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‘El agente secreto’, memoria del pasado y presente brasileño

“Nunca he hecho una película ambientada, por ejemplo, en 1900 porque no es lo que he vivido. En 1977 tenía nueve años y recuerdo algo”, ha declarado Kleber Mendonça Filho a propósito de su última obra, El agente secreto. El...

13 de marzo, 2026 ‘El agente secreto’, memoria del pasado y presente brasileño

“Nunca he hecho una película ambientada, por ejemplo, en 1900 porque no es lo que he vivido. En 1977 tenía nueve años y recuerdo algo”, ha declarado Kleber Mendonça Filho a propósito de su última obra, El agente secreto. El filme comienza de manera significativa con fotografías fijas documentales, sugiriendo desde el principio su vocación de memoria histórica. A continuación, un texto indica que estamos en el Brasil de la dictadura militar, durante el carnaval de 1977, como indicaba su director.

Retrato del cineasta Kleber Mendonça Filho en el rodaje de _El agente secreto_.
Retrato del cineasta Kleber Mendonça Filho en el rodaje de El agente secretoFestival de cine de Cannes

El agente secreto se presentó en el Festival de Cannes, donde consiguió premios importantes, y es candidata a los Óscar de 2026 en cuatro categorías, incluyendo mejor película internacional y mejor película. No parece casualidad que se haya estrenado menos de un año después que Aún estoy aquí, un sobrio docudrama premiado en los Óscar de 2025 como mejor película internacional. En él, su director, Walter Salles, reconstruía la detención, tortura y asesinato en 1971 del arquitecto Rubens Paiva, opositor a la dictadura brasileña.

“Creo que hay algo en el aire. Los últimos diez o doce años en Brasil han sido traumáticos en cierto modo y, probablemente, han revelado heridas que no han sanado completamente porque a mí país no se le da bien mirar al pasado”, afirma Mendonça Filho. “En Brasil, cuando la extrema derecha comenzó a surgir hace diez años pensé que era realmente extraño y raro que estuvieran trayendo de vuelta cosas que se guardaban en un museo: palabras, actitudes, misoginia, homofobia, racismo interno”.

Contra la desmemoria

El director se refiere al gobierno de Jair Bolsonaro, presidente de Brasil desde 2019 a 2023, cuyo mandato conllevó amplios recortes presupuestarios para el sector público, en particular para la educación. De acuerdo con el tema que nos ocupa, también desmanteló los programa estatales de memoria y verdad sobre la represión de la dictadura militar brasileña.

En este sentido, ambas películas pueden verse como una respuesta artística a esas políticas de extrema derecha. Aún estoy aquí optó por un naturalismo dramático de tratamiento más clásico, al estar basada en un libro de Marcelo Rubens Paiva, hijo de la víctima protagonista. Por contraste, Mendonça Filho apuesta en El agente secreto por abordar la memoria histórica brasileña desde la ficción, con un audaz planteamiento de múltiples tonos y texturas que termina desbordando etiquetas y géneros.

El agente secreto es un thriller político dramático, pero también un artefacto politonal que navega con ritmo lento y sinuoso por la sátira social, la comedia negra, lo grotesco e incluso lo “fantástico” en cierto sentido. Así, en una escena chocante se literaliza la leyenda urbana de la “pierna peluda”, un eufemismo utilizado en la prensa de entonces para eludir la censura al referirse a la violencia policial sobre transeúntes nocturnos en zonas de cruising.

La película se erige así en un ambicioso retrato de costumbres de la época que aspira a reconstruir la memoria colectiva de Brasil desde un cine sensorial, que representa la naturalización de la corrupción y la violencia cotidiana pero también sus particularidades culturales. Lo primero se detecta en la larga escena inicial de la gasolinera, en donde la tensión viene dada por la presencia constante de un cadáver a cielo abierto. También se ve en el elevado (y aparentemente rutinario) recuento en la prensa de los muertos del carnaval. “Por un Brasil mejor, con menos violencia”, dice uno de los personajes cuando brindan en una escena posterior. La película incluye también un homenaje al cine, las salas y los proyeccionistas de aquellos años, con especial alusión a Tiburón (1975), una película que obsesionó realmente a Mendonça Filho siendo un niño.

Detrás de ese rico resultado está la decisión estética inicial del cineasta de no realizar una película “sobre la dictadura”, sino de ampliar el foco para representar la atmósfera del Brasil de los setenta e incorporar recuerdos emocionales de su propia infancia.

Memoria colectiva y personal

El director ha explicado que la investigación con material de archivo de su anterior película, el documental ensayístico Retratos fantasmas, le preparó para El agente secreto.

Cartel de _Lucio Flavio o passageiro da agonia_.
Cartel de Lucio Flavio o passageiro da agoniaFilmAffinity

Su primera intención era realizar un thriller al estilo de los años setenta, tomando como referentes el cine del Nuevo Hollywood y películas brasileñas de malandros como Lucio Flavio: el pasajero de la agonía, de Héctor Babenco. Pero el intenso trabajo documental que realizó sobre las viejas salas cines de su ciudad natal, Recife, para aquel documental le llevó a un territorio artístico más amplio que conectó con sus recuerdos de niñez.

El cineasta también retoma sus preocupaciones previas sobre violencia social, como ya ocurría en sus películas Doña Clara y Bacurau (codirigida esta última con Juliano Dornelles). El guion de El agente secreto, escrito por Mendonça Filho a lo largo de tres años, se le fue revelando: sus amigos leyeron los borradores y enseguida le indicaron que su historia sobre la dictadura brasileña en 1977 resonaba claramente con el Brasil de Bolsonaro.

Por ejemplo, el acoso a la educación superior pública es encarnado en la película por un empresario corrupto conectado con el régimen militar. El personaje visita la universidad del protagonista con el objetivo de someterla a recortes y despidos y así privatizar sus investigaciones en favor de su propia empresa. También se retrata el enfrentamiento clasista y racista que genera la desigualdad estructural entre el sur, más desarrollado y rico, y el norte de Brasil, una fractura social que aparece en varias escenas.

La lógica del pasado también dialoga con el Brasil contemporáneo de otras formas. El personaje de Doña Sebastiana (Tânia Maria), la anciana que acoge a refugiados y disidentes perseguidos por el régimen militar, está inspirada en algo que Mendonça Filho detectó durante la época de Bolsonaro. Ese algo estaba en el malestar popular, en las conversaciones cotidianas y en el hecho de que la gente, especialmente en Recife, buscó unirse de nuevo para ayudar a los demás.

Las noticias falsas de corrupción que publica la prensa sobre Armando, el protagonista (Wagner Moura), parecen entroncar con el amplio uso de las fake news que hace hoy la extrema derecha. Y los programas recientes de memoria histórica aparecen encarnados en dos jóvenes investigadoras del presente, incluyendo las dificultades que afrontan en su trabajo.

“No voy a hablar de esto contigo”, dice el hijo de Armando tras admitir que apenas recuerda lo sucedido con su padre cuando huía de la represión de la dictadura brasileña. A diferencia de otros países donde se han enjuiciado crímenes de dictaduras previas y se ha afrontado la memoria sobre ellos, esa es, para Mendonça Filho, una descripción precisa de la relación que muchos de sus compatriotas siguen teniendo con un pasado “demasiado desagradable”.

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