubo días en que la pasé bastante mal. Pero no me importa, porque logré encajarle una buena lección al portero. Lo interesante será saber si se dio cuenta o si al final le valió, como siempre. 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