México es uno solo y necesitamos crear condiciones donde podamos vivir y prosperar, donde puedan convivir todas las ideología con certeza jurídica y justicia. A veces pasamos por alto que la polarización de hoy –y de cualquier época– es un error. ¿Qué sucederá cuando, amparado por las leyes actuales, llegue al poder un radical de cualquiera de los extremos del espectro político?
Al reflexionar acerca del periodo de reformas sin ton ni son que vive México, así como las posturas radicales y encontradas y donde la jefa del Estado actúa como presidenta de partido no puede sentirse sino desasosiego y preocupación.
Vivimos tiempos donde las leyes se cambian simplemente porque se pueden cambiar, porque es posible la legalidad como arma contra el oponente y porque se entienden, no como reguladoras de la convivencia nacional sino como instrumento de perpetuación en el poder. Las modificaciones a la Constitución se diseñan, de forma descuidada y al vapor, pero siempre entendidas como mecanismo de consolidación y, quizá lo peor de todo, a la medida justa de las necesidades del presente más inmediato del partido en el poder.
Desde una lógica electoral y cortoplacista esto puede sonar natural, pero no lo es, porque al legislar de este modo no se repara en el hecho de que, aun sin que podamos tocarlo, el futuro existe, y nos dirigimos a él de manera inevitable y lo hacemos como una nación cada vez más debilitada y vulnerable, sometida a un grupo dirigente que sólo se preocupa por sí mismo.
Aunque lo ideal es que todos aquellos que tienen un espacio de comunicación lo utilicen para juzgar de manera crítica nuestra realidad, es difícil esperar este nivel de lucidez a una oposición devastada, sin rumbo, sin proyecto propio y sin perspectiva alguna de futuro, que descalifica por sistema y que carece de propuesta y de legitimidad para hacerla y donde las figuras centrales son expresidentes que tuvieron su oportunidad de “transformar” al país hace un cuarto de siglo. Por ello, recae en los analistas, comunicadores y politólogos que se declaran afines al régimen –quienes aseguran poseer una mayor estatura moral– criticar lo ven, lo que efectivamente ocurre, con valentía y responsabilidad, dejar testimonio honesto de los abusos, la incompetencia, el encubrimiento sistemático y la creciente corrupción del régimen.
El México de la 4T va camino a la inviabilidad. Con un déficit creciente imposible de sostener, con despilfarros sostenidos en ideología caduca y en una austeridad que sólo ha servido para rezagar aún más al Estado, con una corrupción galopante, con una colusión manifiesta que sólo acrecienta la impunidad, con una inseguridad que crece cada día, una penetración criminal en los gobiernos que es difícil de disimular, con un rezago educativo que condena a las generaciones futuras a trabajos precarios y mal pagados, con un derrumbe moral y ético impropio de un partido que accedió al poder bajo la promesa de una purificación institucional que no ha ocurrido.
Ya no cabe sostenerse en el argumento de la herencia del pasado, culpar de nuestros males presentes a líderes que estuvieron el poder hace veinticinco años. Ya no puede pasarse por alto que este régimen lleva ocho años en el poder. ¿Cuánto tiempo se necesita para las cosas más básicas cambien para bien en lugar de para mal?
Izquierdas y ultraderechas no son sino fantasías retóricas que hemos abrazado como verdades absolutas. Y de pronto todo se reduce a decir que si piensas como yo, eres de los buenos y si no, de los malos. Si defiendes mi ideología eres pueblo bueno que defiende la soberanía y los valores más altos y si la cuestionas, eres un traidor vendepatrias que desea que un gobierno extranjero dicte nuestro futuro. Pero no es conveniente olvidar que México es uno solo y necesitamos crear condiciones donde podamos vivir y prosperar sin que importe la ideología o la filiación política.
A veces pasamos por alto que la polarización de hoy –y de cualquier época– es un error. ¿Qué sucederá cuando amparado con las leyes actuales llegue al poder un radical de cualquiera de los extremos del espectro político? México dejará de ser el régimen autoritario en que se ha convertido, para transformarse en una tiranía. ¿Será que en eso consiste la 4T o quizá, una vez devastada del todo nuestra democracia enferma, renueven la etiqueta para asumirse como la 5T? Nadie puede sorprenderse de este futuro distópico al ver que la generación actual de «políticos del bienestar» sólo están preocupados por su presente, por gestionar su nuevo puesto y por conservar los privilegios que se supone no tendrían. ¿De verdad no hay nadie en la clase política que tenga unos gramos de conciencia histórica? ¿Nadie dentro del régimen –o de la oposición– se ha puesto pensar con seriedad en cómo serán recordados, si todo sigue como va?
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