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El disco del recuerdo

Esta vez, en nuestra cápsula del tiempo de cada cinco semanas, toca el turno a cierto objeto que se ha vuelto de culto entre los… Esta vez, en nuestra cápsula del tiempo de cada cinco semanas, toca...

1 de septiembre, 2015
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Esta vez, en nuestra cápsula del tiempo de cada cinco semanas, toca el turno a cierto objeto que se ha vuelto de culto entre los…

Esta vez, en nuestra cápsula del tiempo de cada cinco semanas, toca el turno a cierto objeto que se ha vuelto de culto entre los melómanos, coleccionistas y amantes de la buena música: el disco de vinil.

Imaginemos por un momento que caminamos por la avenida de San Juan de Letrán (hoy Eje Central), estamos en la década de los cuarenta y en nuestro camino nos encontramos con un tumulto abarrotando el Mercado de Discos, nos asomamos por un pequeño espacio que se abre y alcanzamos a distinguir la figura del entonces ídolo de México: Pedro Infante quien canta “Cien años”; la multitud pretende escuchar a su cantante favorito y comprar su nuevo disco, se trata de uno de los principales cantantes de Peerless, la primera y más importante empresa fonográfica mexicana por décadas que se convirtió en la casa de las voces que dieron identidad a la música mexicana en el extranjero. Seguimos nuestro camino hasta alejarnos del alboroto y en nuestra cabeza se quedan grabadas algunas estrofas de la canción: “Pasaste a mi lado, con gran indiferencia, tus ojos ni siquiera voltearon hacia mí…”

Hubo un tiempo en el que la música representaba un gran negocio e iba de la mano con el cine pues mientras en la pantalla grande se consolidaban las grandes figuras de la época de oro del cine mexicano, la radio las posicionaba como cantantes en el gusto de las audiencias. Tener la música en casa significaba también cierto estatus social dado que contar con un reproductor de discos y una colección de ellos requería de una inversión que pocos podían hacer pues cada disco significaba una verdadera obra de arte no sólo musicalmente hablando sino incluso en el diseño de la portada y por supuesto, la tecnología que implicaba la grabación del mismo. Era una época en la que los avances tecnológicos iban de a poco y cada novedad que llegaba a México era recibida como el boom del momento.

Cuentan mi madre y mis tíos que la sensación de aquéllos días, ya por los años cincuenta y sesenta eran las sinfonolas o rockolas, que eran unos aparatos que contenían un tocadiscos automático y una colección de canciones que el usuario elegía insertando una moneda para activar el funcionamiento, las legendarias fuentes de sodas o loncherías tenían la suya y eran el punto de reunión de los jóvenes que bailaban y cantaban al ritmo del rock and roll.

El disco de vinilo que surge durante la Segunda Guerra Mundial, apareció como un formato de larga duración que se impuso con rapidez por sus grandes ventajas: la duración de la grabación era de hasta 45 minutos, contaba con un sistema estereofónico, daba mucho mayor calidad de sonido y se eliminaban los molestos ruidos por el arrastre de la aguja.




Quienes tuvimos la fortuna de tener uno de ellos en nuestras manos y disfrutar de sus virtudes; sin duda, lo extrañamos pues nada se le compara a pesar de haber sido desplazado por el CD a finales de los ochenta. Seguramente, en algún lugar de nuestra casa tenemos algunos ejemplares guardados que hoy pueden ser una joya para los conocedores; en lo personal, no estoy lejos de adquirir un reproductor para volver a escuchar la gran colección que tienen mis padres y que va desde Carlos Gardel, Javier Solís, Ray Conniff y Elvis Presley hasta Michael Jackson; entre otros.

Por suerte, el disco de vinilo se resiste a morir, muestra de ello es la Convención de Discos de Vinil y Coleccionismo Musical que se realiza tres veces al año.

Vale la pena darse una vuelta por la colonia Roma en donde se ubican algunas tiendas especializadas en discos de vinil y sus reproductores pues siguen siendo materia prima para los DJ’s por la facilidad para manipularlos y su alta calidad musical, además de que nos encontraremos con la memoria de una época en la que los discos además de ser un entretenimiento fueron un parteaguas en la historia de la música por su significado comercial y artístico, un objeto que no ha sido igualado y mucho menos superado como muchas de esas reliquias que encontramos o podemos encontrar en el ropero de nuestras abuelitas, a quienes podríamos darles una gran alegría al escuchar nuevamente los discos que las hicieron cantar, bailar y reír en su juventud.

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Fuentes:

http://www.excelsior.com.mx/funcion/2014/02/01/941477

http://www.excelsior.com.mx/funcion/2013/08/11/913128

Imágenes tomadas de Google

Comentarios
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el sol todavía no se acababa de vestir y yo disfrutaba un café presenciando el diario ritual del amanecer bajo la pérgola de la terraza. Me era muy fácil imaginar a Matilda de niña, corriendo por la playa con una cometa, dueña y señora de la playa, cuando llegar al revolcadero era una verdadera aventura, antes que se construyera la carretera escénica.  Mis hermanas y yo de chicos, muchas veces  hicimos el viaje con mis abuelitos y mi mamá saliendo muy temprano del club de yates hacia Puerto Marqués. Una vez ahí, en una camioneta vieja, recorríamos una estrecha vereda que llevaba hacia los cocotales que luego se llamaron granjas del Marqués, para luego caminar en dirección a la playa donde apenas había unas pocas ramadas. Desde ahí, viendo hacia el sur, no existía ni una sola construcción; era una playa totalmente virgen guardada por una neblina de sal entre la que se tejían luminosos muchísimos pequeños arcoíris que desaparecían y volvían a aparecer con cada nuevo golpe del mar. Al dejar que mi mente viajara de esta forma, surgían ante mi vista distintas imágenes de mi propia vida transcurrida precisamente en esa playa, y luego en este Pierre Marqués que nos era tan entrañable. Vi que Nico estaba sentado en el puesto de salvavidas y bajé a la playa para saludarlo y platicar un ratito. Al llegar al pie de la torre de madera blanca y ver a Nico igual que siempre, moreno encendido con los cabellos decolorados en lucha constante con las canas que ya asomaban a sus cejas y sus antebrazos,  pensé en los muchos años que llevábamos de ser amigos. Me parecía difícil de creer que Nico ya tuviera canas, porque además seguía siendo un atleta impresionante, con brío suficiente como para conservar, entre otras, a su eterna enamorada de París. - ¿Hola Nico, cómo te va? - Hola Pecos, ¡qué milagro! - ¿Sigues metido con tu casa aquella por la quebrada? - Ojalá fuera mía, querido Nico, y sí, sigo yendo a darme mis vueltas. - Te tiene cautivado Pecos, ¿Qué tanto le has encontrado? - ¿No te he contado? - La verdad, no, no me has contado mayor cosa, por eso me da curiosidad. - Aguas con la curiosidad mi Nico… - ¿Me quieres contar o qué? - Sí, pero vente, vamos a dar una caminadita por la playa.   Nico se descolgó del puesto de salvavidas como una pantera bajándose de un mangle; al verlo siempre fuerte, me acordé de nuestras sesiones con el balón medicinal de treinta kilos; ¡cómo nos divertíamos! Los turistas nos veían cachándolo y lanzándolo con tanta facilidad, que sin fallar jamás, nos pedían que se los lanzáramos. Todos terminaban en el suelo después de un buen sentón, con cara de sorpresa, y Nico y yo riéndonos de ellos sin poderlo evitar. Lo que pasa es que no es lo mismo saber lo que estás lanzando o lo que estás recibiendo, que de pronto recibir treinta kilos creyendo que estas cachando un balón  normal. Aparte de ser un muy buen ejercicio, era una  diversión inocente, porque siempre nos disculpábamos con las víctimas que de inmediato se sentían parte de la broma  y se reían también. - Cuéntame de tu casa esa, Pecos. - Pues ya llevo meses yendo a revisar algunas cosas que los cuidadores han conservado en cajas de cartón. - Hay diarios, álbumes, recortes de revistas y periódicos viejos, y algunos objetos femeninos como espejos y un perfume. - ¡Caray!, ¿y de quien son tantas cosas? - Son de los antiguos dueños,  pero fíjate, Nico, que además,  los cuidadores las encontraron después de limpiar toda la casa sin encontrar ninguna de esas cosas. - ¿Y cómo le hicieron? - ¡Quién sabe Nico! - Eso no es cualquier cosa Pequitos; ¿y no te da miedo? - ¿Debería? - No sé; eso solamente puedes decirlo tú. Ya había oído de cosas parecidas Pecos; mi abuelita aquí cerca  en el Cayaco, siempre recordaba un retrato de mi abuelo vestido de manta con sombrero de palma y machete oaxaqueño, que le había regalado cuando eran novios. Siempre hablaba del famoso retrato y cuando le preguntábamos, decía que se había quedado en su antiguo rancho cerca de Pinotepa Nacional,  y nunca lo había vuelto a ver. Pero una vez que la fuimos a visitar, estaba muy contenta; cuando llegamos con ella, nos enseñó ese retrato diciéndonos que lo había encontrado. - ¿Pero cómo lo encontró? - Eso fue lo que le preguntamos, pero nos dijo que de repente al abrir un cajón, se lo había encontrado, y ya. Lo que quiero decirte Pecos, es que luego encontramos cosas que creíamos perdidas y de pronto aparecen como dice la gente, como por arte de magia, pero no creo que sea magia sino algo verdaderamente poderoso. - ¿Cómo qué, Nico? - No tengo idea, pero estarás de acuerdo Pequitos que hay muchísimas cosas que no entendemos. Yo creo que a lo mejor, la gente que ya se fue, solamente puede comunicarse con nosotros mandándonos señales como esas; objetos, retratos, recuerdos… - ¿Nada más la gente que ya se fue, Nico? - No tengo idea Pecos, pero los vivos se aparecen como te me apareces tú. - Yo prefiero encontrarme una fotografía y no que mi abuelita se me aparezca aunque  la haya querido mucho. ¡A poco le tendrías miedo a tu abuelita si se te apareciera, Nico! - Pa’ que más que la verdad Pecos. Yo creo que la gente que ya se fue, pues ya se fue; los que regresan por tener pendientes, la verdad es mejor no encontrárselos. Conforme íbamos caminando por  la playa, me parecía que había hecho bien en buscar a Nico. Animado por nuestra conversación que estábamos teniendo, y con la confianza que le tenía a Nico, decidí contarle algunas cosas de lo que había pasado en Los Olvidos. - ¿Te conté que en una losa del jardín de Los Olvidos está grabada la fecha de mi nacimiento? - ¿Te cae? - ¡Ay, Nico; claro que me cae!; me cayó de sorpresa en serio; ¡no salí corriendo de milagro! - ¿Y quién puso ahí la fecha de tu nacimiento? - No tengo idea Nico. - ¡Caray Pecos!, es señal de que la casa es tuya o debería ser tuya o algo tienes que ver ahí, ¿o nó?  - ¿A qué te refieres con que tenga yo algo que ver ahí? - Me refiero a que no es normal o corriente que entres a una casa que ni conoces, y te encuentres nada menos que la fecha de tu nacimiento grabada en una piedra; o sea que no es el registro civil para que te encuentres por todos lados las fechas de nacimiento de mucha gente. Esta respuesta de Nico nos hizo reír a los dos; tenía razón, la fecha de mi nacimiento necesariamente tenía un significado aparte de coincidir con el día y mes del nacimiento de Matilda. Riéndose, Nico remató diciendo que qué bueno que a él no le pasaban cosas así. - ¿Y por qué sigues yendo a esa casa, pues? - Pues lo cierto es que la casa siempre me ha atraído; estar ahí es como viajar a otro tiempo; ahí las cosas parecen suceder a otro ritmo; el mar se ve distinto; el cielo es diferente; la casa misma parece al mismo tiempo abandonada y esplendorosa; vibrante y olvidada;  habitada y desierta… Esta vez Nico no se rio; volteó a verme y me dijo que él había estado algunas veces en sitios donde sintió algo parecido. - ¿Te acuerdas del fraccionamiento Copacabana aquí adelante, donde a veces corremos? - Claro, Nico. - ¿Te acuerdas las veces que nos hemos metido al antiguo club y a algunas de las casas del fraccionamiento que están abandonadas? - Por supuesto que me acuerdo. - A mí me daba tristeza ver el hotel tan bonito, todavía con sus equipos de cocina y de la fuente de sodas ahí abandonados, porque me imaginaba cómo se habría visto la cocina llena de gente trabajando, contando chistes, cocinando cosas ricas… Ese fraccionamiento sigue ahí olvidado, y me da mucha tristeza. - A mí también, Nico, pero Los Olvidos es una casa que veía yo desde muy chico  cuando íbamos a otra casa que rentaban mis abuelitos y  mi mamá.  - ¿Y en tus  visitas has descubierto la razón para que te atrajera tanto? Esta pregunta de Nico me sorprendió, y me hizo decirle algo más. - Pues ahí te va, querido Nico: resulta que la hija de los dueños originales, se llamaba Matilda, y su santa patrona se celebra el 14 de marzo, pero no nada más eso; mi amiga Doña Rosita Salas, del Hotel el Faro, me dijo que en Irlanda le ponen a los niños el nombre del santo que se venera el día que nacen, y al ir leyendo los diarios que me dejaron ver, tuvo razón Doña Rosita,  porque la hija de los dueños nació el mismo día que yo. - Caray, seguro prefieres que te diga Pequitos en vez de Matilde… Al decirme esto, Nico se rio a gusto mientras me miraba. - ¿Tú qué crees? - Era broma Pecos, no te enojes. - No me enojo; contigo no podría enojarme, nada más no vayas a empezar a decirme Matilde. Me prometió que no lo haría, y se rio de nuevo mientras seguíamos caminando.’ Sin darnos cuenta, estábamos muy cerca de Copacabana; no tan lejos se veía la casa que fue de los iniciadores del fraccionamiento; tenía una distribución muy hermosa. Viéndola desde la playa, era una construcción de un solo piso, aproximadamente de cien metros de largo de un extremo a otro; en cada extremo estaba rematada por construcciones  de base circular con techos cónicos de palapa. No tenía propiamente una fachada dando hacia la playa; parecía tener un  corredor  que comunicaba de un extremo al otro, aislado únicamente por un mosquitero a todo lo largo.  Alrededor de las dos construcciones circulares que remataban esos extremos, también había mosquiteros en vez de cristales. Estar al interior de esa casa tiene que haber sido una experiencia increíble, porque estando sobre la playa a muy poca distancia de donde rompen las olas, el murmullo del mar  tenía que ser un arrullo, aunque en las tempestades, el arrullo se volviera rugido. La casa seguía habitada por la dueña, una señora Philips que según me había comentado Don Ignacio Cortina, había quedado viuda poco tiempo después de la inauguración del hotel Princess. - ¿Vamos hasta la casa, Nico? - Vamos Pecos, ya estamos aquí; nada más que ahí no se puede entrar porque sigue habitada. Nos acercamos hasta llegar justo frente a la casa; la estuvimos observando; vimos movimiento de algunas personas por el corredor que se veía desde la playa; una de ellas, se detuvo al vernos y levantó la mano en señal de saludo. Devolvimos el saludo, y Nico me preguntó si quería que viéramos algunas de las viejas casas y el hotel club. Era domingo  y no había yo quedado con Don Marcelino de ir a alguna hora; de hecho, no había quedado en nada con él. Creí que era buena idea asomarnos a ver ese lugar al que no  había ido en mucho tiempo. Comenzamos a andar  hacia el fraccionamiento, pasando a un lado de la casa de la señora Philips. ¿Qué sentiría la señora de permanecer en un lugar  que había dejado atrás su esplendor, además de estar rodeada de puras casas abandonadas en lo que había sido un sitio muy concurrido y exclusivo veinte años atrás? Toda la zona estaba cubierta de maleza, o monte, como le dicen los lugareños. La casa club del fraccionamiento había dado servicio de hotel pero  con pocas habitaciones; no tenía idea de cuántas, pero no deben haber sido ni siquiera veinte. El área vecina a lo que había sido esa casa club, todavía estaba limpia de maleza, porque hasta poco tiempo atrás, iba gente a aprender buceo en su  alberca que tenía entre cinco y seis metros de profundidad en la parte más honda. Entramos al vestíbulo y al área de recepción; los pisos estaban sucios y con basura, sorprendentemente menos mal que lo que sería de esperar en un lugar totalmente abandonado. Nos acercamos al área de la alberca y tanto Nico como yo nos quedamos impactados: tenía  poca agua muy sucia en una parte de lo más hondo; el resto de la alberca estaba lleno de hojarasca y toda clase de basura. Al ver este naufragio, porque eso era, pensé que Los Olvidos no estaba ni remotamente en semejantes condiciones. En Los Olvidos estaba Marcelino y su familia que amaban el lugar y lo cuidaban como si fuera propio; con mucho más respeto y atención que el supuesto dueño. Ni a Nico ni a mí se nos ocurrió recorrer la casa club/hotel; sin decir por qué, creo que los dos  nos sentíamos renuentes a explorarla. El ambiente era demasiado pesado, demasiado triste. Salimos hacia la antigua calle que comunicaba con el camino al aeropuerto, y a la entrada del fraccionamiento, para desde ahí acercarnos a alguna de las casas y verla. Había una que llamó nuestra atención porque su jardín conservaba un palmar considerable; probablemente lo cultivaba alguien para aprovechar los cocos que se veían de buen tamaño y no resecos, con lo cual nos quedaba claro que los cosechaban regularmente. Entramos pasando sobre la barda junto a la que se había acumulado arena y maleza que  permitían caminar hacia lo que había sido su jardín. La casa no se veía tan deteriorada; sin embargo, la alberca también tenía agua muy sucia como señal inequívoca de abandono total. Aunque no había nadie, daba la impresión de estar habitada, probablemente por paracaidistas, de modo que mejor nos salimos y caminamos en dirección a la playa. ¿Qué habría tenido que suceder para que todo un fraccionamiento desarrollado con una visión avanzada para su tiempo, hubiera fracasado de esa manera? La misma pregunta me hacía yo para poder entender cómo había sido posible que Los Olvidos hubiera caído en el abandono y el descuido del que solamente la defendía  la presencia de Marcelino y su familia. Llegando al Pierre, me despedí de Nico que se fue hacia la ramada del revolcadero, mientras yo me fui a descansar bajo un toldo. Sentado mirando el mar, comencé a hacerme preguntas: ¿Qué había pasado con Los Olvidos? ¿Por qué sería que Doña Rosita no supo más de Matilda? ¿Qué significaba la fecha de mi nacimiento inscrita en la baldosa de su jardín? ¿Qué tendría yo que hacer para volver a ver a Matilda? ¿Había otras señales suyas en Los Olvidos que aún no había visto? ¿Qué era lo que podía yo esperar verdaderamente? Por momentos sentía que era yo presa de mis fantasías y de puros espejismos. ¿Qué era lo que estaba yo buscando y qué era lo que realistamente hablando, podría encontrar? Estando solo en la playa cuando comenzaba a atardecer, sentí desaliento, porque mi mente me decía que lo que estaba yo haciendo, no conducía a nada. Me sentí confundido y cansado; me sentí solo y me invadió una sensación de tristeza. No sabía que era lo que quería hacer; ¿Qué podía yo esperar cuando terminara de revisar los álbumes y los diarios; qué clase de milagro creía yo que podría ocurrir? La risa de una pequeña que jugaba cerca de la orilla del mar, interrumpió mis pensamientos; estaba concentrada modelando una figura que parecía una sirena recostada; la figura era francamente bonita. La pequeña dejó por un momento su obra de arte y me miró amigablemente, luego me sonrió y volvió con su sirena." 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Pero la tercera vez, ya no se quiso levantar; y cuando lo fueron a llamar, contestó que tenía derecho a dormir, porque ya era “un hombre que trabaja”. Los vecinos se quedaron como quien  ve visiones; y eso que están acostumbrados a verse por las noches en ropa de dormir (los que la tienen) o en ropa interior (los que la tienen, también). Y se pusieron a conferenciar. El resultado fue nombrar a tres vecinos que pidieran al chavo que fuera tan bondadoso de apagar su alarma, porque molestaba a todos los vecinos, entre los que había enfermos y bebés. La respuesta fue la misma. Entonces, la del 38 fue a ver a la madre del chavo (son comadres, amigas y enemigas cuando se tercia) a pedirle que hablara con su hijo. La mujer lo intentó, pero recibió una respuesta que la mandó a meterse en su cama y no asomar ni la cabeza. Los vecinos, no queriendo causar un problema familiar,  recurrieron a un altavoz, y se pusieron a gritar delante de la ventana del 47. 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Echando pestes por la boca, tomó una cubeta y se puso a lavar el aparato. Pero no solo había agua, sino también restos un poco más sólidos; y tuvo que tallarlo todo con fuerza para que salieran de las ranuras y agujeritos donde están los tornillos. Pero quedó más apestoso todavía que la moto y tuvo que volverse a bañar; pero ya había perdido su turno, y tuvo que esperar a que toda la familia se bañara para poder volver a usar la regadera. Con tan mala suerte, que el agua se le acabó a la mitad, y su mamá tuvo que enjuagarlo con una manguera que le prestó una vecina, la cual conectó en la cocina del 46, a los que tuvo que pagar una buena cantidad por el consumo exagerado que hizo de agua. Total, que el chavo llegó tarde a su trabajo, y lo corrieron. En consecuencia, no pudo pagar las letras de la moto y la tuvo que entregar. Eso fue lo que pasó por no haber aprendido a manejar bien la alarma del aparato. ¿No te parece que hay toda una filosofía en este incidente? Te quiere Cocatú 1 Contexto: Un alienígena arriba a la Ciudad de México y, convertido en gato, llega a vivir a una vecindad. Le escribe a Tora, quien lo espera en su planeta natal, sus impresiones sobre lo que ve en ese lugar. Su correspondencia tiene algo de crítica social y toques de humor." 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Me era muy fácil imaginar a Matilda de niña, corriendo por la playa con una cometa, dueña y señora de la playa, cuando llegar al revolcadero era una verdadera aventura, antes que se construyera la carretera escénica.  Mis hermanas y yo de chicos, muchas veces  hicimos el viaje con mis abuelitos y mi mamá saliendo muy temprano del club de yates hacia Puerto Marqués. Una vez ahí, en una camioneta vieja, recorríamos una estrecha vereda que llevaba hacia los cocotales que luego se llamaron granjas del Marqués, para luego caminar en dirección a la playa donde apenas había unas pocas ramadas. Desde ahí, viendo hacia el sur, no existía ni una sola construcción; era una playa totalmente virgen guardada por una neblina de sal entre la que se tejían luminosos muchísimos pequeños arcoíris que desaparecían y volvían a aparecer con cada nuevo golpe del mar. Al dejar que mi mente viajara de esta forma, surgían ante mi vista distintas imágenes de mi propia vida transcurrida precisamente en esa playa, y luego en este Pierre Marqués que nos era tan entrañable. Vi que Nico estaba sentado en el puesto de salvavidas y bajé a la playa para saludarlo y platicar un ratito. Al llegar al pie de la torre de madera blanca y ver a Nico igual que siempre, moreno encendido con los cabellos decolorados en lucha constante con las canas que ya asomaban a sus cejas y sus antebrazos,  pensé en los muchos años que llevábamos de ser amigos. Me parecía difícil de creer que Nico ya tuviera canas, porque además seguía siendo un atleta impresionante, con brío suficiente como para conservar, entre otras, a su eterna enamorada de París. - ¿Hola Nico, cómo te va? - Hola Pecos, ¡qué milagro! - ¿Sigues metido con tu casa aquella por la quebrada? - Ojalá fuera mía, querido Nico, y sí, sigo yendo a darme mis vueltas. - Te tiene cautivado Pecos, ¿Qué tanto le has encontrado? - ¿No te he contado? - La verdad, no, no me has contado mayor cosa, por eso me da curiosidad. - Aguas con la curiosidad mi Nico… - ¿Me quieres contar o qué? - Sí, pero vente, vamos a dar una caminadita por la playa.   Nico se descolgó del puesto de salvavidas como una pantera bajándose de un mangle; al verlo siempre fuerte, me acordé de nuestras sesiones con el balón medicinal de treinta kilos; ¡cómo nos divertíamos! Los turistas nos veían cachándolo y lanzándolo con tanta facilidad, que sin fallar jamás, nos pedían que se los lanzáramos. Todos terminaban en el suelo después de un buen sentón, con cara de sorpresa, y Nico y yo riéndonos de ellos sin poderlo evitar. Lo que pasa es que no es lo mismo saber lo que estás lanzando o lo que estás recibiendo, que de pronto recibir treinta kilos creyendo que estas cachando un balón  normal. Aparte de ser un muy buen ejercicio, era una  diversión inocente, porque siempre nos disculpábamos con las víctimas que de inmediato se sentían parte de la broma  y se reían también. - Cuéntame de tu casa esa, Pecos. - Pues ya llevo meses yendo a revisar algunas cosas que los cuidadores han conservado en cajas de cartón. - Hay diarios, álbumes, recortes de revistas y periódicos viejos, y algunos objetos femeninos como espejos y un perfume. - ¡Caray!, ¿y de quien son tantas cosas? - Son de los antiguos dueños,  pero fíjate, Nico, que además,  los cuidadores las encontraron después de limpiar toda la casa sin encontrar ninguna de esas cosas. - ¿Y cómo le hicieron? - ¡Quién sabe Nico! - Eso no es cualquier cosa Pequitos; ¿y no te da miedo? - ¿Debería? - No sé; eso solamente puedes decirlo tú. Ya había oído de cosas parecidas Pecos; mi abuelita aquí cerca  en el Cayaco, siempre recordaba un retrato de mi abuelo vestido de manta con sombrero de palma y machete oaxaqueño, que le había regalado cuando eran novios. Siempre hablaba del famoso retrato y cuando le preguntábamos, decía que se había quedado en su antiguo rancho cerca de Pinotepa Nacional,  y nunca lo había vuelto a ver. Pero una vez que la fuimos a visitar, estaba muy contenta; cuando llegamos con ella, nos enseñó ese retrato diciéndonos que lo había encontrado. - ¿Pero cómo lo encontró? - Eso fue lo que le preguntamos, pero nos dijo que de repente al abrir un cajón, se lo había encontrado, y ya. Lo que quiero decirte Pecos, es que luego encontramos cosas que creíamos perdidas y de pronto aparecen como dice la gente, como por arte de magia, pero no creo que sea magia sino algo verdaderamente poderoso. - ¿Cómo qué, Nico? - No tengo idea, pero estarás de acuerdo Pequitos que hay muchísimas cosas que no entendemos. Yo creo que a lo mejor, la gente que ya se fue, solamente puede comunicarse con nosotros mandándonos señales como esas; objetos, retratos, recuerdos… - ¿Nada más la gente que ya se fue, Nico? - No tengo idea Pecos, pero los vivos se aparecen como te me apareces tú. - Yo prefiero encontrarme una fotografía y no que mi abuelita se me aparezca aunque  la haya querido mucho. ¡A poco le tendrías miedo a tu abuelita si se te apareciera, Nico! - Pa’ que más que la verdad Pecos. Yo creo que la gente que ya se fue, pues ya se fue; los que regresan por tener pendientes, la verdad es mejor no encontrárselos. Conforme íbamos caminando por  la playa, me parecía que había hecho bien en buscar a Nico. Animado por nuestra conversación que estábamos teniendo, y con la confianza que le tenía a Nico, decidí contarle algunas cosas de lo que había pasado en Los Olvidos. - ¿Te conté que en una losa del jardín de Los Olvidos está grabada la fecha de mi nacimiento? - ¿Te cae? - ¡Ay, Nico; claro que me cae!; me cayó de sorpresa en serio; ¡no salí corriendo de milagro! - ¿Y quién puso ahí la fecha de tu nacimiento? - No tengo idea Nico. - ¡Caray Pecos!, es señal de que la casa es tuya o debería ser tuya o algo tienes que ver ahí, ¿o nó?  - ¿A qué te refieres con que tenga yo algo que ver ahí? - Me refiero a que no es normal o corriente que entres a una casa que ni conoces, y te encuentres nada menos que la fecha de tu nacimiento grabada en una piedra; o sea que no es el registro civil para que te encuentres por todos lados las fechas de nacimiento de mucha gente. Esta respuesta de Nico nos hizo reír a los dos; tenía razón, la fecha de mi nacimiento necesariamente tenía un significado aparte de coincidir con el día y mes del nacimiento de Matilda. Riéndose, Nico remató diciendo que qué bueno que a él no le pasaban cosas así. - ¿Y por qué sigues yendo a esa casa, pues? - Pues lo cierto es que la casa siempre me ha atraído; estar ahí es como viajar a otro tiempo; ahí las cosas parecen suceder a otro ritmo; el mar se ve distinto; el cielo es diferente; la casa misma parece al mismo tiempo abandonada y esplendorosa; vibrante y olvidada;  habitada y desierta… Esta vez Nico no se rio; volteó a verme y me dijo que él había estado algunas veces en sitios donde sintió algo parecido. - ¿Te acuerdas del fraccionamiento Copacabana aquí adelante, donde a veces corremos? - Claro, Nico. - ¿Te acuerdas las veces que nos hemos metido al antiguo club y a algunas de las casas del fraccionamiento que están abandonadas? - Por supuesto que me acuerdo. - A mí me daba tristeza ver el hotel tan bonito, todavía con sus equipos de cocina y de la fuente de sodas ahí abandonados, porque me imaginaba cómo se habría visto la cocina llena de gente trabajando, contando chistes, cocinando cosas ricas… Ese fraccionamiento sigue ahí olvidado, y me da mucha tristeza. - A mí también, Nico, pero Los Olvidos es una casa que veía yo desde muy chico  cuando íbamos a otra casa que rentaban mis abuelitos y  mi mamá.  - ¿Y en tus  visitas has descubierto la razón para que te atrajera tanto? Esta pregunta de Nico me sorprendió, y me hizo decirle algo más. - Pues ahí te va, querido Nico: resulta que la hija de los dueños originales, se llamaba Matilda, y su santa patrona se celebra el 14 de marzo, pero no nada más eso; mi amiga Doña Rosita Salas, del Hotel el Faro, me dijo que en Irlanda le ponen a los niños el nombre del santo que se venera el día que nacen, y al ir leyendo los diarios que me dejaron ver, tuvo razón Doña Rosita,  porque la hija de los dueños nació el mismo día que yo. - Caray, seguro prefieres que te diga Pequitos en vez de Matilde… Al decirme esto, Nico se rio a gusto mientras me miraba. - ¿Tú qué crees? - Era broma Pecos, no te enojes. - No me enojo; contigo no podría enojarme, nada más no vayas a empezar a decirme Matilde. Me prometió que no lo haría, y se rio de nuevo mientras seguíamos caminando.’ Sin darnos cuenta, estábamos muy cerca de Copacabana; no tan lejos se veía la casa que fue de los iniciadores del fraccionamiento; tenía una distribución muy hermosa. Viéndola desde la playa, era una construcción de un solo piso, aproximadamente de cien metros de largo de un extremo a otro; en cada extremo estaba rematada por construcciones  de base circular con techos cónicos de palapa. No tenía propiamente una fachada dando hacia la playa; parecía tener un  corredor  que comunicaba de un extremo al otro, aislado únicamente por un mosquitero a todo lo largo.  Alrededor de las dos construcciones circulares que remataban esos extremos, también había mosquiteros en vez de cristales. Estar al interior de esa casa tiene que haber sido una experiencia increíble, porque estando sobre la playa a muy poca distancia de donde rompen las olas, el murmullo del mar  tenía que ser un arrullo, aunque en las tempestades, el arrullo se volviera rugido. La casa seguía habitada por la dueña, una señora Philips que según me había comentado Don Ignacio Cortina, había quedado viuda poco tiempo después de la inauguración del hotel Princess. - ¿Vamos hasta la casa, Nico? - Vamos Pecos, ya estamos aquí; nada más que ahí no se puede entrar porque sigue habitada. Nos acercamos hasta llegar justo frente a la casa; la estuvimos observando; vimos movimiento de algunas personas por el corredor que se veía desde la playa; una de ellas, se detuvo al vernos y levantó la mano en señal de saludo. Devolvimos el saludo, y Nico me preguntó si quería que viéramos algunas de las viejas casas y el hotel club. Era domingo  y no había yo quedado con Don Marcelino de ir a alguna hora; de hecho, no había quedado en nada con él. Creí que era buena idea asomarnos a ver ese lugar al que no  había ido en mucho tiempo. Comenzamos a andar  hacia el fraccionamiento, pasando a un lado de la casa de la señora Philips. ¿Qué sentiría la señora de permanecer en un lugar  que había dejado atrás su esplendor, además de estar rodeada de puras casas abandonadas en lo que había sido un sitio muy concurrido y exclusivo veinte años atrás? Toda la zona estaba cubierta de maleza, o monte, como le dicen los lugareños. La casa club del fraccionamiento había dado servicio de hotel pero  con pocas habitaciones; no tenía idea de cuántas, pero no deben haber sido ni siquiera veinte. El área vecina a lo que había sido esa casa club, todavía estaba limpia de maleza, porque hasta poco tiempo atrás, iba gente a aprender buceo en su  alberca que tenía entre cinco y seis metros de profundidad en la parte más honda. Entramos al vestíbulo y al área de recepción; los pisos estaban sucios y con basura, sorprendentemente menos mal que lo que sería de esperar en un lugar totalmente abandonado. Nos acercamos al área de la alberca y tanto Nico como yo nos quedamos impactados: tenía  poca agua muy sucia en una parte de lo más hondo; el resto de la alberca estaba lleno de hojarasca y toda clase de basura. Al ver este naufragio, porque eso era, pensé que Los Olvidos no estaba ni remotamente en semejantes condiciones. En Los Olvidos estaba Marcelino y su familia que amaban el lugar y lo cuidaban como si fuera propio; con mucho más respeto y atención que el supuesto dueño. Ni a Nico ni a mí se nos ocurrió recorrer la casa club/hotel; sin decir por qué, creo que los dos  nos sentíamos renuentes a explorarla. El ambiente era demasiado pesado, demasiado triste. Salimos hacia la antigua calle que comunicaba con el camino al aeropuerto, y a la entrada del fraccionamiento, para desde ahí acercarnos a alguna de las casas y verla. Había una que llamó nuestra atención porque su jardín conservaba un palmar considerable; probablemente lo cultivaba alguien para aprovechar los cocos que se veían de buen tamaño y no resecos, con lo cual nos quedaba claro que los cosechaban regularmente. Entramos pasando sobre la barda junto a la que se había acumulado arena y maleza que  permitían caminar hacia lo que había sido su jardín. La casa no se veía tan deteriorada; sin embargo, la alberca también tenía agua muy sucia como señal inequívoca de abandono total. Aunque no había nadie, daba la impresión de estar habitada, probablemente por paracaidistas, de modo que mejor nos salimos y caminamos en dirección a la playa. ¿Qué habría tenido que suceder para que todo un fraccionamiento desarrollado con una visión avanzada para su tiempo, hubiera fracasado de esa manera? La misma pregunta me hacía yo para poder entender cómo había sido posible que Los Olvidos hubiera caído en el abandono y el descuido del que solamente la defendía  la presencia de Marcelino y su familia. Llegando al Pierre, me despedí de Nico que se fue hacia la ramada del revolcadero, mientras yo me fui a descansar bajo un toldo. Sentado mirando el mar, comencé a hacerme preguntas: ¿Qué había pasado con Los Olvidos? ¿Por qué sería que Doña Rosita no supo más de Matilda? ¿Qué significaba la fecha de mi nacimiento inscrita en la baldosa de su jardín? ¿Qué tendría yo que hacer para volver a ver a Matilda? ¿Había otras señales suyas en Los Olvidos que aún no había visto? ¿Qué era lo que podía yo esperar verdaderamente? Por momentos sentía que era yo presa de mis fantasías y de puros espejismos. ¿Qué era lo que estaba yo buscando y qué era lo que realistamente hablando, podría encontrar? Estando solo en la playa cuando comenzaba a atardecer, sentí desaliento, porque mi mente me decía que lo que estaba yo haciendo, no conducía a nada. Me sentí confundido y cansado; me sentí solo y me invadió una sensación de tristeza. No sabía que era lo que quería hacer; ¿Qué podía yo esperar cuando terminara de revisar los álbumes y los diarios; qué clase de milagro creía yo que podría ocurrir? La risa de una pequeña que jugaba cerca de la orilla del mar, interrumpió mis pensamientos; estaba concentrada modelando una figura que parecía una sirena recostada; la figura era francamente bonita. La pequeña dejó por un momento su obra de arte y me miró amigablemente, luego me sonrió y volvió con su sirena." 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33 Los Olvidos

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