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Vivir en familia: un privilegio

Si tienes la oportunidad de hacer las compras semanales con tus seres queridos, cae en la cuenta de que, en verdad, eres un privilegiado.

4 de febrero, 2025 Vivir en familia: un privilegio

Desde hace unos veinte años, acostumbro a ir al supermercado sola, lo que me da oportunidad de observar lo que sucede alrededor, leer a la gente que me rodea y reflexionar.  En este día en particular, mi atención se centró en los grupos familiares que hacían sus compras.  Observé parejas, binomios de padres e hijos o hermanos, los vi analizando algún producto, revisando opciones en los estantes, pesaban entre sus manos, comparaban entre productos de distintas marcas o discutían pros y contras, hasta decidir finalmente, qué llevar.  Tal vez lo noté más ahora, puesto que el precio de la canasta básica obliga al consumidor a ser más cuidadoso en sus compras.

Quizá pudo ser mi propio sentir el que puso el foco de atención en los grupos familiares, para concluir que esas pequeñas interacciones del día a día van tejiendo, finalmente, la urdimbre que fortalece los lazos familiares de forma permanente, para toda la vida.  En pocas palabras, me di cuenta de cuánta riqueza inadvertida se despliega en tales eventos cotidianos.

En las últimas semanas dos amigas muy queridas han atravesado una enfermedad grave de sus respectivos esposos.  Tuve la fortuna de que me permitieran estar cerca de ellas y acompañar su proceso, desde el diagnóstico de sus compañeros de vida, en un caso una enfermedad seria, en el otro un cuadro agudo que puso en riesgo de muerte al paciente.  A través de su jornada como acompañantes de su ser querido las vi sacrificar, sin dudarlo un momento, su tranquilidad, sus horas de sueño y de alimento, y cualquier tipo de comodidades, por velar junto al enfermo.   Afortunadamente el primer paciente viene recuperándose con el tiempo, mientras que el segundo, ya fuera de su etapa crítica, está por reincorporarse a las actividades laborales.  Con ambas comenté en su momento, que su relato de las jornadas que vivieron me recordaba lo que yo pasé al lado de mi esposo cuando enfermó gravemente.  Sacamos fortaleza de quién sabe dónde para estar ahí, a su lado.  Yo recuerdo permanecer en la sala de espera ansiando los cinco minutos por turno que me permitían entrar a Terapia Intensiva a ver a mi esposo, temiendo constantemente que ocurriera algún cambio desfavorable en su evolución.

Todo ello nos lleva a revisar el enorme valor que tiene la familia en nuestra sociedad, en particular en estos tiempos cuando tendemos a aislarnos tanto, en ocasiones hasta de nuestros seres queridos.   Muy posiblemente no equiparamos la importancia de esos hombres y mujeres que acompañan nuestro caminar, en las buenas como en las malas; en ocasiones de manera próxima, en otras a la distancia, pero siempre con el cariño y el interés puesto en nuestro bienestar.   En las familias siempre habrá sus diferentes modos de hacer las cosas, pero prevalece el afán último de velar unos por otros.

Veo la vida de mis dos amigas de las que les he platicado al inicio, y me doy cuenta de qué forma tan maravillosa se hallan integradas a sus parejas.  En cada caso han constituido una pareja sólida que no podría funcionar de otra manera.   Son personas independientes que deciden construir una relación para toda la vida, dispuestas a aceptar, cada una de ellas, lo que venga más delante.  Parejas que se fortalecen frente a las dificultades, cuyo amor crece y se multiplica en la dádiva mutua.

Vivimos tiempos en que prima la inmediatez.  Queremos las cosas al tris tras y justo del modo como las imaginamos.  Tenemos poca tolerancia a la frustración.   Nuestros jóvenes pueden suponer que así, de este mismo modo, van a conseguir pareja.  Seguramente podrán conseguirla, pero es difícil augurar que sea para toda la vida, con una lealtad tal, que pueda vencer todos los obstáculos que se presenten en el camino.

Recientemente me topé con una idea muy clarificadora: Una cosa es sentirse contento con algo que sucede, y otra es ser feliz.  La primera ocurre generalmente estando solos, esto es, me siento bien porque compré algo, porque tuve éxito, porque recibí un premio.  La segunda, la felicidad, es un estado de ánimo que suele ocurrir estando acompañados; se alcanza cuando logramos tomando en cuenta a otras personas aparte de nosotros mismos y su efecto es duradero.  Volviendo entonces a la familia, justo lo que logramos y que los involucra, constituye uno de nuestros mayores logros de felicidad.

Cuando nos toca vivir dificultades, solemos preguntar al cielo por qué nosotros, desde la percepción de que sentimos que no merecemos tal castigo.  El cielo nos contesta que esto es la vida, la alternancia de claroscuros que tienen como propósito enseñarnos a amar, que es el fin último del ser humano, desde cualquier convicción moral o religiosa que cada uno tenga.   Entonces, ¡qué mejor que avanzar arropados por la calidez de una familia, ya sea de sangre o de afecto!

Para terminar, yo diría que, si tienes la oportunidad de hacer las compras semanales con tus seres queridos, cae en la cuenta de que, en verdad, eres un privilegiado.

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Maria del Carmen Maqueo Garza
Coahuilense, pediatra retirada, apasionada de la palabra escrita. Colabora en diversas publicaciones periódicas digitales e impresas. Autora de varios libros. Bloguera. Incansable aprendiz de la vida.
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