Un fenómeno se ha venido dando en España: jóvenes “influencers” de diversas plataformas digitales han estado emigrando a Dubái (fundamentalmente), con la finalidad de no pagar impuestos en su país, el emirato árabe, país artificial en medio del desierto, sitio incompatible con la vida sólo con la eventual falta de electricidad y los aires acondicionados les facilita también, a cambio de transmitir buena imagen del pequeño país árabe, lujosos departamentos en imponentes rascacielos.
Estas personas suplican hoy al Estado español por su inmediato rescate. Esos mismos egoístas imberbes (por llamarlos de forma suave) sugieren en su contenido que el pobre es pobre porque así lo desea, que el Estado es un lastre y que la mano invisible del mercado todo lo puede. Entonces, ¿por qué no su grito desesperado va hacia empresas cómo INDITEX, IBERDROLA, OHL, la TELEFÓNICA u otras?
Lo mismo sucede con ciudadanos norteamericanos, país líder en la ideología donde se le coloca al mercado como un Dios todopoderoso. Muchos ciudadanos varados en oriente medio han suplicado por ayuda a su gobierno para salir del infierno, y la hermosa respuesta de Washington es: “NO NOS ES POSIBLE, ARRÉGLENSELAS COMO DIOS LES DÉ A ENTENDER”. La misma reflexión: ¿la COCA COLA los salvará?, ¿acaso APPLE? No, de ninguna manera. Porque para esas corporaciones, que lo mismo lucran con la muerte (armas y drogas) que con la salud de miles de millones de seres humanos (aseguradoras y laboratorios) una persona es, cuándo mucho, un simple número; sus vidas (o muertes) les tienen sin el menor cuidado, a no ser que los rescates en cuestión tuvieran una tasa de retorno realmente apetecible.
En fin, no sólo son las grandes empresas a las que el Estado estorba, a menos de que sea para aumentar sus capitales, sino también a ciudadanos en cuya alma se aloja una mezquindad difícil de describir con pocas palabras.
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