Cartas a Tora XLIII

Querida Tora: Querida Tora:          Problemas con el portero. Él quiere quedar bien con los vecinos, pero siempre pasa algo que lo pone a mal (aunque tiene muchos seguidores que no dan su brazo a torcer). La...

30 de junio, 2017

Querida Tora:

Querida Tora:

         Problemas con el portero. Él quiere quedar bien con los vecinos, pero siempre pasa algo que lo pone a mal (aunque tiene muchos seguidores que no dan su brazo a torcer). La cosa empezó con la señora del 18, que tiene 18 hijos (unos son suyos, otros de su marido, algunos de los dos, y hay algunos primos allí incrustados). Ella tiene que llevarlos a todos a las escuelas; y entre eso y hacer la comida, a veces no le alcanza el tiempo para pasear a su perro (una insignificancia que apenas levanta un palmo del suelo, pero hay que sacarlo a pasear). El otro día que no pudo sacarlo, el pobre animal ladraba y aullaba sin parar; y al final, le ensució una alfombra; pero como es muy educado, se metió debajo de un armario de pura vergüenza y allí estuvo tres días, llorando y ensuciando el piso. Total, que la señora le pidió al chavo del 19 que se lo llevara a pasear. El muchacho no quería, porque hay que recoger los desechos y todas esas cosas, pero la señora le dio unos pesos y al final aceptó.

Resulta que en la vecindad hay muchos perros y al chavo se le ocurrió decir a los dueños que se los llevaba a pasear por unos cuantos pesos. Todos aceptaron y ahora ves al chavo salir con 10 ó 12 perros de todos los tamaños y especies con sus correas. El jueves pasado lo tiraron y lo arrastraron media calle; y si no lo ayuda otro que hacía lo mismo, mal lo hubiera pasado (aún así, anda todo lleno de pomadas y curitas). Pues un día, el portero lo vio salir con su jauría y se enojó. Y al volver, le dijo que no podía hacer negocios en la vecindad sin pagar los derechos correspondientes. El chavo ni siquiera entendió lo que le decía,y se fue (más bien lo arrastraron los perros, que ya tenían hambre) y le comentó a los dueños lo que había pasado. Ellos se alarmaron y se fueron a ver al Presidente  del Consejo (el chavo del 7, para que entiendas). Éste enseguida vio lo que el portero quería. Y le armó un plantón frente a la portería que no dejaban pasar a nadie. Ahí se estuvieron toda la mañana, gritando consignas por “la libertad canina” y “por el derecho al paseo”, que se oía mejor.

El portero salió y les dijo que si el chavo ganaba dinero en la comunidad, era justo que diera algo a la comunidad. Los vecinos afirmaron que se trataba de un servicio a los inquilinos y que era justo pagarle por ello. Total, que se hicieron de palabras, y el portero les prohibió que le pagaran al chavo (así, con esas palabras). Entonces, el del 7 pasó de las palabras a los hechos y pidió a los vecinos que pasearan a sus perros por el patio y que dejaran los desechos donde cayeran. Excuso decirte cómo quedó el patio, que lo tuvo que limpiar la señora que arregla la portería y cobró un dineral por sacar tanta porquería. Bueno, al día siguiente salió el chavo con todos los perros y al pasar por la portería, se rió. El portero hizo un entripado sobre el que ya tenía y se salió a la calle.

Dos días después, cuando regresó el muchacho del paseo, se encontró con un perro enorme en la puerta de la vecindad, que en cuanto lo vio se puso a ladrar muy feo y a tirar mordidas al aire, que si no estuviera sujeto por una cadena, le hubiera llevado una pierna o un brazo. A las ocho de la noche, los perros no habían podido entrar a la vecindad y tuvieron que dormir en la calle, que a más de tres les dio moquillo (algo semejante a la gripa humana). Los vecinos corrieron a ver al del 7 y éste  les prometió resolver el problema al día siguiente (esa noche no, porque tenía cita con la Flor del Mal y ni modo, lo primero es lo primero).




Al día siguiente, el del 7 se colocó al frente de los perros y se puso a ladrar. Y ladraba feo, de modo que todos los perros empezaron a chillar; el primero, el perrazo del portero. Luego, se le echó encima y lo mordió. Y todos siguieron su ejemplo, de modo que en diez minutos el perro ese salió corriendo y se refugió en el rincón más alejado de la portería. Todos lo siguieron y estuvieron ladrando ante la puerta y las ventanas; y si el portero se asomaba, el escándalo arreciaba y se le echaban encima. El del 7 dijo que tenían que traerles carne para detenerlos y el portero tuvo que echarle unos billetes para que la fueran a comprar.

Cuando quedó solo, el portero echó a su perro a la calle, diciendo que él no mantenía a inútiles. El pobre perro nunca se repuso y ahora vive en un terreno baldío, alimentándose de ratas y cucarachas; y cada vez que el chavo del 7 pasa por ahí, aunque vaya en su coche, corre a esconderse en una cueva de unos cacomixtles amigos suyos (todos se tienen que salir para que el perro entre). El portero anduvo unos días como el perro, cariacontecido y contrito. Pero el sábado nos trajo una película llamada “Anoche He Soñado con Dios”, llena de sufrimientos de madre y de tangos, y sus bonos volvieron a subir. Vamos a ver qué pasa la semana próxima.

Te quiere,

                 Cocatú

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