La verdad histriónica

Caso de la desaparición forzada de 43 estudiantes de Ayotzinapa: un retrato de un Estado fallido y de una sociedad clasista.

23 de agosto, 2022 ayotzinapos

18 de agosto del 2022, 8 años después de aquel lamentable 26 de septiembre de 2014, Alejandro Encinas, subsecretario de Gobernación, reconoce por primera vez  la participación del Ejército en la desaparición de los 43 estudiantes.  Un soldado del batallón número 27 de infantería  se encontraba infiltrado e informaba al Ejército sobre todos los movimientos del grupo de estudiantes. Esta práctica se llevaba realizando de manera cotidiana desde hace varias décadas para detectar posibles movimientos subversivos en grupos campesinos presuntamente socialistas que puedan desestabilizar al sistema.

Los estudiantes normalistas de la escuela rural Isidro Burgos subieron al autobús que los llevaría a tomar otro en el que finalmente irían a participar en la marcha del 2 de octubre. Es mentira que iban a boicotear el informe de Ángeles Pineda Villa, presidenta municipal del DIF; también es mentira que fueran armados y que llevaran droga. Lo que sí fue verdad es que iban asegurados por la policía municipal con la intención de amedrentarlos y que fueron sustraídos del autobús por elementos del Ejército y entregados al grupo de Guerreros Unidos que  para evitar que “La Plaza se calentara más” los ultimó. Después se incineraron sus cuerpos para desaparecerlos.  El autobús ya vacío pasó sin problema por más de 16 retenes esa noche.

Es verdad que el presidente  Enrique Peña Nieto y el entonces procurador de Justicia Jesús Murillo Karam estaban al tanto de los hechos y, sin embargo, decidieron montar una puesta en escena macabra en la que aseguraban buscarlos desesperadamente. Recuerdo videos en los noticiarios de aquel año en donde se aparecían a miembros de diversos grupos supuestamente encabezando búsquedas hasta por debajo de las piedras, en todos los predios, detrás de los arbustos, por aire, por agua y por tierra. Así jugaron con la esperanza de las familias de los estudiantes y con la inteligencia de un país entero.

Es verdad también que el Ejército abandonó a su soldado caído y que decidió no rescatarlo, que lo sacrificaron en este acto criminal y que después intentaron alegar que había desertado 3 años antes y que se había enlistado en la Escuela Normal de su comunidad.  Nada más falso. Julio César López Pololtzin, de 22 años, mandó su último reporte desde un teléfono móvil que el Ejército le había proporcionado el mismo 26 de septiembre por la mañana.

Ocho años han pasado desde aquel atroz multihomicidio, hoy se dicta auto de formal prisión a Jesús Murillo Karam, exprocurador de justicia, se abren los expedientes y se reconocen más de 80 órdenes de aprensión para todos aquellos que por acción, omisión o participación permitieron el asesinato a sangre fría de aquellos jóvenes.

La sociedad de ese tiempo, no toda, salió a las calles pidiendo justicia. Colectivos, artistas y sociedad civil encabezaron marchas exigiendo justicia, con la consigna “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”. Invadieron las calles y plazas públicas con veladoras, con canciones se apostaron frente a Palacio de Gobierno rogando con dolor que se diera una respuesta sobre su desaparición. Otra parte de la sociedad prefirió callar, los llamó revoltosos y sentenció que ellos se lo habían buscado por andar metidos en revueltas sociales.

La diferencia entre aquellos 43 estudiantes y los que decidieron callar y dar la espalda al problema creyendo la llamada “Verdad histórica” no fue otra más que la intención, la necesidad de exhibir las injusticias, los crímenes de estado, la conciencia social, la decisión de vivir por la lucha y no por la diversión, ser pobres, venir de una historia de represión y desigualdad social, preferir ocupar su tiempo en manifestarse y no en ir a bares y discotecas como le corresponde a los jóvenes de su edad.

También es cierto que hubo otro factor: el eterno, negado y más que nunca presente clasismo que impera en nuestro país, el racismo, la pigmentocracia, la ausencia de blanquitud. Porque si aquellos 43 pobres estudiantes hubiesen sido “Niños bien”, “Niños de familias decentes” estudiantes de universidades particulares, socios de clubs, hijos de empresarios o políticos prominentes otra historia les hubiese tocado, jamás se habría permitido que este crimen quedara impune; habríamos incendiado México hasta obtener una respuesta, hasta encontrar un culpable y ni eso hubiese sido suficiente. Lamentablemente fueron 43 estudiantes de una comunidad rural de Iguala (Guerrero), de un pueblo llamado Ayotzinapa, que nunca aspiró ser reconocido nacionalmente ni ocupar los encabezados de la prensa, que habría pasado a la historia sin pena ni gloria y del que su existencia nadie se habría enterado.

Fueron 43 estudiantes revoltosos, mejor llamarlos así. Más fácil es escandalizarse por la cancelación de un aeropuerto que por el artero asesinato de 43 aspirantes a maestros de primaria y secundaria. Resulta más fácil decir que es un distractor, una cortina de humo para desviar la atención de los asuntos verdaderamente importantes.

Creo que la respuesta la hemos tenido desde siempre. Ha estado frente a nuestros ojos todo este tiempo, pero tal vez sea demasiado incómoda para llamarla por su nombre. 43 estudiantes murieron el 26 de septiembre de 2014. Fueron asesinados a mansalva, a sus familias las tuvieron engañadas durante años diciéndoles que los buscarían, la sociedad prefirió acostumbrarse, pasar a otro tema y se conformó con la supuesta historia.

Nunca los buscaron, siempre supimos quién fue. ¡Fue el Estado!

Comentarios


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Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. Por ejemplo, tras hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en el cambio climático y la extinción de especies y ecosistemas, los rituales y símbolos de la antigüedad, muy lejos de semejante escenario, resultarían insuficientes para retratar el nuevo compromiso que el humano debe asumir para con la biósfera terrestre y que implica nuevas metodologías y hábitos que nos permitan descubrirnos y ampliar nuestra comprensión de nosotros mismos de tal modo que le demos al planeta y al resto de las especies el lugar que efectivamente tienen y nos permitan alcanzar cada vez una mayor consciencia y plenitud. Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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En agosto de este año, la dinámica del empleo derivó en la generación de 4 mil 276 puestos de trabajo registrados ante el IMSS, con lo que suman 625 mil 520 registros netos en ese sistema de seguridad social acumulados, informa la Secretaría de Economía.

En dicho mes, la actividad económica que más ocupaciones provocó fue la industria de la transformación con mil 445 altas netas, seguida de la construcción con mil 384, así como servicios sociales y comunales con mil 207, reflejo de la confianza social en el ámbito productivo.

En ese contexto, en Puebla, el balance del periodo enero-agosto fue de 13 mil 741 nuevos empleos netos generados.

A nivel nacional, sumaron 21 millones 236 mil 866 puestos de trabajo acumulados registrados ante el IMSS, de los cuales, en agosto fueron creados 157 mil 432 puestos con un crecimiento anual del 4 por ciento, nivel similar al reportado por el estado de Puebla en el comparativo agosto 2021-agosto 2022.

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Por eso no es casual que todos estos “productos de sanación” siempre lleven la etiqueta de “ancestrales”, aun sin demostrar con el mínimo rigor de qué tribu, en qué contexto surgió y qué sucedió con ellos ni cómo funciona en la complejidad de nuestro ser –donde cualquier cambio mayor afecta al resto de nuestras configuraciones interiores– ni qué estudios los avalan.  A partir de narrativas simplonas y regresivas, donde los insensibles y estúpidos modernos hemos olvidado quiénes somos, y que sólo a través de retrotraernos al pasado, como si el mero hecho de que algo sea antiguo, eso por sí mismo lo convierta en beneficioso, valioso y digno de rescatarse del pasado, nos dará la oportunidad de redescubrir nuestro auténtico ser y trascender los inconvenientes de una civilización que todo lo destruye.    Es paradójico que tratemos de trascender el pensamiento no llevándolo hasta el límite para superarlo, sino renunciando a cualquier reflexión racional, seria, rigurosa y sin prejuicios cientificistas acerca de los fundamentos de cada uno de estos ritos, rituales y conductas rescatados de supuestos pueblos del pasado poco o nada documentados.  Para eso justamente sirve la razón: para protegernos de lo “irracional”, mientras que trascender la razón implica, no lo pre-racional, sino lo trans-racional1.   No hay nada malo en reinterpretar las culturas ancestrales y tomar fragmentos que continúen siendo valiosos para la visión de hoy, pero lo deseable es que se haga como consecuencia de un estudio profundo de sus rituales y símbolos, así como de una exploración seria de las sustancias psicotrópicas utilizadas con el propósito de expandir la percepción, así como las implicaciones y motivaciones que los movían, buscando nuevas aplicaciones de las mismas; lo que no parece muy razonable es entregarnos a un sincretismo acrítico, irresponsable y descontextualizado, que tome elementos de aquí y de allá sin un propósito claro, sin entender los contextos en que éstas se llevaban a cabo y sin que se trate de nada más allá de un “turismo espiritual” que no busca otra cosa que la acumulación hueca de nuevas y más emocionantes experiencias.  En este contexto, no es casual la cantidad de estafas económicas y escándalos sexuales relacionados con supuestos gurús que, unos ingenuamente como consecuencia de una ignorancia profunda y muchos otros a propósito y con enorme malicia –y muchas veces con perversidad criminal– confunden, abusando de la necesidad de trascendencia de sus “clientas” y “clientes”, lo prepersonal (los modos de ser humanos previos a que la mente se convirtiera en la herramienta dominante de la evolución: instintos, sensaciones, impulsos, pulsiones, etc.) con lo transpersonal (aquellas prácticas donde se pretende dejar atrás la construcción egoica de un Yo enfermizo producido por la exacerbación de la modernidad y que son difíciles de reconocer porque aun no son demasiado frecuentes). Aunque en primera instancia suene chocante, hoy poseemos el conocimiento y las capacidades cognitivas y racionales para trascender el ritual en su comprensión antigua. Por más que queramos, el sentido literal de la mayor parte de ellos no puede ser reproducido simplemente porque sabemos cosas del planeta y de cosmos que antes no y por eso se comprende y se admira que esas culturas ancestrales atribuyeran significados distintos a las cosas, pero sin que hoy tenga sentido forzarnos a atribuir los mismos significados que sabemos superados. Un volcán, un hecho astronómico, una reacción química o un mineral convertido en collar no cabe ser entendidos en el mismo sentido que lo hacían ellos, no porque estuvieran equivocados por interpretar el mundo que habitaban desde el máximo de su sensibilidad, capacidades y talentos, sino porque una buena parte de sus fundamentos hoy las sabemos superadas por más que nos atraiga romantizarlas, rescatando sentidos que para nuestra realidad, resultarían superados y obsoletos.  El reto consiste justamente en lo opuesto: a partir de trascender nuestra racionalidad, crear nuevos símbolos y rituales que doten nuestra realidad de nuevos significados. Por ejemplo, tras hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en el cambio climático y la extinción de especies y ecosistemas, los rituales y símbolos de la antigüedad, muy lejos de semejante escenario, resultarían insuficientes para retratar el nuevo compromiso que el humano debe asumir para con la biósfera terrestre y que implica nuevas metodologías y hábitos que nos permitan descubrirnos y ampliar nuestra comprensión de nosotros mismos de tal modo que le demos al planeta y al resto de las especies el lugar que efectivamente tienen y nos permitan alcanzar cada vez una mayor consciencia y plenitud. Esta actitud va mucho más allá que colgarse un cuarzo y comerse un hongo alucinógeno, rodeado de percusiones y música “mística”, danzando alrededor de una gran fogata.  No hay duda que una actitud racional saludable consiste en preguntarnos si esas experiencias que nos ofrece la “mística de fin de semana” nos llevan a un nuevo nivel de evolución o, por más que tengan una bella apariencia quimérica, nos regresan a comprensiones arcaizantes que, lejos de trascender la mente, nos exigen desterrarla a partir de prescribirnos un incondicional abandono a nuestros impulsos e instintos.    Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook:  Juan Carlos Aldir 1 Ken Wilber tiene infinidad de textos donde aborda este problema, y que él llama “falacia pre-trans”." 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Los gurús vendehúmos vs la auténtica trascendencia de la razón

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