AMLO y Angélica Rivera: el contraste

«We come nearest to the great when we are great in humility.» Rabindranath Tagore, Premio Nobel de Literatura. «We come nearest to the great when we are great in humility.» Rabindranath Tagore, Premio Nobel de Literatura. No...

8 de agosto, 2018 angelica-rivera-lavenue

«We come nearest to the great when we are great in humility.» Rabindranath Tagore, Premio Nobel de Literatura.

«We come nearest to the great when we are great in humility.» Rabindranath Tagore, Premio Nobel de Literatura.

No es que uno sea AMLOver –nunca lo he sido–, pero los contrastes entre la austeridad del presidente electo y el boato de la todavía familia presidencial son abismales.

Hace unos días, López Obrador viajó a Ciudad Juárez y lo hizo como cualquiera de nosotros: en un avión comercial, pasando por los filtros de seguridad, cargando su propia valija, formándose y presentando su identificación oficial al abordar. Así lo vimos en el video que publicó El Heraldo de México: AMLO sin asistentes, sin nadie que le dijera lo maravilloso que es y lo exitoso que será su gobierno, ni nadie que le cargara las maletas o estuviera solícito ante el menor movimiento con un «sí, señor»; sin elementos del Estado Mayor, sin un equipo que lo atendiera como si se tratara de Enrique VIII. AMLO iba solo y jalaba su maleta sin la ayuda de nadie. Y esto a la gente le gustó. Pilotos, azafatas, trabajadores del aeropuerto, viajeros, niños, ancianos, jóvenes, todos querían estar cerca de Andrés Manuel para sacarse una selfie, para felicitarlo y para desearle lo mejor. ¿Usted cree que alguno de los últimos presidentes podría hacer lo mismo o hubiera hecho lo mismo mientras era presidente?

Y aquí el contraste…

En estos días, Angélica Rivera y sus hijas fueron captadas en un café cerca de la avenida Champs-Élysées, en París. Quienes han viajado, saben que esta zona de París, el Huitième Arrondisement (llamémosle octavo distrito u octava circunscripción, de las veinte en que está dividida la ciudad), es una de las más lujosas de toda Europa. Ahora bien, no tiene nada de malo ni de especial ir a la capital francesa a vacacionar si se tiene el dinero para hacerlo, ni tiene nada de malo sentarse en un restaurant esnob y caro; tan caro y esnob como esto: una usuaria holandesa de Trip Advisor se queja en su reseña de que si uno no es lo suficientemente bello y fashion, no le permiten sentarse en la terraza; una usuaria española, también de Trip Advisor, señala que el día que ella fue estaban comiendo ahí los tenistas Rafael Nadal y Carlos Moya, o sea, gente de nivel; otra usuaria, también de España, describe que es el sitio donde más bolsos Chanel ha visto por metro cuadrado. Estamos hablando del Café l’Avenue, de la Avenue Montaigne.

Ya sabemos que Angélica Rivera gana mucho dinero, según se desprendió del triste asunto de la Casa Blanca. Así que puede ir a donde quiera. Ese no es el problema y no somos nosotros nadie para criticarla. Lo que no se vale es que la señora y sus hijas estén custodiadas por guardias del Estado Mayor que se piensan que tienen jurisdicción sobre los mexicanos en Francia y que pueden forzar a un connacional a que les entregue su teléfono celular para borrar las fotos que pudiere haber tomado. Eso es precisamente lo que tiene que acabar ya: el abuso, el sentirse que están por encima de todos, ya no digamos en México, sino aún en Europa; deje usted las leyes mexicanas, por las cuales no tienen el mínimo respeto, sino, el colmo, se sienten por encima hasta de las leyes de la República Francesa.

Un ciudadano mexicano y su hija lograron tomar algunas fotos de Angélica Rivera y su familia en el fancy and lavish Café l’Avenue (c’est tellement sompteaux!). Sí, la señora Rivera y sus hijas tienen derecho a ser esnob y a gastarse varios euros en una ensalada (el lugar es veggie friendly… y muy caro), porque tienen para eso y más; y sí, también tienen derecho a la privacidad y a que nadie las importune; y esos derechos son tan válidos en México como en Francia o en Botswana (tal vez en las zonas del sur mexicano donde dizque se aplicó la cruzada contra el hambre –que resultó ser un fiasco y un desfalco–, quizá ahí nadie tenga el primero de esos derechos). Tal vez este mexicano fue más allá de lo razonable, pero tampoco es que se tratara de un paparazzo profesional que de verdad estuviera causando molestias inadmisibles a la primera dama y sus hijas. Dice el ciudadano que su intención era saludar; ponga usted que no, que de verdad quería importunarlas un poco. Le asiste el derecho a la señora Rivera de molestarse. Lo que no es posible, repito, es la actitud de prepotencia de quienes la resguardan, una actitud que no sólo el presidente y los altos funcionarios esperan de ellos, sino que es una exigencia tal, que el elemento del Estado Mayor debe dar la vida si fuese necesario (y para eso están entrenados; por eso he escrito en otros artículos que sería muy bueno que el Estado Mayor desaparezca, pues constituye una verdadera Guardia Pretoriana a lo Calígula). La condescendencia e indolencia con la que actuó la esposa del presidente («yo no vi, yo aquí estoy muy a gusto en el Café l’Avenue comiendo mi ensalada») y con la que suelen actuar los altísimos funcionarios (y aquí altísimos es literal: se piensan dioses) los hace cómplices de algo que ya nunca más estamos dispuestos a tolerar los mexicanos: que el presidente y la alta clase política se sientan elegidos por Dios y que se crean que pueden hacer lo que sea en donde sea.

Por fortuna el incidente no pasó a mayores. En realidad fue un incidente menor, pero muy revelador. Nos enteramos gracias a que la hija del mexicano wanna-be-paparazzo tomó desde lejos un video sin que los guardias del Estado Mayor se percataran, y así hubo testimonio de la conducta inexcusable de estos elementos.

¿Y sabe usted qué es lo peor de todo? Que estos guardias no los paga doña Angélica Rivera ni don Enrique Peña; los pagamos nosotros: usted, yo, todos nosotros. ¿Le parece justo? Quisiera pensar que las compras de la primera dama y sus hijas –muy afectas todas ellas a los grandes diseñadores, a juzgar por los artículos de Hola, Quién y Caras–, los gastos en las lujosas boutiques parisinas, los pasajes en primera clase, las cuentas en lugares como el Café l’Avenue y la suntuosidad con la que se conducen, son extravagancias que no pagamos nosotros, sino que corren por cuenta de ella y de su esposo. Pero la verdad es que no me hago tantas ilusiones.

La esposa de cualquier presidente tiene derecho a ser esnob, si quiere; pero que lo pague con su dinero, no con el mío ni con el de usted. No se vale que, encima de todo, esas excentricidades se cubran con el dinero de los mexicanos.

Espero que con el nuevo gobierno estas prácticas tan nocivas y ofensivas lleguen a su fin y que muy pronto las recordemos como algo vergonzoso y aberrante de nuestro pasado.

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Pensar en el destino como una serie de acontecimientos predeterminados e inmutables no sólo me parece inverosímil sino sobre todo desesperanzador. Imaginar que mi vida está irremediablemente atada a un argumento inamovible y, escrito por algo o por alguien, con un  propósito oscuro y desconocido para mí en el cual, lejos de ser un participante activo en mi propio futuro, soy como el personaje de un videojuego que sube y baja a capricho de una fuerza controladora e incomprensible, me hace sentir que la existencia carece por completo de sentido y fundamento.  Esta manera prescriptiva de crear historias ni siquiera es una buena técnica para escribir una novela. 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En un arranque súper democrático y para nada autoritario y amedrentador, los adláteres de mi presi López Obrador, Mario Delgado y Citlalli Hernández, iniciaron una campaña para exhibir como «traidores a la patria» a los diputados que votaron en contra de la iniciativa de reforma eléctrica (también conocida por el muy bello apodo de «Ley Bartlett»).  ¡No podría estar más de acuerdo con el planteamiento de sus compas, mi presi López! Porque si usted y los integrantes de su movimiento no saben lo que es la patria, nadie más lo sabe. Usted, presi, como todos sabemos, encarna la luz, la sabiduría y la honestidad, todo en uno. Es usted un verdadero Hijo de la Patria (todo con mayúsculas, por supuesto), si se me permite decirlo con todo respeto.  Por ello, vengo a decirle el día de hoy, mi presi López, algo muy importante: ¿por qué limitar sus arranques democráticos y patrióticos únicamente a exhibir a quienes piensan diferente que usted y votan en contra de sus propuestas? ¡No se limite, por favor! Ya se abrió una presa llena de ideas locas y retorcidas, por así decirlo. Por eso, le propongo una serie de personas que también podrían considerarse como “traidores a la patria”.  Las personas que comen tacos sin salsa y hacen quesadillas sin queso. No sólo deberían ser acciones de traición a la patria, también deberían ser pecados capitales para todos los mexicanos.  Las personas que no comen tlayudas. Este antojito mexicano es el alimento más nutritivo del mundo. ¿Cómo lo sé? Porque usted lo dijo, mi presi, y no vengo aquí a dudar de usted y sus amplios conocimientos en nutriología. 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Este es un claro rasgo de los traidores más traidores.  Las personas que no voten por Morena. No sería descabellado, mi presi, perseguir como traidores a la patria a todos aquellos que voten por partidos que no sean Morena. Votar por el PRI (uno de sus antiguos partidos), PAN o PRD (otro de sus antiguos partidos), está fuera de onda, mi presi. Porque ahora todos sabemos que su partido es honesto, el mero bueno. Sí, a pesar de los delfinamoches.   Las personas que no se hayan caído con los moches. Mi presi, hablemos de Delfina Gómez. No importa que la titular de la SEP haya incurrido en prácticas que en español llano se conocen como «delitos», porque el fin justifica los medios. Si el fin era apoyar la transformación a golpe de pura «financiación irregular» (moches), entonces, ¿aquellas personas que no se mocharon con Delfis no serían las más traidoras a la patria? ¡Obstaculizando el cambio verdadero, mi presi! Lo que pasa es que esas personas no entendieron esto: a veces el fuego se combate con fuego, así que tiene sentido pensar que la corrupción se combate con más corrupción, ¿o no? Las personas que no le lleven serenata a Hugo López-Gatell. Porque no hay nada más patriótico que darle una buena dosis de adoración al subsecretario López-Gatell. Por ello, todos deberíamos llevarle serenata al menos una vez en nuestra vida, ya que los 324 000 fallecidos por Covid 19 pudieron ser muchos, muchos más. ¡Gracias, López-Gattell, eres un campeón y quien diga lo contrario, es un traidor! Las personas que no son fanáticas del béisbol. ¡No hay nada más mexicano que el beis, mi presi! Bueno, tal vez el tlachtli, aunque ese todavía no llega a la MLB.   Las personas que quieren superarse mediante el estudio y el trabajo. 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Por más que se considere al autor como creador del universo literario que narra, incluso ahí es mucho más emocionante encararlo como descubridor de lo que los personajes hacen, respetando sus acciones y decisiones en función del carácter y temperamento del propio personaje,  que como preceptor que ordena las circunstancias y controla el futuro de todos según su capricho. A fin de cuentas, no olvidemos que el autor, por más “dios” de su mundo que se crea, depende del lector para que su trabajo tenga sentido, y éste sólo habrá de interesarse en lo que el autor dice en la medida en que las acciones y sentimientos descritos se correspondan con la lógica interna de la existencia en la que vive el lector. Si quien recibe la obra literaria no consigue mirarse en el espejo de lo narrado, el autor se quedará sólo con su creación, convirtiéndola en un paraje estéril y yermo. El autor requiere que sus personajes se expresen con verdad, aun cuando ésta no se corresponda con la “verdad” propia, tanto como los personajes necesitan del aliento de vida que les otorgan las palabras y artilugios narrativos de los que los provee el autor.    Para esa inteligencia cósmica, como quiera que cada quien decida llamarla, tendría que ser muy aburrido presenciar a lo largo de la eternidad miles de millones de películas que ya vio y vivir preso de un spoiler perpetuo.  Si no estoy habilitado para influir en lo que me sucede, si no soy capaz de aplicar en mi existencia y mi interacción con otros un poco de creatividad y si además las consecuencias de todos nuestros actos están ya predeterminadas, ¿qué sentido tiene cualquier experiencia?  En la Grecia clásica el destino lo marcaba todo. El oráculo expresaba de forma enigmática los retos que el individuo consultante habría de enfrentar de forma inevitable y en muchas ocasiones la vida entera era una lucha perdida de antemano contra ese destino del que no se podía escapar.  Tetis, diosa griega relacionada con el mar, recibió la profecía de que su hijo, Aquiles, podría tener una larga vida pero aburrida, o gloriosa pero corta, y por más que trató de protegerlo para que no muriese joven, tal y como el oráculo indicaba, no pudo evitar que el impetuoso guerrero marchase a la guerra de Troya en busca de su destino, donde efectivamente murió como consecuencia de una flecha envenenada que dio en su único punto vulnerable: el talón.  El caso más dramático del universo clásico es quizá el de Edipo, cuyos padres, Layo y Yocasta, recibieron la terrible profecía del Oráculo de Delfos de que su hijo mataría a su padre, se casaría con su madre y usurparía el trono de Tebas. Para evitar ese perturbador destino trataron de matar a Edipo siendo bebé, pero el destino inexorable conspiró para que sobreviviera y provocó que muchos años después, sin saber que lo era, Edipo matara a su padre en un duelo callejero, se casara con su madre y se convirtiera en rey de Tebas para terminar sacándose los ojos cuando se enteró de la verdad.   El destino para los griegos era ineludible; sin embargo, desde nuestra perspectiva actual, si el devenir traducido en infinidad de vivencias no deriva en un aprendizaje que influya en nuestras decisiones y resultados posteriores, ¿cuál podría ser la motivación para levantarse cada mañana? Si la conciencia que tengo de mi propio ser y de mis acciones no me faculta para participar en el diseño de mi ruta existencial, ¿qué sentido tiene que exista el concepto de bueno o malo, de correcto o incorrecto? Y, en última instancia, ¿qué sentido tendría existir?  Es innegable que dentro de nuestra existencia particular nacemos inmersos en una serie de contextos que si bien no califican como destino, en efecto condicionan nuestra vida de manera muy importante. El país en que nacemos, la familia que nos acoge, el credo religioso e ideologías que estructuran nuestro carácter, las condiciones culturales, económicas y sociales en que estamos inmersos, todo ello nos ubica dentro de una serie de estructuras que muchas veces nos marcan de manera definitiva.  Sin embargo no estamos completamente indefensos ante esta manera de experimentar el destino y, como metáfora de ficción, me gustaría tomar como ejemplo a Coleman Silk, el personaje central de la novela de Philip Roth, La mancha humana.   Este personaje, aunque azarosamente de piel blanca, era descendiente de una genealogía de raza negra que en tiempos remotos habían llegado a América como esclavos. Ser de raza negra en los Estados Unidos de la primera mitad del siglo XX implicaba una amplia gama de limitaciones en todos los sentidos, desde el tipo de educación que podía recibir, la clase de parejas a las que podía aspirar, la calidad de trabajos que podría obtener, entre muchas otras. Por eso Coleman, que se siente preso de la realidad que le tocó vivir, decide desafiar ese destino para construirse uno alternativo: rompe con su pasado, rompe todo contacto con su familia –con sus padres, con sus hermanos, a quienes jamás vuelve a ver–, con su linaje negro y se inventa una vida nueva aprovechando su apariencia convencional a partir de la cual su secreto era imperceptible al grado de que ni esposa, Iris Gitterman, de origen ruso y judío, nunca supo la verdad.  De este modo Coleman, que de pronto comprendió “la facilidad con que la vida puede ser una cosa en vez de otra1”, asumió una identidad como blanco, huérfano, judío y catedrático universitario especializado en literatura griega clásica. Como afirma en alguna parte de la novela el propio narrador: no se podía tener una vida más de blanco, y gracias a ello consiguió derrotar a su destino, aunque, desde luego, no sin pagar un alto precio por ello.  Aun cuando todos hemos vivido momentos y circunstancias inexplicables que sólo parecen comprenderse desde la predestinación, no parece que la existencia esté realmente dictada a partir de un destino absoluto y predeterminado. Sin dejar de lado los contextos que nos condicionan, todo parece indicar que existe un espacio de maniobra en el cual la voluntad humana puede ser ejercida. Pero continuaremos con esta exploración en la próxima entrega, donde exploraremos las implicaciones del azar.   Web: www.juancarlosaldir.com Instagram:  jcaldir Twitter:   @jcaldir    Facebook: Juan Carlos Aldir 1 Roth, Philip, La mancha humana, Primera Edición, México, Debolsillo-Penguin Random House, 2018, Pág. 159" ["post_title"]=> string(37) "Desde la perspectiva del destino puro" ["post_excerpt"]=> string(189) "Es innegable que dentro de nuestra existencia particular nacemos inmersos en una serie de contextos que si bien no califican como destino, condicionan nuestra vida de manera muy importante." 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