En muchas ocasiones los lectores nos nutrimos de las palabras que dejan los escritores al morir y no antes. Los que parten a ese viaje, a través de la danza…
En muchas ocasiones los lectores nos nutrimos de las palabras que dejan los escritores al morir y no antes.
Los que parten a ese viaje, a través de la danza —en este caso, de palabras, de imágenes, de instantes, voces poéticas, que se liberan en el momento justo de su partida— tal como se simboliza, según lo entiende Octavio Paz, en el teatro Ño (allí, donde Paz encontró en su momento, el misterio que se oculta en la negrura de lo inacabado, de ese no terminar nunca de ser, que significa el arte) japonés, son los escritores, los poetas, esos caminantes que al irse se quedan hablándonos de tantas cosas que en vida no entendimos, no quisimos escuchar, ignoramos o perdimos entre el griterío de tantos otros.
La muerte del autor como descubrimiento o redescubrimiento, como nacimiento —no a manera de vuelta, no hay volver cuando se muere, sino es tan sólo una forma de decirlo—; es decir, se vuelve atemporal y al mismo tiempo presente.
La desaparición física del autor lo hace presente, y de esta forma se desentierra, se levanta desde la profundidad de su tumba donde permaneció todo su tiempo de vida, y así regresa, asomando la cabeza y hablando por primera vez, para muchos, las mismas palabras que dijo siempre.
Tal vez, de una forma natural –que de tan natural se nos pierde el sentido—, la palabra muerte, en el caso de los escritores, tiene un significado distinto, un revés más real, puro, donde se revela el misterio de tal paradoja mortuoria: el escritor está condenado a morir para perpetuarse entre cada una de sus palabras que dejó escritas.
Expresión poética, acaso la experiencia sensible más fascinante y difícil de conseguir por cualquier persona, el existir entre todos nosotros sin cuerpo. La sublime trascendencia poética, virtud de los inmortales. Y ese desprendimiento, esa muerte aparente, es un misterio que de igual forma ejemplifica el significado del sentido de la palabra arte. Es decir, sólo a aquel que consigue habitarnos desde la ausencia (aparente) se le concede la eternidad, la vida per se.
Por eso no vale la pena llorar la pérdida de tal o cual autor, porque en realidad ésta no existe, por el contrario, si a su muerte renace, podemos estar seguros que jamás se irá de nosotros, porque la vida es todo eso que no vemos, lo que se esconde detrás de nosotros mismos, en este caso, atrás de esa danza energética que se da al interior de cada uno de los libros de esos muertos tan vivos que siguen dialogando con nosotros los lectores.
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