En la semana que recién terminó hemos percibido un gran cambio en México, a partir de la solicitud del gobierno norteamericano para la extradición del gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya. A muchos de nosotros nos queda la sensación de que, por este conducto, nuestro país podría comenzar a liberarse del yugo del crimen organizado.
Por más que la narrativa oficial insiste en que delitos como el narcotráfico, la extorsión, la desaparición forzada y el asesinato no existen en nuestro país, o han disminuido, los ciudadanos comunes nos topamos día con día con manifestaciones que indican lo contrario. La población viene siendo cada día más afectada por estos crímenes, y, quienes tenemos cierta edad como para hacer comparaciones, sentimos que nos han robado el México que conocimos en nuestra infancia. Un país que podía recorrerse sin dificultad a través de la red carretera, “puebleando”, para conocer y apreciar la grandiosidad de nuestra cultura en sus diversas manifestaciones.
Vienen a mi memoria los viajes familiares de mi niñez. A bordo de un Renault coupé, mis padres y yo recorrimos una enorme extensión de la República Mexicana y parte del sur de los Estados Unidos de Norteamérica. El mayor problema fue quizás en alguna ocasión una descompostura del vehículo que nos mantuvo varados por horas o un par de días. Fuera de eso no recuerdo jamás un problema de inseguridad. Incluso en alguna ocasión, ante una descompostura mecánica en carretera, mi padre consiguió un aventón al pueblo más cercano para conseguir una pieza, dejándonos a mi madre y a mí a bordo del carro, resguardadas por un elemento de la extinta Policía Federal de Caminos.
Todo eso ha cambiado notoriamente en las últimas décadas. En lo personal ya no logré replicar ese mismo tipo de viajes, ahora con mis hijos pequeños, a raíz de la forma como creció la inseguridad carretera. Ellos han conocido muchos menos lugares en el país, y los que han conocido ha sido en otro plan, a causa del riesgo que se corre en vehículo propio. Paradójico, probablemente han conocido más otros países en ese plan “mochilero” que su propio terruño.
Pensar en que comience a corregirse esa descomposición que ha sufrido nuestro país resulta muy alentador. Un sueño que quizá ya hasta habíamos descartado, o veíamos muy lejano, sugiere poder realizarse en un plazo más próximo para las actuales generaciones.
Otro elemento que siento que se ha perdido de manera profunda es el correspondiente al amor a la patria. Hemos normalizado demasiadas conductas anómalas, de modo que llegamos a convencernos de que todo en derredor es corrupto y que la única manera de conseguir algo es colocándose en esa misma sintonía, con aquello de “el que no transa no avanza”. Se nos va apagando el ánimo de luchar por algo hasta conseguirlo, cuando, favor de por medio, sabemos que podemos lograrlo por el camino fácil, sin tanta complicación. Pero, yo me pregunto, ¿a qué sabe esa victoria que no demandó mayor cosa de nuestra parte? ¿Qué tipo de ciudadanos se van generando de esa manera?
Francamente deseo que lo que ahora está ocurriendo sea un parteaguas en nuestra historia moderna. Que los valores con los que se erigió nuestra nación recuperen su fortaleza, y que comencemos todos a trabajar con denuedo por construir ese país que soñamos para nuestros hijos y nietos. Que llegue el día en que podamos salir a la calle, a lugares públicos o a carreteras sin temor alguno, dispuestos a recuperar el asombro por lo nuestro.
Es doloroso darnos cuenta de que, en estos momentos, la ayuda eficiente para salir del atolladero en el que nos encontramos es la que proviene del exterior. Nosotros estamos tan embrollados en lo propio, algo así como moscas atrapadas en las trampas de papel gomoso, que difícilmente podríamos hacerlo por cuenta propia. Estoy segura de que, en la medida en que comience a desintoxicarse el ambiente, nos iremos animando a emprender más y mejores cosas, a prepararnos para superarnos y alcanzar metas, y a ser un ejemplo para las generaciones que vienen detrás.
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