Sobre el águila juarista que ornamenta el Zócalo

Hay cuestiones que son importantes y algunas que no. En mi opinión, la cuestión del escudo juarista en el Zócalo es baladí. ¿Entonces por qué escribir un artículo? Permítame explicar. Así como hay gente que cree religiosamente...

28 de agosto, 2020

Hay cuestiones que son importantes y algunas que no. En mi opinión, la cuestión del escudo juarista en el Zócalo es baladí. ¿Entonces por qué escribir un artículo? Permítame explicar.

Así como hay gente que cree religiosamente que la palabra de López Obrador es una palabra santa, así también hay gente que cree a Felipe Calderón. Lo que tienen en común estos dos grupos de personas que se odian, es que muchos han renunciado a la facultad de crítica y cuestionamiento –algunos ni siquiera se han dado cuenta–. El Gobierno de la Ciudad de México, que es quien ha decorado el Zócalo con el águila juarista estas fiestas patrias, no ha infringido norma alguna, a pesar de lo dicho por Calderón, que afirma que se violó el artículo 5 de la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales.

Dicho artículo dice: “Toda reproducción del Escudo Nacional deberá corresponder fielmente al modelo a que se refiere el Artículo 2o. de esta Ley, el cual no podrá variarse o alterarse bajo ninguna circunstancia”. El artículo 2, por su parte, hace una descripción detallada del escudo que todos conocemos.

El águila juarista que decora el Zócalo no es el escudo nacional ni pretende serlo. Es la reproducción de un icono decimonono de valor histórico que incluso ha aparecido en papel moneda mexicano. Tiene un valor político innegable y, consciente de ese valor, el presidente lo ha adoptado desde 2006: fue el escudo de su “gobierno legítimo”. Y aunque el logotipo de MORENA no contiene esta águila, es verdad que este partido la ha hecho suya pues, según los morenistas y el presidente, MORENA y el gobierno tienen como modelo e inspiración el republicanismo de Benito Juárez, así que era de esperarse que el gobierno de la CDMX, que es morenista, decorara el Zócalo con águilas juaristas –insisto: el águila no forma parte del logo oficial de MORENA– y no con emblemas del PAN o del PRI. ¿Qué esperaban los opositores? ¿Que aparecieran la efigies de Echeverría y de Salinas, o las efigies de Gómez Morín y de Maquío? Por si todo esto fuera poco, este símbolo hoy es también el emblema de la Guardia Nacional.

Muchos opositores de López Obrador equiparan el águila juarista con el águila de los nazis, pero esto es un absoluto disparate, no solo porque cuando murió Juárez aún faltaban casi dos décadas para que naciera Hitler, sino porque un emblema o escudo que contenga un águila puede ser equiparado con cualquier escudo que contenga otra águila: la venezolana, la de Estados Unidos, la de los reyes católicos, la de Franco, la de la bandera egipcia, la de Zambia, el águila de lo que fue el imperio alemán, y muchas más… El águila es un símbolo recurrente en la iconografía estatal y mayestática, y ha servido a todas las posiciones políticas. Si usted quiere, hasta puede comparar esta águila juarista con las águilas del América o las de Filadelfia, ya para hacer una reductio ad absurdum.

Si lo consideramos fríamente, un águila devorando una serpiente es una imagen horrorosa que se basa en un prejuicio religioso: que la serpiente es símbolo del mal. Los ofitas y los antiguos médicos, daban a la serpiente una connotación positiva, de ahí el “Báculo de Esculapio”. Pero el cristianismo ha logrado que millones crean que la serpiente es símbolo del mal. El cristianismo está tan impregnado en la cultura que logró que hasta el mismísimo Benito Juárez, anticlerical como era, venerara un símbolo patrio que contiene una idea fundamental de la religión que decía criticar: la serpiente como símbolo del mal, cuando la serpiente ni siquiera tenía esa connotación entre los mexicas, que son los autores del símbolo. ¿Puede usted creerlo? Y como la serpiente simbolizando el mal es una idea tan arraigada en los cristianos –Benito Juárez iba a ser cura–, es improbable que la civilización occidental, que es fundamentalmente cristiana, se quite esa idea de la cabeza.

Por otro lado, el águila es un ave de rapiña, un animal carroñero. O sea, es un ave rapaz. Yo no veo ningún romanticismo en ello. Tampoco el presidente, pues suele usar el término “oligarquía rapaz” para insultar a los empresarios que lo critican, así que no me queda claro por qué tanto fervor de él y millones de sus seguidores por un animal que hurta y come despojos. Pero la cultura siempre ha ensalzado a las águilas, desde Rómulo y Remo. Es muy curioso cómo se atribuyen a ciertos animales características humanas como la nobleza (águila), la fortaleza (león inglés, oso ruso), la justicia o la sabiduría (búho de Palas). El caso de las águilas es un contrasentido: mire usted que atribuir nobleza, poder y majestad a un ave rapaz…

Usted podrá estar muy contento con nuestro escudo nacional –desde el punto de vista del diseño tiene mérito–, pero la imagen de un águila devorando a una serpiente es una imagen, al menos para mí, violenta y horrible, propia de Discovery Channel o Animal Planet. Usted podrá estar muy contento con nuestro escudo nacional –Eppens Helguera fue un gran diseñador y artista plástico–, pero permítame decirle que ese escudo es diazordacista (¿o diazordista?), es decir, fue el escudo que el ominoso presidente Gustavo Díaz Ordaz ordenó diseñar para sustituir al anterior escudo implementado por Lázaro Cárdenas. Si nuestro escudo es diazordacista, nuestro himno santannista, y el origen de nuestra bandera iturbidista, ya nada debería sorprendernos.

Yo aconsejaría a todos los que están haciendo un escándalo porque el Gobierno de la Ciudad de México decoró el Zócalo con el águila juarista que, bueno, bajaran de intensidad el malestar. No vale la pena. Ahora que sí en una de esas, el presidente en un afán histórico –“juntos haremos historia”, es uno de sus lemas– quisiera cambiar el águila diazordacista, pues podría hacerlo sin necesidad de reforma constitucional. Pero mejor no demos ideas, que en una de esas la cambia. Pero tampoco sería el fin del mundo. ¿Usted estaría a favor de un cambio así? ¡Qué dilema! Mire que tener que elegir entre el Águila de Díaz Ordaz y el Águila de López Obrador no debe ser fácil. 

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El que en menos de un año hayamos sido capaces de desarrollar una batería de vacunas aceptablemente eficaces y haya sido posible la fabricación, distribución y aplicación masiva y global –con todo y los errores, limitaciones, inequidades y vicios en el proceso– no tiene precedentes en la historia humana. Nuevamente se trata de un fenómeno que sólo fue posible a través del acuerdo y la cooperación entre laboratorios y gobiernos antagónicos. Esta es una muestra de que la empatía consciente es posible, de que, cuando lo que nos une es una meta en común lo suficientemente fuerte y deseable para todas las partes, somos capaces de poner de lado –así sea temporalmente– las diferencias que nos han separado durante siglos.  La voluntad no lo es todo, pero es un potente combustible cuando se une con un propósito común que se encara con transparencia, equidad y perseverancia. Sin embargo, para manifestar las condiciones que hagan posible este escenario de cooperación futuro se requiere inevitablemente de replantearnos nuevas jerarquías de valor que podamos aceptar colectivamente y sobre las que podamos pactar. El movimiento posmoderno se centró en demoler –aunque solo fuera en el discurso– toda jerarquía de valor: ninguna idea es más valiosa que otra ni ninguna cultura está por encima de las demás. En aras de un multiculturalismo bien intencionado, se buscó, al mismo tiempo que erradicar todas las metanarrativas, imponer la igualdad como valor supremo y universal (idea que es, en sí misma, una metanarrativa).  Si bien la intención era loable, el resultado ha sido catastrófico: la aceptación acrítica de que toda idea, toda costumbre y manera de entender el mundo es igualmente válida nos ha puesto en un callejón sin salida. Desde esta comprensión anarquía, democracia y tiranía son equivalentes y desde este marco teórico no hay forma de determinar cuál es ética y moralmente superior. Y en su grado máximo de delirio, propicia que el individuo construya su realidad de tal modo que solo acepta como verdadero aquello que comulga con su ideología, con sus prejuicios.  Esa igualdad irreflexiva y forzada, que se planteó en un principio como mecanismo para alcanzar la aceptación mutua, ha conducido a su opuesto: la descalificación automática y la invalidación de todo aquello que no sea mi igual. Por supuesto, desde este lugar donde la verdad del individuo está disociada del resto de los humanos no hay empatía ni cooperación posible.  Esta universalización de un nihilismo que se escuda en la supuesta defensa de la libertad y los derechos súbitamente adquiridos, se mueve en sentido contrario a la colaboración, el consenso, la participación y la empatía. Es tiempo de detenernos a mirar al otro, a escucharlo, a esforzarnos genuinamente por entenderlo, pero escuchar y validar las opiniones del otro no implica igualarlas en valor. Empatizar no significa aceptarlo todo acríticamente. Es tiempo de defender con lealtad y respeto los argumentos fundados para que priven sobre los prejuicios. Son tiempos difíciles, donde no siempre es sencillo separar la paja del trigo y en esa búsqueda de lo valioso y lo verdadero, pero ante el apremio por alcanzar acuerdos y cooperar para la supervivencia común, la genuina empatía es quizá el más valioso de los recursos a nuestro alcance.       Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir" ["post_title"]=> string(55) "La empatía como catalizadora de la auténtica igualdad" ["post_excerpt"]=> string(104) "Sin una empatía consciente y eficaz, el entendimiento entre humanos está condenado a la imposibilidad." 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La empatía como catalizadora de la auténtica igualdad

Sin una empatía consciente y eficaz, el entendimiento entre humanos está condenado a la imposibilidad.

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