Querida Tora:
¿Qué te cuento? La chamaca del 43, que tiene como trece años, invitó a la del 55 y a la del 37, más o menos de la misma edad, a una pijamada. Y allá se encerraron las tres en la recámara de la del 43, entre risas y gritos de alegría. Las madres las vieron reunirse con satisfacción y sonrisas, por lo bien que se llevan.
Cenaron, platicaron, rieron y gritaron hasta las once de la noche. Después, solo se oían risas sofocadas y exclamaciones de incredulidad. A mí me picó la curiosidad y me metí a la recámara por una ventana entreabierta. ¿Y qué crees que estaban haciendo? Viendo en sus celulares fotos de muchachones (así dijeron) desnudos y en poses más o menos atrevidas. Te confieso que me molestó, y más, los comentarios maliciosos que hacían. Y parecían competir en mostrar cada vez fotos más provocadoras. Por fin no pude más, y me propuse ponerles el alto. ¿Cómo? Rasguñándolas. Se pusieron a gritar y a perseguirme con las almohadas, pero yo soy muy ágil, y ni siquiera me tocaron. Pero logré lo que deseaba: que la señora del 43 entrara a ver qué pasaba.
Yo le di una patada a uno de los celulares para que viera lo que estaban haciendo, y no te imaginas cómo se puso. Les gritó, las insultó, las manoteó, les dijo que eran unas perdidas y, finalmente, acusó a la del 55 de haber llevado “esas porquerías”, y fue a reclamarle a su mamá. La del 55 salió, muy molesta por la hora que era, y dijo que no, que su hijita no sabía nada de eso, que la culpa era de la del 37. Y allá van las dos a reclamarle a la del 37. Ésta salió muy enojada; y también dijo que no, que su niña no había sido. Entonces reunieron a las tres, en pleno patio, y las amenazaron con los tormentos del infierno si no les decían de quién era ese celular. Las niñas, asustadas, dijeron que las tres tenían fotos de esas, y allí ardió Troya (Troya es una ciudad que… No, me tardaría mucho en explicarte. Lo dejo para otra ocasión).
Se las moquetearon. A las tres. Al oír el escándalo, llegaron los guaruras, pero salieron corriendo en cuanto la del 37 le dio una trompada al güerito. Luego salieron todos los vecinos, a ver qué pasaba. Y entre ellos, los cónyuges de las atribuladas madres. Y el del 37, al ver que el del 55 estaba agarrando de los pelos a su “santa esposa”, se fue sobre él. Entonces, la pelea fue también de los tres hombres. Y en un ratito, todos los demás intervinieron en el asunto.
Salió el portero, pero al ver la situación se regresó para llamar a la policía, que no tardó en venir, por cierto. Y en cuanto oyeron que se acercaba la amenazadora sirena, el pleito se acabó y cada quién se metió en su vivienda. Así que cuando los guardianes de la ley y el orden entraron al patio, solo encontraron a un gato (o séase: yo) estirándose perezosamente.
El comandante fue a regañar el portero por interrumpirlos mientras tomaban sus “sagrados alimentos”. El portero se zafó como pudo, pero les tuvo que dar una propina “por las molestias inferidas”; y en cuanto se alejaron, juró en voz alta que se la tenía que cobrar a los vecinos. Luego se fue a regañar a los guaruras, que estaban encerrados en la portería, rezando a todos los santos para que aplacaran a “esas viejas malditas”. El regaño les hizo “lo que el viento a Juárez” (que no sé lo que le haría, pero se comenta mucho por aquí), y se fueron a dormir.
Las atribuladas madres confiscaron los celulares a sus hijas. Pero al día siguiente se reunieron en secreto para comentar los “atributos físicos” de los muchachones de marras. Y después de borrar esas fotos, se los devolvieron a las hijas, aunque éstas consiguieron otras ese mismo día.
Para que veas el camino que lleva esta sociedad.
Te quiere,
Cocatú
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