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La diáspora venezolana ante el terremoto: dolor, acción solidaria y empatía

“Espera, Nieves, hay un terremoto en Venezuela”. Gabriela, una colega venezolana, interrumpió nuestra conversación telefónica al llegar las primeras noticias. Estaba en Berlín y, como acaba de ser madre, llevaba varios días durmiendo a deshoras. Pero el...

30 de junio, 2026 La diáspora venezolana ante el terremoto: dolor, acción solidaria y empatía

“Espera, Nieves, hay un terremoto en Venezuela”. Gabriela, una colega venezolana, interrumpió nuestra conversación telefónica al llegar las primeras noticias. Estaba en Berlín y, como acaba de ser madre, llevaba varios días durmiendo a deshoras. Pero el cansancio desapareció de golpe.

En cuestión de minutos, los grupos de la diáspora venezolana en Colombia con los que trabajo comenzaron a llenarse de mensajes de angustia y preguntas. A miles de kilómetros de allí, en Madrid, Aleja despertó y vio los primeros titulares en el teléfono. Pensó que sería un temblor más: “Allá tiembla a cada rato”. Pero pronto comprendió la verdadera dimensión de la tragedia.

Con los ojos en el país

Como ellas, cerca de ocho millones de venezolanos observan desde fuera de su país la devastación causada por los dos terremotos de la pasada semana, de magnitudes 7,2 y 7,5, que han golpeado con especial dureza al estado de La Guaira, así como a otras zonas del norte del país y a la propia Caracas. Para muchos venezolanos como Gabriela, esta nueva tragedia en el estado La Guaira (que hasta 2019 se llamó Vargas) evoca el recuerdo del deslave de Vargas de 1999. Sus familiares, que habían sobrevivido entonces, vuelven a enfrentarse hoy a la pérdida y la reconstrucción.

Amigos y conocidos contenían la respiración mientras intentaban contactar desesperadamente con sus familiares para asegurarse de que estaban a salvo. Para algunos, como Gabriela, la incertidumbre dio paso a noticias todavía más dolorosas: seres queridos fallecidos y heridos graves. Otros, como María, contemplan con impotencia cómo un país que abandonaron –en muchos casos contra su voluntad– y que añoran, vuelve a enfrentarse a una tragedia.

“El pecho duele. Y sé que millones estamos fuera con el mismo sentir”, explica María.

Fotografía de un desastre

Desde el miércoles, el número de víctimas mortales no ha dejado de aumentar: entre el sábado y el domingo pasó de 920 a 1 450, según fuentes del gobierno venezolano, mientras miles de personas continúan desaparecidas, por lo que es previsible que la cifra siga creciendo.

Esto sucede en un país cuyas instituciones y servicios públicos llevan años sometidos a una profunda crisis: hospitales con recursos limitados e infraestructuras vulnerables en un territorio situado entre las dos placas tectónicas con mayor actividad de Sudamérica.

La actuación del Estado, ahora tutelado por el gobierno de Estados Unidos, ha sido objeto de duras críticas, mientras organizaciones de la sociedad civil, redes vecinales y voluntarios han asumido un papel central en las labores de rescate y asistencia.

“Qué difícil es ser venezolano” es, según María, una de las frases que más se repite en la diáspora. Y, sin embargo, la resiliencia de la población se ha convertido en uno de sus principales recursos frente a la adversidad.

La infatigable diáspora venezolana

La diáspora también se ha movilizado sin descanso. En apenas unas horas han surgido cientos de iniciativas. El colectivo Hacha y Machete ha creado una aplicación para determinar si edificios y viviendas pueden seguir siendo habitables y cuáles representan un riesgo para la población. Transparencia Venezuela ha difundido recomendaciones concretas para garantizar que las donaciones lleguen a quienes más lo necesitan y evitar prácticas corruptas o el desvío de recursos. Y medios de comunicación como Soy Arepita se han convertido en una fuente esencial para combatir la desinformación y mantener actualizada a la diáspora sobre lo que sucede sobre el terreno.

A ello se suma el compromiso personal de muchos exiliados. Lorent Saleh, activista y antiguo preso político, o la propia María Corina Machado, líder de la oposición, han anunciado que regresaran a Venezuela para participar en las labores humanitarias pese a la incertidumbre y la falta de garantías. Restaurantes venezolanos en Bogotá, Madrid y Miami funcionan como centros de acopio, asociaciones de migrantes coordinan campañas solidarias y miles de personas contribuyen desde la distancia con recursos, contactos o trabajo voluntario.

Se trata de una ola de solidaridad transnacional que revela hasta qué punto los vínculos con el país de origen permanecen vivos tras años de exilio y migración forzada, como han mostrado ampliamente las investigaciones sobre diásporas.

Política vs. fuerzas naturales

Todo eso contrasta con el progresivo debilitamiento de la atención internacional hacia Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de este año y la colaboración del gobierno estadounidense con la actual presidenta Delcy Rodríguez.

En España, el pasado 12 de junio se eliminó la vía extraordinaria de residencia por razones humanitarias para los venezolanos con motivo de la entrada en vigor del Pacto de Migración y Asilo de la Unión Europea. Sin embargo, la tragedia actual demuestra hasta qué punto estas vías siguen siendo necesarias.

A pesar de algunos avances como la liberación de centenares de presos políticos, 389 continúan encarcelados, se han producido nuevas detenciones y sigue sin concretarse la celebración de elecciones libres. Tampoco la recuperación económica ha resuelto la crisis social: el FMI prevé un crecimiento del 4 % en 2026, pero la inflación continúa por encima del 380 %.

Por este motivo, la respuesta a esta catástrofe exige no solo ayuda humanitaria inmediata, sino también un renovado compromiso internacional con la reconstrucción institucional y económica del país.

Lejos pero solidarios

Mientras tanto, los venezolanos siguen sosteniéndose unos a otros. Hace unos días, María se cruzó con una mujer por la calle que escuchaba noticias sobre el terremoto en altavoz y le preguntó: “¿Señora, usted es venezolana?”. No tuvo que responder: la señora rompió a llorar y se abrazaron.

En momentos como este, cuando la distancia y la impotencia pesan, la diáspora recuerda que el exilio no solo significa ausencia, sino también comunidad, solidaridad y la certeza de que, incluso lejos de casa, nadie está completamente solo.

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