Tres personajes que han posibilitado avances democráticos reales en México (así el proceso haya sido innecesariamente doloroso): Andrés Manuel López Obrador, Porfirio Muñoz Ledo y Ernesto Zedillo. Sin sus osadas pero firmes decisiones y voluntad política, quizás aún estaríamos muy atrasados en dicha asignatura.
La democracia se entiende, a grandes rasgos, como el poder público ejercido desde la base, representativa por necesidad, pero participativa y directa también, con todo y los claroscuros y aún riesgos que esto pueda suponer (el BREXIT, un buen ejemplo). La democracia participativa es aquella donde la ciudadanía participa mediante consultas, referéndums, iniciativas populares, revocación de mandato, presupuestos participativos, o algún otro instrumento. Aunque se legisló en esta materia durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, lo cierto es que resultó más como una cesión hipócrita y demagógica a los ciudadanos, que un mecanismo que realmente permitieran la participación ciudadana directa en algunas decisiones del proceso político mexicano.
Tan difusa fue dicha reforma que recientemente la SCJN tuvo que entrar al quite para resolver una polémica iniciativa presidencial relativa a una consulta que pretende recabar la opinión de las mayorías en cuanto a la eventual aplicación de la Justicia a los expresidentes. Si dicha legislación no hubiese sido redactada tan ambigua, difusa y con lagunas jurídicas de principio a fin, muy probablemente la participación de la Suprema Corte no habría sido necesaria.
Lo cierto es que México parece estar experimentado sus primeros años en un clima de democracia, algo nuevo para el país, heredero de absolutismos seculares: ahora las instituciones funcionan cada día más vigorosamente y no solo de manera simulada; la división de poderes (el Legislativo, Ejecutivo y Judicial) trabajan de manera autónoma; el federalismo está haciendo valer sus facultades al límite; la libertad de expresión está como nunca antes la habíamos visto; el presidente, como cabeza del poder ejecutivo federal y como jefe del Estado mexicano, sale a diario a rendir cuentas; la iniciativa privada (el gran capital) está sujetándose de nuevo a un Estado de Derecho que ya solo era una entelequia para ellos, donde las prácticas de defraudación fiscal eran la regla más que la excepción, y donde también el Estado no era más que un cofre de oro abierto y sin guardianes.
En el Congreso se hacen a diario propuestas de todo tipo donde se modifican, aprueban o desechan iniciativas presidenciales; los órganos autónomos cumplen sus funciones; el debate público se enriquece (o se empobrece por algunos actores extraviados) todos los días. Todo esto es parte de un sistema que aspira ya al de una Democracia plena y da sus primeros pasos en ese sentido. De ahí que una de las figuras adoptadas por el primer gobierno la 4T sea Madero, quien destacó por sus fuertes y claras convicciones democráticas, acaso demasiado adelantadas a su tiempo y circunstancias.
La democracia, a partir de las reformas impulsadas por Ernesto Zedillo Ponce de León, había sido prostituida, desvirtuada y vejada. Una descripción de la nueva democracia mexicana (1997 – 2018) bien pudo ser “Los vicios de unos pocos, puestos al alcance de todos”, como lo sentenció el dramaturgo francés H. Besque. Así, la democracia mexicana se alejó de los ideales democráticos plasmados por Aristóteles: “La democracia tuvo su origen en la creencia de que, siendo los hombres iguales en cierto aspecto, lo son en todo”. O como lo dejó asentado el pastor liberal protestante estadounidense Harry Emerson Fosdick: “La democracia se basa en que existen posibilidades extraordinarias en el pueblo medio”.
En fin, también debemos de estar conscientes de que la democracia liberal no es el único régimen que puede hacer a un Estado funcionar eficazmente, aunque cabe recordar la célebre afirmación de Sir W. Churchill: “La democracia es el peor sistema de gobierno inventado por el hombre (en la Grecia antigua), a excepción de todos los demás”. Dada la naturaleza humana parece no dejar de tener vigencia.
México va ya en ese camino, y al parecer ya no hay vuelta atrás.
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