Redes sociales: cómo nos volvemos caja de resonancia de mentiras y rumores 

Estamos inundados de una mezcla de sobre-información, mentiras y datos contradictorios… Entre docenas de versiones del mismo hecho, no tenemos idea de cuál creer. Sin auto-censurarnos, ha llegado el tiempo del silencio, de la mesura que sustituya...

14 de mayo, 2021

Estamos inundados de una mezcla de sobre-información, mentiras y datos contradictorios… Entre docenas de versiones del mismo hecho, no tenemos idea de cuál creer.

Sin auto-censurarnos, ha llegado el tiempo del silencio, de la mesura que sustituya la estridencia. Y ¿cómo?: distinguiendo entre información, opinión y rumor.

Si bien este fenómeno ya ocurría antes, la pandemia lo ha agudizando: estamos completamente inundados de una mezcla de sobre-información, mentiras, datos contradictorios y cambiantes, tanto acerca de temas sanitarios, como de la política local y mundial. Por si fuera poco, el problema no es solo la sobreabundancia de temas, sino que estos cambian, se renuevan y contradicen a tal velocidad que el maremagnum de datos resultante termina por ser incomprensible. 

Entre las docenas de versiones del mismo hecho, no tenemos idea de cuál creer. Entonces, ante la imposibilidad de razonar con serenidad, nuestras emociones se desatan –especialmente miedo, desconcierto, ansiedad y angustia– conduciéndonos a un bloqueo que nos lleva a reproducir y esparcir como verdades aquello que más nos inquietó. En busca de aliviar nuestra propia ansiedad nos convertimos en caja de resonancia de aquello más nos mueve y nos conmueve, sin importar si es o no verdad, sin tomar en cuenta si construye o destruye a su paso. 

A esta circunstancia debemos sumar las redes sociales, donde la saludable democratización de la opinión va camino a transformarse, si no lo es ya, en una ciénaga de comentarios sin ton ni son y donde la emocionalidad, la ideología parcial y desinformada, las filias y fobias políticas y personales, así como bots patrocinados por organizaciones desconocidas que promueven agendas interesadas y ocultas, terminan por semejar un mar embravecido que genera solo confusión y encono. Esta preocupante realidad pone en riesgo el valor comunicativo y democratizante de las redes sociales, al acercarlas más a una incomprensible maraña de insultos e información encontrada, cuando de origen poseen todas las características para convertirse en una herramienta fascinante de contacto entre personas de la más amplia diversidad y riqueza cultural. 

Daniel Goleman en su libro Focus. El motor oculto de la excelencia, estudia los procesos por los que nuestro cerebro pasa cuando es sobrecargado de este modo. Al respecto nos da pistas acerca del camino correcto para acercarnos a la solución: “Nuestro detector cortical de patrones significativos parece diseñado para transformar la complejidad en reglas manejables que permiten tomar decisiones. Una capacidad cognitiva que sigue creciendo a lo largo de los años es la inteligencia cristalizada, es decir, reconocer lo que importa en medio del tumulto. Hay quienes lo llaman sabiduría 1 ”. (P. 196)




 

Pero ¿cómo aproximarnos, así sea de forma paulatina, a esta “sabiduría” de la que habla Goleman? 

Uno de los primeros pasos está en tomarnos el tiempo para distinguir entre información, opinión y rumor, y una vez hecha esta distinción, poner cada uno en su lugar, dándoles el peso justo. 

Es cierto que la aparición de las redes sociales trajo como consecuencia una democratización de las opiniones. Gracias a ellas, todos podemos expresar lo que pensamos y lo que sentimos, compartir los contenidos que nos parezcan relevantes, tener la sensación de ser escuchados y compartir con “el otro”, en un circuito de ida y vuelta, lo que nos preocupa y nos motiva, y esto sin duda es un avance monumental con relación a lo que ocurría en el pasado, pero esto no es otra cosa que una danza de opiniones, la mayoría de ellas, sin las credenciales, conocimiento y experiencia como para ser tomadas en serio. 

La democratización de la opinión por medio de las redes sociales es un avance sin precedente en la historia de la comunicación humana por su inmediatez y alcance. Pero, en contraparte, por un lado la misma inmediatez le resta reflexión y distancia con los hechos y el anonimato disuelve la responsabilidad de lo dicho. Para que una opinión sea sujeta a tomarse en cuenta dentro de una democratización de contenidos, lo primero que tendría que tener es un individuo firmante –con nombre y apellido– que se haga cargo y responsable de dicha opinión. 

Por otro lado, cuando el intercambio deja de serlo para convertirse en un estridente caudal descontrolado y caótico, una mezcla incomprensible de monólogos, descalificaciones e insultos, la herramienta pierde por completo su sentido y utilidad. 

Nos guste reconocerlo o no, esta supuesta democratización tiene límites. Pensar seriamente que todas las opiniones son equivalentes, sin importar que un dato sea expresado por un anónimo, por un individuo con nombre y apellido –pero sin credenciales ni experiencia en el tema– o por un especialista reconocido o una universidad o centro de investigación con cierto prestigio que cuidar, es una simple y llana necedad. 

Por eso, sin autocensurarnos, quizá ha llegado el tiempo del silencio, de la pausa, de la mesura que sustituya el estruendo, la estridencia incomprensible, el aturdimiento angustiante. Tenemos las herramientas, ahora se trata de aprender a usarlas con “sabiduría”: que se hable con libertad, con apertura, desde los más diversos puntos de vista, de forma crítica y profunda, pero que lo haga quien tenga algo razonable, fundado, argumentado, razonado qué decir, y que quienes recibamos dichos mensajes sepamos distinguir entre opinión, rumor e información, ponderando las fuentes, el tono y la intención con que las publicaciones son hechas. 

Es falso que, para existir comercial, profesional o personalmente estemos obligados a publicar, varias veces al día, imágenes y contenidos de todo tipo con lo primero que nos venga a la mente y es falso también que todas las opiniones y que toda la información tenga el mismo valor.

La democratización de la opinión es una bella y romántica idea, aunque lamentablemente falsa. Ni todas las opiniones valen lo mismo ni todas merecen ser escuchadas con la misma atención y recibiendo el mismo espacio y crédito. La autocontención –que no autocensura– es un buen principio. Lo que ya está dicho, y bien dicho, no necesita ser repetido ad nauseam. Y bien haríamos en no continuar siendo esa caja de resonancia de rumores y datos sin comprobar en que nos convertimos cada vez que reproducimos y compartimos supuestas verdades que carecen de fuente confiable o datos que no resisten el más elemental análisis racional.

Estamos en posibilidad de protegernos contra las informaciones que buscan desinformarnos, manipularnos, inseminarnos opiniones interesadas, y no se requiere de diplomas doctorales, tan solo una breve batería de preguntas simples: ¿quién dice qué y cuál es la fuente?, rechazando siempre el anonimato, las voces electrónicas y las supuestas instituciones que la gran mayoría de las veces o no existen o no dijeron lo que se les atribuye. ¿Con qué intención se dice lo que se dice? ¿Quién sale favorecido o perjudicado si aquello que se expresa fuera verdad… o si fuese mentira? Los datos presentados ¿podrían interpretarse de otro modo?  

Podemos protegernos no creyendo lo que no es digno de ser tomado en serio y no compartiendo lo que no estemos seguros que es verdad, a menos que se trate de una opinión y que sea compartida como tal. Esta, que parece una pequeña acción de carácter personal, puede generar una enorme diferencia si se volviese viral; de cada uno de nosotros depende que así sea. 

Es necesaria una actitud de apertura, pero jerarquizando según las fuentes y el tipo de información: un post sin remitente en un grupo de Whatsapp tendrá que tener menos credibilidad que un artículo firmado por un autor y avalado por un medio de comunicación establecido. Necesitamos referentes básicos para poder separar la paja del trigo: en principio siempre le daré más validez a un comunicado oficial de la OMS, que a un video en Youtube donde una voz robótica y anónima dice lo opuesto.

La combinación seria entre forma, fondo e intención –lo que implica erradicar la descalificación infundada y el insulto gratuito–, junto con la identidad y las credenciales de quien opina o informa, concretan una publicación digna de ser tomada en serio, y cualquier contenido por debajo de este estándar carece de razón de ser y solo colabora con ruido e interferencia entre potenciales diálogos iluminadores.

Web: www.juancarlosaldir.com

Instagram:  jcaldir

Twitter:   @jcaldir   

Facebook:  Juan Carlos Aldir

1 Goleman Daniel, Focus. El motor oculto de la excelencia, 1a Edición, México, Ediciones B, 2014, P. 196

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Los enanos permanecerán enanos aunque se suban a los Alpes.”  – August von Kotzebue (1761-1819), dramaturgo alemán. El mundo de la mitología y la fantasía nos ha heredado toda una serie de personajes, historias y frases memorables, por ejemplo aquélla popular que dice "Si he visto más lejos, es poniéndome sobre los hombros de gigantes" utilizada por Isaac Newton en 1675 y que en realidad es una metáfora que se refiere a lograr un progreso a partir del entendimiento adquirido previamente por otros y que en latín se lee como: nanos gigantum humeris insidentes. El término enano proviene del latín nanus y este del gr. νᾶνος nânos que significa diminuto en su clase o especie y se aplica como prefijo en la nanotecnología, nanociencia, nanoscopía o nanometría. En el mundo fantástico, los enanos son miembros de una raza ficticia inspirada en la mitología (enanos nórdicos, asociados con lo subterráneo, las piedras, la magia, y la forja entre otros). Se le conoce como enanismo a la estatura baja ocasionada por una enfermedad o un trastorno genético, dicha estatura promedio en personas con enanismo es de 122 cm, incluso Napoleón fue considerado como “chaparrito” aunque algunos documentos demuestran que su estatura era de 169 cm aproximadamente en comparación a la medida por encima de los 170 cm que era el estándar para la Guardia imperial, lo cual dio nombre al síndrome del hombre bajito o complejo napoleónico que hace alusión a un estereotipo social negativo y que algunos consideran como un mito. Sabio, Bonachón, Dormilón, Mocoso, Tímido, Gruñón y Tontín son los nombres que Disney dio a los siete enanos del clásico cuento “Blancanieves” de los Hermanos Grimm: “…Corrió hasta la caída de la tarde; entonces vio una casita a la que entró para descansar. En la cabañita todo era pequeño, pero tan lindo y limpio como se pueda imaginar. 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El enano saltarín es otro personaje de los Grimm, cuya habilidad es hilar la paja en oro y que en 2011 saltaría a la fama a través de la serie Once Upon a Time, encarnado por el actor escocés Robert Carlyle, en una versión alterna del clásico de Blancanieves. 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