Inseguridad y miedo alimentan el populismo

La fragilidad del Estado y la de este gobierno se agrava con la gran filtración de las operaciones del ejército.

11 de octubre, 2022 Inseguridad y miedo alimentan el populismo

El populismo se alimenta de la inseguridad. La inseguridad causa miedo. Y el miedo favorece las reacciones humanas primitivas: vuelve volátiles, peligrosos y explosivos a los grupos sociales marginados. Estos grupos son los que carecen de estatus. En las sociedades industriales el estatus se forja en torno del trabajo. El trabajo brinda a las personas identidad, seguridad económica, estabilidad, bienestar y expectativas de ascenso social. La “cara oscura” de la globalización terminó o puso en pausa al mundo del trabajo estable, bien remunerado y forjador de identidades, ascenso y estatus social. Es así como millones de personas en el mundo quedaron desamparadas, excluidas de la convivencia social. Nadie entendió la disrupción ni se hizo cargo.

Diversas son las manifestaciones de ese desamparo y exclusión de la convivencia social. Menciono algunas: precariedad; desconfianza; falta de expectativas que condena al presentismo -como los dioses castigaron a Sísifo- y a la irreflexión; disolución de los lazos sociales, familiares y sexuales; relajación ética; pérdida de valores y referentes; cinismo, ausencia de compromiso con normas y leyes (anomia); inseguridad, miedo y baja autoestima. Un país agobiado por la precariedad se fractura y complica su gobernación. Como indica Guy Standing en El Precariado: “Muchos se verán atraídos por políticos populistas y mensajes neofascistas, algo que ya se constata en toda Europa, Estados Unidos y otros lugares. Por eso es por lo que el precariado es la clase peligrosa y por lo que se necesita una “política de paraíso” que responda a sus temores, inseguridades y aspiraciones”.

La revolución de la tecnología de la información hizo posible lo que conocemos como redes sociales. Este mecanismo de información instantánea y de relaciones sociales virtuales, al combinarse con la precariedad de millones de personas refuerza un círculo vicioso, perverso. Cuando la persona vive al día, su objetivo es la supervivencia. Carece de tiempo para la reflexión, para la convivencia, para planear su futuro. Vive aislado, ensimismado, en un presente interminable que le despoja de sentido, de propósito. El mundo digital refuerza ese estado. El cúmulo de información, de mensajes y consignas impide la reflexión. Las personas, ligadas a grupos afines, viven en un estado emocional perenne. Entrampadas en ese bucle de gratificación y reafirmación, repetido al infinito, su cerebro es presa de la inmediatez. Así, precariedad y redes sociales fortalecen los comportamientos primitivos y regresivos.

La exclusión cuando se conjunta con el culto al éxito material, al mérito, a las celebridades fatuas y vistosas, causa una mezcla explosiva. Aflora el resentimiento. Se entrona la envidia. Las personas condenadas a trabajos precarios, mal remunerados y desmotivantes se sienten humilladas. Y la humillación se traduce en rechazo del otro, de lo diverso. Preludia el fin de la pluralidad. Desconfianza social es el resultado. Ello debilita su compromiso con la ética pública al grado de propiciar conductas amorales que se apartan de las reglas, las normas sociales y las leyes. Desconfianza, exclusión real o sensación de no pertenencia a la sociedad favorecen las conductas antisociales. En este contexto dichas almas son receptivas al discurso populista maniqueo que divide a la sociedad entre buenos y malos. Parafraseando a Guy Standing la precariedad es un peligro para la estabilidad social política, la seguridad y para la paz pública. Destruye a la democracia liberal.

La precarización diluye el consenso social. Cuando se extingue la solidaridad desaparece el compromiso social y la cohesión. Por eso es común escuchar que cada cabeza es un mundo. Cada cual piensa en salvarse a sí mismo sin importar si se causa daños a terceros. Es el mundo propicio para el delito y la delincuencia. Acerca peligrosamente al reino del más fuerte, de la justicia por mano propia. Los gobiernos no lo representan. Las leyes carecen de sentido para el precarizado, pues no reflejan un compromiso con su condición. Por ello gusta el discurso que pregona: “No me salgan con que la ley es la ley”. El pacto social está roto. Es chocante que nos lo espeten a la cara. Una verdad de Perogrullo no obvia los peligros de desechar a la ley. Es combustible para el desorden y la descomposición. Denunciarlo es insuficiente. Faltó gran una alianza para reconstruir el estado de derecho y el pacto social.

El gran malestar de los excluidos que alimenta el miedo ha dado paso a la furia. El discurso del encono sustituye a toda política pública a favor del bien común. En lugar de canalizar la energía social -que se manifiesta como miedo, exclusión, enojo, rabia y agresión- para lograr una verdadera transformación se abre la puerta a un estallido social. El contexto en el que ocurre el desconocimiento de la ley es altamente inflamable: el crimen campea en buena parte del país: Impone sus reglas. Es dueño de vidas y haciendas en las comunidades donde se ha implantado. Se habla que ocupa 40% del territorio del país. Cobra impuestos, ofrece seguridad a cambio de lealtad, apoya a comunidades, hace obra social e infraestructura. Es un estado informal que rivaliza con el otro Estado, que también revela amplios rasgos de informalidad.

La fragilidad del Estado y la de este gobierno se agrava con la gran filtración de las operaciones del ejército. El ámbito internacional es igualmente azaroso y plagado de riesgos (también de oportunidades). Una recesión global; la ampliación de la guerra de Rusia contra Ucrania; el riesgo de arribo a Estados Unidos de un gobierno republicano que declare a los cárteles de la droga organizaciones terroristas, más el flirteo de la actual administración con Rusia, China y otras dictaduras pueden incitar a Washington a invadir a México por razones de su seguridad nacional… El contexto nacional y global es extremadamente explosivo. Idealmente deberíamos ocuparnos en reconstruir el Estado de derecho y forjar un nuevo pacto social para responder a los desafíos. El encono y la desconfianza política que padecemos llevó a otra ruta.

En lugar de intentar el cambio por la vía de la reforma legal e institucional se recurrió a las fuerzas armadas como garantes del cambio. El riesgo de militarización es real. Ya se dieron los pasos para empoderar a las fuerzas armadas. Podemos vivir un ciclo de inestabilidad como el que precedió la revolución de 1910, donde los generales propiciaban asonadas para hacerse del poder. Por ello plantea serios desafíos desconocer a la ley sin plantear un nuevo pacto. Por desgracia, en ambos lados del espectro político no hay posibilidad de diálogo. A unos y otros sólo les interesa destruirse y ganar el poder. Seguimos sin entender las causas de las problemáticas que nos agobian y mantenemos una conversación pública estéril y peligrosa. Quizá sea ya demasiado tarde para la cooperación y un acuerdo básico.

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los aspectos más elementales del funcionamiento del planeta, el ser humano le atribuía a la naturaleza un cierto nivel de consciencia. Desde aquella perspectiva era posible suponer que un volcán tuviera “ánima”, una especie de vida interior que le permitía ejercer una determinada voluntad, con lo cual entregarle ofrendas para “mantenerlo contento” y así evitar que destruyera la aldea tenía sentido. Desde luego, a ningún vulcanólogo de hoy se le ocurría una solución semejante para salvar un poblado que se encuentra en la trayectoria de una inminente erupción. ¿Eso significa que la tribu del paradigma pre-científico estaba equivocada, que lo que suponían una verdad evidente, no lo era? La respuesta es: depende de cómo se quiera analizar. Si lo vemos desde la experiencia del mundo que se podía tener en aquella época, se trataba de una verdad incuestionable: si ellos estaban vivos y estaban conscientes de sí mismos, no había ninguna razón evidente para que no sucediera lo mismo con el resto del mundo que los rodeaba. Si lo vemos desde nuestra experiencia del mundo, no hay duda que se trata de un juicio erróneo. 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La tribu que entregaba ofrenadas y sacrificios al volcán estaba tan en lo cierto como lo estaba Newton al publicar su obra: Philosophiae naturalis principia mathematica de 1687, en la que se describe la ley de gravitación universal y se establecen las leyes de la mecánica clásica como absolutas y aplicables en todos los tiempos y cada rincón del cosmos. Estas verdades indiscutibles lo fueron hasta la aparición de Einstein y el descubrimiento de la relatividad. Desde la perspectiva de la física clásica las leyes descubiertas explicaban el funcionamiento básico del cosmos y eran la llave para desentrañar el resto de los secretos que aun no habíamos desvelado. Hasta que, a principios del siglo XX, una nueva generación de científicos articuló un nuevo relato que defendía el hecho de que bajo ciertas circunstancias las leyes de la física tradicional dejaban de operar y eran sustituidas por otras cuyo funcionamiento encarna un cierto grado de misterio al tender a la indeterminación y la incertidumbre, paradigma opuesto al de la física clásica que se apoyaba en la estabilidad y predictibilidad. ¿Qué es un paradigma? Un paradigma no es otra cosa que una serie de parámetros que permiten “reconocer” e interpretar la realidad inmediata percibida articulándola en una serie de relatos y narraciones que le den forma y cohesión. Es una estructura de ideas, costumbres, conductas que confirman la existencia en ese mundo percibido. Cada uno de ellos busca, lucha y se impone a los otros en una búsqueda frenética por tener razón, por ser un espejo incuestionable de la verdad, lo que hace más complejo un acuerdo con paradigmas distintos. Si existe alguna característica auténticamente humana, que pareciera estar presente en todos los tiempos y todas las culturas, es la necesidad de explicarnos el universo en que vivimos. Desde luego, esta explicación, como sucedía tanto con la tribu del volcán como con Newton, se concreta a partir de las herramientas, recursos y conocimientos con que se cuenta en cada tiempo y circunstancia. Einstein y Newton encabezaron diferentes paradigmas dentro de la ciencia, y tanto ellos, como la tribu animista del ejemplo del volcán, habitaron mundos regidos por leyes distintas, aun cuando se tratara del mismo planeta Tierra. En cada etapa del desarrollo humano se han fijado las conclusiones inferidas en una serie de relatos que, al articularse entre sí, conforman una estructura, un andamiaje narrativo que le otorga sentido y dirección al grupo que lo ha elaborado y asumido como verdadero. Hasta que, de pronto, algo ocurre. De una forma súbita e inesperada emerge un nuevo conocimiento o se descubre algo que siempre había estado ahí pero que les resultaba invisible para el relato existente. Como si viniera de la nada, como si de pronto se hubiese descubierto un nuevo mundo, se consolida una comprensión que renueva el universo hasta entonces conocido y que permea en todos los ámbitos –económico, político, social, ético, moral, científico, etc.– Esta innovadora forma de explicar la realidad no sólo es incompatible con el metarrelato hegemónico previo sino que lo hace colapsar, con lo cual la narrativa emergente se cristaliza como la nueva vanguardia que no tardará en asumirse como la verdad que constituye los cimientos de un nuevo metarrelato dominante. Pensemos, como ejemplo, en un diminuto invento que detonó una revolución social y transformó los paradigmas de convivencia de su tiempo: la píldora anticonceptiva. En julio de 1961, el laboratorio Searle, con la venia de la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA– Food and Drug Administration) inició la comercialización del Enovid 5 mg, la primera píldora diseñada propiamente con fines anticonceptivos. Desde luego que una transformación del calado de la que experimentó el mundo en la década de los sesenta del siglo XX no ocurre como consecuencia de un sólo cambio o estímulo. Pareciera que cada paradigma consigue su plenitud y una vez que sus narrativas se consolidan y es entonces que se precipita en una lenta pero constante decadencia, donde las corrientes internas cambian poco a poco de dirección asumiendo una nueva tendencia general, una especie de caldo de cultivo que favorece la formación de nuevas comprensiones que paulatinamente se manifiesta en todos lo ámbitos, dando lugar a una nueva comprensión general, un nuevo metarrelato que sustituye al anterior. Mientras la píldora anticonceptiva se utilizó como la punta de lanza para una liberación sexual en ciernes, se construye un célebre muro en Berlín, los Beatles aseguran que “all you need is love”, una crisis de misiles amenaza la continuidad de nuestra especie, Marilyn Monroe canta las mañanitas a Kennedy, es asesinado Martin Luther King por tener un sueño de igualdad, Juan XXIII convoca al Concilio Vaticano II, aparecen las minifaldas y el bikini, toma forma una nueva variedad de conflicto global: la guerra fría, surge la contracultura como contrapeso a las convenciones de la tradición, entra en funcionamiento ARPANET –abuelo de nuestro actual Internet–, tienen lugar las protestas de mayo del 68 en París, la primavera de Praga y revolución cultural en China, se realiza el primer transplante de corazón, estallan las protestas antibélicas contra la guerra de Vietnam, se consolida el movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, inicia la migración masiva del campo a las ciudades –lo que da lugar a nuevas formas de urbanismo– y se corona la  carrera espacial con la llegada del Apolo 11 a la Luna. Podríamos seguir por muchas páginas señalando los cambios que se dieron en todos los aspectos de lo humano durante esa década, y si bien es posible enumerarlos como si se tratara de eventos aislados, lo cierto es que si los observamos como hilos de un gran tapiz, podemos percibir un espíritu de conjunto que explica los potentes cambios paradigmáticos que tuvieron lugar en la década de los sesenta y se consolidaron en la siguiente. Luego de este periodo, el mundo jamás volvió a ser el mismo. Las verdades sólidas que dieron sentido y estructura a las décadas precedentes lucían de pronto caducas y anticuadas y parecían desmoronarse como castillos de arena. En apenas unos lustros la familia, la democracia, la política, el trabajo, las relaciones humanas, el ocio, la moda, y un larguísimo etcétera, comenzaron a conceptualizarse de manera diferente. 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Desde aquella perspectiva era posible suponer que un volcán tuviera “ánima”, una especie de vida interior que le permitía ejercer una determinada voluntad, con lo cual entregarle ofrendas para “mantenerlo contento” y así evitar que destruyera la aldea tenía sentido. Desde luego, a ningún vulcanólogo de hoy se le ocurría una solución semejante para salvar un poblado que se encuentra en la trayectoria de una inminente erupción. ¿Eso significa que la tribu del paradigma pre-científico estaba equivocada, que lo que suponían una verdad evidente, no lo era? La respuesta es: depende de cómo se quiera analizar. Si lo vemos desde la experiencia del mundo que se podía tener en aquella época, se trataba de una verdad incuestionable: si ellos estaban vivos y estaban conscientes de sí mismos, no había ninguna razón evidente para que no sucediera lo mismo con el resto del mundo que los rodeaba. Si lo vemos desde nuestra experiencia del mundo, no hay duda que se trata de un juicio erróneo. 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La tribu que entregaba ofrenadas y sacrificios al volcán estaba tan en lo cierto como lo estaba Newton al publicar su obra: Philosophiae naturalis principia mathematica de 1687, en la que se describe la ley de gravitación universal y se establecen las leyes de la mecánica clásica como absolutas y aplicables en todos los tiempos y cada rincón del cosmos. Estas verdades indiscutibles lo fueron hasta la aparición de Einstein y el descubrimiento de la relatividad. Desde la perspectiva de la física clásica las leyes descubiertas explicaban el funcionamiento básico del cosmos y eran la llave para desentrañar el resto de los secretos que aun no habíamos desvelado. Hasta que, a principios del siglo XX, una nueva generación de científicos articuló un nuevo relato que defendía el hecho de que bajo ciertas circunstancias las leyes de la física tradicional dejaban de operar y eran sustituidas por otras cuyo funcionamiento encarna un cierto grado de misterio al tender a la indeterminación y la incertidumbre, paradigma opuesto al de la física clásica que se apoyaba en la estabilidad y predictibilidad. ¿Qué es un paradigma? Un paradigma no es otra cosa que una serie de parámetros que permiten “reconocer” e interpretar la realidad inmediata percibida articulándola en una serie de relatos y narraciones que le den forma y cohesión. Es una estructura de ideas, costumbres, conductas que confirman la existencia en ese mundo percibido. Cada uno de ellos busca, lucha y se impone a los otros en una búsqueda frenética por tener razón, por ser un espejo incuestionable de la verdad, lo que hace más complejo un acuerdo con paradigmas distintos. Si existe alguna característica auténticamente humana, que pareciera estar presente en todos los tiempos y todas las culturas, es la necesidad de explicarnos el universo en que vivimos. Desde luego, esta explicación, como sucedía tanto con la tribu del volcán como con Newton, se concreta a partir de las herramientas, recursos y conocimientos con que se cuenta en cada tiempo y circunstancia. Einstein y Newton encabezaron diferentes paradigmas dentro de la ciencia, y tanto ellos, como la tribu animista del ejemplo del volcán, habitaron mundos regidos por leyes distintas, aun cuando se tratara del mismo planeta Tierra. En cada etapa del desarrollo humano se han fijado las conclusiones inferidas en una serie de relatos que, al articularse entre sí, conforman una estructura, un andamiaje narrativo que le otorga sentido y dirección al grupo que lo ha elaborado y asumido como verdadero. Hasta que, de pronto, algo ocurre. De una forma súbita e inesperada emerge un nuevo conocimiento o se descubre algo que siempre había estado ahí pero que les resultaba invisible para el relato existente. Como si viniera de la nada, como si de pronto se hubiese descubierto un nuevo mundo, se consolida una comprensión que renueva el universo hasta entonces conocido y que permea en todos los ámbitos –económico, político, social, ético, moral, científico, etc.– Esta innovadora forma de explicar la realidad no sólo es incompatible con el metarrelato hegemónico previo sino que lo hace colapsar, con lo cual la narrativa emergente se cristaliza como la nueva vanguardia que no tardará en asumirse como la verdad que constituye los cimientos de un nuevo metarrelato dominante. Pensemos, como ejemplo, en un diminuto invento que detonó una revolución social y transformó los paradigmas de convivencia de su tiempo: la píldora anticonceptiva. En julio de 1961, el laboratorio Searle, con la venia de la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA– Food and Drug Administration) inició la comercialización del Enovid 5 mg, la primera píldora diseñada propiamente con fines anticonceptivos. Desde luego que una transformación del calado de la que experimentó el mundo en la década de los sesenta del siglo XX no ocurre como consecuencia de un sólo cambio o estímulo. Pareciera que cada paradigma consigue su plenitud y una vez que sus narrativas se consolidan y es entonces que se precipita en una lenta pero constante decadencia, donde las corrientes internas cambian poco a poco de dirección asumiendo una nueva tendencia general, una especie de caldo de cultivo que favorece la formación de nuevas comprensiones que paulatinamente se manifiesta en todos lo ámbitos, dando lugar a una nueva comprensión general, un nuevo metarrelato que sustituye al anterior. Mientras la píldora anticonceptiva se utilizó como la punta de lanza para una liberación sexual en ciernes, se construye un célebre muro en Berlín, los Beatles aseguran que “all you need is love”, una crisis de misiles amenaza la continuidad de nuestra especie, Marilyn Monroe canta las mañanitas a Kennedy, es asesinado Martin Luther King por tener un sueño de igualdad, Juan XXIII convoca al Concilio Vaticano II, aparecen las minifaldas y el bikini, toma forma una nueva variedad de conflicto global: la guerra fría, surge la contracultura como contrapeso a las convenciones de la tradición, entra en funcionamiento ARPANET –abuelo de nuestro actual Internet–, tienen lugar las protestas de mayo del 68 en París, la primavera de Praga y revolución cultural en China, se realiza el primer transplante de corazón, estallan las protestas antibélicas contra la guerra de Vietnam, se consolida el movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, inicia la migración masiva del campo a las ciudades –lo que da lugar a nuevas formas de urbanismo– y se corona la  carrera espacial con la llegada del Apolo 11 a la Luna. Podríamos seguir por muchas páginas señalando los cambios que se dieron en todos los aspectos de lo humano durante esa década, y si bien es posible enumerarlos como si se tratara de eventos aislados, lo cierto es que si los observamos como hilos de un gran tapiz, podemos percibir un espíritu de conjunto que explica los potentes cambios paradigmáticos que tuvieron lugar en la década de los sesenta y se consolidaron en la siguiente. Luego de este periodo, el mundo jamás volvió a ser el mismo. Las verdades sólidas que dieron sentido y estructura a las décadas precedentes lucían de pronto caducas y anticuadas y parecían desmoronarse como castillos de arena. En apenas unos lustros la familia, la democracia, la política, el trabajo, las relaciones humanas, el ocio, la moda, y un larguísimo etcétera, comenzaron a conceptualizarse de manera diferente. Cuando un metarrelato se ha configurado se convierte en una manera general y totalizadora de entender el mundo, un pacto tácito que sus miembros –muchas veces de manera inconsciente– suscriben. Aún sin darnos cuenta, el entretejido de narrativas en que estamos inmersos moldea nuestra manera de relacionarnos, las normas morales que aceptamos como válidas, nuestra apariencia externa, el tipo de lugares a los que asistimos, el tipo de casa, coche y trabajo que deseamos tener y hasta la clase de persona de quien soñamos enamorarnos. Las metanarrativas funcionan como las grandes estructuras sobre las que ejercemos nuestra libertad: estructuran el pensamiento y limitan lo que consideramos posible y verdadero. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir Facebook:  Juan Carlos Aldir" ["post_title"]=> string(41) "Construcción paradigmática de la verdad" ["post_excerpt"]=> string(306) "El ser humano tiene la necesidad existencial de explicarse el universo en que vive. 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