Albert Speer y su Ley de Ruinas

Yo no lo sé de cierto –decía Sabines– pero creo que hay que reflexionar un poquito sobre la idea de que son las grandes obras de una administración las que hacen historia; no lo sé de cierto...

29 de septiembre, 2020

Yo no lo sé de cierto –decía Sabines– pero creo que hay que reflexionar un poquito sobre la idea de que son las grandes obras de una administración las que hacen historia; no lo sé de cierto pero supongo que esto de “Chapultepec cultural” frente a la necesidad de reactivar la ya de por sí precaria economía de los creadores y difusores de cultura, merece una mirada de cerca, una llamada de atención sobre nuestro concepto de cultura. Vamos un ejemplo extremo, de verdad duro, pero es que son esos los únicos ejemplos que nos hacen pensar.

Hacia 1934, Adolf Hitler hizo su primer encargo de gran magnitud al entonces flamante nuevo arquitecto del Reich, Albert Speer. El edificador comprendió y asumió los valores fundamentales de la ideología nazi. Al emprender la construcción del Campo de los Congresos del Partido en Nuremberg, siguió la afirmación de su fürer: “Lo único que nos hacer recordar las grandes épocas son sus monumentos”. Pero fue más lejos. En sus memorias recuerda que alguna vez, mientras supervisaba la construcción del Zeppelinfeld en el Campo de los Congresos, se detuvo a observar la destrucción del hangar de los tranvías de Nuremberg, cuyo lugar sería ocupado por las tribunas del campo; su atención se detuvo ante “el amasijo que formaban los restos del hormigón armado del hangar tras su voladura; las barras de hierro asomaban por doquier y habían comenzado a oxidarse.” Desde luego, la decadente y desoladora imagen chocó de frente con la concepción de grandeza y posteridad que animaba no solo la arquitectura, sino también la postura social y cultural frente al poder del Reich. A partir de esta visión, construyó lo que denominó como la “teoría del valor como ruina” de una construcción. Según ese punto de vista, toda construcción debía constituir un puente de tradición hacia las generaciones por venir; pero los materiales de la época –cabe decir que todavía menos los de la nuestra– resultaban nada convincentes para ese fin y no podrían transmitir el carácter heroico y grandilocuente del régimen. Por esta razón, después del Zeppelinfeld, las construcciones encargadas o patrocinadas por el gobierno alemán deberían cumplir con estrictas prescripciones respecto de los materiales –el hormigón armado y la estructura de acero fueron proscritos hasta el límite– y respecto del diseño, los muros de gran altura debían resistir la presión de los vientos aun cuando ya no tuvieran un techo que los apuntalara. Así, al cabo de miles de años, según los propios cálculos de la burocracia nazi, las edificaciones guardarían una gran semejanza con sus modelos griegos y romanos.

Toda acción del Estado debía motivar a la construcción de esa utopía milenaria, como recuerda Speer: “Para ilustrar mis ideas, hice dibujar una imagen romántica del aspecto que tendría la tribuna del Zeppelinfeld después de varias generaciones de descuido: cubierta de hiedra, con los pilares derruidos y los muros rotos aquí y allá, pero todavía claramente reconocible”. El dibujo fue considerado una “blasfemia” en el entorno de Hitler. La sola idea de que hubiera pensado en un periodo de decadencia del imperio de mil años que acababa de fundarse parecía inaudita. Sin embargo, a Hitler aquella reflexión le pareció evidente y lógica. Ordenó que en lo sucesivo, las principales edificaciones de su Reich se construyeran de acuerdo con la “Ley de las Ruinas”.

Esta “locura lúcida”, como la llama Erasmo en su Elogio de la locura es sobre todo utopía; misma que se transforma en ordenamiento jurídico administrativo, pero sobre todo en razón de Estado. En efecto, el fenómeno histórico de la ideología Nazi es de lo más estudiado; sin embargo, la Ley de las Ruinas, nos enseña el grado de penetración que alcanza la ideología y la finalidad íntima de las construcciones utópicas. Discurso ideológico y utopía no son sinónimos. El primero anima a la segunda, la segunda es el epítome del primero; ambas se ensamblan en la perfección del concepto. Comparten, es cierto, algunos elementos esenciales y ambos tienen efectos reales en la vida política y en la construcción de las normas jurídicas, particularmente las constitucionales. Como parte de la vida de la sociedad y, con mayor especificidad, de la vida de la organización política, el discurso ideológico se consagra en el ejercicio del poder, la utopía entonces se convierte en un proyecto de nación; sin embargo, ni el discurso ideológico ni la utopía nacen necesariamente de la posesión del poder público, pueden nacer de la entraña de la vida comunitaria, de la pluma y la inteligencia de un grupo incluso minoritario; pueden mantenerse en la marginalidad o pueden ascender en la escala del poder hasta ocupar sus espacios. Ideología y utopía no son solo fenómenos del poder,  también son fenómenos del devenir político.

Así como la ideología no aspira a convertirse en lenguaje corriente –aunque su vocabulario sea utilizado por un sector importante de la sociedad, la ideología pretende siempre salvaguardar su terminología iniciática, su sentido apenas revelado a unos cuantos y con ello, la posesión del secreto del poder y la aspiración general de ingresar al círculo de quienes la comprenden y la manejan–, las utopías no necesariamente están llamadas a convertirse en sistemas vigentes, fácticos, terrenalmente ubicables; al contrario, una utopía fracasa y se diluye no cuando es inalcanzable, sino cuando deja de ser inspiradora. En fin, volviendo a Sabines, yo no lo sé de cierto, pero supongo… que lo que necesitamos en este momento es saber para dónde vamos, cuáles son nuestras prioridades y con qué reglas vamos a jugar en los próximos años.

 

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el Tribunal Revolucionario decidió convocar a una reunión con carácter urgente dado que había asuntos apremiantes por atender, aún y cuando se trataba de un decadi o día de descanso; cabría mencionar que el escenario que se desarrollaba había sido previsto desde hacía semanas, por lo que en sólo un par de horas, veintidós hombres fueron acusados de contrarrevolucionarios y condenados a muerte acorde con la Ley 22 de Prarial, entre ellos su cabecilla, Maximilien François, el líder de la fracción de los jacobinos, diputado de la Convención y antiguo dirigente del Comité de Seguridad.   La sentencia debía consumarse dieciséis horas más tarde en la Plaza de la Revolución, el mismo lugar donde un año y medio antes había sido ejecutado el ciudadano Capeto, también conocido como Louis XVI.   Respecto de aquel hecho Phillipe Le Bas, también diputado de la Convención, anotó en su diario: “Henos aquí, lanzados hacia el futuro, los caminos han quedado rotos tras nuestros pasos”.  Día 9 de Termidor Aunque no era una noche particularmente calurosa aquella de finales de julio, el líder jacobino sudaba copiosamente debajo de la empolvada peluca de rizos blancos perfectamente peinada (una notable anomalía, ya que sólo la aristocracia lucía peluca de dicho color, la peluca “del pueblo llano” era de color oscuro), mientras sus dedos tomaban la pluma para firmar el documento que estaba en sus manos; aquella proclama era su último intento de salvación, no quedaban ya más cartas por jugar ni recursos de los cuales echar mano. Con sumo cuidado, como si de aquel acto dependiera su destino (que ya estaba decidido) comenzó Maximilien a escribir las primeras letras de su apellido y fue justo entonces cuando las fuerzas militares, enviadas por la Convención Nacional, lograron derribar la puerta dispuestos a aprehender a todos los que se encontraban en aquel despacho del Hotel de Ville.  Dos letras quedaron para la posteridad como un mudo registro de aquella intentona: una R y una O. La proclama, que se conserva hasta la fecha manchada de sangre, comenzaba de la siguiente manera:  “¡Valor, patriotas de la sección de piques! ¡La libertad es victoriosa! Difícil saber a qué se refería un concepto tan inasible como lo es la libertad a esas alturas.  Más de cuarenta mil sospechosos habían sido apresados y diecisiete mil de ellos ejecutados, en su nombre, durante la corta regencia de Maximilien. Más de mil trescientas cabezas habían rodado en las últimas siete semanas. La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido en innumerables ocasiones a lo largo de la historia, fue transformándose en una pesadilla sin fin. Republicanos, girondinos y muchos otros cuyo único pecado consistía en ser menos radicales, habían sido ajusticiados sin posibilidad de un juicio; sólo existían dos sentencias posibles, cuyo peso en la balanza dependía exclusivamente del humor del tribunal en cuestión: absolución o muerte.   El líder de los jacobinos, durante aquel período sangriento, había legado al mundo y a la posteridad lo que se considerarían las bases de la filosofía detrás de la dictadura, puntualizando: “Si la virtud es el resorte de un gobierno popular en tiempos de paz, el resorte de ese gobierno durante una revolución es la virtud combinada con el miedo; la virtud sin la cual el miedo es destructivo, el miedo sin el cual la virtud es impotente”.  El diputado y dirigente del comité, quien era llamado “El Incorruptible” por amigos y enemigos por igual, así como los otros allí reunidos entre los que destacaban su hermano menor Augustine, fueron presa de un súbito escalofrío con la entrada de los gendarmes que pronto se transformó en trifulca y algo después, en caos; algunos intentan enfrentarse a los piqueros, otros huir; el joven Saint-Just se entrega sin decir palabra, Le Bas apunta a su cien con una pistola y cae muerto, a Couthon le hieren en una de sus inmóviles piernas y en medio de aquello, Maximilien recibe un disparo por parte de un guardia (no se sabe si intencional o no) que le destroza la mandíbula, le arranca varios dientes y le deja una sangrienta herida en el rostro, pero no lo mata.   Al observar su pantalón amarillo y la levita azul en el suelo, así como la tez ensangrentada del hermano, Augustine busca evitar el desenlace que se cierne sobre él y saltando desde la ventana más cercana se precipita al vacío, pero para su mala fortuna la altura no es suficiente y también sobrevive, rompiéndose la cadera y ambas piernas; ahí, en el piso bajo la ventana, le encontrarán los guardias retorciéndose y maldiciendo su suerte.  Aquella noche, todos los que sobreviven son llevados al Comité de Seguridad General y puestos en habitaciones separadas. El líder jacobino es recostado sobre una mesa con una caja de madera bajo su cabeza; la noticia de la captura comienza a esparcirse con rapidez y numerosos termidorianos (sus mayores enemigos) acuden cautelosos a observar la escena que involucra al famoso Incorruptible. Su aspecto es deplorable; ensangrentado, gime pero no pronuncia palabra alguna, sólo sus ojos expresan de alguna manera una mezcla de dolor y recelo. El perseguidor se ha convertido por unas horas en un espectáculo que, aunque lamentable, es digno de ser observado por la fúnebre procesión que le mira con una mezcla de sorpresa y horror.  Alrededor de las cinco de la mañana arriban dos cirujanos al Comité para atender a aquellos que están heridos y no pueden dejar aquel recinto, los demás son trasladados a un hospital cercano; al diputado le extraen fragmentos de hueso y dientes que se encuentran alojados en la barbilla y la garganta y le vendan para sostener su mandíbula y que ésta deje de sangrar tan copiosamente. Poco después, él y los veintiún prisioneros se dirigen a las distintas celdas de la Conciergerie para aguardar la hora marcada. Aquel imponente edificio color marfil con almenas circulares los recibe, impasible.   Día 10 de Termidor Pasadas las seis de la tarde, tres carretas (o cuatro, según algunos recuentos) llegan hasta las puertas de la prisión para llevar consigo en un recorrido intencionalmente lento a los condenados.  Las ejecuciones son numerosas y el tiempo apremia, de modo que éstas proceden a realizarse sin protocolo, discursos o solemnidades de por medio. Una rápida sucesión de movimientos mecánicos y la hoja afilada que cae van terminando, una a una, con la vida de los aliados políticos del antiguo dirigente del Comité.  Augustine, incapaz de ponerse de pie o de caminar, es llevado a rastras hasta el cadalso para que cumpla con su destino fatal, lo mismo que Couthon. El líder jacobino es el penúltimo en la lista, por lo que tiene tiempo de observar todo aquello que sucede a su alrededor: desde la aglomeración de gente que ruge al unísono, el accionar de la máquina de madera y acero, con la cesta a sus pies, que trabaja sin parar así como la expresión de sus compañeros que se encaminan a la muerte.  Cuando llega su turno, con la cabeza baja y mirando al suelo, Maximilien avanza entre la furiosa muchedumbre que se encuentra presente para observar el macabro espectáculo. Algunos de los asistentes, que incluyen cocineros, amas de casa, niños, magistrados, almaceneros, artesanos, prostitutas, jornaleros, soldados, así como sacerdotes y carteros, es decir todos aquellos en cuyo nombre supuestamente se gestan las revoluciones, gritan: -¡Muerte al tirano! -¡Que muera, que muera! Otros festejan y lanzan ¡Vivas! a la República; una mujer rubia que aparenta tener treinta años o quizás un poco más, se abre paso entre la multitud y le grita: “Ve malhechor, desciende al infierno llevando las maldiciones de las esposas y madres de Francia”. Durante el trayecto, el líder jacobino avanza de a poco y levanta la vista sólo ocasionalmente. Lo que pasa por la cabeza de Maximilien durante aquellos instantes es un misterio que nunca podrá ser revelado.  ¿Piensa acaso en los argumentos que esgrime tiempo atrás para pedir la muerte del rey francés, a los que otros jacobinos como Marat y Danton se oponen? ¿Piensa en sus compañeros y amigos, como Saint-Just o Couthon, asesinados apenas hace unos instantes? ¿En su hermano? ¿En sus seguidores, en sus enemigos? ¿En El Pueblo, con mayúsculas, que ahora lo veja y maldice? El Incorruptible se encuentra frente a frente con La Doncella, siempre imparcial, que no rechaza a nadie; la misma que terminó con la vida de la archiduquesa austriaca y su esposo, el último monarca absoluto de Francia. Muertes que se ciernen sobre sus hombros, formando una pesada loza, como tantas otras. Los gritos que hacía no mucho Maximilien había utilizado a su favor para clamar por la cabeza de nobles y burgueses mientras los acusa de empobrecer a la gente y provocar hambrunas, ahora claman por la suya.   Pero existe un problema.  Los vendajes de lino, repletos de coágulos y sudor, impiden que su cabeza y cuello se acomoden adecuadamente en el cepo de la guillotina, por lo que el verdugo, de nombre Charles-Henri Sanson, los arranca con un fuerte tirón. Lo que sigue es virtualmente indescriptible.  La falta de soporte que proporcionan las vendas hace que la mandíbula del diputado jacobino se desprenda, sangre violentamente y un inmenso grito de dolor, fuerte y claro, emerge desde lo más profundo de su ser llenado con un silencio total los cuatro puntos de la Plaza de la Revolución.  La escena es escalofriante y como el conflicto en que se haya sumida la nación, parece no tener fin. ¿Cuánto se prolonga aquello, segundos, minutos, horas? Todo tiempo es relativo y ahora pareciera demasiado largo, casi eterno; sólo el golpe seco de la afilada cuchilla logra poner fin a aquel bestial aullido, cuyo eco continúa resonando mientras Sansón levanta la cabeza cercenada y la muestra a la muchedumbre.  Ni uno solo de los asistentes pudo evitar estremecerse aquel día y, si se les preguntara qué era aquello que sentían durante la ejecución (o quizás, durante todos y cada uno de los años que duró el Régimen) su respuesta no pudo ser otra más que una sola palabra: terror.  Lo que sobreviene, como suele pasar cuando el peligro y la tensión han cesado, serán días de festejos y aplausos que sólo aminorarán cuando el cuerpo de Maximilien François es depositado varios metros bajo tierra, en una fosa común en Errancis. " ["post_title"]=> string(9) "El Terror" ["post_excerpt"]=> string(190) "La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido innumerables veces en la historia, fue transformándose en una pesadilla. 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Me represento en entornos siempre muy acogedores, donde gobierna el optimismo; no puedo visualizar mejores escenarios, sobresaliendo con nadie más que contigo. Te me quedas mirando, en silencio, con asombro, como a un mago, como a un médium. Te cuento mi vida entera con palabras elocuentes, verbos amables y oraciones llenas de posibilidad y futuro; te hago preguntas porque tengo hambre de escucharte. Envío el mensaje, muy  franco y muy claro, que te da la confianza suficiente para creer en mí. Me aceptas, por lo menos en ese instante, totalmente  como soy. Se trata de una experiencia distinta; es ese tipo de atracción física, de sensibilidad absoluta, de increíble delicadeza. Un deleite pleno, erotismo fascinante.  El espectáculo resulta inédito y sobrecogedor. Cada detalle es una  magnífica exposición.  Siempre sucedes a la misma hora. Te extiendes por cinco o diez minutos para alcanzar el clímax pasada la media noche. Elijo y repito tus ropajes, tus pasos, los acentos en cada una de tus sílabas. Quiero seducirte, enamorarte, ser el motivo de tu noche tórrida. Me sé con la capacidad de meterme entero a tu alma. De descubrir quién eres en realidad, que tienes de misteriosa, de diferente, de única. Busco ser inteligente en el sentido literal, ser capaz de entender lo que hay delante de mí. Me imagino logrando esos efectos, esos objetivos. Empiezo a actuar como el Fausto receptor de todo aquello. Recuerdo la razón por la que estoy aquí, por la que siempre en mis madrugadas regreso a ti. " ["post_title"]=> string(7) "Natalia" ["post_excerpt"]=> string(114) "Te apareces debajo de mis párpados. Ya te reconozco. Ya te escucho hablarme. Ya me llega tu dulce aroma frutal." 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Con sumo cuidado, como si de aquel acto dependiera su destino (que ya estaba decidido) comenzó Maximilien a escribir las primeras letras de su apellido y fue justo entonces cuando las fuerzas militares, enviadas por la Convención Nacional, lograron derribar la puerta dispuestos a aprehender a todos los que se encontraban en aquel despacho del Hotel de Ville.  Dos letras quedaron para la posteridad como un mudo registro de aquella intentona: una R y una O. La proclama, que se conserva hasta la fecha manchada de sangre, comenzaba de la siguiente manera:  “¡Valor, patriotas de la sección de piques! ¡La libertad es victoriosa! Difícil saber a qué se refería un concepto tan inasible como lo es la libertad a esas alturas.  Más de cuarenta mil sospechosos habían sido apresados y diecisiete mil de ellos ejecutados, en su nombre, durante la corta regencia de Maximilien. Más de mil trescientas cabezas habían rodado en las últimas siete semanas. La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido en innumerables ocasiones a lo largo de la historia, fue transformándose en una pesadilla sin fin. Republicanos, girondinos y muchos otros cuyo único pecado consistía en ser menos radicales, habían sido ajusticiados sin posibilidad de un juicio; sólo existían dos sentencias posibles, cuyo peso en la balanza dependía exclusivamente del humor del tribunal en cuestión: absolución o muerte.   El líder de los jacobinos, durante aquel período sangriento, había legado al mundo y a la posteridad lo que se considerarían las bases de la filosofía detrás de la dictadura, puntualizando: “Si la virtud es el resorte de un gobierno popular en tiempos de paz, el resorte de ese gobierno durante una revolución es la virtud combinada con el miedo; la virtud sin la cual el miedo es destructivo, el miedo sin el cual la virtud es impotente”.  El diputado y dirigente del comité, quien era llamado “El Incorruptible” por amigos y enemigos por igual, así como los otros allí reunidos entre los que destacaban su hermano menor Augustine, fueron presa de un súbito escalofrío con la entrada de los gendarmes que pronto se transformó en trifulca y algo después, en caos; algunos intentan enfrentarse a los piqueros, otros huir; el joven Saint-Just se entrega sin decir palabra, Le Bas apunta a su cien con una pistola y cae muerto, a Couthon le hieren en una de sus inmóviles piernas y en medio de aquello, Maximilien recibe un disparo por parte de un guardia (no se sabe si intencional o no) que le destroza la mandíbula, le arranca varios dientes y le deja una sangrienta herida en el rostro, pero no lo mata.   Al observar su pantalón amarillo y la levita azul en el suelo, así como la tez ensangrentada del hermano, Augustine busca evitar el desenlace que se cierne sobre él y saltando desde la ventana más cercana se precipita al vacío, pero para su mala fortuna la altura no es suficiente y también sobrevive, rompiéndose la cadera y ambas piernas; ahí, en el piso bajo la ventana, le encontrarán los guardias retorciéndose y maldiciendo su suerte.  Aquella noche, todos los que sobreviven son llevados al Comité de Seguridad General y puestos en habitaciones separadas. El líder jacobino es recostado sobre una mesa con una caja de madera bajo su cabeza; la noticia de la captura comienza a esparcirse con rapidez y numerosos termidorianos (sus mayores enemigos) acuden cautelosos a observar la escena que involucra al famoso Incorruptible. Su aspecto es deplorable; ensangrentado, gime pero no pronuncia palabra alguna, sólo sus ojos expresan de alguna manera una mezcla de dolor y recelo. El perseguidor se ha convertido por unas horas en un espectáculo que, aunque lamentable, es digno de ser observado por la fúnebre procesión que le mira con una mezcla de sorpresa y horror.  Alrededor de las cinco de la mañana arriban dos cirujanos al Comité para atender a aquellos que están heridos y no pueden dejar aquel recinto, los demás son trasladados a un hospital cercano; al diputado le extraen fragmentos de hueso y dientes que se encuentran alojados en la barbilla y la garganta y le vendan para sostener su mandíbula y que ésta deje de sangrar tan copiosamente. Poco después, él y los veintiún prisioneros se dirigen a las distintas celdas de la Conciergerie para aguardar la hora marcada. Aquel imponente edificio color marfil con almenas circulares los recibe, impasible.   Día 10 de Termidor Pasadas las seis de la tarde, tres carretas (o cuatro, según algunos recuentos) llegan hasta las puertas de la prisión para llevar consigo en un recorrido intencionalmente lento a los condenados.  Las ejecuciones son numerosas y el tiempo apremia, de modo que éstas proceden a realizarse sin protocolo, discursos o solemnidades de por medio. Una rápida sucesión de movimientos mecánicos y la hoja afilada que cae van terminando, una a una, con la vida de los aliados políticos del antiguo dirigente del Comité.  Augustine, incapaz de ponerse de pie o de caminar, es llevado a rastras hasta el cadalso para que cumpla con su destino fatal, lo mismo que Couthon. El líder jacobino es el penúltimo en la lista, por lo que tiene tiempo de observar todo aquello que sucede a su alrededor: desde la aglomeración de gente que ruge al unísono, el accionar de la máquina de madera y acero, con la cesta a sus pies, que trabaja sin parar así como la expresión de sus compañeros que se encaminan a la muerte.  Cuando llega su turno, con la cabeza baja y mirando al suelo, Maximilien avanza entre la furiosa muchedumbre que se encuentra presente para observar el macabro espectáculo. Algunos de los asistentes, que incluyen cocineros, amas de casa, niños, magistrados, almaceneros, artesanos, prostitutas, jornaleros, soldados, así como sacerdotes y carteros, es decir todos aquellos en cuyo nombre supuestamente se gestan las revoluciones, gritan: -¡Muerte al tirano! -¡Que muera, que muera! Otros festejan y lanzan ¡Vivas! a la República; una mujer rubia que aparenta tener treinta años o quizás un poco más, se abre paso entre la multitud y le grita: “Ve malhechor, desciende al infierno llevando las maldiciones de las esposas y madres de Francia”. Durante el trayecto, el líder jacobino avanza de a poco y levanta la vista sólo ocasionalmente. Lo que pasa por la cabeza de Maximilien durante aquellos instantes es un misterio que nunca podrá ser revelado.  ¿Piensa acaso en los argumentos que esgrime tiempo atrás para pedir la muerte del rey francés, a los que otros jacobinos como Marat y Danton se oponen? ¿Piensa en sus compañeros y amigos, como Saint-Just o Couthon, asesinados apenas hace unos instantes? ¿En su hermano? ¿En sus seguidores, en sus enemigos? ¿En El Pueblo, con mayúsculas, que ahora lo veja y maldice? El Incorruptible se encuentra frente a frente con La Doncella, siempre imparcial, que no rechaza a nadie; la misma que terminó con la vida de la archiduquesa austriaca y su esposo, el último monarca absoluto de Francia. Muertes que se ciernen sobre sus hombros, formando una pesada loza, como tantas otras. Los gritos que hacía no mucho Maximilien había utilizado a su favor para clamar por la cabeza de nobles y burgueses mientras los acusa de empobrecer a la gente y provocar hambrunas, ahora claman por la suya.   Pero existe un problema.  Los vendajes de lino, repletos de coágulos y sudor, impiden que su cabeza y cuello se acomoden adecuadamente en el cepo de la guillotina, por lo que el verdugo, de nombre Charles-Henri Sanson, los arranca con un fuerte tirón. Lo que sigue es virtualmente indescriptible.  La falta de soporte que proporcionan las vendas hace que la mandíbula del diputado jacobino se desprenda, sangre violentamente y un inmenso grito de dolor, fuerte y claro, emerge desde lo más profundo de su ser llenado con un silencio total los cuatro puntos de la Plaza de la Revolución.  La escena es escalofriante y como el conflicto en que se haya sumida la nación, parece no tener fin. ¿Cuánto se prolonga aquello, segundos, minutos, horas? Todo tiempo es relativo y ahora pareciera demasiado largo, casi eterno; sólo el golpe seco de la afilada cuchilla logra poner fin a aquel bestial aullido, cuyo eco continúa resonando mientras Sansón levanta la cabeza cercenada y la muestra a la muchedumbre.  Ni uno solo de los asistentes pudo evitar estremecerse aquel día y, si se les preguntara qué era aquello que sentían durante la ejecución (o quizás, durante todos y cada uno de los años que duró el Régimen) su respuesta no pudo ser otra más que una sola palabra: terror.  Lo que sobreviene, como suele pasar cuando el peligro y la tensión han cesado, serán días de festejos y aplausos que sólo aminorarán cuando el cuerpo de Maximilien François es depositado varios metros bajo tierra, en una fosa común en Errancis. " ["post_title"]=> string(9) "El Terror" ["post_excerpt"]=> string(190) "La nación se había resquebrajado durante los últimos años en la búsqueda de una utopía que, como ha sucedido innumerables veces en la historia, fue transformándose en una pesadilla. 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