Era Covid: Empatía, piedra angular del mundo post-pandémico

La verdadera socialización implica el desarrollo de múltiples habilidades de las cuales quizá la más importante es la empatía, pero no entendida de manera ingenua y simplona, sino profunda y consciente. La gran pregunta: ¿cómo conciliar las...

18 de diciembre, 2020

La verdadera socialización implica el desarrollo de múltiples habilidades de las cuales quizá la más importante es la empatía, pero no entendida de manera ingenua y simplona, sino profunda y consciente.

La gran pregunta: ¿cómo conciliar las restricciones sanitarias con nuestra necesidad de cercanía y contacto con los demás?

Si hay algo que compartimos, no solo con el resto de los humanos, sino con infinidad de especies, y en especial con todos los mamíferos, es nuestro aspecto emocional. Hay muchas maneras de enlistar las emociones, pero luego de revisar diversas clasificaciones considero que las siete emociones primarias, los ladrillos con que se construyen los matices sensoriales de nuestra experiencia existencial son alegría, sorpresa, miedo, ira, desagrado, tristeza y desprecio.  

Mediante las emociones identificamos desafíos, peligros y placeres. Es gracias a ellas que podemos interpretar la realidad exterior, construir sentimientos, vínculos y, en última instancia, es a partir de nuestras emociones como desarrollamos –o no– la empatía, el fundamento de todo vínculo significativo, tanto entre humanos, como entre humanos y otras especies. 

Los neurocientíficos han descubierto que mediante las neuronas espejo somos capaces de percibir y hacer nuestras las emociones y sensaciones ajenas. Sobre éstas, su descubridor, Giacomo Rizzolatti, comenta:

 “Somos criaturas sociales. Nuestra supervivencia depende de entender las acciones, intenciones y emociones de los demás. Las neuronas espejo nos permiten entender la mente de los demás, no sólo a través de un razonamiento conceptual sino mediante la simulación directa. Sintiendo, no pensando1”.




Mientras nuestra química corporal –dopamina, cortisol, adrenalina, endorfinas, etc.– es la manifestación física de nuestras emociones, las neuronas espejo lo son de la empatía. Se activan naturalmente a partir de las expresiones faciales, el contacto visual, los ademanes, los movimientos del cuerpo en general, es decir, a través del contacto con el “otro” y difícilmente pueden alimentarse y tonificarase de forma adecuada cuando solo se ejercitan a través de una pantalla. 

Gracias a las emociones, y a los sentimientos que construimos a partir de ellas, somos capaces de comprendernos a nosotros mismos y relacionarnos con el mundo, pero es gracias a la empatía que somos capaces de identificarnos con el dolor del otro, con sus sueños, con sus alegrías, con sus carencias y fortalezas. Y, puesto que es el puente que nos conecta con el resto de los humanos, es a partir de la empatía como seremos capaces de resolver los desafíos que la crisis actual pone ante nostros.

La verdadera socialización implica el desarrollo de múltiples habilidades de las cuales quizá la más importante es justamente la empatía, pero no entendida de manera ingenua y simplona, sino profunda y consciente: la capacidad de entender discursos ajenos, de ponerse en los zapatos del otro, la capacidad de relacionarse con el que piensa diferente, la capacidad de comunicación, de articular discursos coherentes para arropar las ideas propias y poder contrastarlas con las ajenas, la capacidad de compartir espacio, afinidades y diferencias en un entrono de respeto y aceptación, la sensibilidad para ceder prebendas y ventajas obtenidas sin pedirlas por nuestra condición socio-económica de nacimiento para brindar oportunidades de desarrollo y prosperidad a aquellos en posición más vulnerable. Todo esto y más implica la verdadera empatía. 

Habitamos un mundo psico-socio-cultural. Del mismo modo que poseemos una realidad interna desde donde interpretamos los diversos estímulos que recibimos de la existencia, esa experiencia interna se proyecta hacia afuera mediante la interacción que llevamos a cabo con otros miembros de la comunidad. Es entonces que nuestro mundo interno y particular se funde con el mundo externo y colectivo y tienen lugar una serie interminable de interacciones interpersonales que configuran, de forma indisociable, las dinámicas de la realidad total. 

Si bien la pandemia por covid-19 está marcada por un riesgo sanitario real de contagio, eso no evita que la manera en que los humanos construimos nuestra experiencia de estar vivos y el modo más eficaz con que alimentamos y discernimos nuestro diapasón emocional y sentimental es a partir de la interacción con los demás.  

Resulta por lo tanto inquietante el hecho de que la naturaleza haya decidido que este ente patógeno se traslade de una víctima a otra casi exclusivamente a través las secreciones humanas expelidas al hablar, respirar y compartir espacio vital.  Esto conduce a una sorprendente conclusión: para protegernos del contagio debemos aislarnos de los demás seres humanos, en contradicción con nuestra necesidad social-gregaria de contacto y pertenencia, una de las características esenciales de nuestra especie. 

La pandemia nos exige un desafío paradójico. Por un lado debemos renunciar al contacto con el otro para no enfermar de covid, mientras que por el otro, al renunciar a una de nuestras necesidades existenciales básicas y aislarnos de los demás terminaremos por enfermar de maneras tan graves o peores que la covid-19 misma.

Hemos dejado de asistir de manera regular a las oficinas, a evitar en lo posible el transporte público y las aglomeraciones, a erradicar temporalmente de nuestra vida los eventos públicos, los cines, los teatros, los gimnasios, a visitar con desconfianza restaurantes, supermercados y centros comerciales. Nos hemos forzado al uso de mascarillas, caretas, geles desinfectantes y demás barreras materiales de prevención. Se han cerrado las escuelas, suspendido los deportes de conjunto, reducido las convencias familiares y de amigos a su mínima expresión. Incluso el saludo ha dejado de entrañar un apretón de manos, un beso o un abrazo, para convertise en un gesto impersonal y distante, detrás de un cubrebocas. Hemos exacerbado el uso de plataformas digitales, como decíamos la semana pasada.

Es ingenuo suponer que este tipo de dinámicas sostenidas durante varios meses no alterarán nuestra forma de relacionarnos con los demás y por ende, en tanto que los seres humanos somos eminentemente sociales, a transformar nuestra experiencia de vida quizá para siempre.  Sin embargo algo nos ancla al pasado histórico de nuestra especie: la necesidad de vincularnos, de crear relaciones genuinas, afectivas y profundas con nuestros pares. 

Ante el peligro real de contagio, la manera en que entendemos el contacto con “el otro” está en riesgo. Es aquí donde la empatía opera como herramienta invaluable, no solo para transitar la Era Covid de forma digna y decorosa, sino para construir un futuro esperanzador para los tiempos post-pandémicos, ahora mismo en formación. 

Quizá este desafío monumental al que nos enfrentamos servirá para valorar de una manera distinta nuestra condición y necesidad existencial de contacto, para replantearnos la importancia de ese “otro” sin el cual la vida, por más satisfactores materiales que se tengan, carecería de significado. 

Ningún conocimiento, posesión, proyecto o interacción tiene demasiado sentido si su fin último no está relacionado con potenciar el vínculo entre seres humanos. Sin despreciar la búsqueda legítima de un beneficio económico o material de cualquier especie, quien diseña o pretende vender un producto, crea una obra de arte, pretende compartir o adquirir un conocimiento, busca en última instancia contactar con un “otro” que valide con su interés su propia actividad y todo este sistema carece de sentido si el contacto entre humanos se elimina o se limita hasta niveles insanos. 

Los meses de pandemia transcurren y con ello los planteamientos iniciales se modifican también. A estas alturas todos experimentamos en carne propia cambios sustanciales en nuestra forma de vivir y de relacionarnos tanto con nostros mismos, como con los demás. 

Por un lado casi todos conocemos gente cercana que ha enfermado, incluso algunos que han fallecido a causa del virus, lo que nos hace entender la peligrosidad real de la pandemia; por el otro, reconocemos la necesidad de retomar la vida, de resignificar las pérdidas que hayamos tenido, reencontrarnos con nuestros vínculos personales y sociales y reconstruir nuestros propósitos, proyectos y sueños de futuro. 

La gran pregunta, entonces, es ¿cómo conciliar las restricciones sanitarias con nuestra necesidad de cercanía y contacto con los demás? No hay respuestas fáciles a este dilema.  Lo cierto es que las acciones que tomemos hoy configurarán la realidad post-pandémica: ¿qué mundo nos espera si, luego de este desafío monumental, terminamos por asumir al “otro” como una amenaza? 

Por eso es tiempo de replantearnos el concepto de salud, que, a mi juicio, no equivale tan solo a no enfermar de covid,  sino a conseguir un equilibrio entre bienestar físico, emocional, psicológico, personal y relacional.

Aun cuando suene duro, no queda sino reconocer que nada que merezca la pena en la vida puede lograrse sin costos, peligros y riesgos. Vivir mata, dice el refrán popular. Y quizá no haya precio más alto que renunciar a una vida plena. 

Aquí viene la importancia de llevar a cabo una introspección consciente y responsable que nos permita cuidarnos del contagio sin rechazar al otro; jerarquizar, medir y en su caso tomar las acciones y riesgos que, de no hacerlo, nos resultaría existencialmente más caro.  

Es verdad, no podemos asumir riesgos innecesarios e imprudentes, pero tampoco podemos sacrificar una existencia plena por causa de la covid-19. El gran desafío consiste en conseguir ese equilibrio que nos permita recuperar la vida dentro de las limitaciones que exige cuidarnos del contagio. No hay soluciones fáciles, pero tiempos extraordinarios requieren decisiones, responsabilidad y acciones extraordinarias. 

Es central diferenciar las auténticas posibilidades de riesgo y contagio con el hecho de ver “al otro” como una amenaza. Ese “otro” que nos rodea, que viaja a nuestro lado en el transporte público, que camina por la misma acera que nosotros, que está en la mesa de al lado en el restaurante, vive el mismo dilema y experimenta la misma vulnerabilidad y frustración que nosotros. Ese “otro” también tiene familia que quiere preservar y tiene tanto miedo a enfermar, morir o contagiar a los suyos como lo tenemos cualquiera. 

La “convivencia consciente” implica tomar las medidas apropiadas para reducir al máximo el riesgo de contagio, pero también cuidar de nosotros, de los nuestros y de los demás de formas diversas y activas, que van desde alimentarnos sana y apropiadamente, hasta respetar las medidas preventivas y los códigos de distanciamiento social sin agredir o discriminar y graduándolas en función de las circunstancias de tal modo que no eliminemos de nuestra vida el contacto con los demás. 

Si tomamos este reto con seriedad, la Era Covid, aun sabiendo los enormes precios que nos está haciendo pagar en todos los aspectos, puede convertirse también en un potente periodo de maduración colectiva. 

Web: www.juancarlosaldir.com

Instagram:  jcaldir

Twitter:   @jcaldir   

Facebook:  Juan Carlos Aldir

 

1 Rizzolatti, G., Fogassi, L., Gallese, V. (2001). “Neurophisiological mechanisms underlying the understanding and imitation of action”. Nature Rewiews Neuroscience, 2, Pág. 661

 

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Por segundo año consecutivo las niñas y niños pasarán el 30 de abril encerrados en casa. 13 meses han pasado desde que abandonaron los pupitres y aulas para resguardarse en su hogar junto a sus familias y aunque esta nueva era nos ha enseñado que las fechas conmemorativas no son sinónimo de celebración, es importante insistir en el bienestar de la infancia particularmente en tiempos pandémicos. Serrat nos heredó unas bellas palabras sobre la infancia: “Esos locos bajitos que se incorporan con los ojos abiertos de par en par sin respeto al horario ni a las costumbres y a los que por su bien, hay que domesticar.” Y es que en nuestro acelerado ritmo de vida entre vacunas, elecciones, falta de agua, violencia y migración, entre otros “asuntos de mayores”, los peques van quedando olvidados, arrinconados, sin defensa. 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Walter Benjamin (filósofo alemán) consideraba que es a través de los juegos infantiles y ese hablar desparpajado donde se halla la semilla del cambio social de un despertar del mundo dominado por los adultos pero quizá hemos fallado como sociedad y como apunta Guadalupe Nettel (escritora mexicana): “Nos corresponde a todos responsabilizarnos de que la infancia sea lo más luminosa posible porque los niños son sin lugar a dudas los más vulnerables entre los humanos. 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Es una brevedad en la historia de vida de cada uno, el momento en que ser grande significa usar los zapatos de mamá o papá, la oportunidad de explorar y descubrir libremente, ajenos al transcurrir de las horas y minutos, el tiempo de ser pequeños y no por ello, evitar impactos mayúsculos en su entorno porque por cada niña o niño que nace, el mundo de dos adultos se transforma sin retorno." 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Recibió sus vacunas y vino a pasar una temporada con nosotros. Después de más de un año salió de su casa para volar a otro estado y a otro país.  Como experimento y sin saber si funcionaría, en casa hice para ella un espacio de estudio con su escritorio, silla ejecutiva, libretas, lápices, colores, un rompecabezas de piezas grandes, libros y música. Verse en el espejo: quien ella fue, quien está siendo y quien será porque ella cree en su futuro y lo planea. Había que jugar a los olvidos y reírse de los disparates. Inventar historias del futuro e imaginar cosas que no existen. Sentirse completa con sus 90 y reírse porque guardó los dientes en el estuche de los lentes. Escribir con las manos en sentido contrario porque la artritis le desvió los dedos y leer en voz alta para escuchar la voz y sentir la respiración. Grabó un video leyendo “En Paz” de Amado Nervo. Y dejó de lado los mismos recuerdos de tiempos pasados y darle la bienvenida a los nuevos para todos los mañanas que le faltan.  La pandemia para ella sigue siendo, solo que ahora sabe que puede recorrer su tiempo escribiendo y leyendo; que a través de los recuerdos puede planear su futuro y sabe que su tiempo vale y que el tiempo que nos regaló ha sido una muy valiosa escuela.  Yo estoy esperando que ustedes que me leen, hagan algo parecido con sus mayores y sepan que la sabiduría no está en Internet, la tenemos cerca de las manitas arrugadas y los ojos nublados de tanto que supieron ver. La vejez no es igual para todos, no sabemos cómo será para cada uno.  Un día seremos ancianos. Por eso, ahora que podemos, debemos reforzar la amistad con los nuestros, para que un día quieran cuidar de nosotros." 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