Era Covid: en la búsqueda de la “Vacuna Existencial”

No todo mundo puede manifestar quién es, a qué vino al mundo, su propósito existencial desde el aislamiento y la pérdida de oportunidades. La frustración que produce esta coyuntura es el caldo de cultivo perfecto para la...

20 de noviembre, 2020

No todo mundo puede manifestar quién es, a qué vino al mundo, su propósito existencial desde el aislamiento y la pérdida de oportunidades.

La frustración que produce esta coyuntura es el caldo de cultivo perfecto para la angustia, el sinsentido y la violencia. 

Estos tiempos de reflexión me han hecho entender que llevo la vida entera preparándome para el confinamiento. A lo largo de los años he entrenado para estar en mi estudio, frente a mi computadora, para leer por horas enteras sin aburrirme, para trabajar en soledad, así que en gran medida la rutina de pandemia se parece mucho a mi vida cotidiana anterior, así que el encierro, el aislamiento y la distancia social no solo no me son ajenos, incluso me resultan agradables y cómodos; sin embargo, ésta no es la experiencia de la mayoría. 

Mientras que en mi caso las precauciones sanitarias han embonado “como anillo al dedo” con mis hábitos previos, para la mayoría de la gente lo que emerge cada vez más a flor de piel es la desesperación por volver a una “normalidad” que se ha perdido, si no para siempre, sí cuando menos por un periodo de tiempo prolongado, lo que obliga a encarar la vida de una forma distinta, aunque no resulta sencillo dilucidar el cómo conseguirlo.    

El confinamiento, así sea parcial –andar por el mundo atrás de un cubrebocas y/o una careta es una manera sutil de estar confinados–, puede entenderse como una oportunidad de introspección, como una pausa forzosa que nos permite repensar la vida y repensar nuestro lugar en ella; pero cuando la duración se extiende de forma tan brutal e incierta, se convierte en el caldo de cultivo perfecto para la frustración, la angustia y la violencia. 

No solo enfrentamos un riesgo sanitario muy real –a estas alturas debe haber muy poca gente que no tenga un caso dramático de covid cerca–, sino enfrentamos también la afectación económica, la distancia relacional con amigos y familiares, la limitación en las actividades de ocio y esparcimiento con la desaparición temporal de todo espectáculo público. En otras palabras, estamos experimentando un cambio sustancial en nuestra forma material de vivir y de relacionarnos tanto con nostros mismos, con los demás y con el entorno.

Y por si esto no fuera suficiente, salvo excepciones, muy pocas personas pueden aprovechar la coyuntura actual para mejorar sus ingresos económicos o siquiera mantener los previos a la crisis y, peor aun, muy pocos son capaces de conseguir, desde el encierro, manifestar quiénes son, llevar a cabo la o las actividades que los hacen sentir vivos, útiles y realizados. Solo una minoría puede encarnar desde el distanciamiento social sus proyectos, sus propósitos de vida, sus planes de crecimiento, tanto personales como profesionales y la inmensa mayoría debe conformarse con que sus vidas no se vuelvan más precarias y tener que renunciar a servicios y satisfactores que hace apenas unos meses eran cotidianos.

Por ello, a todos los desafíos que implica la Era Covid debemos agregar otra tragedia asociada: el riesgo de que se malogren nuestras esperanzas existenciales, el peligro de que nuestra realización personal y la consecución de nuestros sueños se frustre. 

El desafío de esta pandemia no está solo en la posibilidad de enfermar y morir literalmente, sino en el enorme riesgo de que nuestras expectativas de vida y desarrollo se limiten o directamente se extingan. Es muy posible que los tiempos actuales estén gestando una generación de individuos frustrados, ansiosos, deprimidos y desesperados. Sin justificarlo, es comprensible que aumente la violencia intrafamiliar –en especial contra la mujer, ya de por sí más vulnerable como consecuencia de las dinámicas sociales normalizadas a lo largo de los siglos–, que se disparen las tasas de divorcio, que se detonen las evasiones vía redes sociales, incremento en el consumo del alcohol y comida chatarra e incluso se deteriore el estado general de salud, lo que de paso nos vuelve más vulnerables ante la Covid.  

Son muchos los proyectos truncados, los planes pospuestos, los sueños cancelados, las esperanzas postergadas y los caminos interrumpidos. En infinidad de casos, a la falta de realización se suma la necesidad de aceptar trabajos mal pagados que nos aburren, nos deprimen, nos apresan ante la imposibilidad de resolver de otra manera las exigencias económicas de la vida cotidiana.

Pareciera que de forma súbita habitamos un mundo donde esta carga monumental de frustración, incertidumbre y pasmo se manifiesta en todos los ámbitos, desde la política, la academia, el emprendimiento empresarial y social, la educación, el deporte, las artes y un largo etcétera, al que suman infinidad de políticas públicas y proyectos gubernamentales irrealizables ante las naturales limitaciones presupuestales del presente y el futuro próximo. 

Lo cierto es que la Era Covid ha venido a desnudar un sistema previo que tarde o temprano nos conduciría a este callejón sin salida. Teníamos la impresión de que podíamos conseguir lo que nos propusiéramos, pero al mismo tiempo, son muy conocidas las palabras dichas por Emile Henry Gauvreay y que resumen la dinámica pre-covid que ya habitaban grandes porciones de la población: “Hemos construido un sistema que nos persuade a gastar un dinero que no tenemos en cosas que no necesitamos para crear impresiones que no durarán en personas que no nos importan”.

De un modo u otro necesitamos continuar con la vida, pero estamos ante el dilema real de que la pandemia por Covid 19 permanecerá con nosotros durante un tiempo relativamente largo y muchas dinámicas habituales del pasado se habrán extinguido para dar paso a nuevas formas de relación y desarrollo que están aún por descubrirse. Y, como es lógico, la incertidumbre que provoca este escenario no suele favorecer la ecuanimidad y la paz interior. 

Por eso, el primer paso para retomar la vida consiste en encontrar estrategias sanitarias que, al mismo tiempo que nos protejan de la pandemia y eviten rebrotes y contagios, resulten funcionales y sostenibles en la vida cotidiana y no bloqueen del todo nuestras necesidades de socialización, desarrollo, sostenibilidad económica y realización. 

Es un auténtico crucigrama, porque aún existen muchas dudas y contradicciones acerca de la etilogía y comportamiento del SARS-CoV-2, pero es muy importante tener en cuenta que la salud no solo consiste en “no tener Covid”, la salud es mucho más. Implica bienestar físico, mental, emocional, psicológico, relacional, pero sobre todo, sentirse satisfecho con nuestro lugar en el mundo y nuestras perspectivas futuras. Y nada de esto puede conseguirse ni enfermos, ni aislados del todo, ni viviendo presas de miedo hacia “el otro”. 

Para salir del letargo y la frustración y replantearse las oportunidades de futuro de manera realista, a la manera que se hizo a mediados del siglo XX en la Europa de posguerra, se requiere aceptar las pérdidas, reconocer que muchas cosas ya no serán como las pensábamos, dejar atrás hábitos, estrategias y comportamientos que ya no son funcionales en la nueva realidad que nos ofrece la Era Covid. 

Sin duda se trata de una transición dura e incierta porque nos llevará a una realidad que apenas está emergiendo. Necesitamos reaprender a estar en el mundo porque éste ha dejado de ser como era. No olvidemos que “nacer” es uno de los procesos más violentos que se pueden experimentar; en cada uno de ellos hay dolor, miedo, rompimiento con una posición conocida y cómoda. Pero también, solo mediante aceptar este renacer será posible abrirle la puerta a las nuevas oportunidades que potencialmente pueden aparecer ante nostros.   

Más allá de la “vacuna” sanitaria, necesitamos una “vacuna existencial” que nos permita dejar atrás esperanzas vanas de un pasado que no habrá de volver en el corto plazo y encarar el presente y los meses por venir creando en nuestras propias vidas, y a partir de las herramientas y recursos a nuestro alcance, nuevas alternativas de vinculación, conexión y relación que nos ayuden a reinterpretarnos y adaptar los que éramos a los que nos gustaría ser, ante la nueva realidad que no será posible evadir.

Retomar la vida, no donde nos gustaría que estuviera,  sino donde está, y colaborar con la formación del nuevo mundo aun cuando implique asumir precios y riesgos ineludibles, pero sabiendo que solo encontrando esos nuevos caminos será posible no perder la esperanza y mantener vivas las expectativas de realización.

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En algún momento de la historia de mi vida, dediqué mi tiempo a generar ingresos para una universidad privada a través de la capacitación empresarial. Un buen día conseguí un contrato para cuatro diplomados en ciencias de la educación. Para llevarse a cabo se requerían de aulas, equipo de audio y video, materiales y una compleja logística que debía coordinar con la dirección administrativa correspondiente cuyo titular al sentirse sorprendido por tales requerimientos solo atinó a decir: “Eli, soy director administrativo no hago magia”. Por aquél entonces su comentario me pareció fuera de lugar (yo que me tomaba la vida tan en serio y desempeñaba a cabal cumplimiento mi rol en aquélla institución) y lo que siguió fue que el señorito en cuestión no tuvo más que conseguir los recursos solicitados para dar inicio a la capacitación y fin del asunto.  Hoy me pareció oportuno recordar aquel pasaje porque generalmente se asocia la magia a lo instantáneo, a lo que surge de forma inexplicable o a lo fantástico. Y es que la magia (del latín magīa y este del griego μαγεία = mageía) no es un tema fácil. Lo primero que se viene a la mente es la figura de una bruja en su caldero o un mago con su sombrero, pero lo cierto es que el tema va más allá de princesas encantadas o brujas maléficas al puro estilo de Disney. En la antigüedad, los magos eran sacerdotes eruditos; la palabra “mago” proviene del persa ma-gu-u-sha = sacerdote. 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