¿Quién va a Apagar los… Cien Fuegos?

El presidente de México ha prendido tantos incendios —tal vez decir que 100 sea una exageración— pero cada día son más, provocados por su obsesiva forma de gobernar, lo cual en mi opinión su administración puede acabar...

20 de octubre, 2020

El presidente de México ha prendido tantos incendios —tal vez decir que 100 sea una exageración— pero cada día son más, provocados por su obsesiva forma de gobernar, lo cual en mi opinión su administración puede acabar en un desastre.

Según él, sus acciones son para transformar la vida democrática del país y con la finalidad de acabar con la principal calamidad que enfrentamos los mexicanos, es decir, la corrupción —de la que no hay duda de que hay que aplicarle toda la fuerza, pero no solo con un extinguidor.

Sí, la corrupción es un terrible mal pero no el más grave. Es más grave usarlo como pretexto en su discurso provocando que millones de mexicanos se encaren contra otros mexicanos. No le está aplicando el remedio correcto. Así, son fuegos difíciles de apagar.

De acuerdo con René González De La Vega que vaya que por sus comentarios y observaciones se denota que es un jurista impecable, nos enseña:

La corrupción se combate con buenas prácticas administrativas, aplicación de leyes penales y evitar la impunidad y designando a personas honestas encargadas del servicio público. Donde quiera que exista corrupción debe combatirse. Esa bandera del gobierno la compramos todos.

Pero no se combate desapareciendo instituciones, cancelando servicios, desmantelando la administración pública y menos concentrando los recursos públicos en una sola mano sin control alguno.




No se alivia un dolor de cabeza dándose un tiro en la sien. No se puede confundir la salud con la enfermedad. Los instrumentos legales de orden jurídico-administrativo no son los responsables de la corrupción, lo son los operadores. Creer que se combate la corrupción con desabasto, falta de servicios, ausencia de vías adecuadas para canalizar recursos sin distracciones, es un desatino. Solo se provoca un gobierno personalista, autoritario, discrecional, y arbitrario y además un aplicador del gasto e inversión publicas opaco, sin licitaciones y concursos y oculto en sus salones.

¡Más claro no se puede decir!

Así pues, el discurso del presidente y el método que ha aplicado para comunicarse es agresivo y difícil de entender: su acoso e intimidación en contra de periodistas; opinadores y comentócratas —que no pensamos como él— es insultante y según él, es el presidente más agredido desde hace un siglo, lo cual evidentemente no es cierto. Desde que existe “libertad de expresión” a todos los presidentes del México recientes les ha tocado recibir críticas continuas. Se mantenían sin responder. ¡Tal vez aprendían!

Entonces, su discurso tiene consecuencias. Una acción provoca una reacción, pero en sentido contrario. Simple Ley de Newton ¿O qué espera, que nos quedemos callados…? Y no solo aplica los que públicamente mostramos algún desacuerdo. Las redes sociales, las platicas entre amigos, la opinión de un taxista o del dueño de una tiendita opinan igual. Todo servidor público debería poner atención a la crítica, pues es bienvenida cuando proviene de individuos que saben. Allí está lo que dice Porfirio Muñoz Ledo que es impecable.

Y no solo su ataque es en contra de los opinadores; es contra todos a los que ha bautizado como conservadores y que no piensan como él. Realmente no recuerdo que a principios de un sexenio tantos funcionarios hayan renunciado a sus encargos. Es público y notorio que muchas personalidades se han decepcionado por haber votado por él. Señal muy preocupante.

Andrés Manuel tiene un poder desproporcionado y lo sabe, domina el Congreso de la Unión; el Tribunal Electoral y hasta la Suprema Corte; las Fuerzas Armadas; todo el dinero del presupuesto sin rendición de cuentas. El Sol no se puede tapar con un dedo y su dominio es monumental.

El presidente no ha entendido que la fuerza que tiene es para crear bienestar. Riqueza, pero para todos los mexicanos. No le bastan dos años para medir sus escasos buenos resultados. ¿Ya abatió la corrupción?

Es claro que los “cien fuegos” que el ejecutivo ha prendido y que se encarga de avivarlos cuando tiene un micrófono enfrente, son como cuando los pastizales y bosques son arrasados por el fuego cuando tienen el viento a su favor, el cual proporciona el oxígeno que necesitan para que sean imposibles de apagar.

El discurso y las acciones de Andrés Manuel, quien es un experto tragafuegos —como esos muchachos que en las esquinas de la ciudad de México demostraban nuestra riqueza petrolera, lanzando por la boca llamas para ganarse unos centavos— es preocupante.

Al parecer no existe un solo bombero, entre sus colaboradores, que lo apacigüen.

Los últimos sucesos de estos días lo pueden hacer despertar, sea dicho con todo respeto.

El triunfo del PRI en Coahuila e Hidalgo lo muestra todo. Señal inequívoca del rechazo que ha provocado, así como la reciente acusación que enfrenta el general Santiago Cienfuegos —cuyo nombre se presta para una película de narcos— también lo pueden hacer reflexionar, pues a las fuerzas armadas les ha dando un poder desmedido.

¡Rectificar es de sabios!

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