El ‘Blue Monday’ no existe, pero la tristeza sí (y cumple una función clave en la infancia)

Enero suele llegar a España envuelto en una mezcla de ilusión y agotamiento. Tras la magia de la Navidad y los Reyes Magos –uno de los momentos más esperados por niños y niñas–, el regreso a la...

19 de enero, 2026 La locura sin duda es algo que obedece a la moda. No puedo estar más lejos de ser una experta en el tema pero si se que cada época ha temido y señalando diferentes comportamientos llamándolos locura peligros cuando no conviene a nuestras tradiciones y convicciones.

  1. Paola Alexandria Pinto de MagalhãesInvestigador – Facultad de Enfermería – Desarrollo Positivo de Niños y Adolescentes, Universidad de Navarra
  2. Maider Belintxon MartínProfesora de la Facultad de Enfermería. Directora del Departamento de Enfermería Comunitaria y Materno Infantil. Área de conocimiento: materno-infantil, Universidad de Navarra
  3. Pablo Tabuenca AgramonteDoctorando. Atención de enfermería en la infancia y adolescencia, Universidad de Navarra

Enero suele llegar a España envuelto en una mezcla de ilusión y agotamiento. Tras la magia de la Navidad y los Reyes Magos –uno de los momentos más esperados por niños y niñas–, el regreso a la rutina se vive, a menudo, con un cierto bajón emocional. En este contexto surge una pregunta recurrente: ¿son realmente más tristes los días de enero?

La idea ganó fuerza en 2005, cuando el psicólogo británico Cliff Arnall anunció haber identificado, mediante una supuesta ecuación, el día más triste del año. En su fórmula incluía elementos como el clima invernal, las deudas después de las fiestas y la falta de motivación para cumplir los propósitos de Año Nuevo.

Sin embargo, la comunidad científica desestimó rápidamente aquella propuesta por no estar apoyado por evidencia científica. La ecuación, lejos de ser un hallazgo psicológico, se reveló como una herramienta promocional diseñada para una agencia de viajes que impulsaba el mensaje de que la mejor forma de combatir la tristeza era comprar unas vacaciones.

La tristeza no es un evento programado

El término Blue Monday continúa reapareciendo cada enero en los medios de comunicación y en campañas publicitarias, pese a que no existe evidencia que relacione un día concreto del calendario con un aumento generalizado del malestar emocional.

La tristeza es una respuesta humana compleja, no un evento programado. Y si bien las condiciones climáticas propias del invierno pueden influir en el estado de ánimo, el entramado comercial que se ha construido alrededor del concepto busca un impacto en la conducta, invitando a consumir objetos o experiencias.

Algunas marcas han convertido la tristeza en un recurso emocional rentable, presentando productos o experiencias como supuestas soluciones a este malestar que ellas mismas contribuyen a amplificar. Se aprovechan de que fomentar la vivencia del “día más triste del año” podría influir en el comportamientos de consumo.

Por si fuera poco, este tipo de publicidad puede influir en la dinámica emocional de muchos hogares: crea expectativas difíciles de sostener, fomenta el materialismo, genera tensiones entre adultos y niños y, en ocasiones, alimenta sentimientos de infelicidad.

Pero existe un riesgo añadido cuando estos mensajes llegan a la infancia. Si a los menores se les transmite la idea de que las emociones “negativas” deben combatirse con compras, distracciones o euforia artificial y digital, se debilita su capacidad para reconocer, comprender y gestionar lo que sienten. De ahí la importancia de reflexionar sobre el impacto de este discurso mediático en la educación emocional de los niños y niñas.

El papel de la tristeza en el desarrollo

La tristeza, lejos de ser un obstáculo, cumple un papel fundamental en el desarrollo del niño. Desde muy pequeños, los niños descubren que expresar tristeza puede facilitar el apoyo de padres, madres y cuidadores. Esta emoción, en muchos casos, es más eficaz que otras para recibir atención y consuelo.

Además, la tristeza ayuda a reajustar metas tras un fracaso, lo que les permite modificar sus estrategias y expectativas ante situaciones adversas.

La tristeza impulsa procesos de introspección que permiten a los niños reflexionar sobre lo que sienten, sobre sus valores y sobre la forma en que se relacionan con los demás. Experimentar tristeza también contribuye al crecimiento moral.

A través de emociones ligadas a la pérdida, la decepción o la injusticia, los niños construyen su sentido de lo correcto, desarrollan sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno y fortalecen su empatía. De hecho, estudios recientes han encontrado una relación positiva entre la experiencia de tristeza y la capacidad de ponerse en el lugar del otro.

La respuesta adulta a la tristeza

Sin embargo, la forma en que los adultos responden a esta emoción influye decisivamente en cómo los niños aprenden a manejarla. Un entorno familiar cálido, sensible y afectivo favorece el desarrollo emocional, mientras que interacciones tensas, frías o críticas pueden dificultarlo. Las dinámicas familiares –los modelos emocionales que observan la calidad de, las conversaciones y la disponibilidad de apoyo– dan forma a su manera de interpretar y expresar la tristeza.

El contexto escolar y social también juega un papel clave. Los niños que se sienten acompañados y respaldados no solo viven la tristeza con menor intensidad, sino que desarrollan mayor confianza para afrontarla.

Acompañar a los niños en el reconocimiento y manejo de la tristeza es una manera de ayudarlos a desarrollar resiliencia. Cuando aprenden estrategias para afrontar emociones difíciles –hablar, pedir ayuda, poner en palabras lo que sienten, identificar lo que necesitan– adquieren recursos internos que les permitirán afrontar retos futuros con mayor seguridad. Esa resiliencia se traduce en autoestima más sólida y en una percepción más realista y confiada de sus propias capacidades.

Diferencias culturales en la vivencia de la tristeza

Los valores y creencias de cada cultura, por su parte, determinan qué manifestaciones de tristeza son aceptadas, cuáles suelen reprimirse y cuáles se consideran “apropiadas”. Esto explica que la expresión y regulación de la tristeza varíen significativamente entre entornos culturales y sociales.

Entender estas diferencias permite acompañar mejor a los niños en sus procesos emocionales y evitar interpretaciones erróneas sobre su comportamiento.

Una mirada crítica hacia la felicidad publicitaria

Por ello, frente a los mensajes comerciales como el del Blue Monday, los adultos debemos reconocer que esta emoción forma parte natural del crecimiento (no solo un día del año) y ofrecer a los niños espacios de escucha, acompañamiento y comprensión.

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