Un opinador obsesivo y fanático equivale a un juez que emite sentencia en cuanto le exponen el caso, sin escuchar pruebas y sin contrastar argumentos. A los seres humanos nos gusta tener razón, y seguir el flujo de la corriente dominante es la mejor manera de que nadie nos contradiga.
Opinar consiste en hacer público un juicio de valor, la conclusión ética o moral que tenemos acerca de las cosas. Aunque otra manera de decirlo es que una opinión es el modo más inmediato de darle cuerpo y externar nuestras creencias a través de un juicio.
Es conveniente no confundir el acto de expresar una opinión acerca de un hecho que nos es ajeno, con el intercambio de argumentos con un interlocutor con quien sostenemos una conversación o un debate. En aquellos casos existe una interacción directa con un otro y ambas partes fundamentan sus ideas, ya sea que exista o no una escucha que permita reconocer el valor de lo expresado por la contraparte.
Cuando, por la razón que sea, nos sentimos impelidos a expresar lo que opinamos sobre un hecho, lo que en realidad ocurre es que, tras mirar ese episodio del entorno con los lentes de la creencia y el prejuicio, nos posicionamos ética y moralmente de una manera determinada pero de forma unilateral. Un opinador obsesivo y fanático equivale a un juez que emite sentencia en cuanto le exponen el caso, sin escuchar pruebas y sin contrastar argumentos. A los seres humanos nos gusta tener razón, y seguir el flujo de la corriente dominante es la mejor manera de que nadie nos contradiga.
Opinar acerca de cualquier cosa resulta sencillo porque no se necesita saber demasiado sobre aquello que juzgamos. Basta con asumir una postura ética a partir de lo que creemos o de lo que suponemos que es correcto. O, en el peor escenario, posicionarnos a partir de lo que la corriente dominante de opinión dice acerca del hecho a juzgar. Nuestras opiniones casi nunca se refieren a aquello de lo que opinamos –puesto que poco o nada sabemos acerca del asunto– sino que hablan de nosotros, de quienes somos y de cómo queremos que los demás nos perciban, lo que en ocasiones, aún cuando creamos algo, decimos lo contrario porque sabemos que nuestra opinión verdadera nos descalificará a ojos de nuestros interlocutores. Cuando esto ocurre es muy oportuno preguntarnos si de verdad creemos lo que suponemos creer, si son más importante nuestras convicciones genuinas que el espaldarazo ajeno o cuál puede ser la razón por la cual nuestra manera de entender determinada circunstancia .
No olvidemos que si bien el discurso antirracista era el dominante en los Estados Unidos. Nadie se atrevía a expresar en público un comentario abiertamente discriminatorio, hasta que llegó Donald Trump a la escena política y sin el menor empacho comenzó a expresarse de manera «políticamente incorrecta» con total naturalidad. Esto provocó la crítica y rechazo de un sector de la población, pero de forma simultánea legitimó ciertas formas de racismo y discriminación.
Hoy, mientras comienza su segundo mandato, ya no sorprende a nadie que un individuo encontrado en la calle con apariencia hispana se le considere un delincuente por su biotipo. No es que haya ahora más discriminación que hace diez años, pero hoy domina la percepción de que mostrar la «creencia» de que el emigrante es peligroso y cruzó la frontera para delinquir ya no es socialmente castigado y, peor aún, para aquellos que en silencio se tenían dichas convicciones, se «confirma» que eso que se pensaba era verdadero y que por fin había llegado un valiente que lo dijera en voz alta.
Lo que es definitivo es que las opiniones que expresamos no se refieren tanto al tema en cuestión sino que retratan a quien opina. Conviene razonar bien aquello que se cree y ser muy consciente lo que nuestra opinión dice de nosotros.
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