La Navidad en casa de mis papas daba inicio, más o menos a principios de octubre.
Mi madre empezaba a preparar las tarjetas de felicitación que mi padre enviaba a todo el mundo, deseando una Feliz Navidad a sus numerosos amigos, a quienes mi madre tenía registrados en una lista al estilo de Papá Noel.
El ritual navideño comenzaba con mi madre sentada en la biblioteca, revisando las listas y escribiendo las direcciones en innumerables sobres, a los que pegaba cuidadosamente los timbres postales.
En las décadas de 1950 y 1960, el servicio postal se veía desbordado a finales de año porque las felicitaciones navideñas se multiplicaban por todo el mundo, así que era necesario planificar con antelación para que llegaran a tiempo.
Todas las noches, cuando mi padre volvía de su consultorio, le preguntaba a mi madre cómo le había ido con la preparación de las tarjetas navideñas.
– ¿Cómo va con las palomas mensajeras, Chaparrita?
– Ay mi Juli; cada vez es usted más popular y se me carga el trabajo de cartera.
– Por eso es que hay que comenzar temprano, para que no se le cargue.
Se sentaban a revisar las listas mientras mi madre le mostraba los montones de sobres ya preparados con sus sellos y toda la información necesaria.
Para mediados de noviembre, mi madre había terminado sus funciones de remitente postal, para asumir las de destinataria y decoradora desde la primera semana de diciembre.
A medida que las tarjetas empezaban a llegar, mi madre las colocaba en los estantes de la biblioteca para que mi padre pudiera disfrutar mirándolas cómodamente sentado en su sillón favorito, mientras escuchaba música y disfrutaba de su whisky.
Desde principios de diciembre, la casa se llenaba de la música de Bing Crosby, los Four Aces y Ray Conniff.
La biblioteca se comunicaba con la sala, mediante un cancel abatible de madera y cristales que al abrirse triplicaba el espacio de la coreografía navideña.
Al fondo de la sala, frente a la ventana que daba a la calle, mi madre ponía el árbol de Navidad, que íbamos a comprar con ella al Palacio de Hierro Durango cada primero de diciembre, sin falta.
Comprábamos figuras nuevas para el Nacimiento: pastores, corderos, vacas, burros, casitas, tiendas de beduinos, ángeles y todo lo que se nos ocurría.
Por mi parte, yo luego iba con Fidela, la cocinera, al Mercado Juárez, donde comprábamos figuras de barro típicamente mexicanas: pastores, guajolotes, pollos, canarios,gallos y gallinas, diablitos panzones, que colocábamos en una cueva en el Nacimiento; pozos de agua, casas de cartón e incluso peces y cocodrilos.
Nuestro Nacimiento, que colocábamos en la sala al pie del árbol de Navidad, era una combinación de figuras italianas y mexicanas donde convivían guajolotes más grandes que algunas casas con elefantes de la misma altura que los pastores y todo estaba profusamente iluminado con series de foquitos que mi madre probaba pacientemente antes de colocarlas en el árbol o en el Nacimiento.
Con el tiempo, nuestro Nacimiento fue creciendo hasta ocupar buena parte del fondo de la sala; con montañas, lagos, arroyos, en un paisaje mágico de musgo y heno que compramos por cajas en el mismo Mercado Juárez.
Durante esta temporada, a partir de mediados de octubre, el hermoso y frondoso tejocote que adornaba el jardín de nuestra casa del Country comenzaba a llenarse de frutos, con sus ramas adornadas con su inconfundible color.
Estos tejocotes se llevaban en costales al convento de las madres capuchinas en la Villa de Guadalupe, donde se convertían en jalea, ate, o se conservaban en almíbar, e incluso se horneaban panecitos.
A principios de diciembre, la biblioteca ya estaba adornada con cientos de tarjetas navideñas llegadas de los lugares más remotos.
Para la Nochebuena, ya no había espacio para las tarjetas, que mi padre disfrutaba muchísimo.
Entre la sala y la biblioteca, mi madre colgaba una campana que sonaba anunciando la llegada de Papá Noel, siempre mientras cenábamos.
Mis hermanas y yo corríamos a ver qué regalos habían llegado, mientras mi mamá, mi papá o ambos nos tomaban fotos viéndonos radiantes de alegría al abrir las sorpresas entre risas y una felicidad inolvidable.
En aquellos días maravillosos, mi mamá, en especial, nos hacía darnos cuenta de lo afortunados que éramos.
Nos contaba sobre las muchas personas en todo el mundo que no lo tenían tan fácil.
La Navidad no es una invención de marketing. La Navidad significa el advenimiento de Jesús, hijo de Dios Padre, quien se hizo uno de nosotros para salvarnos y abrirnos las puertas del Cielo.
Con la Navidad, los cristianos (católicos y de otras denominaciones) celebramos el nacimiento de Jesús, inseparable de su resurrección.
Como dice el apóstol San Pablo: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe”.
La Navidad no es un truco publicitario de Coca-Cola.
“Feliz Navidad” se ha querido sustituir por “Felices Fiestas” para no ofender a quienes tienen otras creencias.
Yo no he oído que en La Meca los musulmanes oculten su creencia en Alá y Mahoma, ni que permitan la construcción de templos cristianos o judíos; mucho menos he oido que disimulen su fe para no ofender a los judios o a los cristianos.
Tampoco he sabido que los judíos se abstengan de celebrar Janucá para no ofender a los antisemitas.
La Navidad es una celebración cuyo anfitrión es Jesús; Jesucristo, hijo de Dios. Es una celebración de católicos y protestantes, de ortodoxos, coptos y archimandritas, que compartimos la fe en Jesucristo, nuestro Salvador.
De manera que, me permito con alegría, desearles a todos, la más feliz Navidad.
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