La introspección: herramienta para gestionar tiempos difíciles 

Tras la educación y la economía, la interacción humana es el tercer ámbito más afectado como consecuencia de la Era Covid. Desarrollar la introspección nos permite mirarnos cara a cara, confrontarnos y reconfigurarnos de manera intencional y...

16 de octubre, 2020

Tras la educación y la economía, la interacción humana es el tercer ámbito más afectado como consecuencia de la Era Covid.

Desarrollar la introspección nos permite mirarnos cara a cara, confrontarnos y reconfigurarnos de manera intencional y ventajosa en nuestro vínculo con los demás.  

El ser humano está siempre en interacción con algo o con alguien. No existimos en la nada ni en el vacío y por ello tomar acciones conscientes acerca de la forma en que nos vinculamos con la existencia es central para entender la Era Covid e influir en la construcción de los tiempos post-pandemia, tanto en lo individual como en lo colectivo. 

La interacción de la que hablo se da en tres dimensiones: nos vinculamos con los demás seres humanos, con el entorno y con nostros mismos. Como consecuencia de los distintos niveles de confinamiento que hemos padecido y la distancia social que habremos de seguir experimentando por una buena cantidad de tiempo, nuestras maneras de relacionarnos en esas tres dimensiones se han visto trastocadas, y muy probablemente muchos de estos cambios habrán de permanecer en los tiempos post-covid, modificando para siempre nuestros parámetros de relación y contacto. 

Tras la economía y la educación, éste, la interacción, es el tercer ámbito de mayor, más profunda y duradera afectación para la civilización humana como consecuencia de la Era Covid. 

Es pronto aún para saber la forma y la profundidad en que habrá de modificarse nuestra manera de relacionarnos en todos los niveles. A lo largo de las últimas entregas he intentado reflexionar acerca de lo que podría significar la Era Covid para nuestro futuro y he intentado resaltar la importancia de que asumamos la responsabilidad para influir en el mundo que se está gestando ante nuestros ojos. Pero para que esto sea posible, resulta indispensable abordar la forma en que nos relacionamos con aquello que nos sucede internamente ante los acontecimientos que nos aquejan.

Como seres racionales-emocionales, cada uno de los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor, en especial aquellos que trastocan de forma directa o indirecta nuestra vida, nos afectan, y no siempre ponemos la atención debida para considerar la profundidad e importancia de dicha afectación. 

Si nos permitimos funcionar internamente en “piloto automático”, en vez de detenernos, reflexionar y asimilar lo que nos sucede en aras de tomar decisiones que, además de la emocionalidad, pasen por el tamiz de la razón, caeremos en conductas impulsivas, nos carcomerá el estrés y tendremos cada vez menos claridad mental y una mayor sensación de ser devorados y gobernados por las circunstancias.     

  Desde luego que se trata de un tema demasiado amplio para ser tratado a profunidad en un espacio como éste, pero sí es posible plantear dos mecanismos fundamentales para llevar a cabo este proceso. Hoy nos enfocaremos en uno de ellos: en tiempos donde lo que destaca es el ruido, la información contradictoria y falsa, la crisis económica y sanitaria, una de las herramientas más importantes y útiles para tomar contacto con nosotros mismos y con la propia existencia es la introspección. 

Al existir en interacción con los otros y el entorno, nos suceden, tanto en lo externo como en lo interno, infinidad de cosas, y recibimos una innumerable cantidad de estímulos de la más amplia variedad. El problema es que toda esta información no se almacena en nuestra mente de forma neutra o inocua, sino que conlleva reacciones y consecuencias que se traducen en acciones y conductas que posteriormente condicionan y construyen nuestro futuro, tanto en el inmediato, como a mediano y largo plazo. Es por ello que detenernos a reflexionar seriamente acerca de todo ello es fundamental para nuestra vida.  

Es verdad que la introspección no ha tenido demasiada publicidad a lo largo de los años. De hecho, al contrario, todo conspira para que la dejemos de lado. Ante la velocidad con que la circunstancias nos obligan a movernos, detenerse a interiorizar suena casi anti-natura

El mundo pre-covid nos enseñó que la existencia consiste en la acumulación de objetos y experiencias, ambas debidamente inventariadas con fotos y videos para que quede constancia de nuestra vida a partir de que dichas pruebas, una vez que pasen por la aduana de ser compartidas, vistas y comentadas. Y una vez conseguido esto, el plan consiste en acumular más objetos y experiencias susceptibles de documentarse para que los otros comprueben que seguimos el camino “apropiado”.   

Sin embargo, paradójicamente la Era Covid nos ha obligado a tomar un respiro. A causa de la distancia social y la suspensión de actividades en espacios públicos, el catálogo de experiencias “memorables y compartibles” se ha reducido, al menos por un tiempo, a su mínima expresión. Las vidas aparentemente extraordinarias exhibidas en las redes sociales por aquellos “contactos” que consideramos referencias del buen-vivir se trasmutan en existencias tan ordinarias como la nuestra y por un espacio de tiempo, la competencia sin destino se ha suspendido. 

Por fin pudimos tomar un respiro, aunque la mayoría optó por engancharse en una nueva versión de la misma dinámica: llenar ese vacío de nuevas vivencias con fotos y recuerdos del pasado, con testimonios y videos de lo que significaba quedarse en casa, mostrar supuestas habilidades recién adquiridas, inscribirse en toda suerte de cursos, talleres y “webinars” de la más variada especie, en fin, cualquier cosa con tal de no dejarse alcanzar por el silencio y el autoexámen. 

Por eso no sorprendió la sobresaturación de publicaciones de gente desesperada mostrando sus rutinas de confinamiento, sus primeros acordes con una guitarra, su recién descubierta pasión por la repostería, sus novedosas y exóticas rutinas de ejercicio, la más desorbitada creatividad manifiesta en delirantes teorías de la conspiración y un largo y absurdo etcétera. Porque, de nuevo, no mostrar, no compartir, equivale a la inexistencia.  

Pero, a pesar de todo, en la intimidad de la pausa, no tuvimos más remedio que pasar una buena parte del tiempo con nostros mismos, y, ante la falta de costumbre, esa especie de soledad forzosa no tardó en resultarnos abrumadora. Muestra de ello está en lo ocurrido durante las semanas de confinamiento: aumento en el consumo de bebidas alcohólicas e incremento desmesurado de la violencia doméstica, en especial contra la mujer. 

Ante lo opresivo del aislamiento, siempre resulta más fácil abrir la puerta a los estímulos desordenados del exterior que nos “salvan” del silencio que, ante la falta de costumbre, confrontarnos con nuestra propia interioridad y asumir nuestra ebullición personal como parte de quienes somos. 

El problema está en que esta dinámica “salvadora” de permitir que nos inunde el exterior está muy lejos de ser inofensiva. Si esta cascada de información y acontecimientos descontrolados la dejamos penetrar en nuestro interior sin orden ni concierto, lo más probable es que, en lugar de alcanzar comprensiones útiles y provechosas para nuestra propia vida, nos sumerjamos en la confusión y el desconcierto. 

Justamente la introspección es un mecanismo a nuestro alcance para tomar contacto con el silencio, permitir que cada cosa se acomode en su sitio y de este modo mantenernos en un estado de mayor ecuanimidad que nos faculte para gestionar mejor nuestra propia existencia.     

Pero podemos ir más allá: si le damos una vuelta de tuerca más, podemos entender la introspección, esa reflexión profunda acerca de nostros mismos, no solo como una herramienta para descifrar la realidad desde una perspectiva más amplia y serena, sino también como mecanismo de transformación que nos acerque a nuestra mejor versión en los distintos aspectos de la existencia. 

La introspección invita a observar la propia consciencia, la propia existencia desde una mirada capaz de distanciarse, de asumirse como un observador que reconoce sus emociones, pensamientos y actos, sin identificarse en exclusiva con ellos. Quizá sentí esto o aquello, pensé una cosa o la otra, hice A o B, pero no soy eso, no estoy condicionado a repetir los mismos patrones por siempre y por eso, tanto emociones, como pensamientos y actos pueden ser transformados. 

Desarrollar la capacidad de introspección en tiempos tan aciagos como los presentes nos permite mirarnos cara a cara como si se tratase de un espejo, tomar consciencia de todos esos contenidos, emociones, impulsos que nos constituyen, confrontarlos y reconfigurarlos de manera intencional y ventajosa.  

Quizá la posibilidad de introspección sea uno de los pocos regalos que nos hizo la Era Covid: la necesidad imperiosa de detenerse y pensar, aunque sea por un momento, en lo que sigue, en lo que nos gustaría que siguiera, en lo que no seguirá por más que lo deseemos, en lo que podría o no seguir, con o sin nuestra anuencia. 

A partir del ejercicio serio y comprometido de la introspección podemos reconocer los límites que nos impone la realidad, al mismo tiempo que ejercemos la capacidad auténtica para influir en nuestra propia vida y en el mundo que nos rodea. 

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