Por milenios nos hemos contado historias basadas en la tensión entre dos polos contrapuestos. En ellas se distingue con facilidad a los buenos de los malos. Sin embargo, conforme entendemos la complejidad de las estructuras socioculturales, esta clase de relato se vuelve incompatible con la realidad que pretende describir.
Por milenios nos hemos contado historias que se sostienen gracias a la tensión que se genera entre dos polos contrapuestos o en conflicto. Desde el cazador que se enfrenta al mamut, hasta el general que lucha contra el enemigo invasor, la razón de ser del relato está en explicar, caracterizar y comunicar la naturaleza y consecuencias del enfrentamiento entre dos polos claramente establecidos.
Esta clase de relato consigue que se distinga con facilidad a los buenos que defienden las causas justas (desde luego, nuestro bando) así como a los malos, tiranos e injustos (que siempre son los otros) y que buscan quebrantar el orden natural o divino de las cosas. De la tensión entre ambos polos cada grupo social, cada unidad político-religiosa, articula una conducta humana apropiada para cada tiempo y circunstancia.
En este tipo de historias el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto aparecen con claridad nítida y cualquier miembro de la comunidad puede distinguirlos. Además, suelen incluir alguna clase de «carburante emocional» que conmueva, comprometa y conduzca a la acción. Si, por ejemplo, lo que está en juego es la conservación del territorio y de la soberanía, se inflaman las emociones y sentimientos nacionalistas. Si lo que el relato considera que está en riesgo es la fe religiosa, se enaltecen las convicciones espirituales y la promesa de una vida eterna al luchar contra de los herejes.
Sin embargo, conforme avanza el siglo XXI y nos hacemos conscientes de la complejidad de las estructuras socioculturales que hemos creado, esta clase de relato se vuelve progresivamente incompatible con la realidad que pretende describir.
Supongo que aun recuerdas al SARS-CoV-2, virus causante de la Covid-19. Una vez que parece que hemos superado la emergencia, ¿qué piensas acerca de él? ¿Era bueno o malo? Ampliemos la pregunta: La migración, la desigualdad, la pobreza, ¿serán los buenos o los malos en el relato que articulamos para explicarlos? ¿Los malos serían los que migran de forma ilegal porque viven en la pobreza y la injusticia o los malos son los que no los dejan entrar a sus territorios alegando que no cuentan con los recursos e infraestructuras sociales, económicas y de salud para acogerlos?
El nivel de complejidad de los desafíos humanos se ha incrementado exponencialmente. Y no sólo si nos referimos a los retos globales, sino también los locales como el desempleo, la pobreza, la falta de vivienda, transporte, trabajo bien remunerado o inseguridad. Esto provoca que resulte estéril abordarlos desde narrativas polares simplificadas. Y sin embargo continua ocurriendo, quizá con más irresponsabilidad que nunca.
Los populismos de todas las orientaciones políticas enuncian “soluciones” a partir de eslóganes que, en apariencia explican el problema y lo resuelven, obteniendo de paso enorme popularidad. Unos ofrecen solucionar la migración ilegal con un muro, otros la justicia con un cambio constitucional, unos más la pobreza con una asignación económica con carga el erario. Aunque, por supuesto, dichas “soluciones”, más allá de su atractivo retórico y de elevar el número de votantes, terminan por demostrarse infructuosas en función a sus resultados.
Lo cierto es que ningún planteamiento polar habrá de resolver problemas cuya complejidad posea carácter sistémico.
Cualquier análisis serio de la problemática que le da origen y funcionamiento a un fenómeno como la emigración ilegal, la pobreza o la injusticia se encontrará con muchas capas de profundidad y complejidad que requieren abordajes que consideren, no sólo que esta clase de problemas son en realidad multipolares, multifactoriales, multilaterales y con orígenes históricos y sociológicos que no se pueden pasar por alto, sino también que no existen caracterizaciones sencillas entre buenos y malos, o entre correcto e incorrecto que faciliten la implementación de políticas públicas eficaces.
Por momentos pareciera que la humanidad en pleno padece una especie de fastidio ciego que nos impide ver y aceptar la realidad tal como es. Y, presos de una apatía sin precedente, lejos de arrancarnos la venda de los ojos y encarar los hechos que nos rodean en su auténtica dimensión, optamos por dejarnos mimar por una horda de vendedores de humo que nos ofrecen o bien soluciones simples y a la medida para distraernos o bien un tsunami de estímulos artificiales que insensibilizan y aturden nuestro entendimiento.
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