La vida y el planeta son una sola cosa que no pueden entenderse sin el otro, una serie interminable de fuerzas que se impulsan de forma sinérgica, y de la interdependencia de los procesos depende la salud de la totalidad del sistema.
La semana anterior, tomando como referencia la novela El fin de la muerte, tercer volumen de la espléndida trilogía de ciencia ficción del escritor chino Cixin Lui, El recuerdo del pasado de la Tierra, –pero que los lectores suelen referirse a ella por el título de la primera entrega: El problema de los tres cuerpos–, decíamos que la vida, a lo largo de sus etapas evolutivas se crea a sí misma y moldea las condiciones que la sustentan. Como dice Cixin Liu por boca de sus personajes: “aunque la vida no sea capaz de formar montañas, si puede alterar la distribución de las cadenas montañosas”(1).
La Tierra es el hogar de la vida como la entendemos, pero se trata de un hogar co-construido por la propia vida para sí misma y bajo sus propios criterios y necesidades. La vida en sí, a lo largo de las eras evolutivas, ha dispuesto los escenarios y desatado el impulso para que emerjan versiones más complejas, más sofisticadas, más conscientes de vida, que a su vez influyen decididamente en la transformación de la propia biósfera.
Lamentablemente el ser humano ha tardado en entender esta lección –de hecho seguimos en proceso de digerirla– y hemos no sólo influido, sino malogrado y empobrecido una cantidad insensata de procesos al grado de poner la estabilidad del sistema entero en entredicho.
No tenemos demasiado tiempo para por fin aprender la lección más importante acerca de la supervivencia: para que la vida persista, dependemos de la propia vida interactuando entre sí desde sus infinitos niveles, desde organismos unicelulares hasta el ser humano, desde el plancton más sencillo hasta la flor más grácil y delicada, y todos ellos funcionando en sinergia constructiva.
Del pasaje de la novela de Liu, la conclusión más importante consiste en entender que la vida –incluyendo al ser humano– no está graciosamente colocada sobre un planeta terminado y en estado de plenitud estancada, a salvo de la intervención de las distintas especies, sino que la interacción misma entre todas ellas, en combinación indisociable con las condiciones geológicas globales, dan lugar a un planeta vivo y en permanente transformación.
Por eso, a la luz de lo que hoy sabemos de la vida y del planeta, no hay idea más obtusa y caduca que suponer que somos una especie superior que podemos administrar los recursos de la naturaleza como si nos pertenecieran y como si éstos fueran inagotables o como si nos hubieran sido dados en propiedad, cuando no es así. Por eso resulta escalofriante escuchar propuestas “serias” para “privatizar” recursos como, por ejemplo, el agua. ¿De verdad los mantos acuíferos, los ríos, los mares y los océanos podrían “ser de alguien”? Pensando el planeta en términos de la biosfera, ¿tiene esta idea algún sentido? En pasajes futuristas de las novelas de Liu se “venden” a humanos estrellas y sistemas solares completos que están a millones de años luz de distancia. ¿De verdad Marte o la Luna pueden “ser de alguien”? ¿Quiénes y con qué derechos nos creemos los seres humanos para “privatizar” el sistema solar y/o el cosmos? ¿La intención de privatizar el agua o el aire del planeta no resulta igualmente absurda?
Tal y como el resto de las especies, somos producto de esa interacción entre la vida y el cuerpo geológico que conforma el planeta, junto con infinidad de procesos bioquímicos a una incontable gama de niveles, y no hay forma de exagerar lo mucho que nuestra supervivencia depende de ellos.
La vida y el planeta Tierra como lo conocemos son una sola cosa que no pueden entenderse sin el otro. Se trata de una serie interminable de fuerzas que se impulsan de forma sinérgica con lo cual el desarrollo de unas significa la muerte de otras y de la interdependencia de los procesos depende la salud de la totalidad del sistema… y nuestra supervivencia.
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(1) Liu, Cixin, El fin de la muerte. Trilogía Vol. 3, Primera Edición, México, Ediciones B-Nova – Penguin Random House, 2018, Pág. 33
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