Después de una larga pausa generada por el periodo vacacional y porque ser madre de tiempo completo cancela las vacaciones en automático, ya que toca “apapachar” a la chiquillada mientras están en casa, ¡Aquí estamos de regreso! Y es que los días feriados, los fines de semana, las vacaciones y las celebraciones no aplican al rol materno sino a todos los demás, excepto, las madres y por ello es que, la mercadotecnia hace su “agosto” en una fecha tan memorable como lo es el 10 de mayo, pero de eso hablaremos en otra entrega.
Lo que vengo a contarles es del viacrucis y no el de Semana Santa, que sufrimos los capitalinos por las obras que se realizan en tiempo real mientras usted y yo subimos y bajamos escaleras, caminamos por los andenes y pasillos, ascendemos y descendemos de los vagones del metro a lo largo y ancho de la línea dos del sistema de transporte colectivo.
Digamos que un día cualquiera y sin saber, usted decide trasladarse en metro por esa emblemática línea color azul que cruza la ciudad por el centro histórico para luego seguir por Tlalpan hasta llegar a Taxqueña, pues si puede evitarlo ¡Hágalo! La falta de señalética que informe a los usuarios de los riesgos, cambios y adecuaciones que se están realizando, brilla por su ausencia. El polvo por doquier, el olor a humedad y materiales, el ruido por los cinceles, taladros y demás. Personal de obras con chalecos y cascos, herramientas, luces a media potencia, cintas amarillas y zonas cerradas son parte del nuevo panorama subterráneo. Todo, en aras de “embellecer” a uno de los principales transportes públicos y turísticos que serán parte del traslado de los miles de turistas que nos visitarán por motivo de la realización de la Copa Mundial de Futbol, aunque claro, quizá a usted no le toque sufrir tantas desavenencias si resulta el afortunado ganador de la generosidad de su jefe, para laborar en modalidad home office para evitar las aglomeraciones.
¡Qué bueno que vayamos a disfrutar de un remodelado sistema de transporte colectivo! Solo que, ojalá los ciudadanos, o sea “el pueblo bueno” fuéramos también acreedores de un poco de consideración por parte de las autoridades y nos informaran, guiaran y acompañaran con mayor empatía y cuidados en dicha transición que resulta incómoda para personas con muletas, sillas de ruedas, discapacidad visual y auditiva (por la falta de señalización) y que, el riesgo fuera menor, pues en casa del jabonero, el que no cae, resbala y en un piso tan irregular sin adoquines y material suelto por todas partes, todo puede suceder. ¡Nos leemos a la próxima!
¡Vengan por mí, cobardes!
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