El relato minimiza el desastre cotidiano

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19 de enero, 2023 desastre cotidiano

¿Qué tiene a México postrado, entrampado en la violencia y la precariedad? Los mexicanos hemos transitado de un sistema autoritario, patrimonialista (aquel donde el gobierno es dueño del patrimonio y hasta de la vida misma de las personas) y clientelar (empresas, empleos son concesiones del gobernante) a otro con el que se pretendía que el viejo régimen fuera sustituido por uno de derechos políticos (elecciones libres donde el voto cuenta), económicos (la competencia, la transparencia y el mérito determinan el futuro de las empresas) y sociales (construcción de una red universal de salud, educación, seguro de desempleo e invalidez y vejez) para cada persona. Todo se quedó en proyecto. Persisten los vicios de beneficiar a familiares y amigos con el gasto y los contratos públicos. El avance mayor fue la liberación política que permitió cambiar pacíficamente a las élites gobernantes. En salud apenas se dio un paso nimio con el seguro popular. Y paro de contar.

La transición fue fallida. La apuesta de cambio se limitó al acuerdo comercial de México con Estados Unidos y Canadá. Se creyó que a la larga sería suficiente para lograr un Estado de leyes y de derechos sociales. No sucedió en los más de 40 años de liberalización económica: se creyó ciegamente en que el mercado forjaría el Estado de derecho y traería justicia y bienestar. El Estado abdicó a su papel de regulador y forjador de instituciones. En ese periodo si acaso se erigieron pequeñas ínsulas de una economía moderna, vinculadas al comercio con nuestro vecino del norte. Pero los derechos fueron suspendidos. El arribo de nuevas industrias extranjeras apenas se reflejó en el bienestar de sus trabajadores, pero jamás benefició a las poblaciones donde se ubicaron. La destrucción del sistema autoritario y patrimonialista no fue acompañada por el desarrollo de derechos sociales ni servicios públicos.

El cambio de un modelo de desarrollo autárquico y autoritario a otro de libre comercio y flujo de capitales fue obligado por la bancarrota del Estado mexicano en los años ochenta. En ese contexto se retiraron subsidios y apoyos al campo y a las empresas. Miles de campesinos y rancheros, así como de empresarios quebraron. Su destino fue la migración, vincularse a las economías informal e ilícita o morir en el desamparo. Se apostó a que la apertura comercial por sí sola resolviera el problema económico, social y político que trajo la insolvencia del gobierno. Apenas se crearon algunos organismos autónomos, algunos inútiles y cooptados por intereses económicos. Se invirtió poco y mal en construir un sistema judicial y una policía competente. Al mismo tiempo que se desmanteló el añejo aparato policial y de justicia, el narcotráfico dio un salto gigantesco gracias a que México se convirtió en puente del tráfico de cocaína y de precursores químicos para producir drogas más letales. Fue una combinación catastrófica para la seguridad y la paz.

Entonces ¿dónde estamos? Ámbito económico: una parte del país se vincula con el sector exportador, el moderno de la economía. La otra mitad está en la informalidad, ligada a economías ilícitas: narcotráfico, extorsión, secuestro, cobro de piso, asesinatos… Pero entre un sector y otro hay una relación parasitaria y utilitaria: en el campo y la minería el sector informal suele proveer seguridad e incluso trabajadores al formal. Ámbito de seguridad y justicia: la liberación del sistema político desmanteló el orden autoritario, lo cual desarticuló al sistema policiaco que tenía un pie en la legalidad -pues dependía de un mando policial jerárquico- y otro pie en la ilegalidad: robaba, extorsionaba y se quedaba con los decomisos de drogas y botines de ladrones. Este doble papel permitía regular y mediar con los criminales. Su disgregación favoreció que las policías se vincularan al crimen organizado. Y lo peor, no se creó un sistema de justicia y policiaco que lo sustituyera. Resultado: crimen y violencia. Fue así como la única opción fue la militarización.

Ámbito de la informalidad y el narcotráfico: el desmantelamiento de las policías ocurrió en el momento que los cárteles mexicanos de la droga se internacionalizaron por efecto del comercio de cocaína y de las drogas sintéticas. Los bolsillos de los narcotraficantes se llenaron a tope. Su abundancia de dólares permitió enrolar a los policías que fueron defenestrados e incluso reclutar a militares (origen de los Z). Al mismo tiempo, los cárteles extendieron su dominio hacia el campo y la minería, el comercio, la construcción y otros sectores económicos, que fueron abandonados a su suerte para enfrentar la apertura comercial sin apoyo ni servicios públicos. Así, compraron ranchos, respaldaron a la economía campesina y enrolaron a desempleados. De este modo los cárteles pasaron de narcotraficantes a controlar regiones enteras, tanto por la vía de sus actividades económicas como por su incursión en la política mediante el financiamiento a candidatos y sus campañas. A partir de entonces, mantienen un pie en la economía y la política formal.

Ámbito del Estado y del gobierno: los gobiernos que han estado a cargo de la cosa pública han dado palos de ciego y renunciado a las obligaciones básicas del Estado moderno: la seguridad pública y la provisión de bienes y servicios públicos universales, tales como salud, educación, seguro de desempleo. Al tiempo, la nueva política migratoria de Estados Unidos ha limitado la salida a la crisis de desempleo y desamparo en el que se encuentran millones de mexicanos. La combinación de ambos factores más el florecimiento de las economías ilícitas ha fortalecido enormemente a los grupos criminales. El resultado es que los mexicanos vivimos en el reino de la contingencia. La suerte nos salva de morir en un enfrentamiento o un asalto. La misma suerte nos favorece si logramos un empleo formal o nos da la espalda si no logramos emprender, pues para ello se requieren conexiones y dinero.

Ante la dislocación del Estado, la narrativa ha permitido ocultar sus carencias y mantener el control político. El relato político sirve para que la gente soporte los desastres cotidianos. Los cambios, escribe Claudio Lomnitz en El tejido social rasgado, “requieren una narrativa que les otorgue una finalidad y que marque una dirección: la transición democrática y la modernización en un caso [fue el relato que dio cobijo a la fase neoliberal, que causó gran destrucción; este ciclo terminó con el inicio de la guerra a las drogas], y la “Cuarta Transformación” -con su obsesión con “la recuperación de la soberanía”-, en el otro”. Además, añade el antropólogo, la narrativa teleológica “sirve también para minimizar [el horror y el dolor de la vida diaria], los cuales parecen poca cosa frente a la grandiosidad de una serie de metas que se vislumbran en el horizonte”. El uso de la historia cumple un papel vital en el relato.

Como nada o muy poco se hace para enfrentar tan terribles males del presente, la acción pública se limita a ritos y conjuras del pasado. Es así como se celebra solemnemente, dice Lomnitz, la matanza del 2 de octubre de 1968, “que dejó menos muertos que hoy hay en México casi cualquier semana del año”. Asimismo, agrega, se firmó con “bombo y platillo la creación de la Comisión para el Acceso a la Verdad, el Esclarecimiento Histórico y el Impulso a la Justicia de las violaciones graves a los derechos humanos cometidos de 1965 a 1990”. Remata su reflexión así: “La teleología hoy en México tiene mucho de siniestro y mucho de mala fe. Los entusiastas del gobierno se llenan la boca con la Historia, con hache mayúscula, para minimizar los efectos desastrosos de sus políticas y presentarlos como un mal menor o como un efecto retardado del sistema anterior”. Así se dulcifica el desastre.

Cuando los males sociales y la ineficiencia e indiferencia del Estado se minimizan y consideran como contingencia o mala suerte, se responsabiliza a la persona de los problemas sociales, que trascienden al individuo. De esta manera se genera impotencia y condena a la inmovilidad: ¿qué se puede hacer contra la mala suerte? ¿Qué se puede hacer cuando llueve o soplan los vientos fríos del norte? Así, el Estado abdica a enfrentar los cambios sistémicos que provocan sus decisiones y afectan el funcionamiento de la sociedad. Lomnitz apunta: “Nuestros gobiernos han estado implementando cambios importantes en el funcionamiento mismo del Estado sin tener en sus manos los hilos para impedir que hubiera resultados catastróficos y sin que hubiera siempre instrumentos para mitigar esos resultados catastróficos. La teleología sirve para distraernos de eso”. ¿Despertaremos algún día?

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pasado glorioso y que el futuro nos depara otra época dorada, como en aquellos tiempos, nos adormece e impide reconocer cuando nos acercamos al abismo? Por supuesto que no. Afirmarlo ignora cómo funciona nuestro cerebro. La neurociencia ha descubierto que uno de los hemisferios de nuestro cerebro tiene la función de captar el mundo físico. Millones de señales de lo que nos rodea se registran cada instante en esa parte de nuestra cabeza. La información que percibe carece de orden y sentido. El otro hemisferio recibe la información y trata de darle coherencia y dirección mediante la elaboración de una historia. A esa parte se le conoce como el cerebro narrador. De esta manera, al ordenar la información recibida, se da un sentido a nuestro proceder y, aún más importante, a nuestra vida. Es la forma en que las personas logramos sobrevivir al caos de la vida. Por ello los historias-relatos son tan significativos. Su relevancia es mayor en épocas en las que nuestras viejas certezas se desvanecen al dejar de explicar a nuestro mundo, como sucede en nuestros días. Los cambios sistémicos, aquellos que trastocan nuestra vida cotidiana y, por tanto a nuestras creencias, son multicausales. Y una de sus características es que destruyen a las viejas formas de reproducción social. En México, por ejemplo, la insolvencia del gobierno de los años ochenta indujo a una serie de reformas en la economía, política, policía, la justicia y el narcotráfico. Y el Estado abandonó su responsabilidad pública. El resultado es un maremágnum. Al colapsar ese antiguo orden nos embargan el desconcierto y la angustia. Tiene una explicación: miles de personas perdieron su forma de vida y van a la deriva. La misma neurociencia nos dice que esos sentimientos activan los resortes de supervivencia: temor y huida frente a un enemigo. En ese estado de ánimo, en el desamparo y sin brújula, una nueva fábula sostiene que el pasado fue mejor y nos promete un futuro luminoso. Nos enganchamos. Por cierto, no se trata de que seamos tontos ni necios. Buscamos un asidero y nuestro cerebro le da sentido al relato que nos da esperanza. La condición humana es incomprensible “sin la narración de historias”, explica Will Storr, en La ciencia de contar historias, un libro por demás sugerente y respaldado por los nuevos descubrimientos de la neurociencia. En efecto, como sostiene el autor, las personas somos narraciones. Es lo que nos hace humanos. El propósito de las fábulas es tener una visión compartida del mundo que nos rodea para lograr la cooperación y la gobernanza. Michael Foucault cuando teorizó sobre la biopolítica soslayó que el hombre requiere del relato para que las personas unan esfuerzos en la consecución de fines comunes, cuyo propósito es la supervivencia. Para Foucault, el desarrollo y el triunfo del capitalismo no habrían sido posibles sin el control disciplinario llevado a cabo por el bio-poder que ha creado mediante una serie de tecnologías adecuadas para hacer a los «cuerpos dóciles» y así regir. Giorgio Agamben en Homo Sacer precisa que la biopolítica es más antigua y nace con el desarrollo del individuo y el Estado moderno. La biopolítica, muestra este filósofo italiano contemporáneo, es el punto de encuentro entre la historia personal del hombre, su ser biológico con la política, su ser social, es decir la relación con los otros hombres. Se trata de la cooperación, del arte de acordar, negociar, comerciar, convivir, aceptar las diferencias. Para hacer posible todo esto, las creencias comunes son el instrumento que hacen posible la convivencia y la cooperación. Y justamente esa es la función del relato. En El fuego y el relato, Agamben sugiere que la literatura, el relato, es el puente que vincula y fusiona a las personas con la política y entrelaza la convivencia pública con el gobierno. El origen del relato es la religión, aunque ahora secularizado ya nadie lo identifica ni tiene idea de su evolución hasta llegar a ser lo que es hoy en día: un lugar común. Esas creencias fundacionales son las que forjaron las cosmogonías que nos gobiernan, la moral, las costumbres, las leyes e instituciones modernas. No parece que se esté ante poderes superiores que nos manipulan. El relato es nuestro norte. Por eso es tan relevante. Y en tiempos de alto estrés provocados por cambios disruptivos que desajustan nuestras vidas, como la pérdida de estatus, de empleo, del negocio, por la injusticia, la desigualdad, la inseguridad (física, patrimonial y psicológica), el relato cobra una relevancia crucial. Así que quien logra fabular una buena historia, acorde con nuestras creencias, hace las veces de un encantador. Este es el caso de México, de Estados Unidos y de tantos otros países. Ahora sabemos que el cerebro simplifica los millones de bits de información que procesamos por segundo y esa información sin coherencia la convierte en una narrativa que le da sentido y la sensación de que tenemos el control de las cosas. Para lograr este proceso el cerebro narrador establece un sistema causal: de causa y efecto. Y eso es lo que saben hacer bien los líderes populistas. Estos liderazgos entienden que sufrimos porque perdimos el Paraíso que fue el país en el pasado y nos venden un futuro de retorno al Edén. No obstante, los liderazgos populistas tienen una gran carencia: solamente logran aglutinar los miedos, las fobias, las angustias sin darles cauce. Sus gobiernos se niegan a convertir al Estado en garante de último recurso de nuestra seguridad física, patrimonial y económica. En lugar de sentar las bases para forjar un Estado social y de derechos dejan a las personas a su suerte, achacando sus desgracias a su mala suerte, a fuerzas sobrenaturales o a la confabulación de hombres malvados que quieren desestabilizar a sus gobiernos. Por desgracia el círculo se retroalimenta: la zozobra y la angustia existencial no ceden, pero fortalecen el relato populista. La precariedad, es decir, la enorme desigualdad social, es el alimento del relato populista: la inseguridad física (hoy vivimos, mañana una bala o un accidente nos siega la vida) y patrimonial (mañana un ladrón nos despoja de nuestros bienes o salario); la inestabilidad laboral y de ingresos (hoy tenemos empleo y comemos, quizá mañana no); la falta de un sistema universal de salud nos condena a la ruina porque debemos solventar una enfermedad penosa… El Estado nos abandonó. Es la gran renuncia a la política. El desafío que plantea el relato populista es enorme. Y los riesgos que plantea a la gobernanza y el futuro son igualmente desafiantes. La resistencia es importante, pero insuficiente. Se requiere un antídoto. Y ese antídoto solamente es otro relato. Un relato que a partir de las penurias, angustias y carencias de los mexicanos ofrezca empatía y una ruta para hacer que la política sea el medio para asegurar el bienestar. 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Un lunes por la mañana, al llegar a los tribunales pude ver una gran conmoción de reporteros gráficos, camarógrafos, locutores, entrevistadores y curiosos que se arremolinaban en torno de un individuo disfrazado de Superman. Para poder ingresar a los juzgados, tuve que acercarme al nutrido grupo donde pude percatarme de que el Superman que vociferaba ante la prensa española y europea era nada menos que el magnate y abogado José María Ruiz Mateos, accionista mayoritario de grupo RUMASA, que era un conglomerado corporativo de los más importantes de Europa. Ruiz Mateos se encontraba litigando en defensa de sus empresas, contra el gobierno encabezado por Felipe González, que por todos los medios quería despojar al empresario andaluz de todos sus negocios. Cuando estuve a pocos metros de Ruiz Mateos, pude escucharlo respondiendo las preguntas de los reporteros:
  • Don José María, esta vez viene usted caracterizado de Superman; el viernes pasado vino de indio tabajara, y hace dos semanas estaba  ataviado de centurión romano.
  • ¿no le preocupa el apercibimiento que le ha hecho el tribunal prohibiéndole disfrazarse de esa forma?
  • ¡Qué va! Lo que sucede es que al magistrado a cargo de robarme, le incomoda verse reflejado en mi vestimenta como lo que él es; un payaso mercenario al servicio del ejecutivo capitaneado por los pseudo socialistas de Gonzalez y Boyer.
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El público presente y los reporteros que participaban de la conferencia improvisada, aplaudían las respuestas del abogado y empresario y coreaban su aprobación por lo que decía.
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Ante esta respuesta, todo el público rompió en una carcajada irreprimible, dándole la razón.
  • Para que no haya dudas os digo: yo estoy obligado a vestir, cubriendo mis vergüenzas para no faltar a la moral; mientras yo cubra mis partes pudendas, tengo derecho de venir ataviado como mejor me venga en gana. ¡Faltaría más!
  • Y como estos no son tribunales sino un circo y no hay jueces sino bufones, pues yo me visto a tono con la farsa y se lo tienen que aguantar.
Han pasado casi treinta años desde entonces Y A JUZGAR POR LA DESCOMPOSICIÓN QUE SUFREN EN MÉXICO LAS INSTITUCIONES DONDE LA LEY ES COSA DE CUENTO, llevamos semanas inmersos en una comedia de enredos en la que a raíz del plagio de una tesis de licenciatura, la plagiaria en vez de reconocer su falta, se la quiso achacar al plagiado, con tal de asirse con uñas y dientes a su puesto como ministra de la Suprema Corte. Para encubrir a Yasmín Esquivel Mossa, la Fiscal de la CDMX, Ernestina Godoy,  pretendió hacer un doble play, (para hablar en el vocabulario beisbolero de moda); ¡admitió la denuncia por plagio presentada por la plagiaria en contra del plagiado! Pero no conforme y a pesar de no ser materia de su competencia, exoneró a Yasmín Esquivel a pesar de que a los denunciantes no son los que se exonera o consigna, sino a los presuntos responsables. El enredo montado por la ministra mencionada,  con tal de aferrarse a su hueso, recuerda a la comedia radiofónica de la  TREMENDA CORTE, con la diferencia de que, en este grotesco espectáculo ningún protagonista tiene la gracia del inolvidable TRES PATINES de aquella parodia  cubana. La permanencia de una ministra en entredicho, no solo moral sino jurídicamente, tendría como resultado que todas las resoluciones de la Suprema Corte sean impugnables ya sea en organismos internacionales o incluso ante los tribunales de otros países cuyos ciudadanos sufran violaciones a sus derechos humanos en México. Este lastre es gravísimo porque inhabilita a la Suprema Corte de Justicia, haciendo imposible que cumpla con su función constitucional. En este circo grotesco, la fiscal general de justicia de la CDMX, Ernestina Godoy Ramos, ha debutado como malabarista y acróbata; #esClaudia ha intervenido como maestra de ceremonias; el rector de la UNAM se limitó a declarar que la tesis presentada por Yasmín Esquivel Mossa para titularse como abogada, ES PLAGIADA, PERO no mencionó que la UNAM debe darle intervención a la Dirección General de Profesiones de la SEP, que de acuerdo al artículo 29, 62 y 67 de la Ley de Profesiones, debe cancelarle la cédula profesional a la plagiaria. La Dirección de Profesiones tiene la obligación de citar a la todavía ministra Esquivel Mossa, para que pueda manifestar lo que a su derecho convenga, y una vez agotado el breve procedimiento, cancelar su cédula profesional. Desde que Yasmín Esquivel comenzó a ostentarse como abogada usando la cédula adquirida ilegalmente, ha venido cometiendo el delito de usurpación de profesión y de funciones, previsto en el artículo 250 del Código Penal Federal. No estamos en presencia de “un pecadillo de juventud” cuyas consecuencias hubieran cesado hace muchos años; a partir de ese plagio de tesis, se emitió un título de licenciatura viciado, que a su vez vicia de nulidad TODAS LAS RESOLUCIONES DICTADAS POR YASMÍN ESQUIVEL a lo largo de toda su carrera como juzgadora. No se trata de un circo cualquiera; se  trata de un circo macabro y perverso, promovido para desmantelar nuestro sistema de justicia constitucional. Esquivel llegó al extremo de mantener su candidatura para presidir la Corte y el Consejo de la Judicatura, e incluso emitió su voto, debiendo haberse abstenido. A partir de este último episodio circense, la Suprema Corte YA NO DEBE TENER DOS SALAS, SINO MÁS BIEN TRES PISTAS, como los circos de carpa grande. El entredicho que pesa sobre  Yasmín Esquivel Mossa, ha contagiado a nuestro máximo tribunal que corre el riesgo de dejar de ser CORTE para convertirse en COHORTE. ¿Qué diferencia hay ahora entre nuestro máximo tribunal y la TREMENDA CORTE DE TRES PATINES? No es poca la diferencia, por desgracia; la TREMENDA CORTE era  la representación cómica  de los avatares de un humilde tribunal de barandilla, en tanto la lucha de ambiciones personales que hoy asedia a nuestro máximo tribunal, amenaza con privar a los mexicanos DEL MÁS IMPORTANTE DE LOS TRES PODERES; EL PODER DEL QUE DEPENDE QUE VIVAMOS EN PAZ Y CON JUSTICIA. NO ES LO MISMO CORTE QUE COHORTE (*). Si los otros diez ministros, y todos los  juzgadores federales permiten con su silencio que se consume la usurpación de profesión y de funciones INICIADA CON LA PROPUESTA MINISTERIAL DE LÓPEZ OBRADOR en beneficio de su favorita, TENDRÁN QUE COMPLETAR SU INDUMENTARIA CON SUS RESPECTIVOS ANTIFACES DE BANDIDOS, COMO LOS QUE PORTAN LOS MINISTROS RETRATADOS EN LOS FRESCOS DE JOSÉ CLEMENTE OROZCO EN LOS MUROS DE NUESTRO MÁXIMO TRIBUNAL. …. (*) CORTE jurídicamente hablando, es el más alto tribunal de la república; COHORTE es un grupo de bandidos y malhechores." ["post_title"]=> string(76) "La tremenda Corte de Tres Patines, y la tragedia de nuestro Máximo Tribunal" ["post_excerpt"]=> string(187) "Llevamos semanas inmersos en una comedia de enredos en la que, a raíz del plagio de una tesis de licenciatura, la plagiaria en vez de reconocer su falta, se la quiso achacar al plagiado." 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Por supuesto que no. Afirmarlo ignora cómo funciona nuestro cerebro. La neurociencia ha descubierto que uno de los hemisferios de nuestro cerebro tiene la función de captar el mundo físico. Millones de señales de lo que nos rodea se registran cada instante en esa parte de nuestra cabeza. La información que percibe carece de orden y sentido. El otro hemisferio recibe la información y trata de darle coherencia y dirección mediante la elaboración de una historia. A esa parte se le conoce como el cerebro narrador. De esta manera, al ordenar la información recibida, se da un sentido a nuestro proceder y, aún más importante, a nuestra vida. Es la forma en que las personas logramos sobrevivir al caos de la vida. Por ello los historias-relatos son tan significativos. Su relevancia es mayor en épocas en las que nuestras viejas certezas se desvanecen al dejar de explicar a nuestro mundo, como sucede en nuestros días. Los cambios sistémicos, aquellos que trastocan nuestra vida cotidiana y, por tanto a nuestras creencias, son multicausales. Y una de sus características es que destruyen a las viejas formas de reproducción social. En México, por ejemplo, la insolvencia del gobierno de los años ochenta indujo a una serie de reformas en la economía, política, policía, la justicia y el narcotráfico. Y el Estado abandonó su responsabilidad pública. El resultado es un maremágnum. Al colapsar ese antiguo orden nos embargan el desconcierto y la angustia. Tiene una explicación: miles de personas perdieron su forma de vida y van a la deriva. La misma neurociencia nos dice que esos sentimientos activan los resortes de supervivencia: temor y huida frente a un enemigo. En ese estado de ánimo, en el desamparo y sin brújula, una nueva fábula sostiene que el pasado fue mejor y nos promete un futuro luminoso. Nos enganchamos. Por cierto, no se trata de que seamos tontos ni necios. Buscamos un asidero y nuestro cerebro le da sentido al relato que nos da esperanza. La condición humana es incomprensible “sin la narración de historias”, explica Will Storr, en La ciencia de contar historias, un libro por demás sugerente y respaldado por los nuevos descubrimientos de la neurociencia. En efecto, como sostiene el autor, las personas somos narraciones. Es lo que nos hace humanos. El propósito de las fábulas es tener una visión compartida del mundo que nos rodea para lograr la cooperación y la gobernanza. Michael Foucault cuando teorizó sobre la biopolítica soslayó que el hombre requiere del relato para que las personas unan esfuerzos en la consecución de fines comunes, cuyo propósito es la supervivencia. Para Foucault, el desarrollo y el triunfo del capitalismo no habrían sido posibles sin el control disciplinario llevado a cabo por el bio-poder que ha creado mediante una serie de tecnologías adecuadas para hacer a los «cuerpos dóciles» y así regir. Giorgio Agamben en Homo Sacer precisa que la biopolítica es más antigua y nace con el desarrollo del individuo y el Estado moderno. La biopolítica, muestra este filósofo italiano contemporáneo, es el punto de encuentro entre la historia personal del hombre, su ser biológico con la política, su ser social, es decir la relación con los otros hombres. Se trata de la cooperación, del arte de acordar, negociar, comerciar, convivir, aceptar las diferencias. Para hacer posible todo esto, las creencias comunes son el instrumento que hacen posible la convivencia y la cooperación. Y justamente esa es la función del relato. En El fuego y el relato, Agamben sugiere que la literatura, el relato, es el puente que vincula y fusiona a las personas con la política y entrelaza la convivencia pública con el gobierno. El origen del relato es la religión, aunque ahora secularizado ya nadie lo identifica ni tiene idea de su evolución hasta llegar a ser lo que es hoy en día: un lugar común. Esas creencias fundacionales son las que forjaron las cosmogonías que nos gobiernan, la moral, las costumbres, las leyes e instituciones modernas. No parece que se esté ante poderes superiores que nos manipulan. El relato es nuestro norte. Por eso es tan relevante. Y en tiempos de alto estrés provocados por cambios disruptivos que desajustan nuestras vidas, como la pérdida de estatus, de empleo, del negocio, por la injusticia, la desigualdad, la inseguridad (física, patrimonial y psicológica), el relato cobra una relevancia crucial. Así que quien logra fabular una buena historia, acorde con nuestras creencias, hace las veces de un encantador. Este es el caso de México, de Estados Unidos y de tantos otros países. Ahora sabemos que el cerebro simplifica los millones de bits de información que procesamos por segundo y esa información sin coherencia la convierte en una narrativa que le da sentido y la sensación de que tenemos el control de las cosas. Para lograr este proceso el cerebro narrador establece un sistema causal: de causa y efecto. Y eso es lo que saben hacer bien los líderes populistas. Estos liderazgos entienden que sufrimos porque perdimos el Paraíso que fue el país en el pasado y nos venden un futuro de retorno al Edén. No obstante, los liderazgos populistas tienen una gran carencia: solamente logran aglutinar los miedos, las fobias, las angustias sin darles cauce. Sus gobiernos se niegan a convertir al Estado en garante de último recurso de nuestra seguridad física, patrimonial y económica. En lugar de sentar las bases para forjar un Estado social y de derechos dejan a las personas a su suerte, achacando sus desgracias a su mala suerte, a fuerzas sobrenaturales o a la confabulación de hombres malvados que quieren desestabilizar a sus gobiernos. Por desgracia el círculo se retroalimenta: la zozobra y la angustia existencial no ceden, pero fortalecen el relato populista. La precariedad, es decir, la enorme desigualdad social, es el alimento del relato populista: la inseguridad física (hoy vivimos, mañana una bala o un accidente nos siega la vida) y patrimonial (mañana un ladrón nos despoja de nuestros bienes o salario); la inestabilidad laboral y de ingresos (hoy tenemos empleo y comemos, quizá mañana no); la falta de un sistema universal de salud nos condena a la ruina porque debemos solventar una enfermedad penosa… El Estado nos abandonó. Es la gran renuncia a la política. El desafío que plantea el relato populista es enorme. Y los riesgos que plantea a la gobernanza y el futuro son igualmente desafiantes. La resistencia es importante, pero insuficiente. Se requiere un antídoto. Y ese antídoto solamente es otro relato. Un relato que a partir de las penurias, angustias y carencias de los mexicanos ofrezca empatía y una ruta para hacer que la política sea el medio para asegurar el bienestar. 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populistas

El desafío del relato populista

Los liderazgos populistas tienen una gran carencia: solamente logran aglutinar los miedos, las fobias, las angustias sin darles cauce.

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José María Ruiz Mateos

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