Era Covid: Proxémica y Urbanismo: del hacinamiento obligado a un futuro incierto

La era Covid ha puesto de manifiesto algo que ya sabíamos, pero que habíamos decidido ignorar: la convivencia en espacios cerrados y reducidos, durante un tiempo indeterminado, así sea con la propia familia, produce problemas emocionales y...

5 de febrero, 2021

La era Covid ha puesto de manifiesto algo que ya sabíamos, pero que habíamos decidido ignorar: la convivencia en espacios cerrados y reducidos, durante un tiempo indeterminado, así sea con la propia familia, produce problemas emocionales y conductuales que muy fácilmente derivan en la violencia, el abuso y el maltrato.

Mientras que la población mundial se aglomera cada vez más en grandes ciudades, las tendencias en la edificación urbana se inclina por espacios progresivamente más reducidos y menos luminosos, donde debe habitar más gente, sin importar los efectos que dichas reducciones y hacinamientos producen en la salud física, emocional y mental del ser humano. 

Esto aplica tanto en vivienda como en oficinas y nunca antes como en esta Era Covid, de confinamientos obligatorios y distancia social, se había hecho tan evidente y preocupante. 

Hoy cerramos la revisión del trabajo de Edward T. Hall, aplicándolo en esta ocasión al diseño de espacios físicos, tanto públicos como privados y nuestra relación con ellos. Recordemos que Hall, en su libro La dimensión oculta1 hace un interesantísimo estudio acerca de los diferentes tipos de distancias que los seres humanos guardan entre sí en aras de relacionarse, sin dejar de tomar en cuenta los espacios físicos que compartimos.  

A este respecto Hall afirma: “Si uno considera los seres humanos del mismo modo que los consideraban los antiguos tratantes de esclavos y concibe sus necesidades de espacio sencillamente en función de los límites de su cuerpo, le importan poco los efectos del hacinamiento. Pero si uno ve al hombre rodeado de una serie de burbujas invisibles pero mesurables, la arquitectura aparece de otro modo. Entonces es posible imaginar que la gente se sienta apretada en los espacios donde tiene que vivir y trabajar2 ”. 

Es fundamental destacar que no se trata simplemente de un tema de comodidad o estética, sino del efecto pernicioso y perjudicial que los espacios reducidos, poco luminosos y sobre-habitados producen en los seres humanos. Ante la cohabitación sostenida en espacios reducidos y sobre-habitados, Hall afirma: “Es posible incluso que (la gente hacinada) se sienta obligada a comportamientos, relaciones o descargas emocionales en extremo estresantes. Como la gravedad, la influencia de dos cuerpos uno en otro es inversamente proporcional no sólo al cuadrado de la distancia entre ellos sino tal vez aún al cubo. Cuando aumenta el estrés aumenta con él la sensibilidad de hacinamiento (la gente se pone más irritable), de modo que hay cada vez menos espacio disponible cuanto más se necesita3”. 




Esta descripción retrata una escena recurrente, y cada vez más habitual, en los domicilios urbanos de la gran mayoría de las ciudades. Y ni siquiera hablamos en exclusiva del estrato de población más pobre, sino de amplios segmentos de clase media cuyos espacios habitacionales han entrado en un acelerado proceso de encogimiento desde hace décadas. Si ya de por sí esta sensación de claustrofobia compartida existía desde antes, en niveles progresivos y preocupantes –recordemos que el texto de Hall data de 1966 y ya entonces podía reconocerse y anticiparse dicho fenómeno–, a partir del confinamiento obligado por la Era Covid, las consecuencias se han multiplicado de forma alarmante, afectando en especial a las mujeres y a las poblaciones más vulnerables. No es casualidad que la violencia doméstica –particularmente la relacionada con el género– se haya disparado en prácticamente en todo occidente. 

Como hemos ido desentrañando en los últimos artículos, el problema de la distancia entre los seres humanos es un tema capital para construir vínculos y relaciones. De forma paradójica, mientras la pandemia nos ha obligado a mantener una distancia cada vez mayor con la gente que no forma parte de nuestro círculo personal e íntimo, la misma Era Covid, con sus prevenciones sanitarias y limitaciones de tránsito y convivencia ha provocado que aquellos que cohabitan en mismo domicilio deban traslapar sus espacios vitales por demasiadas horas al día, provocando con ello sensaciones de hacinamiento, asfixia colectiva, falta de intimidad y sobre abundancia de interacción. 

Si bien el aislamiento seca el alma y el espíritu ante la falta de contacto, cercanía e intimidad, la sobreexposición al contacto con el otro y la falta de espacios privados y personales produce irritación, ansiedad y violencia. En ambos casos, aislamiento y hacinamiento, los vínculos, las relaciones y las formas de relacionarse se modifican, alteran y distorsionan, con lo cual resulta cada vez más frecuente que el vínculo íntimo oscile con facilidad de la cercanía, el amor y la convivencia armónica, al estrés, la violencia y la intolerancia. Esto nos lleva a que los vínculos dentro del núcleo familiar se trastoquen, que las parejas exacerben sus diferencias, que los chicos en edad escolar tengan cada vez más dificultades para concentrarse y que en general el entorno familiar se deteriore.

También nuestra relación con los espacios públicos ha comenzado a deteriorarse. Si caminamos por la calle o visitamos un parque no sabemos a ciencia cierta qué distancia es la apropiada para evitar riesgos de contagio. Por su parte los espacios públicos cerrados, como el transporte público, estaciones de metro, de tren, aeropuertos, restaurantes, centros comerciales, etcétera, resultan los lugares más peligrosos en términos sanitarios, solo superados en riesgo por las reuniones de amigos y familiares no-convivientes que se organizan en los espacios privados. Es decir que la Era Covid y sus riesgos sanitarios están directamente relacionados con la cercanía que guardamos con el otro y el espacio físico en que dicha interacción tiene lugar. 

Si bien el proceso de vacunación masiva y universal contra el SARS-CoV-2 ha comenzado en un buen número de países, no parece que en casi ningún lugar los calendarios previstos terminen por cumplirse. Lo cierto es que, sumado a los problemas de producción y entrega de las propias farmacéuticas, el desafío económico, técnico, científico, social y logístico que implica ducha campaña global, así como la incertidumbre que conlleva el proceso en general no permite suponer que volveremos pronto a los niveles de movilidad y convivencia segura previos a diciembre de 2019. Y aún si esto ocurriera, las carencias sobre este tema puestas en evidencia por la Era Covid no habrán de desaparecer.  

Ante los inminentes cambios de hábitos, tanto laborales como educativos, se requerirán de espacios de trabajo y estudio en casa, lo que se traducirá en un mayor tiempo de convivencia. Al respecto nos dice Hall: “Como en la relación entre el tabaco y el cáncer, los efectos acumulativos del hacinamiento por lo general no se notan sino cuando el daño ya está hecho4”. Esto nos permite suponer que las preguntas que nos hacemos hoy persistirán aun cuando se haya erradicado el riesgo de contagio: ¿qué tanto habrá de transformarse la manera de concebir el urbanismo luego de las lecciones dejadas por la Era Covid?

El ser humano necesita, tanto para ser productivo como para alcanzar una convivencia pacífica y constructiva, de espacios apropiados y suficientes. La era Covid ha puesto de manifiesto algo que ya sabíamos, pero que habíamos decidido ignorar: la convivencia en espacios cerrados y reducidos, durante un tiempo indeterminado, así sea con la propia familia, produce problemas emocionales y conductuales que muy fácilmente derivan en la violencia, el abuso y el maltrato.

Al igual que en las entregas anteriores, más que respuestas, lo que surgen son preguntas: ¿cómo debe reinterpretarse el diseño de los espacios en las grandes ciudades? ¿Cómo resolver y equilibrar el problema de costo-espacio en las futuras construcciones habitacionales, cuando quizá la tendencia de los tiempos –con la educación y el trabajo a distancia– nos lleve a pasar más tiempo en casa acompañados de la familia completa? ¿Hasta qué punto cada miembro de la familia debe tener un espacio de privacidad que favorezca la convivencia armónica?    

Pero, más allá de lo complicado que resulta dar respuestas a interrogantes de este tipo, lo objetivamente cierto es que los riesgos sanitarios de esta Era Covid –y que han costado al mundo cientos de miles de muertos– debido a la etiología y modos de contagio del SARS-CoV-2, están directamente relacionados con dos factores: la distancia que guardamos los seres humanos entre nosotros al vincularnos y al espacio físico en que dicha interacción tiene lugar. Así de importante es para nuestros tiempos el tema de la proxémica, disciplina creada por Edward T. Hall, y esto nos obliga a encontrar alguna enseñanza a los tiempos por venir. 

El espacio en que nos movemos y la distancia que nos separa de nuestros semejantes, aun sin Era Covid es un asunto central para el desarrollo y la viabilidad humana. Así como en textos anteriores revisábamos las posibles formas óptimas de vinculación y contacto con el otro, hoy la reflexión nos lleva a preguntarnos acerca de cómo tendrán que ser los espacios laborales y los espacios de vivienda, así como los espacios públicos y privados que compartimos como sociedad para proveer de mayor salud y bienestar al ser humano del futuro. 

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Facebook: Juan Carlos Aldir

1 Hall, Edward T., La dimensión oculta, Primera Edición, Vigésimo séptima Reimpresión, México, Siglo Veintiuno, 2019, Págs. 255

2 Íbidem, P. 158

3 Idem.

4 Ibidem, P. 210

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