Era Covid: La convivencia consciente como mecanismo de salud integral

Asumir nuevas formas de socialización que velen por la seguridad y la salud es un imperativo de los tiempos actuales.  La emergencia nos obliga a una nueva manera de relacionarnos con los demás que podría modificar las...

27 de noviembre, 2020

Asumir nuevas formas de socialización que velen por la seguridad y la salud es un imperativo de los tiempos actuales. 

La emergencia nos obliga a una nueva manera de relacionarnos con los demás que podría modificar las dinámicas de interacción social para siempre.

A lo largo de las semanas hemos explorado diversas formas de entender cómo la Era Covid habrá de modificar nuestra vida futura. Pocos ámbitos muestran de forma más patente esta nueva realidad que la manera en que nos relacionamos con los demás. 

La Era Covid plantea importantes retos individuales, pero también colectivos. Los seres humanos somos animales gregarios y sobran los estudios de todo tipo que prueban la necesidad que tenemos como especie del contacto con “el otro”.  Asumir nuevas formas de socialización que al mismo tiempo que velen por la seguridad y la salud, contemplen maneras aceptables de convivencia y contacto, es un imperativo central. 

Las recomendaciones de prevención –como el cubrebocas, lavado de manos y distancia de seguridad– pueden ser eficaces para evitar el contagio de SARS-CoV-2, pero la salud no solo consiste en “no tener covid”. La auténtica salud emerge cuando logramos un balance entre bienestar físico, mental, psicológico, emocional y relacional. Es por eso que la mera prevención de esta enfermedad en particular no nos convierte en seres humanos ni sanos ni nos provee de una sensación general de bienestar. 

Lo que sí es verdad es que la combinación de la alerta sanitaria, las medidas que se deben tomar para prevenirla y la duración indefinida de la emergencia nos obligan a crear una nueva manera de relacionarnos con los demás, que bien podría modificar las dinámicas de interacción social para siempre.




Hemos dejado de asistir de manera regular a las oficinas, a evitar en lo posible el transporte público y las aglomeraciones, a erradicar temporalmente de nuestra vida los eventos públicos, los cines, los teatros, los gimnasios, a visitar con desconfianza restaurantes, supermercados y centros comerciales. Se han  suspendido las convencias familiares y con amigos a su mínima expresión. Incluso el saludo ha dejado de entrañar un apretón de manos, un beso o un abrazo, para convertise en un gesto impersonal y distante, detrás de una mascarilla. Es ingenuo suponer que este tipo de dinámicas sostenidas durante varios meses –y quizá años– no alterarán nuestra forma de relacionarnos con los demás y por ende a transformar nuestra experiencia de vida. 

Imaginemos un escenario extremo: de pronto los estados nacionales están en condiciones de entregar una pensión universal a todos sus habitantes a cambio de la obligación de aislarse del resto de las personas por un periodo de un año. Esto implicaría recluirse en el domicilio propio sin contactar con nadie, más alla de las vías digitales. A lo largo de este tiempo, los individuos podrían salir en horarios preestablecidos y solo a los lugares indispensables –supermercado, farmacia y poco más– de uno por uno, siempre usando guantes, caretas y mascarillas, restringiendo por completo la interacción con todos aquellos con los que no cohabitan. Por mucho que el ingreso económico estuviese garantizado, lo mismo que la seguridad de evitar el contagio de Covid, esto, que parece una distopía Orweliana, estaría muy lejos de ser saludable. 

En la búsqueda obsesiva por evitar una enfermedad en particular, se perdería todo aquello que constituye la verdadera salud. Al sacrificar la estabilidad emocional, el equilibrio mental, una buena parte de las posibilidades de ocio y disfrute, la realización profesional, las relaciones significativas y un largo etcétera, renunciaríamos también a buena parte de lo que nos caracteriza como humanos. “Vivir” perdería gran parte de su significado.  

Como especie humana estamos ante un verdadero reto existencial. La covid-19 ha llegado a nosotros en un momento histórico muy especial. Por un lado, un porcentaje de la población –abanderado por individuos como Donald Trump, quien ni siquiera al enfermarse él mismo le permitió empatizar con los cientos de miles de enfermos y muertos de su propio país– asume que las pérdidas humanas que tengan que ocurrir resultan un precio aceptable con tal de que no se derrumbe el orden económico, político y de consumo en que vivíamos hasta hace unos pocos meses. Mientras que por el otro, para el resto de la humanidad –que vemos reflejado en algunos líderes de la Comunidad Europea– cada vida humana es insustituible y cada pérdida evitable se interpreta como un costo ético y moral que no nos podemos permitir, para lo cual restringen al máximo la movilidad y contacto entre sus habitantes. 

La gran pregunta está en cómo conciliar las medidas preventivas para no enfermar de covid, el reinicio de las actividad económica para no morir de hambre y el regreso al mundo para retomar nuestros vínculos con entornos y personas, y así conservar la verdadera salud tanto individual como colectiva, en especial cuando se vive en un país como México, donde cada quién debe rascarse con sus uñas y arreglárselas como pueda para seguir adelante con su vida.   

No hay respuestas fáciles a esta disyuntiva y quizá éste sea el reto superior al que nos enfrenta la Era Covid: mantener la salud integral –física, emocional, mental, psicológica, relacional y profesional– a fuerza de aprender a convivir con el virus y sus consecuencias, y todo ello sin renunciar a la vida. 

Como ya se ha dicho hasta el cansancio, estamos inmersos en una crisis que no habrá de terminar pronto –en estos momentos hay rebrotes por toda Europa y Estados Unidos, y todo parece indicar que en México, aun cuando los datos oficiales no lo reflejan, estamos viviendo la parte más álgida de la pandemia–. Aun cuando hoy mismo se confirmara la salida al mercado de una o varias vacunas, pasarán varios meses, quizá más de un año, antes de que el ciudadano común de un país como México se la pueda aplicar masivamente; mientras tanto, tenemos que encontrar maneras de continuar viviendo, conservando el equilibrio entre prevención, trabajo y socialización responsable. 

Aquí es donde emerge eso que podríamos llamar la “convivencia consciente”, que combina la responsabilidad personal con la colectiva, donde hacernos cargo de nostros con sensatez y mesura abona al bienestar y al equilibrio colectivo.  Es central diferenciar las auténticas posibilidades de riesgo y contagio con el hecho de ver “al otro” como una amenaza. Ese “otro” que nos rodea, que viaja a nuestro lado en el transporte público, que camina por la misma acera que nosotros, que está en la mesa de al lado, vive el mismo dilema y experimenta la misma vulnerabilidad y frustración que nosotros. Ese “otro” también tiene familia que quiere preservar y tiene tanto miedo a enfermar, morir o contagiar a los suyos como lo tenemos cualquiera. 

La “convivencia consciente” implica tomar las medidas apropiadas para reducir al máximo el riesgo de contagio, pero también cuidar de nosotros, de los nuestros y de los demás de formas diversas y activas, que van desde alimentarnos sana y apropiadamente, hasta respetar las medidas preventivas y los códigos de distanciamiento social sin agredir o discriminar y graduándolas en función de la circunstancia. 

La Era Covid llegó para quedarse por un buen tiempo y por ello no podemos caer ni en la irresponsabilidad de no tomar previsión alguna, pero tampoco en la ingenuidad de pensar que podremos mantener una vida sana en términos integrales con riesgo de contagio cero. Pedir a un niño, a un adolescente o incluso a un adulto poner su vida en pausa total por tiempo indefinido, puede traer tantos o más trastornos como la pandemia en sí, pero tampoco por ello resulta sensato asumir riesgos sin ton ni son. 

Por ello, ya que el gobierno ha optado por dejar a la población a su libre albedrío, y sin mayores apoyos que los ya otorgados en tiempos regulares, nos toca como individuos que nos sabemos parte de una colectividad y que entendemos que la vida es una totalidad de factores; desarrollar una “convivencia consciente” que nos permita asumir con responsabilidad el tipo y cantidad de riesgo que estamos dispuestos a aceptar, según el valor que cada evento e interacción aporte a nuestra salud integral, que, como ya se dijo, engloba bienestar físico, mental, psicológico, emocional y relacional. Esta intención implica mantenerse atentos, informados y cuidadosos, pero también proactivos, empáticos y responsables. Si tomamos este reto con seriedad, la Era Covid, aun sabiendo los enormes precios que nos está haciendo pagar en todos los aspectos, puede convertirse también en un potente periodo de maduración colectiva. 

 

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valores a los que un líder 1 se adhiere, y por la otra, la congruencia con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.  Simplificando: ejemplaridad = Integridad  El tema del liderazgo se ha estudiado desde hace mucho tiempo. A quienes aspiran a desarrollar esta condición se les atribuyen tradicionalmente cierto tipo de características. Sin negar la importancia de ellas, a lo largo de las últimas semanas hemos hablado de tres propiedades que resultarán indispensables para ejercer el liderazgo en Siglo XXI, tanto en esta Era Covid en que estamos inmersos, como en ese mundo post-pandemia que está en formación.  1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana.  2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto.  Hoy toca el turno a la última gran propiedad de la que, si bien no se habla demasiado, a mi juicio es la que redondea y completa el papel que un líder debe desempeñar.   Consciencia de Ejemplaridad La exigencia de convertirse en un “ejemplo” para los demás en principio suena anticuado y reaccionario. Existen largas disertaciones acerca de la importancia del espacio privado y la separación de éste con el espacio público y el desempeño profesional. Pero si nos detenemos un momento nos daremos cuenta de que en cierta medida todos, con nuestras acciones y omisiones, con nuestros hábitos y conductas, somos referentes para alguien, del mismo modo que en un sin fin de ocasiones el ejemplo ajeno ha servido para moldearnos.  Desde que nacemos utilizamos los referentes a nuestro alcance como herramienta para entender el mundo que nos rodea. Esta dinámica, que tiene lugar seamos conscientes de ello o no, se amplifica y extiende de forma muy importante cuando hablamos de aquellos que asumen cualquier variedad de liderazgo. En este caso, el texto está enfocado en líderes políticos y sociales, pero puede aplicar a cualquiera que pretende influir en la conducta, ideas o convicciones de otros. Desde que conocí por primera vez el concepto de “ejemplaridad”, desarrollado por el filósofo español Javier Gomá Lanzón, quien hace algunos años escribió una tetralogía2con el propósito de construir una teoría cultural de la ejemplaridad, me resultó muy seductora la idea de llevar este concepto a la cotidianidad, desde la cual, en su opinión, todos podemos –y debemos– ser ejemplares.  Al respecto de ese modo horizontal de ser modélico Gomá Lanzón afirma, en Ejemplaridad pública, tercer tomo de dicha tetralogía: “sólo podrá ser una ejemplaridad persuasiva, no autoritaria, que, involucrando todas las dimensiones de la persona, incluida la privada, promueva una reforma de su estilo de vida y que, finalmente, pueda llegar a ser la fuente y el origen de nuevas costumbres cívicas, articuladoras de la vida social3”.  Ser conscientemente ejemplar suena anacrónico, porque en primera instancia queda la impresión de que se busca imponer un comportamiento moral específico por encima de todos los demás como si se tratara de una verdad única, pero nada más lejos de mi intención.  La ejemplaridad, como la comprendo, tiene que ver con la manera en que decidimos estar en el mundo y cómo nos proyectamos hacia los demás. Tiene que ver con la intención y la actitud mucho más que en los contenidos o actos específicos. Tiene que ver con las decisiones éticas y conductuales que tomamos y en la forma concreta en que las llevamos a cabo, teniendo como característica central la congruencia. En una palabra, tiene que ver con nuestra Integridad personal.  Un líder apto para encarar la dimensión y complejidad de los desafíos del siglo XXI puede defender cualquier ideología e integrar cualquier partido político, puede formar parte de cualquier escuela religiosa o de ninguna, puede acogerse a cualquier doctrina ética, puede desarrollar cualquier clase de hábitos, pero sea como sea que decida construirse, el núcleo de su liderazgo se sostendrá en que lo que piensa, lo que dice y lo que hace formen un todo coherente e íntegro que la/lo muestren como un individuo congruente en que se puede confiar, que deje muy claro lo que podemos y no podemos esperar de ella/él.   Por otro lado, uno de los graves problemas éticos de nuestro tiempo es que, en aras de resaltar la diversidad y el respeto por la multiplicidad de opiniones y formas de entender la vida, nos hemos convencido de que todas las conductas y principios éticos son equivalentes. Sin embargo, esto no es así. Mientras una serie de valores, como la aceptación, el respeto, la equidad, la autenticidad, el cumplimiento de promesas, la calidez o la empatía favorecen la aceptación, la convivencia y la integración de los grupos humanos, otros valores o conductas, como la recriminación, la intolerancia, el engaño, la discriminación, la burla, la imposición, la incongruencia o la agresividad impiden que dicha convivencia sea posible.  Esto conlleva que la ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores que un líder sostiene y por la otra la congruencia e integridad con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.   La conducta cívica y un ambiente propicio para la convivencia nace de, sin renunciar a la personalidad propia, mantener comportamientos, acuerdos tácitos o explícitos, modales y costumbres que posibiliten la cohabitación, el acuerdo y la aceptación mutua. En el caso de un lider, la capacidad de vivir como predica y atenerse a las leyes, reglas y limitaciones que él mismo defiende y solicita en los demás tendría que ser inherente a su condición de liderazgo.   El hecho de que durante décadas el liderazgo público haya estado marcado por el individualismo extremo, que condujo a que cada partido político y cada dirigente en particular actuase sólo mirando por sus intereses particulares, ha conducido a una especie de crisis de liderazgo. Si hay algo desprestigiado en la política actual son los propios líderes políticos y muchos oportunistas e improvisados se favorecen de esta situación.  Resulta demencial que la mejor oferta que en la actualidad pueda ofrecer un candidato para tener éxito electoral sea presentarse como un no-político. Y lo más alucinante del caso es que los propios partidos políticos “tradicionales” –todos, de esta conducta no se salva ninguno– son quienes los postulan; es como si reconocieran que sí, que ellos –por ineptitud y tendencia a la corrupción– no están capacitados para los cargos de elección y que por eso es mejor traer a cantantes, exfutbolistas, modelos, luchadores y deportistas en retiro para hacer lo que ellos no pueden, no saben o no quieren.  Que el desconocimiento total del cargo y la falta de experiencia terminen por ser las principales virtudes de alguien que aspira a un puesto de liderazgo público carece de sentido. En cualquier otra profesión esa oferta sería un disparate: ¿quién se sometería a una cirugía llevada a cabo por no-médico, o subiría a un avión conducido por un no-piloto, o le confiaría su defensa legal a un no-abogado?   Sin embargo esto es justo lo que está ocurriendo. Basta con ver las listas de candidatos para las elecciones federales y locales de este año en México para comprobarlo. Ni los individuos con aspiraciones injustificadas a un liderazgo público ni los partidos políticos que los postulan parecen entender el tiempo de cambio en que están inmersos y, sumidos en una siniestra bruma de estupidez e impudicia, cavan sin descanso su propia tumba.  Tristemente la democracia ya no se entiende como una forma horizontal y participativa de gobernar sino como un mero certamen de popularidad que debe ganarse a cualquier precio.  El mundo complejo que ya existía, pero que la crisis por Covid ha sacudido hasta sus cimientos, no resistirá por mucho tiempo más esta clase de liderazgos de hojalata y en caso de no transformarse, las agrupaciones políticas actuales acabarán por colapsar, dejando su sitio a líderes autoritarios, que, con todo y sus montones de defectos, cuando menos se caracterizan por asumir plenamente la responsabilidad ser líderes. La realidad y los problemas auténticos que viven las naciones no podrán atemperarse por mucho tiempo más con bochornosos espectáculos mediáticos, alimentados por dimes y diretes falaces.  Ante la voracidad egocéntrica, la falta de visión, de eficacia y de auténtico profesionalismo de las élites dominantes –es decir, de NO EJEMPLARIDAD–, nadie debe sorprenderse que accedan al poder populistas extremos, orgullosamente autodenominados anti-sistema, que prometen patriotismo heroico, desmantelamiento de los organismos opresores y soluciones mágicas a problemas ultracomplejos, con la ventaja de que tanto su discurso como su condición de “ajeno al sistema” los blinda de la crítica, del exámen detallado de los “cómos” y de la rendición de cuentas.  Tras décadas de instituciones inoperantes y abusos sistemáticos en el ejercicio del poder con absoluta impunidad, las élites burocráticas se han puesto la soga al cuello al gobernar de espaldas al ciudadano y actuar como si pertenecieran a una especie de “aristocracia dirigente”, un linaje insigne que no tiene que dar cuentas a nadie ni de sus gestiones ni de sus conductas, acciones, hábitos y omisiones tanto públicos como privados. Pero no parece que a este tipo de liderazgo le quede demasiado margen de maniobra.   Por eso, al antídoto que alguien genuinamente interesado en el liderazgo público y la democracia participativa puede utilizar para rescatar el oficio es la ejemplaridad. Un auténtico líder Post-Covid no sólo tiene la obligación ideológica, ética, moral, profesional e incluso práctica de llevar una vida pública y privada ejemplar –y permíteme insistir: ejemplar desde sus propios valores e ideología, desde la natural coherencia que emerge de materializar sus propias convicciones, resumiendo: una vida íntegra– que revalorice su condición de referente público, sino que es su único seguro de permanencia y su única forma de defenderse de los advenedizos que intenten en desplazarlos desde la no-experiencia.  Desde luego que una vida “ejemplar” no es sinónimo de vida “perfecta”. De hecho, el intento de proyectar perfección implicaría ya en sí mismo falsedad. Se trata de actuar desde los valores e ideología propia, desde la natural coherencia que emerge de materializar las propias convicciones.  Un líder que aspire a la ejemplaridad no es aquel que reproduce acríticamente una serie de comportamientos o eslóganes socialmente aceptados. No se trata de homogeneizar a los individuos ni implica la complacencia de someterse a lo que “es correcto” según las normas establecidas en aras de darle gusto a todos. El valor de sostener la coherencia es el motor máximo de la ejemplaridad, pero sin duda es la manera más genuina y eficaz de influir en los demás y dejarles huella. Dice Thomas Moore, en El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor: “Quienes eligen vivir la vida en su plenitud, no tienen otra alternativa que probar los límites de la moral aceptada y, a menudo, transgredirlos4. De lo que sí se trata es de ser conscientes de la propia ética y del conjunto de valores que se han decidido defender y si, dado el caso, deben transgredirse los límites de la moral colectiva en la búsqueda de manifestar esa congruencia mencionada, lo oportuno será transgredirlos con convicción, asumiendo las consecuencias y los costos. En algún momento alguien debió transgredir los valores vigentes de su sociedad para oponerse a la esclavitud, o a la segregación racial, o a la restricción contra el voto de la mujer y muchos etcéteras, y estas son precisamente las mejores manifestaciones posibles de ejemplaridad.  El liderazgo verdadero no se alimenta de popularidad sino de carisma genuino. Es esa combinación entre congruencia e integridad la que se traduce –o debería traducirse– en popularidad y aceptación y no al revés: no eres líder porque seas popular, sino que eres popular porque la gente te reconoce como líder.   Un líder auténtico, congruente e íntegro, a partir de una sólida construcción ideológica, personal, ética, moral, familiar, íntima de la que hemos hablado, es capaz de sostener de manera natural y orgánica, desde la convicción y la responsabilidad, su propio conjunto de valores y traducirlos en comportamientos, conductas y hábitos congruentes entre sí porque no son impuestos para agradar sino genuinamente propios. Con la ventaja adicional de que este tipo de liderazgo conlleva una carga intrínseca de originalidad que refresca y enriquece la moral pública. Sus actos no tienen que ser “aprobados” por la comunidad –incluso podrían ser impopulares–, pero la clave está en que sean reconocidos como consecuencia natural de una visión del mundo compleja y plenamente incorporada a su personalidad real.   La ejemplaridad de un líder ni siquiera depende de ganar o perder en una contienda electoral, sino de la manera como se gestiona a sí mismo, de su capacidad de aprendizaje y cambio, de su apertura a reconocer triunfos ajenos y honrar sus compromisos una vez que ha logrado los victoria. La próxima semana cerramos este tema con una breve conclusión que integre las cuatro propiedades propuestas.  Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Dicha tetralogía está compuesta por los siguientes títulos: Imitación y experiencia que plantea la historia cultural de la “imitación”, la cual considera el antecedente histórico y filosófico más importante de la ejemplaridad.  Aquiles en el gineceo, donde, utilizando la historia de Aquiles como metáfora, expone el paso del individuo de lo que llama estadio estético al ético. En Ejemplaridad pública expone lo que considera su aplicación a la esfera política. Y por último, Necesario pero imposible, donde relaciona la ejemplaridad con la finitud. 3 Gomá Lanzón, Javier, Ejemplaridad Pública, Primera Edición, España, Penguin Random House - Taurus, 2014, P. 26 4 Thomas Moore, El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor. Cita tomada de: Fernández Romero, Francisco, Lo que pasa entre nosotros. 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Soy madre de tiempo completo de un niño de casi siete años: el jefe más demandante que he tenido en mi vida, sin derecho a vacaciones ni pausas por fin de semana o días festivos y estuve a su entera disposición durante los nueve meses del embarazo porque el proceso fue de alto riesgo y fue necesario guardar reposo, dejar la vida laboral y construir una nueva vida en todos los sentidos, lo cual no fue fácil. La maternidad tiene múltiples aristas, no se limita al modelo de los personajes que representó en su época Marga López (actriz nacionalizada mexicana, 1924 – 1950) pero tampoco se acota al estereotipo que Martha Debayle convirtió en marca, porque la maternidad es un proceso natural de la vida y como tal, no tiene fórmulas ni atajos, no tiene nada que ver con el glamour y no llega con fecha de caducidad. La reflexión en torno a la maternidad es reciente a nivel mundial y en México, estamos en pañales. Mi principal pensamiento cuando me supe embarazada se enfocaba justo en tratar de entender cómo ejercer la maternidad en tiempos de inmediatez. Recuerdo que veía otras mujeres embarazadas ir y venir con total naturalidad, como si el embarazo fuera similar a tener un resfriado o jaqueca y el entorno era aún más confuso porque en los pocos recorridos que hice tanto a pie como en transporte público a nadie parecía importarle una mujer embarazada como yo, así que el tema rondaba por mi cabeza mientras que afuera, el mundo albergaba una mujer más en proceso de gestación de una nueva vida. Y ocurrió que me volqué en los libros, en Internet y no exagero al decir que ocho años después sigo aprendiendo y recibiendo material nuevo: las madres en España manifestándose por el pronto regreso a clases en plena pandemia y sin los protocolos necesarios; las madres usando el hashtag #SialaLactancia después de que en el Museo Soumaya le pidieran abandonar el recinto a una madre mientras amamantaba; las madres escribiendo sobre su experiencia durante la pandemia y el enorme reto de combinar el trabajo con la escuela de los hijos, la atención del hogar, entre otras tareas; las madres pidiendo mayor tiempo para las licencias por maternidad; las ministras que se presentan con sus bebés en brazos y todas tienen un común denominador: defienden a sus crías y su derecho a la maternidad, el respeto a su espacio y a hacer tribu (como lo llaman ahora). El término maternidad (del latín maternitas = estado, condición, calidad o cualidad de madre) no existió en la Europa Occidental hasta el siglo IX, pero se aplicaba únicamente como sinónimo de tierra nativa y no fue sino hasta la Edad Media que se empezó a definir la maternidad tal y como la entendemos actualmente (De la historia de la maternidad, Cira Crespo).  Este breve espacio y la mercadotecnia que pone reflectores si y solo si en las efemérides señaladas por el calendario no son suficientes para desmenuzar un tema tan complejo como lo es la maternidad, en 2005 publiqué el libro autobiográfico Yo, Mamá (Ed. Acribus) cuyo objetivo fue invitar a la reflexión y dar una nueva mirada en una era inundada de convencionalismos y estereotipos en tanto raíces de nuestra sociedad. Porque es en el rol materno donde se siembran las semillas de #laspequeñascosas de la vida, esas que no ocupan las columnas de ocho en los diarios ni son tendencia en redes sociales, pero que sustentan la existencia misma, igual que las hormonas que se alteran antes, durante y después del proceso de gestación. La maternidad no es miel sobre hojuelas, el sufrimiento materno es latente en muchos ámbitos, las voces de millones de madres han sido ignoradas o calladas, el derecho a la libre maternidad no es moda ni opcional, las madres que trabajan son tanto o más comprometidas que los hombres. Y sí, madre solo hay una (aunque yo tengo dos). Seguiré escribiendo sobre maternidad hasta que ser madre, emprendedora, mujer y empoderada sea una experiencia de vida integral y no sinónimo de renuncia a la realización personal, porque las mamás movemos al mundo y además, tenemos radar. https://youtu.be/lO9pZ5uIcR0" ["post_title"]=> string(31) "Las pequeñas cosas: maternitas" ["post_excerpt"]=> string(0) "" ["post_status"]=> string(7) "publish" ["comment_status"]=> string(4) "open" ["ping_status"]=> string(4) "open" ["post_password"]=> string(0) "" ["post_name"]=> string(29) "las-pequenas-cosas-maternitas" ["to_ping"]=> string(0) "" ["pinged"]=> string(0) "" ["post_modified"]=> string(19) "2021-05-10 12:56:25" ["post_modified_gmt"]=> string(19) "2021-05-10 17:56:25" ["post_content_filtered"]=> string(0) "" ["post_parent"]=> int(0) ["guid"]=> string(35) "https://ruizhealytimes.com/?p=65163" ["menu_order"]=> int(0) ["post_type"]=> string(4) "post" ["post_mime_type"]=> string(0) "" ["comment_count"]=> string(1) "0" ["filter"]=> string(3) "raw" } } ["post_count"]=> int(2) ["current_post"]=> int(-1) ["in_the_loop"]=> bool(false) ["post"]=> object(WP_Post)#18123 (24) { ["ID"]=> int(64183) ["post_author"]=> string(2) "84" ["post_date"]=> string(19) "2021-04-16 16:48:55" ["post_date_gmt"]=> string(19) "2021-04-16 21:48:55" ["post_content"]=> string(18075) "La ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores a los que un líder 1 se adhiere, y por la otra, la congruencia con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.  Simplificando: ejemplaridad = Integridad  El tema del liderazgo se ha estudiado desde hace mucho tiempo. A quienes aspiran a desarrollar esta condición se les atribuyen tradicionalmente cierto tipo de características. Sin negar la importancia de ellas, a lo largo de las últimas semanas hemos hablado de tres propiedades que resultarán indispensables para ejercer el liderazgo en Siglo XXI, tanto en esta Era Covid en que estamos inmersos, como en ese mundo post-pandemia que está en formación.  1.- Comprensión profunda del carácter global de la civilización humana.  2.- Capacidad de cambio, adaptación y rectificación. 3.- Entereza y ecuanimidad para lidiar con un mundo progresivamente incierto.  Hoy toca el turno a la última gran propiedad de la que, si bien no se habla demasiado, a mi juicio es la que redondea y completa el papel que un líder debe desempeñar.   Consciencia de Ejemplaridad La exigencia de convertirse en un “ejemplo” para los demás en principio suena anticuado y reaccionario. Existen largas disertaciones acerca de la importancia del espacio privado y la separación de éste con el espacio público y el desempeño profesional. Pero si nos detenemos un momento nos daremos cuenta de que en cierta medida todos, con nuestras acciones y omisiones, con nuestros hábitos y conductas, somos referentes para alguien, del mismo modo que en un sin fin de ocasiones el ejemplo ajeno ha servido para moldearnos.  Desde que nacemos utilizamos los referentes a nuestro alcance como herramienta para entender el mundo que nos rodea. Esta dinámica, que tiene lugar seamos conscientes de ello o no, se amplifica y extiende de forma muy importante cuando hablamos de aquellos que asumen cualquier variedad de liderazgo. En este caso, el texto está enfocado en líderes políticos y sociales, pero puede aplicar a cualquiera que pretende influir en la conducta, ideas o convicciones de otros. Desde que conocí por primera vez el concepto de “ejemplaridad”, desarrollado por el filósofo español Javier Gomá Lanzón, quien hace algunos años escribió una tetralogía2con el propósito de construir una teoría cultural de la ejemplaridad, me resultó muy seductora la idea de llevar este concepto a la cotidianidad, desde la cual, en su opinión, todos podemos –y debemos– ser ejemplares.  Al respecto de ese modo horizontal de ser modélico Gomá Lanzón afirma, en Ejemplaridad pública, tercer tomo de dicha tetralogía: “sólo podrá ser una ejemplaridad persuasiva, no autoritaria, que, involucrando todas las dimensiones de la persona, incluida la privada, promueva una reforma de su estilo de vida y que, finalmente, pueda llegar a ser la fuente y el origen de nuevas costumbres cívicas, articuladoras de la vida social3”.  Ser conscientemente ejemplar suena anacrónico, porque en primera instancia queda la impresión de que se busca imponer un comportamiento moral específico por encima de todos los demás como si se tratara de una verdad única, pero nada más lejos de mi intención.  La ejemplaridad, como la comprendo, tiene que ver con la manera en que decidimos estar en el mundo y cómo nos proyectamos hacia los demás. Tiene que ver con la intención y la actitud mucho más que en los contenidos o actos específicos. Tiene que ver con las decisiones éticas y conductuales que tomamos y en la forma concreta en que las llevamos a cabo, teniendo como característica central la congruencia. En una palabra, tiene que ver con nuestra Integridad personal.  Un líder apto para encarar la dimensión y complejidad de los desafíos del siglo XXI puede defender cualquier ideología e integrar cualquier partido político, puede formar parte de cualquier escuela religiosa o de ninguna, puede acogerse a cualquier doctrina ética, puede desarrollar cualquier clase de hábitos, pero sea como sea que decida construirse, el núcleo de su liderazgo se sostendrá en que lo que piensa, lo que dice y lo que hace formen un todo coherente e íntegro que la/lo muestren como un individuo congruente en que se puede confiar, que deje muy claro lo que podemos y no podemos esperar de ella/él.   Por otro lado, uno de los graves problemas éticos de nuestro tiempo es que, en aras de resaltar la diversidad y el respeto por la multiplicidad de opiniones y formas de entender la vida, nos hemos convencido de que todas las conductas y principios éticos son equivalentes. Sin embargo, esto no es así. Mientras una serie de valores, como la aceptación, el respeto, la equidad, la autenticidad, el cumplimiento de promesas, la calidez o la empatía favorecen la aceptación, la convivencia y la integración de los grupos humanos, otros valores o conductas, como la recriminación, la intolerancia, el engaño, la discriminación, la burla, la imposición, la incongruencia o la agresividad impiden que dicha convivencia sea posible.  Esto conlleva que la ejemplaridad se construye a partir de dos ejes que se complementan: por una parte el tipo y la calidad de valores que un líder sostiene y por la otra la congruencia e integridad con que estos se manifiestan en su hacer, decir y pensar cotidiano.   La conducta cívica y un ambiente propicio para la convivencia nace de, sin renunciar a la personalidad propia, mantener comportamientos, acuerdos tácitos o explícitos, modales y costumbres que posibiliten la cohabitación, el acuerdo y la aceptación mutua. En el caso de un lider, la capacidad de vivir como predica y atenerse a las leyes, reglas y limitaciones que él mismo defiende y solicita en los demás tendría que ser inherente a su condición de liderazgo.   El hecho de que durante décadas el liderazgo público haya estado marcado por el individualismo extremo, que condujo a que cada partido político y cada dirigente en particular actuase sólo mirando por sus intereses particulares, ha conducido a una especie de crisis de liderazgo. Si hay algo desprestigiado en la política actual son los propios líderes políticos y muchos oportunistas e improvisados se favorecen de esta situación.  Resulta demencial que la mejor oferta que en la actualidad pueda ofrecer un candidato para tener éxito electoral sea presentarse como un no-político. Y lo más alucinante del caso es que los propios partidos políticos “tradicionales” –todos, de esta conducta no se salva ninguno– son quienes los postulan; es como si reconocieran que sí, que ellos –por ineptitud y tendencia a la corrupción– no están capacitados para los cargos de elección y que por eso es mejor traer a cantantes, exfutbolistas, modelos, luchadores y deportistas en retiro para hacer lo que ellos no pueden, no saben o no quieren.  Que el desconocimiento total del cargo y la falta de experiencia terminen por ser las principales virtudes de alguien que aspira a un puesto de liderazgo público carece de sentido. En cualquier otra profesión esa oferta sería un disparate: ¿quién se sometería a una cirugía llevada a cabo por no-médico, o subiría a un avión conducido por un no-piloto, o le confiaría su defensa legal a un no-abogado?   Sin embargo esto es justo lo que está ocurriendo. Basta con ver las listas de candidatos para las elecciones federales y locales de este año en México para comprobarlo. Ni los individuos con aspiraciones injustificadas a un liderazgo público ni los partidos políticos que los postulan parecen entender el tiempo de cambio en que están inmersos y, sumidos en una siniestra bruma de estupidez e impudicia, cavan sin descanso su propia tumba.  Tristemente la democracia ya no se entiende como una forma horizontal y participativa de gobernar sino como un mero certamen de popularidad que debe ganarse a cualquier precio.  El mundo complejo que ya existía, pero que la crisis por Covid ha sacudido hasta sus cimientos, no resistirá por mucho tiempo más esta clase de liderazgos de hojalata y en caso de no transformarse, las agrupaciones políticas actuales acabarán por colapsar, dejando su sitio a líderes autoritarios, que, con todo y sus montones de defectos, cuando menos se caracterizan por asumir plenamente la responsabilidad ser líderes. La realidad y los problemas auténticos que viven las naciones no podrán atemperarse por mucho tiempo más con bochornosos espectáculos mediáticos, alimentados por dimes y diretes falaces.  Ante la voracidad egocéntrica, la falta de visión, de eficacia y de auténtico profesionalismo de las élites dominantes –es decir, de NO EJEMPLARIDAD–, nadie debe sorprenderse que accedan al poder populistas extremos, orgullosamente autodenominados anti-sistema, que prometen patriotismo heroico, desmantelamiento de los organismos opresores y soluciones mágicas a problemas ultracomplejos, con la ventaja de que tanto su discurso como su condición de “ajeno al sistema” los blinda de la crítica, del exámen detallado de los “cómos” y de la rendición de cuentas.  Tras décadas de instituciones inoperantes y abusos sistemáticos en el ejercicio del poder con absoluta impunidad, las élites burocráticas se han puesto la soga al cuello al gobernar de espaldas al ciudadano y actuar como si pertenecieran a una especie de “aristocracia dirigente”, un linaje insigne que no tiene que dar cuentas a nadie ni de sus gestiones ni de sus conductas, acciones, hábitos y omisiones tanto públicos como privados. Pero no parece que a este tipo de liderazgo le quede demasiado margen de maniobra.   Por eso, al antídoto que alguien genuinamente interesado en el liderazgo público y la democracia participativa puede utilizar para rescatar el oficio es la ejemplaridad. Un auténtico líder Post-Covid no sólo tiene la obligación ideológica, ética, moral, profesional e incluso práctica de llevar una vida pública y privada ejemplar –y permíteme insistir: ejemplar desde sus propios valores e ideología, desde la natural coherencia que emerge de materializar sus propias convicciones, resumiendo: una vida íntegra– que revalorice su condición de referente público, sino que es su único seguro de permanencia y su única forma de defenderse de los advenedizos que intenten en desplazarlos desde la no-experiencia.  Desde luego que una vida “ejemplar” no es sinónimo de vida “perfecta”. De hecho, el intento de proyectar perfección implicaría ya en sí mismo falsedad. Se trata de actuar desde los valores e ideología propia, desde la natural coherencia que emerge de materializar las propias convicciones.  Un líder que aspire a la ejemplaridad no es aquel que reproduce acríticamente una serie de comportamientos o eslóganes socialmente aceptados. No se trata de homogeneizar a los individuos ni implica la complacencia de someterse a lo que “es correcto” según las normas establecidas en aras de darle gusto a todos. El valor de sostener la coherencia es el motor máximo de la ejemplaridad, pero sin duda es la manera más genuina y eficaz de influir en los demás y dejarles huella. Dice Thomas Moore, en El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor: “Quienes eligen vivir la vida en su plenitud, no tienen otra alternativa que probar los límites de la moral aceptada y, a menudo, transgredirlos4. De lo que sí se trata es de ser conscientes de la propia ética y del conjunto de valores que se han decidido defender y si, dado el caso, deben transgredirse los límites de la moral colectiva en la búsqueda de manifestar esa congruencia mencionada, lo oportuno será transgredirlos con convicción, asumiendo las consecuencias y los costos. En algún momento alguien debió transgredir los valores vigentes de su sociedad para oponerse a la esclavitud, o a la segregación racial, o a la restricción contra el voto de la mujer y muchos etcéteras, y estas son precisamente las mejores manifestaciones posibles de ejemplaridad.  El liderazgo verdadero no se alimenta de popularidad sino de carisma genuino. Es esa combinación entre congruencia e integridad la que se traduce –o debería traducirse– en popularidad y aceptación y no al revés: no eres líder porque seas popular, sino que eres popular porque la gente te reconoce como líder.   Un líder auténtico, congruente e íntegro, a partir de una sólida construcción ideológica, personal, ética, moral, familiar, íntima de la que hemos hablado, es capaz de sostener de manera natural y orgánica, desde la convicción y la responsabilidad, su propio conjunto de valores y traducirlos en comportamientos, conductas y hábitos congruentes entre sí porque no son impuestos para agradar sino genuinamente propios. Con la ventaja adicional de que este tipo de liderazgo conlleva una carga intrínseca de originalidad que refresca y enriquece la moral pública. Sus actos no tienen que ser “aprobados” por la comunidad –incluso podrían ser impopulares–, pero la clave está en que sean reconocidos como consecuencia natural de una visión del mundo compleja y plenamente incorporada a su personalidad real.   La ejemplaridad de un líder ni siquiera depende de ganar o perder en una contienda electoral, sino de la manera como se gestiona a sí mismo, de su capacidad de aprendizaje y cambio, de su apertura a reconocer triunfos ajenos y honrar sus compromisos una vez que ha logrado los victoria. La próxima semana cerramos este tema con una breve conclusión que integre las cuatro propiedades propuestas.  Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Cabe aclarar que, aun cuando la palabra líder suele llevar antes el artículo “el”, no planteo de ningún modo el liderazgo como un tema exclusivamente masculino, por lo cual todas las veces la palabra sea utilizada en este texto se usa con la intención de que represente un concepto neutro en el que pueden encajar indistintamente mujeres y hombres. 2 Dicha tetralogía está compuesta por los siguientes títulos: Imitación y experiencia que plantea la historia cultural de la “imitación”, la cual considera el antecedente histórico y filosófico más importante de la ejemplaridad.  Aquiles en el gineceo, donde, utilizando la historia de Aquiles como metáfora, expone el paso del individuo de lo que llama estadio estético al ético. En Ejemplaridad pública expone lo que considera su aplicación a la esfera política. Y por último, Necesario pero imposible, donde relaciona la ejemplaridad con la finitud. 3 Gomá Lanzón, Javier, Ejemplaridad Pública, Primera Edición, España, Penguin Random House - Taurus, 2014, P. 26 4 Thomas Moore, El alma del sexo: Convertir cada día en un acto de amor. Cita tomada de: Fernández Romero, Francisco, Lo que pasa entre nosotros. 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