Expertos en fotografía

Reunirse en familia muchas veces se hace una costumbre, tan de costumbre que se convierte en una fiesta común. Reunirse en familia muchas veces se hace una costumbre, tan de costumbre que se convierte en una fiesta...

23 de junio, 2017
RHT
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Reunirse en familia muchas veces se hace una costumbre, tan de costumbre que se convierte en una fiesta común.

Reunirse en familia muchas veces se hace una costumbre, tan de costumbre que se convierte en una fiesta común. Cada año, unos pocos y cada dos años, casi todos. Los niños crecen, las nuevas esposas llegan embarazadas, las esposas conocidas llegan con sus dos o tres criaturas. Los grandes se siguen haciendo grandes, se vuelven tíos y abuelos. Se cuentan los años de cada uno y se recuerdan a los que se fueron sin conocer a los nietos. La generación vieja, cuenta las historias que los jóvenes apenas recuerdan y los niños no entienden. Las anécdotas, grandes logros, tristes momentos y las frases de los bisabuelos forman parte de las pláticas, una manera directa de conocer la raíz y la sangre de los que se reúnen cada uno, cinco o diez años.

Cada vez se hace más complicado reunir a una familia completa porque los tiempos, el trabajo, la distancia o la economía no siempre están en favor de todos. Hay familias de cientos de integrantes y otras de apenas unas decenas. Con todo, siempre estarán los mayores que conserven intacta la memoria, son los libros abiertos de la historia más nítida, los que guardan en sus palabras las fotografías del tiempo para la permanencia de las generaciones.

Con el tiempo, cuando desaparecen los apellidos principales, aparecen los parecidos físicos con los abuelos o los tíos más viejos, los que existen en imágenes color sepia y de los que solo los mayores tienen recuerdos. Los jóvenes se ven reflejados en los ojos del tatarabuelo y todos, sin excepción, tienen la mirada o la sonrisa inconfundible de sus raíces.

Así pasa con las familias que crecen y se reproducen, se encuentran un día y se ven en la historia. Los más chiquitos escuchan las palabras tíos y primos y un montón de nombres que olvidarán de vuelta a casa. Los recién integrados a una familia, esposas y esposos pueden conocer a sus consortes dentro del entorno que los formó, sabrán porqué reaccionan, sonríen, bailan o se desenvuelven de cierta forma. Conocen el otro lado de la moneda con la que se casaron y la razón de su formación.

En una reunión familiar hay de todo, las risas provocadas por el mismo chiste del tío, las lágrimas que emiten todos los sentimientos. Se habla de las lejanías, las ausencias, las presencias. Los éxitos, los fracasos y los grandes triunfos de todos. Se queda, después de la reunión una perfecta fotografía que significa libertad, la libertad de pertenecer y el orgullo de permanecer.




Familia, una palabra tan trillada y utilizada sin ton ni son por todos. Una palabra que se usa para lo que parezca unión de personas, sin que sea precisamente, la fraternidad lo que junta a la gente. Es tan difícil regresar a la esencia de las palabas con el significado que le corresponde cuando el gobierno y las organizaciones se meten en los asuntos más delicados y nobles del ser humano. Lo bueno es que, en una reunión de sangres, lo único que no existe es el gobierno y sus deformas. Qué bien se siente cuando las tribulaciones mundanas no aparecen en torno a la familia, qué bien que se puede olvidar la muerte y la corrupción.

La forma más sana de vivir sin preocupaciones, vive en el abrazo de los primos lejanos, en las sonrisas de los abuelos en una foto reconstruida, en las carcajadas de los chiquitines, en los bailes locos de los tíos, en la música vieja y en las lágrimas de satisfacción de cada uno. Se comparten imágenes viejas, digitales, videos en blanco y negro y queda resguardado en el tiempo la mejor fotografía, la de los expertos, esos que sin conocerse y a base de reconocerse plasman la imagen del recuerdo en la memoria experta de la sangre.

Se comparten las herencias, la educación que dejaron los que ya se fueron y juntos, como escribe, Robert Fulghum en su libro “All I Really Need to Know I Learned in Kindergarten” recuerdan que lo más importante se sigue aprendiendo en el jardín de niños: “Comparte. Juega limpio. No ofendas a las personas. Colocar las cosas donde las encontraste. Limpiar tu propio desorden. No tomes lo que no te pertenece. Pide perdón cuando ofendas a alguien. Lavarse las manos antes de comer. Deshacerse de lo que no te sirve. Sorpréndete. Una galleta y leche son buenas para ti. Vive balanceado. pinta, colorea. Baila, dibuja, canta, bebe, come. Toma una siesta cada tarde. Las raíces van hacia abajo y las ramas hacia arriba. Al salir, tener cuidado al cruzar la calle, tomarse de las manos y mantenerse junto a los demás. El pez, el hámster, (cualquier otra mascota) se muere y yo también”.

Esos pocos días en los que se observa a la familia crecer, ser, enloquecer y seguir creyendo que lo que se va cosechando, se recoge un día en una reunión familiar, quedando la mejor fotografía en el corazón, para intercambiarla cuando los años pasen y se vuelva a convocar a todos a reunirse de nuevo.

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