Lo ocurrido en Venezuela el 24 de junio de 2026 no puede explicarse únicamente por la fuerza de la naturaleza. Los terremotos, de magnitudes 7.2 y 7.5, ocurrieron con apenas 39 segundos de diferencia, un fenómeno poco frecuente conocido como “doublet earthquake”. Con epicentro en Yaracuy y una profundidad de aproximadamente 20 y 10 kilómetros, respectivamente, provocaron una devastación que va mucho más allá del movimiento de la tierra. La amenaza fue natural; la catástrofe fue política y social.
Hasta el 25 de junio, el balance oficial reportaba 235 personas fallecidas, más de 4,300 heridas y cientos de edificios colapsados o con daños severos. Paralelamente, plataformas ciudadanas como Venezuela te Busca registraban 27,400 personas reportadas, de las cuales 22,662 permanecían sin localizar y 4,738 habían sido encontradas. No son cifras comparables: unas corresponden a víctimas confirmadas; las otras reflejan el esfuerzo desesperado de miles de familias por encontrar a sus seres queridos. Pero ambas muestran que, en una emergencia, la información también salva vidas.
Una historia resume el tamaño de esta tragedia. En redes sociales circula el video del pequeño Mateo, en La Guaira. Con una pierna inmovilizada con cartón, dice tener diez años y ser el único sobreviviente del edificio donde vivía. “Mi mamá dejó de respirar a las 7:30”. Aunque el testimonio aún requiere verificación independiente, representa el rostro humano del desastre: el instante en que un niño pierde a su familia y un país entero enfrenta su propia fragilidad. Mateo se ha quedado solo. ¿Y Venezuela?
La Guaira ya conoce esta historia. En 1999, el entonces estado Vargas sufrió uno de los peores desastres de América Latina, con estimaciones de entre 10,000 y 30,000 personas fallecidas o desaparecidas tras deslaves e inundaciones. Veintisiete años después, el escenario se repite bajo condiciones aún más difíciles. Antes del terremoto, cerca de ocho millones de venezolanos ya requerían asistencia humanitaria, según Naciones Unidas. El terremoto no creó esa vulnerabilidad; la encontró instalada y la profundizó.
Los desastres no comienzan cuando tiembla la tierra. Comienzan mucho antes, cuando faltan códigos de construcción, sistemas de alerta temprana, simulacros, infraestructura resiliente, hospitales preparados y planes de evacuación. La magnitud de esta emergencia evidencia que muchas de esas capacidades fueron insuficientes o rápidamente rebasadas.
Existe además una carrera silenciosa contra el tiempo. Las primeras 72 horas concentran la mayor probabilidad de encontrar personas con vida entre estructuras colapsadas. Cada demora en permitir el ingreso de maquinaria, equipos USAR, binomios caninos y personal especializado puede traducirse en vidas perdidas.
Por eso la cooperación internacional no debe entenderse como una humillación política ni como intervencionismo. Cuando un desastre supera las capacidades nacionales, aceptar ayuda es una responsabilidad. Naciones Unidas coordina la respuesta humanitaria, mientras México -con la experiencia adquirida tras los terremotos de 1985 y 2017- alza la mano para apoyar con “Los Topos” y otros equipos especializados. Colombia y diversos países también han movilizado capacidades para apoyar las labores de rescate.
La mayor lección que deja Venezuela trasciende sus fronteras. Lo que mata no es únicamente la intensidad de un terremoto, sino la vulnerabilidad acumulada, la desigualdad, la fragilidad institucional y la falta de preparación. La prevención rara vez ocupa titulares, pero sigue siendo la diferencia entre una emergencia y una tragedia. El más reciente Informe de Evaluación Global sobre Reducción del Riesgo de Desastres (GAR 2025) de UNDRR estima que, en promedio, cada dólar invertido en reducción del riesgo puede ahorrar alrededor de 15 dólares en costos futuros evitados de recuperación y reconstrucción. Invertir en prevención no es un gasto: es una de las decisiones públicas más rentables para proteger vidas, infraestructura y desarrollo.
Hoy Venezuela necesita maquinaria, hospitales de campaña, agua, medicamentos, apoyo psicosocial y corredores humanitarios. Necesita que la política ceda el paso a la vida y que la cooperación internacional sea entendida como una responsabilidad compartida, no como una humillación o intervencionismo.
Quizá nunca sepamos toda la historia de Mateo. Quizá su testimonio termine por confirmarse o quizá no. Pero sí sabemos que, en algún lugar de Venezuela, hay cientos de niños viviendo historias parecidas. Ese debería ser el verdadero sentido de la gestión del riesgo de desastres: que ningún niño tenga que explicar, entre los escombros, la hora exacta en que vio morir a su madre.
Porque debajo de cada losa no hay ideologías.
Hay personas.
El mundo no puede dar la espalda. América Latina, menos.
¡Fuerza, Venezuela!
GRANADA
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