¿Pueden meter a la cárcel a López-Gatell por muertes en pandemia?

Más de medio millón de muertos es el saldo del manejo de la pandemia en México. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de Hugo López-Gatell?

9 de febrero, 2022 ¿Pueden meter a la cárcel a López-Gatell por muertes en pandemia?

Andrés Manuel López Obrador dijo en su conferencia matutina de ayer que si el encargado de la pandemia covid-19, Hugo López-Gatell, va a la cárcel por demanda de familiares de víctimas del virus, deberían ir a la cárcel él y todo su gabinete de Salud. El mandatario dijo una frase de apoyo que inmediatamente la estructura de redes sociales del gobierno federal convirtieron en tendencia: “Todos somos Hugo”.

Las víctimas ratificaron la denuncia contra López-Gatell y un juez ordenó a la Fiscalía General que argumente su decisión de no abrir una carpeta de investigación contra el subsecretario por las muertes a raíz de la pandemia en México. 

Tras las denuncias de unos familiares de fallecidos por covid-19, la Fiscalía consideró que no había caso, que el subsecretario de Salud no era responsable ni de esos decesos ni de los otros centenares de miles. Es decir que no había pruebas que sustentaran tal cosa. Pero ahora, tras un amparo, la justicia ha determinado que la Fiscalía deberá argumentar por qué no encuentra datos de prueba para iniciar un proceso penal. Por tanto, es más una cuestión de forma que de fondo, a decir de los expertos jurídicos.

Sin embargo, para el abogado defensor de las víctimas, Javier Coello Trejo, sí hay caso y hace un paralelismo con la tragedia del colegio Rébsamen donde murieron 26 personas y condenaron a 50 años de prisión a Mónica García.“Aquí, son 600 mil mexicanos” dijo Coello, cuyo despacho presentó dos denuncias penales, en representación de dos de sus empleados, una administrativa y un abogado, cuyo esposo y padre fallecieron por COVID-19.

La denuncia de homicidio por omisión contra Hugo López-Gatell, responsable del manejo de la pandemia de COVID-19 en México, irá hasta donde tope, incluso instancias internacionales, subrayó el abogado.

Aseguró que primero se agotarán las instancias nacionales, aunque reconoció que el camino es largo. “La justicia a veces tarda, pero siempre llega”, indicó y recordó que el delito del que se acusa a López-Gatell no prescribe pronto.

Explicó que en el proceso un juez de control se negó a iniciar la investigación, un juez de amparo avaló esa decisión, luego un tribunal colegiado dio un amparo y a partir de ahí se ordenó a la Fiscalía General de la República investigar al subsecretario de Salud.

“Vamos a presentar a los denunciantes, a presentar todas las pruebas científicas y todo lo que tenemos porque es evidente, hay hechos notorios que no necesitan prueba. Vamos a ir hasta tope”, señaló.

El despacho de Coello abrió las puertas para quien decida presentar una denuncia contra López-Gatell. Señaló que ha recibido más de 2 mil mensajes en el correo [email protected], muchos de ellos de familiares de personas fallecidas por COVID que quieren justicia y a quienes asesorará gratuitamente.

La vía administrativa podría determinar si el servidor público en el ejercicio de sus funciones actúa con honestidad, lealtad, eficacia, eficiencia, etcétera, tal y como determina la Constitución en su artículo 7 de Responsabilidades Administrativas. ¿Fue el subsecretario de Salud eficaz y eficiente en el control de la pandemia? ¿Se promovieron, respetaron y garantizaron los derechos humanos, el derecho a la salud? Si no es así, el Estado debe prevenir, investigar, sancionar y reparar a las víctimas.

Para ello debe haber una denuncia o una investigación de oficio que correspondería a la Secretaría de la Función Pública.

 

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Y, en última instancia, ¿qué sentido tendría existir?  Es innegable que dentro de nuestra existencia particular nacemos inmersos en una serie de contextos que si bien no califican como destino, en efecto condicionan nuestra vida de manera muy importante. El país en que nacemos, la familia que nos acoge, el credo religioso e ideologías que estructuran nuestro carácter, las condiciones culturales, económicas y sociales en que estamos inmersos, todo ello nos ubica dentro de una serie de estructuras que muchas veces nos marcan de manera definitiva.  Sin embargo no estamos completamente indefensos ante esta manera de experimentar el destino y, como metáfora de ficción, me gustaría tomar como ejemplo a Coleman Silk, el personaje central de la novela de Philip Roth, La mancha humana.   Este personaje, aunque azarosamente de piel blanca, era descendiente de una genealogía de raza negra que en tiempos remotos habían llegado a América como esclavos. 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Desde entonces, hay un eslógan que aparece frecuentemente, tanto en redes sociales como en las conferencias matutinas del mandatario. De hecho, parece una obsesión presidencial referirse a esto cada tanto. De seguro usted ya sabe a cuál hashtag me refiero: #LópezMejorPresidenteDelMundo».  Dicho eslógan, repetido ad nauseam por los fanáticos de López me produce un no sé qué que qué sé yo cada vez que la leo. No he detectado alguna otra nación que exprese una devoción similar a quien simplemente es un funcionario público. El funcionario con el cargo más importante del país, claro, pero funcionario al fin. Tanta ha sido la curiosidad por encontrar una respuesta a dicha devoción que tuve que repasar algunas lecturas acerca del populismo y temas afines. Por supuesto, hay obras muy profundas en este tema que explican varias de las prácticas que López ha realizado tanto en sus campañas como en su administración. Aunque este enfoque del populismo explica una parte de la identificación de la sociedad con lo que conocemos como un «líder carismático», me parece que no explica la exaltación a la que ha sido sujeta la figura presidencial. Así que la pregunta seguía en el aire, revoloteando como una mosca: ¿por qué este político mediocre (López tiene más maña que genio), de origen priísta y quien nunca ha tenido un trabajo fuera de la esfera política (a diferencia de otros íconos del populismo, como Donald Trump, quienes presumen ser outsiders, AMLO es y siempre ha sido un verdadero insider) provoca una admiración que roza con lo hiperbólico? Afortunadamente, llegó una posible explicación al leer el libro El poder del mito, el cual se conforma por una serie de entrevistas que realizó Bill Moyers a Joseph Campbell, renombrado mitólogo estadounidense, en 1988.  La lectura anterior es interesante por sí misma, en especial como una introducción a la vasta obra de Campbell (todo aquel que desee crear un héroe para una historia, al menos debería estar familiarizado con su obra El héroe de las mil caras, de 1949). Sin embargo, en el capítulo cinco de El poder del mito, titulado El viaje del héroe, encontré una idea que puede tratar de explicar la adoración que recibe nuestro presidente.  En dicho capítulo, Bill Moyers menciona la obsesión con los famosos, quienes han tomado el lugar de los héroes. Ante esta situación, Campbell menciona que una sociedad necesita héroes “porque tiene que tener imágenes fijas, como astros, para hacer coherentes todas esas tendencias a la separación, reunirlas en alguna clase de intencionalidad”. Moyers dice que esto es para que una sociedad «pueda seguir un camino». Campbell remata diciendo que «la nación debe tener de algún modo una intención, para operar como un poder único».  Desde el año 1988, en el que transcurrió la entrevista, hasta el inicio del siglo XXI, la situación referida por Moyers y Campbell no ha cambiado mucho. En la actualidad, nos encontramos ante un vacío generalizado de héroes en la sociedad, incluyendo a la mexicana. Ahora ese vacío es más grande, más notorio, con el advenimiento de las redes sociales, con todo y sus influencers, youtubers, tik tokers y demás ocupaciones propias de este primer cuarto de siglo. No es de sorprender, entonces, que Mariana Rodríguez Cantú, la primera dama de Nuevo León, documente cualquier acción que realiza en sus redes sociales y se vuelva viral.  Este terreno comenzó a labrarse por López Obrador desde 2000, cuando el tabasqueño fue electo como Jefe de Gobierno del, en ese entonces, Distrito Federal. Nuestro actual presidente tuvo veinte años para urdir un cuento mitológico acerca de sí mismo.  Desde ese entonces, comenzó a utilizar una serie de simbolismos para confeccionar su traje de redentor patriota, con el cual se ha vestido desde entonces. López Obrador raramente sale a escena sin este traje.  Por ello, López, junto con su equipo cercano, trabajó en una serie de simbolismos más cercanos a los de un héroe que a los de un político. No es coincidencia que él nunca tenga fallas o errores; que él sea el único capaz de ser juez y parte; que él sea capaz de sacrificarse, aparentemente, por ideales superiores, como el patriotismo, la honestidad y la moralidad; que él sea el único ser de luz en un mundo de oscuridad. Su dedo flamígero es lo único justo en este país de injusticias. Esta carencia de héroes en la sociedad, a la que se refería Campbell, ha sido aprovechada por López Obrador. Más en México, en donde no encontramos a muchos héroes en los deportes, en la ciencia o en la tecnología. Como sociedad, en el plano espiritual, necesitamos héroes que nos guíen como personas y como nación. En una sociedad hambrienta de héroes, cualquier oferta es bienvenida.  Y en 2018, México aceptó la oferta del “héroe” López Obrador. Votamos por un “héroe” no por un político.   Como vivimos en un país democrático, es positivo que haya gente que sea partidaria de las políticas de López (a pesar de lo opacas, incongruentes, vengativas, manipuladoras, destructivas o mal planeadas resulten ser). El problema es cuando se eleva a un político al nivel de un ser mitológico. En especial a un político que, en el campo de la objetividad, de los hechos duros y puros, carece de los atributos necesarios para ser un funcionario competente. Más aún, uno que carece de las virtudes necesarias para ser un héroe. 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El oráculo expresaba de forma enigmática los retos que el individuo consultante habría de enfrentar de forma inevitable y en muchas ocasiones la vida entera era una lucha perdida de antemano contra ese destino del que no se podía escapar.  Tetis, diosa griega relacionada con el mar, recibió la profecía de que su hijo, Aquiles, podría tener una larga vida pero aburrida, o gloriosa pero corta, y por más que trató de protegerlo para que no muriese joven, tal y como el oráculo indicaba, no pudo evitar que el impetuoso guerrero marchase a la guerra de Troya en busca de su destino, donde efectivamente murió como consecuencia de una flecha envenenada que dio en su único punto vulnerable: el talón.  El caso más dramático del universo clásico es quizá el de Edipo, cuyos padres, Layo y Yocasta, recibieron la terrible profecía del Oráculo de Delfos de que su hijo mataría a su padre, se casaría con su madre y usurparía el trono de Tebas. 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Y, en última instancia, ¿qué sentido tendría existir?  Es innegable que dentro de nuestra existencia particular nacemos inmersos en una serie de contextos que si bien no califican como destino, en efecto condicionan nuestra vida de manera muy importante. El país en que nacemos, la familia que nos acoge, el credo religioso e ideologías que estructuran nuestro carácter, las condiciones culturales, económicas y sociales en que estamos inmersos, todo ello nos ubica dentro de una serie de estructuras que muchas veces nos marcan de manera definitiva.  Sin embargo no estamos completamente indefensos ante esta manera de experimentar el destino y, como metáfora de ficción, me gustaría tomar como ejemplo a Coleman Silk, el personaje central de la novela de Philip Roth, La mancha humana.   Este personaje, aunque azarosamente de piel blanca, era descendiente de una genealogía de raza negra que en tiempos remotos habían llegado a América como esclavos. Ser de raza negra en los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX implicaba una amplia gama de limitaciones en todos los sentidos, desde el tipo de educación que podía recibir, la clase de parejas a las que podía aspirar, la calidad de trabajos que podría obtener, entre muchas otras. Por eso Coleman, que se siente preso de la realidad que le tocó vivir, decide desafiar ese destino para construirse uno alternativo: rompe con su pasado, rompe todo contacto con su familia –con sus padres, con sus hermanos, a quienes jamás vuelve a ver–, con su linaje negro y se inventa una vida nueva aprovechando su apariencia convencional a partir de la cual su secreto era imperceptible al grado de que ni esposa, Iris Gitterman, de origen ruso y judío, nunca supo la verdad.  De este modo Coleman, que de pronto comprendió “la facilidad con que la vida puede ser una cosa en vez de otra1”, asumió una identidad como blanco, huérfano, judío y catedrático universitario especializado en literatura griega clásica. Como afirma en alguna parte de la novela el propio narrador: no se podía tener una vida más de blanco, y gracias a ello consiguió derrotar a su destino, aunque, desde luego, no sin pagar un alto precio por ello.  Aun cuando todos hemos vivido momentos y circunstancias inexplicables que sólo parecen comprenderse desde la predestinación, no parece que la existencia esté realmente dictada a partir de un destino absoluto y predeterminado. Sin dejar de lado los contextos que nos condicionan, todo parece indicar que existe un espacio de maniobra en el cual la voluntad humana puede ser ejercida. Pero continuaremos con esta exploración en la próxima entrega, donde exploraremos las implicaciones del azar.   Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook: Juan Carlos Aldir 1 Roth, Philip, La mancha humana, Primera Edición, México, Debolsillo-Penguin Random House, 2018, Pág. 159" ["post_title"]=> string(37) "Desde la perspectiva del destino puro" ["post_excerpt"]=> string(189) "Es innegable que dentro de nuestra existencia particular nacemos inmersos en una serie de contextos que si bien no califican como destino, condicionan nuestra vida de manera muy importante." 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