Es 1986, un día normal de una preadolescente era muy diferente a la de su hija de esta época.
Era todavía muy común que la mayoría de las escuelas privadas estuvieran divididas por sexos, es decir, de hombres y de mujeres, en donde los roles de género estaban muy marcados, los hombres jugaban futbol y deportes de competencia y contactó físico y las mujeres teníamos clases extra escolares de actividades que nos fueran a servir cuando estuviéramos casadas y fuéramos amas de casa como cocina, tejido, decoración y cosas así.
En las tardes, después del colegio y el trabajo, nuestros padres leían el periódico y nosotros veíamos la televisión, la programación era restringida, muy pocos canales y programas sujetos a horarios establecidos. Por difícil que parezca de creer no podías ver lo que quisieras a la hora que quisieras ni repetirlo ni pausarlo, si no estabas en casa a la hora de tu programa o si te distraías o tenías que atender otro asunto ya te perdías de algo; también había revistas y programas de radio pero todo era muy similar.
La verdad es que todos pensábamos muy parecido porque los medios de comunicación nos daban un patrón a seguir de información e ideología, la globalización comparada con estos tiempos era incipiente, la mayoría de la población era católica y solo conocíamos un tipo de gobierno, el del partido hegemónico en el poder en aquel entonces, aunque se hablara de Democracia, este término no existía. Poco se sabia de diversidad de pensamiento, las preferencias sexuales no heteronormativas eran condenadas y vistas como pecado y depravación, para una familia “Decente” de esa época que alguien renunciara a la religión católica, declarara tener otra preferencia u orientación sexual, no se quisiera por cualquier razón casar ni tener hijos o no en ese orden o manifestara simpatizar con otra ideología política o social era una verdadera desgracia, realmente pensar diferente o pretender vivir fuera de la caja era muy difícil, eran pocos los espacios y muy castigados por la sociedad y las buenas costumbres, supongo que para los que vivíamos en el privilegio de ser católicos, blancos y heterosexuales.
La vida era mucho mas sencilla aún así, aunque lo teníamos normalizado el machismo y la misoginia predominaban y oprimían a las mujeres, a mucha gente le gusta decir que la vida era segura, que podías salir a jugar a la calle: nada más falso. Éramos menos, es correcto, pero la inseguridad era igual o peor que ahora. La prostitución infantil y la trata de personas no estaba siquiera perseguida. Ser mujer era un simple llamado a la violencia, ni siquiera estaba mal visto que tu pareja no te dejara trabajar o estudiar, te impusiera la ropa que debías usar y a dónde podías ir, incluso la violencia física hacia mujeres y niños estaba hasta cierto punto justificada.
Era muy mal visto que una mujer ejerciera cierto tipo de profesiones y trabajos, más bien se entendía que las mujeres que trabajaban lo hacían por necesidad y no por desarrollo profesional, basta ver quiénes eran los actores políticos de la época para constatar que no existía ninguna mujer en un cargo relevante, solo primeras damas y amantes de políticos y alguna funcionaria pública muy cercada en el ejercicio de su cargo, igual que ahora el mundial de futbol era un evento de hombres para hombres, pero si bien ahora logramos ver mujeres como árbitros y comentaristas y lo más destacado es a mi punto de vista que la principal mandataria de uno de los tres países sedes es una mujer. En México 86 el papel de las mujeres se redujo a ser edecanes o modelos para marcas siempre y cuando se enseñara suficiente piel para lograr llamar la atención.
Había muy poca conciencia social y mucho racismo, en eso, creo, no hemos mejorado mucho, en un país con poco más de 80 millones de personas, en donde la televisión se escuchaba con eco y se veía borrosa creíamos que ya vivíamos en el tope de la modernidad. Y así era. Empezaba la tecnología interactiva, los primeros intentos de juegos contra una máquina, las primeras computadoras, las generaciones de ahora no podrían creer que para escuchar una canción era necesario ir a casa de algún amigo que tuviera el disco o pedirla en la radio, que la privacidad de hablar con alguien sin que todos en tu casa se enteraran no existía ,pero a la vez nadie se enteraba de lo que nos pasaba. No existía la exposición de los medios y las redes sociales, ni siquiera en un sueño de la mente más creativa había esta fantasía de inmediatez y conectividad. La única forma de convivir con amigos era la forzosamente presencial, por carta, telegrama o costosas y poco privadas llamadas teléfono. No había aún Tratado de Libre Comercio, por lo que la mayoría de los productos que consumíamos eran hechos o ensamblados aquí y había muy pocas opciones, pero eso no lo sabíamos. De hecho películas futuristas como “Volver al futuro” se quedaron supercortas con lo que fue el desarrollo tecnológico que los niños y adolescentes de los ochentas, ahora padres y abuelos de este año, hemos visto.
Sí, somos la misma especie, pero sin duda han sucedido muchísimas cosas que nos hacen tener historias y recuerdos muy distintos y sobre todo formas de vivir y convivir abismalmente diferentes, como si hubiesen transcurrido no 40 años sino 4 siglos.
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