Era Covid: La dieta cultural: otra forma de nutrirnos o intoxicarnos

Con el pretexto de desconectarnos del estrés cotidiano, solemos refugiarnos en contenidos audiovisuales que terminan por ser dañinos. En la crisis actual esta dinámica se ha agudizado. Es urgente tomar la responsabilidad sobre lo que permitimos que...

30 de octubre, 2020

Con el pretexto de desconectarnos del estrés cotidiano, solemos refugiarnos en contenidos audiovisuales que terminan por ser dañinos. En la crisis actual esta dinámica se ha agudizado. Es urgente tomar la responsabilidad sobre lo que permitimos que forme parte de nuestra comprensión de la realidad

El axioma “somos lo que comemos” puede plantearse de una forma más amplia y profunda: “somos todo aquello que dejamos entrar a nuestros sistemas”. La dieta cultural consiste en todo aquello –educación, información, artículos de prensa o internet, entretenimiento, actividades culturales, memes, rumores, etc.– que permitimos que entre en nuestra psique y que de algún modo se integra a nuestra comprensión subjetiva del mundo y la realidad. 

Puesto que no somos solo cuerpo, sino también interioridad, “alimentarnos” no se limita solo a aquello que ingerimos físicamente y que se integra a nuestros sistemas corporales mediante la digestión, sino que, en una visión más amplia, “alimento” tiene que ver con todo aquello que dejamos entrar a nuestros diversos sistemas y que, al integrase a ellos, nos nutre –o intoxica– de diferentes formas.  

Así como en un universo objetivo, ciertos alimentos aportan nutrientes, también hay ciertas variedades de comida que hacen lo opuesto y, en vez de alimentarnos, nos acercan a la desnutrición o directamente nos intoxican. 

Con los contenidos subjetivos ocurre lo mismo. Hay una variedad de ellos que nos enseñan, nos enriquecen, nos aportan nuevos y variados panoramas para afrontar la vida, mientras que otros minan nuestra esperanza, nuestra voluntad, nos deprimen, nos saturan, nos abruman, nos estresan, nos debilitan y, en definitiva, lejos de “nutrirnos”, nos contaminan. Por eso, de la mano con la introspección, aquello que seleccionemos como nuestra “dieta cultural” será determinante para dotarnos de recursos y vigor para encarar el futuro o, por el contrario, para debilitarnos y empobrecernos.    

Si ya desde tiempos precovid, con el pretexto de desconectarnos del estrés cotidiano, solíamos refugiarnos en  las redes sociales y en contenidos televisivos, literarios, cinematográficos y/o audiovisuales huecos o directamente dañinos, en la época de pandemia esta dinámica, lejos de disminuir, se ha agudizado. 




El escenario se ha vuelto aún más turbio al sumar a la sobreabundancia de plataformas de contenidos digitales del tipo Netflix, Amazon Prime o YouTube, la confusa proliferación de artículos sin fuente, videos sin autor, memes sin escrúpulos y datos sin aval que las redes sociales y los grupos de WhatsApp se encargan de propagar sin el menor pudor, confundiendo, a veces sin querer y otras a propósito, ese maremagnum de datos sin orden ni concierto con supuesta información, que en la mayor parte de los casos no resiste el menor análisis, y que además resulta repetitiva, cambiante o desvergonzadamente falsa.  

El problema está en que casi siempre “desconectarnos”, gestionar el estrés, la angustia o la frustración a partir de contenidos tóxicos resulta contraproducente. Es igual que si para comer algo rápido y sabroso porque morimos de hambre, nos contentamos con una buena porción de comida chatarra: puede parecer cómodo y favorable al otorgarnos una gratificación instantánea de saciedad y sabor agradable, pero contraproducente para nuestra salud al mediano y largo plazo.   

En su libro Focus, Daniel Goleman habla de una condición a la que llama “ceguera sistémica”. Dicho fenómeno consiste en el hecho de que nuestro cerebro está imposibilitado para percibir los sistemas que rigen nuestra realidad. Aunque en gran medida habla de él para referirse al “cambio climático” como consecuencia de acciones humanas cuyos efectos nos resulta imposible de relacionar con el sistema planetario, también se refiere a esos pequeños actos cotidianos que llevamos a cabo sin entender el daño que nos producen. Dice Goleman: “Cuando comemos un postre muy graso no recibimos una señal que nos diga ‘si continua haciéndolo, vivirá menos’1”. Pero, si lo pensamos seriamente, a pesar de no recibir esa señal, sabemos que así será. 

Exactamente lo mismo ocurre con los contenidos audiovisuales, o de cualquier tipo, que permitimos que entren a nuestra psique: puesto que no existe el efecto “neutro”, a la larga o a la corta, habrán de producir consecuencias y cuando la práctica es frecuente –tal y como sucede con los alimentos grasos y los azúcares procesados–, se convierte en una necesidad cada vez más adictiva al tiempo que sus efectos negativos se acumulan y potencian de manera sinérgica entre sí.

Por ello, como decíamos las semanas anteriores al respecto de la introspección y la pausa, otro modo consciente de encarar la Era Covid consiste en suministrarnos con sensatez y cuidado aquellos materiales externos y contenidos culturales que permitimos que entren en nuestra psique, ya que, nos guste o no, terminarán por moldear nuestros estados mentales y/o emocionales. 

Hacernos cargo de nuestra “dieta cultural” es una forma potente y eficaz de asumir el poder sobre nuestros estados mentales y emocionales. Al entender que la existencia es ese cúmulo de experiencias que llenan nuestro tiempo vital y asumir la responsabilidad al respecto de las mismas, dejamos de ser víctimas pasivas de los acontecimientos, para convertirnos en artesanos de nuestra vida interior. 

Si, en vez de seleccionar rigurosamente lo que dejamos entrar a nuestra psique, recibimos por defecto cualquier cosa que se nos pongan enfrente, así venga del periódico, de internet, publicaciones en Facebook, grupos de Whatsapp, imágenes en Instagram, debates absurdos en Twitter, etcétera, no debemos sorprendernos de que nuestros estados de ánimo permanezcan en un vaivén fuera de nuestro control y con ello nuestra experiencia de vida se deteriore y, como consecuencia, también nuestros vínculos afectivos y sociales.   

  El gran asunto está en saber escoger cuáles son los “alimentos” que nutren nuestra mente, que nos potencian, que nos “hacen bien” y cuáles, por el contrario, son limitantes, nos deprimen, llenan de miedo y debilitan nuestra confianza, aun cuando nos gusten o nos diviertan. En llevar a cabo esa selección de una manera atinada está gran parte de la clave para acrecentar nuestro poder interior. 

En gran medida se trata de sentido común, pero no del todo. Tal y como ocurre con los alimentos físicos, hay platillos que nos fascinan, pero nos hacen mal; lo mismo ocurre con los alimentos de la “dieta cultural”. En ambos tipos de alimento, conforme te interesas en el tema, vas descubriendo cuáles son preferibles por encima de otros –con independencia de cuáles se te antojan más en un principio–. Si adquieres el suficiente compromiso contigo mismo y tu salud, poco a poco irás privilegiando aquellos que te resulten más nutritivos y beneficiosos y erradicando de “todas tus dietas” aquellos que no lo sean. 

Aunque todo esto parece obvio, en realidad no lo es. Vivimos en tiempos de absoluta saturación de contenidos audiovisuales de todo tipo, muchos de ellos muy atractivos en la superficie, pero agresivamente alienantes y tóxicos en lo profundo. No suele hacerse viral lo constructivo, optimista y mesurado, sino lo opuesto: entre más escandaloso, desmedido y sensacionalista, mejor. El problema es que una sobrecarga de este tipo de contenidos conduce a estados emocionales poco saludables, y muchas veces, tóxicos.   

Al actuar en piloto automático en la búsqueda de entretenimiento e información solemos engañarnos, solemos convencernos de que la acumulación de datos y noticias siempre suma, de que lo que nos divierte nos hace bien, pero, si hemos llevado a cabo con seriedad la introspección sugerida en un artículo anterior, sabemos que no es así. 

Estamos tan habituados a estos contenidos y, en cierto modo, resultan tan adictivos y seductores, que lo natural es que nos apresen. Por ello el ejercicio de renunciar a este tipo de publicaciones requiere de un esfuerzo y un ejercicio de la voluntad que no siempre resulta fácil ni cómodo –exactamente igual que cambiar nuestros hábitos alimenticios por unos más saludables–. Además, son tan frecuentes y generalizados que terminan por parecer lo normal.   

El gran reto está en mantenerse atentos y saber discernir lo que nos hace mal –aunque nos entretenga y atraiga– contra lo que nos hace bien –aunque represente un esfuerzo de inicio–. Como casi siempre, depende de nostros: podemos asumir nuestra responsabilidad acerca de nosotros mismos o dejarnos llevar por la corriente de lo cotidiano. Es nuestra decisión. 

Web: www.juancarlosaldir.com

Instagram:  jcaldir

Twitter:   @jcaldir   

Facebook:  Juan Carlos Aldir

1 Goleman Daniel, Focus. El motor oculto de la excelencia, 1a Edición, México, Ediciones B, 2014, P. 188.

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