AMLO adelanta la sucesión y desata guerra imprevisible en Morena

Aun cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador considera tener el control sucesorio en Morena, la sucesión adelantada podría traerle enormes problemas, difíciles de prever. El destape de una lista previa provocó los gritos de “¡Presidenta, presidenta!”...

15 de julio, 2021 AMLO adelanta la sucesión y desata guerra imprevisible en Morena

Aun cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador considera tener el control sucesorio en Morena, la sucesión adelantada podría traerle enormes problemas, difíciles de prever.

El destape de una lista previa provocó los gritos de “¡Presidenta, presidenta!” en donde apareció Claudia Sheinbaum, en un evento de Morena llevado a cabo el 1 de julio pasado. De igual forma alentó a Marcelo Ebrard para convocar una reunión de colaboradores y afines de Morena en su rancho del Estado de México. 

Inevitablemente el predestape presidencial provocará intrigas, golpes y reagrupaciones de grupos sin control. 

Marcelo Ebrard lo vivió y sudó frío esta mañana. Aun cuando Andrés Manuel López Obrador abrió con nombres la sucesión presidencial a partir del 6 de junio, la nota de Reforma que exhibió la reunión del Secretario de Relaciones Exteriores en su rancho de Ocoyoacac con colaboradores y la operadora de Morena en el Estado de México, Nunila Pedraza, es blasfemia contra el compás marcado por el líder.

Vaya, Claudia Sheinbaum no se atrevería a algo similar, a pesar de que, donde se presenta, a partir del 1 de julio, 3er aniversario del triunfo de Morena, le gritan “¡Presidenta, presidenta…! 

Ebrard no lo hizo en la Ciudad de México, bastión de los seguidores de Claudia, convocó en su rancho en tierras mexiquenses, donde mantiene una gran relación con el gobernador priista Alfredo del Mazo Maza.

En la conferencia mañanera del 14 de julio, Ebrard estaba en la espera de la pregunta sucesoria, López Obrador dio una respuesta de Perogrullo al decir que cualquier ciudadano tiene el derecho de votar y ser votado, y que no tenía ningún problema en que sus funcionarios buscaran la candidatura presidencia, para la cual definirá las reglas Morena ¡sí cómo no…!

Peeero, una vez que dio un paso más formal en la sucesión, donde se dice “el destapador de las corcholatas presidenciales que decidirá el pueblo”, aprovechó un tema totalmente distinto para exaltar el trabajo de Claudia Sheinbaum, su favorita.

Una vez que le regresó el color con la respuesta de Andrés Manuel, Marcelo también aprovechó la mañanera para explicar la reunión que trató de matizar el propósito, al decir que faltaban dos años y medio para la campaña, además de agradecer al presidente por considerarlo dentro de la lista.

Después del susto de Ebrard, del apapacho y la explicación del canciller, Andrés Manuel encontró la oportunidad para mandar un mensaje sobre sus preferencias sucesorias. 

Aprovechando la pregunta sobre la alarmante poca vacunación en Chiapas, donde Rutilio Escandón no puede subir del 19% comparado con el 40% de la media nacional, el presidente de inmediato puso de ejemplo a Claudia.

Ordenó mostrar la gráfica de vacunados Covid-19, en la que la Ciudad de México lleva el 63% de vacunados, debajo de Baja California con un 79%, posición que justificó el presidente por la decisión de inocular en la frontera norte como una decisión al margen del programa. 

Es evidente la estrategia de mostrar la cantidad de bigleaguers para comparar la debilidad de la oposición. En esta lista están Juan Ramón de la Fuente, Esteban Moctezuma, Tatiana Clouthier, Rocío Nahle, Ignacio Mier y el autodestapado Ricardo Monreal. 

 

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Giorgio Agamben en Homo Sacer precisa que la biopolítica es más antigua y nace con el desarrollo del individuo y el Estado moderno. La biopolítica, muestra este filósofo italiano contemporáneo, es el punto de encuentro entre la historia personal del hombre, su ser biológico con la política, su ser social, es decir la relación con los otros hombres. Se trata de la cooperación, del arte de acordar, negociar, comerciar, convivir, aceptar las diferencias. Para hacer posible todo esto, las creencias comunes son el instrumento que hacen posible la convivencia y la cooperación. Y justamente esa es la función del relato. En El fuego y el relato, Agamben sugiere que la literatura, el relato, es el puente que vincula y fusiona a las personas con la política y entrelaza la convivencia pública con el gobierno. El origen del relato es la religión, aunque ahora secularizado ya nadie lo identifica ni tiene idea de su evolución hasta llegar a ser lo que es hoy en día: un lugar común. 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Al no poder jerarquizar el valor de cada planteamiento, el narcisismo se ha generalizado.  Posmodernidad y lo verdadero La tesis central del movimiento posmoderno, que podemos llamar pluralista por su genuino deseo de igualdad y de integrar a todas las culturas y todos los puntos de vista por igual, consiste en la afirmación de que la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura y del punto de vista desde donde se le interprete. La verdad, entonces, no es más que una interpretación de los hechos entre las muchas posibles. Esta visión le da un enorme peso a la interpretación individual, con los riesgos obvios e inherentes que implica que nuestras conclusiones se desliguen de la realidad objetiva, con lo cual pueda considerarse como verdad cualquier cosa que el individuo asuma como tal. La verdad no es algo que nos venga dado de antemano sino que se construye: se elabora, se interpreta y se construye. El posmodernismo pone al lenguaje como el centro de gravedad y la metafísica es sustituida por el análisis de textos. Para filósofos como Ludwig Wittgenstein el lenguaje es fundamental para construir la realidad, que si bien es como es, también puede ser de otra manera: “los límites de mi lengua son los límites de mi mundo”. Si bien comparto la idea de que lo que no puedo enunciar no existe para mí, el que no exista para mí no significa que no exista en lo absoluto. (Recordemos el ejemplo de las alucinaciones psicóticas de John Nash, que fueron representadas en la película Una mente de brilla; el que esas imágenes fueran reales para él no las hacen verdaderas.)  Principios teóricos del Posmodernismo En opinión de Ken Wilber, expresada en su libro Trump y la posverdad1, el posmodernismo se funda en tres grandes principios teóricos.  El primero es el contextualismo, que se sostiene en la premisa de que no hay verdades universales y que cualquier conclusión que se asuma como tal dependerá del contexto en que se construya.  El segundo, el constructivismo que se funda en el supuesto de que la verdad no es algo dado y que requiere de ser construida.  Y el tercero Wilber lo llama Aperspectivismo: no existe ninguna perspectiva que carezca de sesgos históricos y por lo tanto ninguna de ellas puede considerarse como preestablecida o privilegiada.   Cada uno de ellos se integró a la visión posmoderna y tras la crisis de legitimidad del paradigma moderno se vivieron como una bocanada de oxígeno. Sin embargo el planteamiento tiene una profunda contradicción de origen que el pluralismo de hoy aún ha conseguido resolver. Si bien la idea de que la “verdad depende del contexto” es plausible, una vez que se lleva al extremo se convierte en la idea de que “sólo existen verdades locales y todas son igualmente válidas”, lo que llevó a la imposibilidad de jerarquizar el valor de cada planteamiento y de ahí a un narcisismo generalizado no hay más que un paso.  Posmodernidad y  pluralismo El problema llegó cuando, la contradicción performativa que envenena el núcleo mismo de la comprensión posmoderna, se hizo evidente: no existen principios ni verdades universales, salvo la idea universal de que “no existen principios y verdades universales”. El discurso posmoderno niega la existencia de cualquier metanarrativa que abarque a todos los seres humanos, salvo ella misma, que sí los abarca, pues considera universalmente verdadera la idea de que no existen verdades universales. Afirman que todo conocimiento –excepto la comprensión posmoderna, que sí es universal– depende del contexto. El conocimiento es una interpretación, excepto el de ellos que es auténtico y universal. La tesis central pluralista afirma que toda verdad, para serlo, debe estar inserta en una cultura particular y sólo ahí lo es. Sin embargo, esta afirmación es en sí universal porque se aplica a todas las culturas y en todos los tiempos.   Todas las perspectivas son igualmente válidas, salvo las defendidas por el posmodernismo, que “resultan más deseables”, y cualquier jerarquía o categoría de valor se interpretan como opresivas, excepto las defendidas por el posmodernismo. Así, aun cuando es evidente que la igualdad, la inclusión y la sustentabilidad son preferibles a la segregación, el autoritarismo y la intolerancia, la posmodernidad, al erradicar toda jerarquía, se quedó sin argumentos discursivos ni puntos de referencia para justificar la superioridad de unos valores por encima de otros. Lo que comenzó diferenciando y reconociendo conceptos verdaderos pero parciales, como la visibilización y reconocimiento de culturas oprimidas, una vez llevados al extremo de asignarle a todo el mismo valor, dieron lugar a un relativismo pluralista radical que conduce al nihilismo y al narcisismo. Verdad y opresión  Conforme nos sumergíamos en el tobogán de un pluralismo cada vez más radical, toda verdad heredada de los procesos históricos del pasado es comprendida como un intento de imposición opresiva. 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Cultura y verdad Puesto que el posmodernismo defiende la idea de que toda verdad es una construcción cultural, la verdad no existe en sí misma, sino que depende de la perspectiva, de la cultura, del punto de vista, pero sobre todo de la interpretación personal. Llevados al extremo es posible negar realidades objetivas o hechos demostrados si contravienen nuestra forma de entender un evento o una circunstancia en particular. Desde la perspectiva posmoderna todo pensamiento humano es generado y está limitado por formas lingüístico-culturales propias de cada idiosincrasia y de cada individuo. Así, el conocimiento humano es producto de las prácticas lingüísticas y sociales de cada comunidad local y producido por sus propios intérpretes, sin relación con alguna realidad concreta e independiente. 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Los cambios sistémicos, aquellos que trastocan nuestra vida cotidiana y, por tanto a nuestras creencias, son multicausales. Y una de sus características es que destruyen a las viejas formas de reproducción social. En México, por ejemplo, la insolvencia del gobierno de los años ochenta indujo a una serie de reformas en la economía, política, policía, la justicia y el narcotráfico. Y el Estado abandonó su responsabilidad pública. El resultado es un maremágnum. Al colapsar ese antiguo orden nos embargan el desconcierto y la angustia. Tiene una explicación: miles de personas perdieron su forma de vida y van a la deriva. La misma neurociencia nos dice que esos sentimientos activan los resortes de supervivencia: temor y huida frente a un enemigo. En ese estado de ánimo, en el desamparo y sin brújula, una nueva fábula sostiene que el pasado fue mejor y nos promete un futuro luminoso. Nos enganchamos. Por cierto, no se trata de que seamos tontos ni necios. 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Giorgio Agamben en Homo Sacer precisa que la biopolítica es más antigua y nace con el desarrollo del individuo y el Estado moderno. La biopolítica, muestra este filósofo italiano contemporáneo, es el punto de encuentro entre la historia personal del hombre, su ser biológico con la política, su ser social, es decir la relación con los otros hombres. Se trata de la cooperación, del arte de acordar, negociar, comerciar, convivir, aceptar las diferencias. Para hacer posible todo esto, las creencias comunes son el instrumento que hacen posible la convivencia y la cooperación. Y justamente esa es la función del relato. En El fuego y el relato, Agamben sugiere que la literatura, el relato, es el puente que vincula y fusiona a las personas con la política y entrelaza la convivencia pública con el gobierno. El origen del relato es la religión, aunque ahora secularizado ya nadie lo identifica ni tiene idea de su evolución hasta llegar a ser lo que es hoy en día: un lugar común. Esas creencias fundacionales son las que forjaron las cosmogonías que nos gobiernan, la moral, las costumbres, las leyes e instituciones modernas. No parece que se esté ante poderes superiores que nos manipulan. El relato es nuestro norte. Por eso es tan relevante. Y en tiempos de alto estrés provocados por cambios disruptivos que desajustan nuestras vidas, como la pérdida de estatus, de empleo, del negocio, por la injusticia, la desigualdad, la inseguridad (física, patrimonial y psicológica), el relato cobra una relevancia crucial. Así que quien logra fabular una buena historia, acorde con nuestras creencias, hace las veces de un encantador. Este es el caso de México, de Estados Unidos y de tantos otros países. Ahora sabemos que el cerebro simplifica los millones de bits de información que procesamos por segundo y esa información sin coherencia la convierte en una narrativa que le da sentido y la sensación de que tenemos el control de las cosas. Para lograr este proceso el cerebro narrador establece un sistema causal: de causa y efecto. Y eso es lo que saben hacer bien los líderes populistas. Estos liderazgos entienden que sufrimos porque perdimos el Paraíso que fue el país en el pasado y nos venden un futuro de retorno al Edén. No obstante, los liderazgos populistas tienen una gran carencia: solamente logran aglutinar los miedos, las fobias, las angustias sin darles cauce. Sus gobiernos se niegan a convertir al Estado en garante de último recurso de nuestra seguridad física, patrimonial y económica. En lugar de sentar las bases para forjar un Estado social y de derechos dejan a las personas a su suerte, achacando sus desgracias a su mala suerte, a fuerzas sobrenaturales o a la confabulación de hombres malvados que quieren desestabilizar a sus gobiernos. Por desgracia el círculo se retroalimenta: la zozobra y la angustia existencial no ceden, pero fortalecen el relato populista. La precariedad, es decir, la enorme desigualdad social, es el alimento del relato populista: la inseguridad física (hoy vivimos, mañana una bala o un accidente nos siega la vida) y patrimonial (mañana un ladrón nos despoja de nuestros bienes o salario); la inestabilidad laboral y de ingresos (hoy tenemos empleo y comemos, quizá mañana no); la falta de un sistema universal de salud nos condena a la ruina porque debemos solventar una enfermedad penosa… El Estado nos abandonó. Es la gran renuncia a la política. El desafío que plantea el relato populista es enorme. Y los riesgos que plantea a la gobernanza y el futuro son igualmente desafiantes. La resistencia es importante, pero insuficiente. Se requiere un antídoto. Y ese antídoto solamente es otro relato. Un relato que a partir de las penurias, angustias y carencias de los mexicanos ofrezca empatía y una ruta para hacer que la política sea el medio para asegurar el bienestar. 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populistas

El desafío del relato populista

Los liderazgos populistas tienen una gran carencia: solamente logran aglutinar los miedos, las fobias, las angustias sin darles cauce.

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