Era Covid: La convivencia consciente como mecanismo de salud integral

Asumir nuevas formas de socialización que velen por la seguridad y la salud es un imperativo de los tiempos actuales.  La emergencia nos obliga a una nueva manera de relacionarnos con los demás que podría modificar las...

27 de noviembre, 2020

Asumir nuevas formas de socialización que velen por la seguridad y la salud es un imperativo de los tiempos actuales. 

La emergencia nos obliga a una nueva manera de relacionarnos con los demás que podría modificar las dinámicas de interacción social para siempre.

A lo largo de las semanas hemos explorado diversas formas de entender cómo la Era Covid habrá de modificar nuestra vida futura. Pocos ámbitos muestran de forma más patente esta nueva realidad que la manera en que nos relacionamos con los demás. 

La Era Covid plantea importantes retos individuales, pero también colectivos. Los seres humanos somos animales gregarios y sobran los estudios de todo tipo que prueban la necesidad que tenemos como especie del contacto con “el otro”.  Asumir nuevas formas de socialización que al mismo tiempo que velen por la seguridad y la salud, contemplen maneras aceptables de convivencia y contacto, es un imperativo central. 

Las recomendaciones de prevención –como el cubrebocas, lavado de manos y distancia de seguridad– pueden ser eficaces para evitar el contagio de SARS-CoV-2, pero la salud no solo consiste en “no tener covid”. La auténtica salud emerge cuando logramos un balance entre bienestar físico, mental, psicológico, emocional y relacional. Es por eso que la mera prevención de esta enfermedad en particular no nos convierte en seres humanos ni sanos ni nos provee de una sensación general de bienestar. 

Lo que sí es verdad es que la combinación de la alerta sanitaria, las medidas que se deben tomar para prevenirla y la duración indefinida de la emergencia nos obligan a crear una nueva manera de relacionarnos con los demás, que bien podría modificar las dinámicas de interacción social para siempre.




Hemos dejado de asistir de manera regular a las oficinas, a evitar en lo posible el transporte público y las aglomeraciones, a erradicar temporalmente de nuestra vida los eventos públicos, los cines, los teatros, los gimnasios, a visitar con desconfianza restaurantes, supermercados y centros comerciales. Se han  suspendido las convencias familiares y con amigos a su mínima expresión. Incluso el saludo ha dejado de entrañar un apretón de manos, un beso o un abrazo, para convertise en un gesto impersonal y distante, detrás de una mascarilla. Es ingenuo suponer que este tipo de dinámicas sostenidas durante varios meses –y quizá años– no alterarán nuestra forma de relacionarnos con los demás y por ende a transformar nuestra experiencia de vida. 

Imaginemos un escenario extremo: de pronto los estados nacionales están en condiciones de entregar una pensión universal a todos sus habitantes a cambio de la obligación de aislarse del resto de las personas por un periodo de un año. Esto implicaría recluirse en el domicilio propio sin contactar con nadie, más alla de las vías digitales. A lo largo de este tiempo, los individuos podrían salir en horarios preestablecidos y solo a los lugares indispensables –supermercado, farmacia y poco más– de uno por uno, siempre usando guantes, caretas y mascarillas, restringiendo por completo la interacción con todos aquellos con los que no cohabitan. Por mucho que el ingreso económico estuviese garantizado, lo mismo que la seguridad de evitar el contagio de Covid, esto, que parece una distopía Orweliana, estaría muy lejos de ser saludable. 

En la búsqueda obsesiva por evitar una enfermedad en particular, se perdería todo aquello que constituye la verdadera salud. Al sacrificar la estabilidad emocional, el equilibrio mental, una buena parte de las posibilidades de ocio y disfrute, la realización profesional, las relaciones significativas y un largo etcétera, renunciaríamos también a buena parte de lo que nos caracteriza como humanos. “Vivir” perdería gran parte de su significado.  

Como especie humana estamos ante un verdadero reto existencial. La covid-19 ha llegado a nosotros en un momento histórico muy especial. Por un lado, un porcentaje de la población –abanderado por individuos como Donald Trump, quien ni siquiera al enfermarse él mismo le permitió empatizar con los cientos de miles de enfermos y muertos de su propio país– asume que las pérdidas humanas que tengan que ocurrir resultan un precio aceptable con tal de que no se derrumbe el orden económico, político y de consumo en que vivíamos hasta hace unos pocos meses. Mientras que por el otro, para el resto de la humanidad –que vemos reflejado en algunos líderes de la Comunidad Europea– cada vida humana es insustituible y cada pérdida evitable se interpreta como un costo ético y moral que no nos podemos permitir, para lo cual restringen al máximo la movilidad y contacto entre sus habitantes. 

La gran pregunta está en cómo conciliar las medidas preventivas para no enfermar de covid, el reinicio de las actividad económica para no morir de hambre y el regreso al mundo para retomar nuestros vínculos con entornos y personas, y así conservar la verdadera salud tanto individual como colectiva, en especial cuando se vive en un país como México, donde cada quién debe rascarse con sus uñas y arreglárselas como pueda para seguir adelante con su vida.   

No hay respuestas fáciles a esta disyuntiva y quizá éste sea el reto superior al que nos enfrenta la Era Covid: mantener la salud integral –física, emocional, mental, psicológica, relacional y profesional– a fuerza de aprender a convivir con el virus y sus consecuencias, y todo ello sin renunciar a la vida. 

Como ya se ha dicho hasta el cansancio, estamos inmersos en una crisis que no habrá de terminar pronto –en estos momentos hay rebrotes por toda Europa y Estados Unidos, y todo parece indicar que en México, aun cuando los datos oficiales no lo reflejan, estamos viviendo la parte más álgida de la pandemia–. Aun cuando hoy mismo se confirmara la salida al mercado de una o varias vacunas, pasarán varios meses, quizá más de un año, antes de que el ciudadano común de un país como México se la pueda aplicar masivamente; mientras tanto, tenemos que encontrar maneras de continuar viviendo, conservando el equilibrio entre prevención, trabajo y socialización responsable. 

Aquí es donde emerge eso que podríamos llamar la “convivencia consciente”, que combina la responsabilidad personal con la colectiva, donde hacernos cargo de nostros con sensatez y mesura abona al bienestar y al equilibrio colectivo.  Es central diferenciar las auténticas posibilidades de riesgo y contagio con el hecho de ver “al otro” como una amenaza. Ese “otro” que nos rodea, que viaja a nuestro lado en el transporte público, que camina por la misma acera que nosotros, que está en la mesa de al lado, vive el mismo dilema y experimenta la misma vulnerabilidad y frustración que nosotros. Ese “otro” también tiene familia que quiere preservar y tiene tanto miedo a enfermar, morir o contagiar a los suyos como lo tenemos cualquiera. 

La “convivencia consciente” implica tomar las medidas apropiadas para reducir al máximo el riesgo de contagio, pero también cuidar de nosotros, de los nuestros y de los demás de formas diversas y activas, que van desde alimentarnos sana y apropiadamente, hasta respetar las medidas preventivas y los códigos de distanciamiento social sin agredir o discriminar y graduándolas en función de la circunstancia. 

La Era Covid llegó para quedarse por un buen tiempo y por ello no podemos caer ni en la irresponsabilidad de no tomar previsión alguna, pero tampoco en la ingenuidad de pensar que podremos mantener una vida sana en términos integrales con riesgo de contagio cero. Pedir a un niño, a un adolescente o incluso a un adulto poner su vida en pausa total por tiempo indefinido, puede traer tantos o más trastornos como la pandemia en sí, pero tampoco por ello resulta sensato asumir riesgos sin ton ni son. 

Por ello, ya que el gobierno ha optado por dejar a la población a su libre albedrío, y sin mayores apoyos que los ya otorgados en tiempos regulares, nos toca como individuos que nos sabemos parte de una colectividad y que entendemos que la vida es una totalidad de factores; desarrollar una “convivencia consciente” que nos permita asumir con responsabilidad el tipo y cantidad de riesgo que estamos dispuestos a aceptar, según el valor que cada evento e interacción aporte a nuestra salud integral, que, como ya se dijo, engloba bienestar físico, mental, psicológico, emocional y relacional. Esta intención implica mantenerse atentos, informados y cuidadosos, pero también proactivos, empáticos y responsables. Si tomamos este reto con seriedad, la Era Covid, aun sabiendo los enormes precios que nos está haciendo pagar en todos los aspectos, puede convertirse también en un potente periodo de maduración colectiva. 

 

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