Arte, identidad y dignidad

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27 de octubre, 2020

Desde hace unos días no me abandona la imagen y la voz de Miriam Makeba, Mamá África, la voz de la liberación de Mandela, la testigo implacable en los juicios y la resistencia contra el apartheid, la madre de una cultura que vino a renacer para llenar de riqueza un país sometido por el oprobio, el desprecio y la destrucción. Hace apenas unos días, Pablo Raphael me invitó a participar en la mesa “Buenas prácticas sobre patrimonio cultural, derechos colectivos y propiedad intelectual” dentro del Foro “México Creativo, Desarrollo Cultural Sostenible” que realizó la Secretaría de Cultura. El encuentro fue con Natalia Toledo, Subsecretaria de Diversidad Cultural; Susana Harp, Senadora; Tihui Campos, miembro de la Dirección General de Culturas Populares, Indígenas y Urbanas; Nancy Clara Vásquez García, cofundadora del colectivo “AÄts hilando caminos”; y Porfirio Gutiérrez, artista textil zapoteco y promotor cultural. Desde luego que acepté. La invitación venía a cuento con mis reflexiones porque lo que se ponía a discusión es mucho más que la mirada contemporánea del Derecho de Autor sobre las obras de las culturas populares; de lo que se está hablando es de un tema fundamental de igualdad. La melodiosa voz de la Makeba me recordó hasta dónde se llega por la dignidad y por el deseo de libertad y respeto;  Zenzi, como la llamaban cariñosamente los suyos, me decía: habla sobre Soweto, ahora es cuando, luego es siempre demasiado tarde.

Cuando en 1954 el apartheid tomó su forma definitiva dentro del marco legal sudafricano, Sophiatown, un pequeño pueblo donde se conservaban ciertas libertades y se congregaba el movimiento cultural negro al amparo de aliados de las iglesias y de la comunidad británica, se convirtió en uno de los primeros objetivos de los afrikaaners que se habían hecho con el poder absoluto; por un lado, al considerar al barrio como la muestra de la degradación moral y social a la que conducía la convivencia interétnica y, por el otro, al considerarlo también el ejemplo de lo que los anglos podían hacer en Sudáfrica si se les cedían algunas parcelas de poder aún fuera de las estructura del gobierno. La destrucción de la pequeña urbe debía ser ejemplar y aleccionadora. La ley establecía que entre los barrios blancos y los negros debían mediar quinientas yardas de terreno desierto. Para lograrlo, toda la población fue desalojada. A los blancos se les otorgaron varios días para reubicarse; a los negros se les expulsó en una especie de deportación hacia el oeste donde debieron edificar un barrio precario, sin servicios y desde luego, sin música ni cultura. Aquel South West Township fe conocido como Soweto y durante décadas fue el signo de la marginación, la violencia y el oprobio que prohijaba y nutría el régimen de la segregación.

Soweto sería escenario habitual de la represión y el abuso. El apartheid, que había nacido como un mecanismo de segregación, evolucionó para transformarse, con los años, en un cruel instrumento de genocidio cultural. En 1976, el gobierno decretó que en todas las escuelas sudafricanas solo pudiera utilizarse el afrikaans como lengua de enseñanza, suprimiéndose el inglés y todas las lenguas nativas. Para los africanos resultaba no solo letal para sus culturas, sino también una humillación cotidiana tener que aprender y utilizar la lengua de los opresores. Cuando el decreto entró en vigor, salieron a las calles de Soweto más de 15 000 niños y adolescentes para protestar por la medida. De inmediato, la policía tomó la población y en una sola tarde alucinante abrió fuego sobre la masa infantil y asesinó a casi setecientas personas, la gran mayoría menores de edad; los archivos policiacos reportaron 176 personas muertas a causa de haber sido abatidos cuando pretendían atacar a los cuerpos policiacos. Al día siguiente, ningún diario ni programa de televisión  ni emisora de radio dieron cuenta de la noticia. Desde la óptica de las autoridades sudafricanas, la matanza de Soweto nunca sucedió; sin embargo, algunos testimonios y unas cuantas imágenes lograron salir al extranjero y causaron indignación en todo el mundo. En 1977, Hugh Masekela escribió para la voz de Makeba, Soweto Blues: “Los niños recibieron una carta del maestro, dice: no más xhosa, sotho, no más Zulu. Negándose a cumplir enviaron una respuesta. Fue entonces cuando los policías llegaron al rescate, a  los niños estaban lanzando balas asesinas, las madres gritando y llorando, los padres estaban trabajando en las ciudades, la noticias de la noche dieron por toda la publicidad: Solo una pequeña atrocidad, en lo profundo de la ciudad”.

Cuando Sophiatown fue desalojado, los bulldozers hicieron un trabajo rápido y eficiente: borraron todo rastro del barrio, no se toleró la sobrevivencia de ninguna construcción que permitiera recordar que alguna vez existió Sophiatown, ni siquiera los cimientos fueron respetados y sobre el erial que las máquinas dejaron, se construyó un suntuoso barrio blanco que recibió el irónico y eufónico nombre de “Triomf”.

Muchos años después, en el Tributo a Nelson Mandela por su 70 aniversario, se celebraron una serie de actos artísticos para difundir la lucha del Congreso Nacional Africano, denunciar los crímenes del apartheid y exigir la libertad de Madiba como alma y corazón del movimiento de liberación nacional en Sudáfrica.  De la serie de eventos artísticos, el principal se llevó a cabo en el Nelson Mandela Concert del 11 de junio de 1988, celebrado en el Estadio de Wembley. Además de una nómina que incluía los artistas y grupos más populares de la época –algunos que jamás antes habían manifestado tendencia política y otros consagrado en la lucha de los derechos humanos – como George Michael, Dire Straits, Simple Minds y Eric Clapton; Makeba y Hugh Masekela constituyeron el centro de las voces que clamaban la atención del mundo; en el concierto Censo no solo se reencontró con Masekela, sino también con Harry Belafonte. Miriam y Hugh cantaron juntos Soweto Blues y ella interpretó PataPata. El concierto fue difundido en 67 países y tuvo una audiencia de 600 millones de espectadores. Éste abrió con un discurso de Belafonte; Sitng cantó “They Dance Alone” –escrita para denunciar los crímenes de Pinochet – George Michael interpretó “Village Getto Land” y culminó con Jessy Norman cantando “Amazing Grace”. Al final, el tema del apartheid y la libertad de Madiba salían de los discusiones diplomáticas y de las columnas políticas para situarse como un reclamo popular y un tema central en todos los niveles de opinión: el camino a la libertad de Mandela había entrado en una pendiente que ya nada podía detener.

Celebro vivir en un país que vuelve los ojos sobre su diversidad. En la mesa de diálogo a la que fui convocado escuché al menos tres lenguas además del español, con respeto, igualdad y alegría, sin el absurdo miedo al otro, al distinto que, en realidad, es uno mismo. Pensé que cuando hablamos de derechos de autor, de la posibilidad de que las comunidades originarias reciban lo justo cuando alguien más utiliza sus creaciones para lanzar diseños al mercado, de lo que estamos hablando es de dignidad, de libertad, de igualdad, de esos derechos siempre postergados y que son más necesarios que el alimento diario porque son, en realidad, el sustento de toda civilización.

 

@cesarbc70

Comentarios


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Se trata de una cinta donde profundiza en temas como el dolor, la pasión, la muerte y los recuerdos, a la cual la crítica llamó “un arrebatado y ya clásico retrato de la moral claudicante”. De sobra son conocidos los enormes problemas que la película enfrentó con  la censura y los sectores conservadores del catolicismo que la acusaron de obscena y pornográfica. Una sodomización de la actriz principal por parte de Marlon Brando, utilizando como lubricante una barra de mantequilla, representó el asunto mayor del escándalo y la gran controversia que causó su estreno a principios de la década de los setenta. “Fue idea de Marlon. Y Bertolucci me ordenó lo que tenía que hacer poco antes. Me engañaron. Esa escena no estaba prevista. Las lágrimas que se ven en la película son reales”, recordó la actriz Maria Schneider en una de las últimas entrevistas que dio antes de fallecer en febrero de 2011.  Aunque la prensa se empeñó en mandarle al público un mensaje erróneo, señalando a la cinta como una especie de adaptación del Kamasutra; al final, el provocador guion escrito por el propio Bertolucci (El último emperadorSoñadores) y Franco Arcalli (Erase una vez en América), demostró que Ultimo tango en París no  era solamente una película erótica; más bien lo que ofrecía era una lectura amarga y cruda de las pasiones humanas, un relato de la pérdida de identidad, que a pesar todas las acusaciones e injurias recibidas, logró merecidos elogios y nominaciones a importantes premios cinematográficos. “Venimos a olvidar, a olvidar todas las cosas, absolutamente todas” sentencia el infeliz y atormentado Paul en ese departamento deshabitado  donde se reúne frecuentemente con una beldad francesa de veinte años para hacer el amor de una manera extremadamente procaz y animal, y trasladar sus arrebatos lascivos a niveles que nunca soñaron. Marlon Brando, reputado como uno de los mejores actores de la historia del cine (Un tranvía llamado deseo, Nido de ratas, El Padrino y Apocalypse Now), interpreta al maduro norteamericano que huyendo de la realidad, escapando del trágico ambiente que le dejó la muerte de su esposa, experimenta un atisbo de liberación y júbilo dando rienda suelta a sus deseos carnales entre cuatro paredes. Es ahí, donde Jeanne (María Schneider, espléndida en un papel colmado de erotismo), se deja seducir, en un claro ejercicio de sadismo, sin preguntas ni compromisos, por este maduro hombre de lujuria insaciable; no obstante, esté próxima a casarse con un muy atropellado pero entusiasta cineasta que filma un documental en las brumosas calles parisinas, ni más ni menos que con ella como protagonista.  Condimentada por una banda sonora del compositor argentino Gato Barbieri, que se presenta oportunamente como fondo del drama, y con toda la riqueza que aporta el romanticismo, el arte y la historia de la capital francesa, Último tango en París conmueve de un modo eficiente,   propina los golpes precisos y pega hasta en las entrañas. 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Digamos que lo correcto es pensar y creer que las personas deben ser libres, por ejemplo, para decidir sobre su cuerpo. Pongamos el caso de una mujer que decide interrumpir su embarazo o vestir de tal o cual manera… y digamos que un hombre decide drogarse. Podemos o no estar de acuerdo con las decisiones de ambos, pero comprendemos que es una elección respetable porque creemos que es un derecho humano, inherente al hombre: responde al libre desarrollo de su personalidad. En otras palabras, la libertad es innata a la persona. La libertad es, en el mundo occidental -al que pertenece México-, el principio cardinal de la conducta humana. De esta creencia, sagrada para los occidentales, deriva el papel preponderante que concedemos al individuo. El individuo, libre y soberano de su cuerpo y actos, es lo que deviene en individualismo. El yo por delante, siempre primero. El hombre se hace a sí mismo. El individuo lo es todo. Nada debe a nadie. La comunidad, el lugar donde vive y convive con otros, es un accesorio. Por ello sus obligaciones para con los demás es cercana a cero, pese a que la crianza sería imposible sin su entorno social. Esta creencia fundacional del mundo europeo y de sus colonias, es el motor del capitalismo. Este sistema económico hace de la mercancía y de la ganancia el reino habitado por los terrícolas -y su leitmotiv-, quizá con particularidades relevantes en algunos países, en especial los de Asia. Esta forma de entender y pensar nuestro mundo permite asignar los atributos de las personas a sus actividades. Si soy libre, la empresa que he forjado lo es igualmente. Si una persona carga el peso de emprender un negocio se habla de iniciativa individual, aunque se trate de una labor colectiva. Aquí estamos ante el origen de la libre empresa y la libertad del capital. Adjudicamos a los objetos las cualidades y los valores distintivos del hombre, que emanan de las creencias del relato mítico sobre el origen del mundo que tenemos los occidentales. Se otorga a las cosas de los hombres, así sean sus obras, la prioridad máxima. Curiosamente este antropocentrismo invierte las jerarquías. Cuando se trata de la libertad de la empresa o del capital, tales valores, atribuidos a la esencia humana, pesan más que la libertad personal. Me parece que a dicho fenómeno Karl Marx llamó el “fetichismo de la mercancía”, es decir, que un producto humano asume sus cualidades. Ahora bien, ¿de dónde vienen las creencias? Su origen lo encontramos en el relato mítico (cosmovisión), aquel que concebimos para entender y dar sentido a nuestro mundo y nuestra vida. El hombre requiere de certezas y tener el control de su entorno social. Estamos ante el motor primigenio: el instinto de supervivencia. He aquí el papel crucial de las creencias. De ellas, que son una concepción global del origen y sentido del mundo, también se desprende la conducta personal. Actuamos de tal o cual manera porque estamos convencidos de que es moralmente correcto. Es la función de las creencias. Ellas permiten la convivencia pacífica y la colaboración. A partir de ese tronco común de creencias y valores (imaginemos una pecera) cada individuo (digamos el pez) crea sus propias ideas que en general coinciden con las de otros. Las asumimos como propias porque nos ayudan a comprendernos y a entender el mundo. Las creencias nos crean: somos nuestras creencias. Las creencias, de acuerdo con los neurocientíficos, son los pilares de nuestro reino neuronal. Nuestras hormonas y neuronas (y sus sinapsis), fruto de la genética individual, al interactuar con el medio ambiente (la experiencia personal), los valores y creencias (la cultura) forjan el carácter de cada quien. Ese intrincado proceso de causas y efectos constituye el mundo neuronal particular de cada uno, que en buena medida determina nuestra forma de actuar, de desenvolvernos en sociedad. Tenemos entonces lo siguiente: la cosmogonía que es el relato mítico de los orígenes del hombre y base de las religiones, es la que establece las creencias y los valores de una comunidad. Tales creencias y valores fundan las culturas. Digamos que este fenómeno semeja a una pecera, lugar donde vive el pez. Creencias y valores son la pecera; los hombres son los peces. Si salen de la pecera es su muerte social, que los antiguos llamaron ostracismo. Los hombres reaccionan a su mundo cultural (integrado por creencias y valores que dan origen a la moral o costumbres, normas, leyes e instituciones), a la genética y a su experiencia personal que define su entramado neuronal: su carácter. La cultura es el conjunto de creencias y valores que cultivan las sociedades mediante relatos de héroes y villanos; el establecimiento de premios a lo que concebimos bueno y permitido, y castigos a lo que consideramos malo y prohibido. En ese proceso son cruciales la experiencia o escuela de la vida, así como la educación cívica que recibimos. A ello cabe sumar el medio ambiente (geografía), los alimentos que consumimos y las vivencias personales. En términos neurocientíficos a la influencia cultural y medioambiental se le conoce como epigenética, cuyo papel consiste en activar o desactivar parte de los genes de cada persona que determinan su conducta y reacciones ante el mundo circundante. A ello llamamos carácter. La cultura se mete en nuestra piel. Conforma la lente por la que vemos y experimentamos la vida. Esa lente es la moral, las creencias conductuales con las cuales interpretamos e interactuamos en el mundo. Así, por ejemplo, en ciertas tribus de la amazonia es normal y moral el desnudo, en Occidente, no. Retomo la idea del individuo como paradigma de Occidente para explicar las conexiones entre cultura (sistema de creencias y valores) y medio ambiente (condiciones físicas y geográficas). A los niños de esta parte del mundo se les inculca la cultura del individualismo, que data de unos 2,500 años. Algunos historiadores identifican la cuna de esta creencia en el individuo autosuficiente, que se hace a sí mismo, en la antigua Grecia, cuya geografía es rocosa y montañosa, donde su orografía obstaculiza la comunicación entre personas y pueblos. Tal característica complicó la colaboración y la realización de importantes iniciativas colectivas. La mitología griega da cuenta del protagonismo de los personajes míticos, los dioses autosuficientes y dotados de poderes para hacer su mundo a su imagen y semejanza. 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Es decir, la salvación está al alcance de su voluntad: es responsabilidad de cada persona. A esa conclusión llega a partir de las escrituras que señalan que Dios creó al hombre a su imagen (Génesis 1:27). Luego, el hombre igual que su dios, es capaz de elegir. Pelagio argumenta contra el determinismo de Agustín: “No podemos hacer ni el bien ni el mal sin el ejercicio de nuestra voluntad, y siempre tenemos la libertad de hacer uno de los dos” (A Demetria, 8.I). Un ser totalmente determinado por su naturaleza no puede ser objeto de juicio moral [es decir, si el hombre está determinado por el pecado original no puede actuar de otra manera y, por lo tanto, no es responsable de sus actos, como es el caso de cualquier criatura irracional]. La dignidad del hombre procede de su capacidad de elegir, y precisamente por esta facultad de deliberación se diferencia de los animales”. El pilar de este edificio conceptual es lo que establece el libro del Eclesiastés en la Biblia, que dice: Dios “creó al hombre y lo dejó librado a su propio albedrío”. Por tanto, la principal virtud humana no es la sumisión ni la humildad sino su capacidad para tomar el destino en sus manos, su autonomía. La creencia en el libre albedrío forja al hombre occidental. Es la base de una cultura enriquecida durante siglos. Una experiencia diferente y, en consecuencia, unas ideas y creencias igualmente distintas, forjaron a la milenaria cultura china. También la geografía determinó las vivencias y carácter de sus pobladores. A diferencia de Grecia, las grandes llanuras de China favorecieron la colaboración de grandes grupos sociales. El trabajo conjunto determinó la supervivencia en esta parte del mundo. Luego, el papel del individuo se subordinó a la comunidad. 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Se trata de una cinta donde profundiza en temas como el dolor, la pasión, la muerte y los recuerdos, a la cual la crítica llamó “un arrebatado y ya clásico retrato de la moral claudicante”. De sobra son conocidos los enormes problemas que la película enfrentó con  la censura y los sectores conservadores del catolicismo que la acusaron de obscena y pornográfica. Una sodomización de la actriz principal por parte de Marlon Brando, utilizando como lubricante una barra de mantequilla, representó el asunto mayor del escándalo y la gran controversia que causó su estreno a principios de la década de los setenta. “Fue idea de Marlon. Y Bertolucci me ordenó lo que tenía que hacer poco antes. Me engañaron. Esa escena no estaba prevista. Las lágrimas que se ven en la película son reales”, recordó la actriz Maria Schneider en una de las últimas entrevistas que dio antes de fallecer en febrero de 2011.  Aunque la prensa se empeñó en mandarle al público un mensaje erróneo, señalando a la cinta como una especie de adaptación del Kamasutra; al final, el provocador guion escrito por el propio Bertolucci (El último emperadorSoñadores) y Franco Arcalli (Erase una vez en América), demostró que Ultimo tango en París no  era solamente una película erótica; más bien lo que ofrecía era una lectura amarga y cruda de las pasiones humanas, un relato de la pérdida de identidad, que a pesar todas las acusaciones e injurias recibidas, logró merecidos elogios y nominaciones a importantes premios cinematográficos. “Venimos a olvidar, a olvidar todas las cosas, absolutamente todas” sentencia el infeliz y atormentado Paul en ese departamento deshabitado  donde se reúne frecuentemente con una beldad francesa de veinte años para hacer el amor de una manera extremadamente procaz y animal, y trasladar sus arrebatos lascivos a niveles que nunca soñaron. Marlon Brando, reputado como uno de los mejores actores de la historia del cine (Un tranvía llamado deseo, Nido de ratas, El Padrino y Apocalypse Now), interpreta al maduro norteamericano que huyendo de la realidad, escapando del trágico ambiente que le dejó la muerte de su esposa, experimenta un atisbo de liberación y júbilo dando rienda suelta a sus deseos carnales entre cuatro paredes. Es ahí, donde Jeanne (María Schneider, espléndida en un papel colmado de erotismo), se deja seducir, en un claro ejercicio de sadismo, sin preguntas ni compromisos, por este maduro hombre de lujuria insaciable; no obstante, esté próxima a casarse con un muy atropellado pero entusiasta cineasta que filma un documental en las brumosas calles parisinas, ni más ni menos que con ella como protagonista.  Condimentada por una banda sonora del compositor argentino Gato Barbieri, que se presenta oportunamente como fondo del drama, y con toda la riqueza que aporta el romanticismo, el arte y la historia de la capital francesa, Último tango en París conmueve de un modo eficiente,   propina los golpes precisos y pega hasta en las entrañas. 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Último tango en París

50 años de “Último tango en París”

“Último tango en París”: Director y guionista: Bernardo Bertolucci; Actores: Maria Schneider, Marlon Brando; País: Italia-Francia; Año: 1972; Duración: 129 min.

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Es un buen tiempo para ser fanático de la saga The Last of Us, una de las propiedades intelectuales más importantes de Sony. En menos de un mes, The Last of US: Part I, un «remake» para PS5 del título que vio la luz en PS3 en el ya lejano 2013, llegará a las tiendas físicas y digitales. ¡Y vaya relajo que se armó dentro de la comunidad por este hecho! Sin embargo, la discusión acerca de si esta nueva versión está justificada (y que salga a precio completo similar a juegos nuevos, es decir, cerca de 70 USD) es tema para otro día. Además, pronto se estrenará una adaptación televisiva de la mano de HBO. Así que, a colación de esto, me gustaría hablar acerca del título desarrollado por Naughty Dog, el cual se ha convertido en una vaca sagrada del gaming en los últimos años. Advertencia: este juego no me gusta mucho. Al menos, no tanto como a la mayoría de los jugadores. Procedo a explicar mis razones. Si he de trazar un paralelo con otra forma de entretenimiento, para mí la devoción que genera The Last of Us me parece tan incomprensible como la que generó el álbum OK Computer de Radiohead a finales del siglo pasado. Es decir, ambas son obras de enorme calidad, con momentos de puro gozo. Sin embargo, si uno ve el panorama de sus respectivos campos, hay obras que resultan tanto o más valiosas y que rara vez reciben el mismo reconocimiento. ¿OK Computer en verdad es el mejor álbum de la misma década de Massive Attack, Aimee Mann, Morphine, Ween, Nirvana y Björk? De la misma forma, ¿The Last of Us es en verdad el mejor videojuego en la misma generación en la que gozamos la trilogía de Bioshock (1,2 e Infinite), Mass Effect, Grand Theft Auto (IV y V), Portal y Metal Gear Solid 4? Así que veamos cada uno de los apartados de The Last of Us. Trama: Un mundo después de la pandemia Comencemos por hablar un poco acerca de la historia, la cual es, para muchos, uno de los atractivos principales del título. La trama nos sitúa en un mundo azotado por un hongo llamado Cordyceps, el cual convierte a los humanos en seres violentos conocidos como los “Infectados” (very creative indeed!). La población está aislada en zonas de cuarentena debido a esto. Joel (el protagonista y a quien controlamos durante el juego) es un contrabandista, quien recibe el encargo de llevar a Ellie, una joven que aparentemente es inmune al hongo, hasta un asentamiento de un grupo rebelde conocido como “Las Luciérnagas”. Hasta ahí nos quedamos con la historia, para no entrar en los famosísimos spoilers para quienes aún no lo hayan jugado y tengan intenciones de hacerlo. Sin embargo, para mí, la historia del videojuego es uno de sus puntos más débiles: pretty standard stuff para un videojuego. Zombies, un entorno postapocalíptico y armas a montones. ¿Acaso no es básicamente la misma premisa que la saga Resident Evil? ¡Oh, perdonen! The Last of Us pretende contar una historia seria, carente, al parecer, de los elementos Over the Top de la saga insignia de Capcom. Esto es otro elemento que me ha dejado un sabor de boca un tanto amargo: la seriedad de la narración que a veces ronda con lo pretencioso. En varios momentos, parece que Naughty Dog nos quiere convencer de que esto no es solamente un juego. “¡Vean! estamos contando una historia harto seria! Sí, hay zombies, pero estamos siendo serios, ¡de veras!”. Calma, Neil Druckmann (el director del juego), ya entendimos. En el aspecto positivo, debo reconocer que la dinámica entre Joel y Ellie (casi como de padre e hija) resulta muy natural y humana, y entiendo que muchos jugadores empaticen con ambos. De hecho, si bien la historia no es nada novedosa, la dirección y el guion brindan algunos momentos enternecedores e intensos. Aspecto técnico: la joya de la corona de PS3 El aspecto técnico de The Last of Us es una de sus mayores ventajas y, siendo uno de los títulos importantes de la generación de PS3, su desarrollo contó con un equipo que ya conocía bien cómo crear videojuegos para la consola de Sony. Las vistas de este Estados Unidos devastado son en verdad gloriosas, con escenarios amplios, definidos y coloridos. La dirección de arte en verdad te hace sentir dentro de este mundo derruido que Naughty Dog creó. La variedad de escenarios no falta: viajaremos por edificios, bosques, alcantarillas y más. El modelado de los personajes también es excelente, con movimientos y expresiones faciales muy naturales. Las escenas también están muy bien dirigidas, lo cual no debería ser sorpresa viniendo de la misma desarrolladora de la serie Uncharted. El aspecto técnico es impecable y derrocha calidad por todos lados. Por ello, aunque el título fue remasterizado para PS4 un año después, el original sigue siendo uno de los que mejor se ven en PS3. Jugabilidad: third person shooter con tintes de horror Ya que dejamos los halagos atrás, entremos en el aspecto de jugabilidad. A ver, creo que una buena definición podría ser: Shooter en tercera persona + ligeros toques de sigilo al estilo de Metal Gear Solid / Assasin’s Creed + leves toques de terror. El control es fluido (aunque algunos jugadores lo encuentran un tanto torpe, para mí está bien) y el modo de juego tiene la variedad justa para no caer en la monotonía, pero no hay algo que The Last of Us haga que no se haya visto en varios títulos más y, en ocasiones, de mejor forma. El avance es lineal, lo cual no es una desventaja en sí misma. Tal vez lo más atractivo sea el aspecto táctico del juego. En ciertas situaciones, debes elegir la forma en la que enfrentarás a los enemigos con los que te encuentras. Aunque, en la mayoría de los casos, el ataque frontal con armas de fuego asegura la muerte de Joel. Las secciones en las que debes ser sigiloso para evitar una muerte instantánea ante cierto tipo de enemigos resultan emocionantes, eso sí. En fin, que el aspecto jugable de The Last of Us, mientras que no es malo o aburrido, tampoco es tremendamente espectacular o innovador y sólo es una excusa para avanzar la historia. Conclusión Para mí, al menos en mi humilde opinión, para que un videojuego entre a ese panteón sagrado de los mejores de todos los tiempos, debe ser uno que empuje al medio un paso más allá, ya sea en aspectos técnicos, narrativos o de innovación. Todos aquellos que jugamos The Legend of Zelda: Ocarina of Time en su época, allá por 1998, tenemos al título de Nintendo en tan alta estima por eso mismo: fue uno de los primeros títulos que aprovechó la tecnología de ese momento (el N64) y, de un solo golpe, mostró el potencial de las aventuras de acción en 3D. En verdad, TLoZ:OoT fue un título cutting edge en su época. Por otro lado, The Last of Us parece más, en el mejor de los casos, la culminación de los videojuegos de disparos en tercera persona con toques cinemáticos. Esta visión la puedo entender, aunque no compartir: como dije, la historia y sus personajes no me parecen nada especiales, además de que hay pocas innovaciones en el aspecto jugable. Lo mejor que puedo decir es que es en verdad un prodigio técnico, que aprovechó al máximo la potencia del PS3. Sin embargo, este resultado es de esperarse al ser uno de los títulos lanzados en el ocaso de la consola. Para mí, a The Last of Us le falta ese algo, esa chispa que me haga ponerlo al mismo nivel de otras obras del videojuego. Fuera de su historia, que resonó con muchas personas, no veo que esta obra de Naughty Dog haya hecho algo que no se haya visto antes.

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