En política las lealtades pesan mucho más que la ideología o el bien común. La búsqueda de puestos públicos, en muy pocos casos es motivada por una vocación de servicio genuina. Más bien se buscan para satisfacer los intereses personales y obtener posiciones de privilegio y así acumular más poder.
Continuando con el interés en comprar la democracia clásica con la actual, en esta ocasión analizaremos la división de poderes.
En las antiguas polis comenzó a utilizarse el procedimiento de dividir la autoridad en varias áreas, y así nadie podía tener el poder completo. El ciudadano tenía a su cargo una labor específica. Aunque por el sistema utilizado, podría estar en el futuro en el área opuesta, nunca estaba en las dos responsabilidades al mismo tiempo.
Este concepto se utiliza hoy en día en la gran mayoría de las democracias Occidentales. Es un principio, que bien empleado, garantiza el equilibrio de poderes y genera certeza y estabilidad para la nación. En nuestro país no hemos conseguido salir de un sistema de simulación y prebendas, donde los poderes se dividen en el papel, pero en la práctica se supeditan tanto a la decisión presidencial como al equilibrio de fuerzas hegemónicas.
También es interesante saber que, en las polis, la burocracia, los puestos operativos y administrativos, eran ocupados por esclavos. Es decir, que todas las labores burocráticas, consideradas monótonas y sistemáticas eran realizadas por no-ciudadanos.
En cambio, los ciudadanos únicamente participaban en las etapas de decisión. El habitante común desempeñaba su labor comunitaria dentro de los asuntos públicos como una especie de servicio social; pero no era un privilegio del que pudiera subsistir y mucho menos enriquecerse.
Hoy, en cambio, la ascensión a puestos públicos, en muy pocos casos es motivada por la vocación de servicio a la comunidad y se ejecuta como una carrera que busca satisfacer los intereses personales y obtener posiciones de privilegio y así acumular más poder. Este no es un juicio simplón, ni una condena moral sino un hecho objetivo. Son demasiado pocos los que de forma desinteresada buscan un cargo público.
De hecho, el sistema está diseñado para que quienes piensan así no avancen. Los altos jerarcas, que permiten los ascensos a los nuevos aspirantes, no están interesados en promover a alguien que, en determinado momento, no les va a prestar un servicio o no les guardará cierta lealtad. En política las lealtades pesan mucho más que la ideología o el bien común. En cierta forma es natural, pues el ser humano siempre busca su seguridad y la ambición es una característica que ha favorecido grandes avances y descubrimientos, pero también ha sido un gran freno para las ideas renovadoras y bien intencionadas.
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