Juegos de niños

Juegos tiernos de niños, esos en los que alrededor de un círculo pintado con gis sobre el concreto de media calle...

2 de diciembre, 2016

Juegos tiernos de niños, esos en los que alrededor de un círculo pintado con gis sobre el concreto de media calle representando un mundo y cada niño un país, se declaraba la guerra en contra de uno de ellos, mientras los demás huían hasta que el nombrado, desde el centro del círculo, elegía alcanzar ese país de unos cuantos pasos para intentar derrotarlo.

O juegos inocentes, de niños que se perseguían, pistolita de plástico en mano, atrapando, el grupo de policías chiquitos a los ladrones, también chiquitos, aunque ninguno supiera qué habían robado. Inocentes juegos de buenos contra malos sin que los niños supieran por qué eran buenos y por qué podían ser malos.

Calles llenas de niños escondidos, mientras uno solo, contaba hasta cien de frente al poste de la luz, huir, esconderse, encontrar, perseguir y declarar guerras infantiles. Terminar tareas antes de salir a la calle y entrar a casa a merendar dejando los juegos sinsentido que tenían mucho sentido en la vida de los niños.

No, los tiempos no eran mejores antes, era solo que la percepción de los problemas estaba muy lejos de ser alcanzada por un policía chiquito y una pistola de plástico con dardos de colores, en la infancia no se sabía lo que los adultos de ese tiempo vivían y menos se sabía, cómo lo vivían. Los tiempos siempre son mejores, los de cada uno, los que cada uno construya.

Hoy parece que eran aquellos los días mejores de toda una generación. Y esa misma generación ve ahora una realidad, esos policías y esos declaradores de guerras existen en grandes potencias. Porque puede ser hoy, uno de aquellos niños el ladrón y muchos de esos niños, los malos que matan de verdad.

No, y no se puede vivir en la fantasía toda la vida, hay realidades que alcanzan impactos inimaginables, desde saber que Santa Clos no existe, hasta ver que el chiquillo más retraído que jugaba con soldaditos de hule en el rincón del colegio, que los ponía a pelear y deshacía los monitos con onomatopeyas para escenificar su solitaria guerra, de grande, pudo convertirse en presidente de la República y peor, que jugó a la guerra con soldados de verdad.

Me disparaste a matar y caí al piso, dice la tierna, suave y dulce canción de Nancy Sinatra: “You shot me down, bang, bang. I hit the ground, bang, bang. That awful sound, bang, bang” juegos de niños montados en un caballito hecho de palo, disparando a matar. De adultos, uno de ellos se preguntará ¿qué hice?, ¡lo maté! Ese tiempo fue, en su momento el mejor y cierra su historia con lágrimas alrededor de un ataúd.

Fantasías de tiempos futuros que se escribieron en el pasado, a mitad de la calle, a la orilla de la banqueta, entre los árboles de un bosque, de la mano de los gritos, patines y bicicletas. Las otras historias, las de la tragedia juvenil se escribieron solas, la motocicleta estrellada contra un árbol, detrás del volante en una carretera recién llovida, un lamento ahogado en alcohol, el último aliento en el lago. Insensateces escritas en su tiempo, para el recuerdo de los tiempos.

Las tantas fantasías que, por miedo a claudicar, se quedaron inscritas bajo un farol o los sueños que, por fortuitos, no encontraron camino. Las ideas y las metas que solo fueron eso, una idea y una meta no alcanzada porque el libreto social no permitía salirse del redil; y los juegos infantiles, los de la casita, los de la mamá y el papá, los de las comiditas, los de la casita, todos vueltos realidad aunque la realidad ya no tenga nada de azul y rosa ,y no se pueda tan fácil recoger el tiradero e irse a dormir.

Jugar a ser niño ya no es posible porque la inocencia para ser la Cenicienta se pierde en el momento que se confunde con ser empleada doméstica, lo inocente que pudo ser Blanca Nieves, se nubla cuando aparecen los siete enanos y, lo poco que quedaba de Alicia en el País de las Maravillas, se echó a perder cuando alguien dijo que era solo el efecto de psicotrópicos.

Para quienes jugaron inocentemente, que crecieron con algo de cordura y siguen inventando locuras, seguro fue porque hubo un buen amigo que salvó el futuro de todos y que a tiempo gritó: ¡Un, dos, tres, por mí y por todos mis compañeros!

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