El Desayunador del Padre Chava

En Tijuana, sobre la Avenida Internacional a un lado de la canalización del rio y a unos metros del cerco que divide a México de...

30 de octubre, 2015

En Tijuana, sobre la Avenida Internacional a un lado de la canalización del rio y a unos metros del cerco que divide a México de Estados Unidos, se encuentra un edificio amarillo de tres pisos denominado Desayunador Salesiano Padre Chava.

Fundado en 1999 por el Padre Salvador Romo y la Sra. Margarita Andonaegui, el desayunador nació con la intención de ofrecer comida caliente en invierno a personas sin hogar, que habían sido deportadas de EU, que estaban en tránsito para cruzar “al otro lado” o que estaban por regresar a sus lugares de origen. La misión se extendió con el tiempo a todos quienes estuvieran en situación de calle temporal, indigentes y adictos, además de los deportados.

El primer desayuno se sirvió a 17 personas el 31de enero de 1999 celebrando la fiesta de San Juan Bosco, el Santo de los jóvenes desprotegidos. Actualmente se sirven alrededor de 1,500 desayunos de lunes a sábado de 7 a 10:30 de la mañana, desde antes de las 6 a.m. empieza a formarse una larga fila, en su mayoría hombres que esperan desayunar siendo, a veces, la única comida de su día.

Las ocasiones que había pasado cerca de tantas personas dispersas con diferentes problemáticas a lo largo de la vía,  cerraba los ojos porque no quería preguntarme si ellos lloran las ausencias o si la realidad de vivir en la calle les duele menos. No quería ver a los adictos, ni siquiera intenté acercarme a ellos. Era pues, la mirada distraída casi para no pensar, es ahí que aplica perfecto eso de que “ojos que no ven, corazón que no siente”

Al ser invitada a participar como voluntaria mi perspectiva cambió, quizá porque el orden con que funciona el desayunador regala la seguridad que no existe en la calle. Me dijeron que es la necesidad lo que provoca el orden, sin embargo, si no fuera por el ejército de voluntarios que prestan sus servicios todos los días, la necesidad de esa gente provocaría un caos.  

Imagino que mucha gente en Tijuana y en San Diego conoce cómo es la dinámica del Desayunador, para quienes como yo nunca han ido, me gustaría contarles la experiencia.




Las personas que llegan a desayunar se forman afuera del edificio desde antes de las 6 de la mañana, a cada uno le asignan un número que escriben en su mano y a las 7:00 a.m. que se abren las puertas del edificio la fila rebasa las mil personas. Algunos llegan muy limpios y arregladitos aunque sus camisas estén rotas o viejas, otros llevan encima la mugre física de años en la calle y la emocional que les funciona de cobijo cuando la nostalgia los atrapa en sus momentos de lucidez. Casi todos cargan con una mochila vieja que hace las veces de ropero, armario, alacena y portafolio donde resguardan los papeles que comprueban su identidad, otros solo llevan papeles que recogen porque se parecen a una acta de nacimiento o a un certificado de estudios.

Los voluntarios se presentan con la encargada y Co-Fundadora  Margarita Andonaegui, ella indica la tarea que corresponde dentro del comedor: una persona está en la puerta de entrada ofreciendo jabón líquido a cada uno que entra para que se laven las manos, todos llegan con su mano lista para recibirlo y después pasan a los lavaderos. Otra persona les entrega una toalla de papel para secarse y después se forman en filas de seis a esperar ser llamados a su mesa.

Mientras lo anterior sucede, la dinámica para servir las tres hileras de diez mesas cada una, consta de al menos 6 personas: uno que acomoda servilleta, cuchara y vaso desechable, otro que reparte una pieza de pan en cada lugar, el que sirve agua fresca en cada vaso, quien sirve los platos con el desayuno, el que reparte las tortillas y otro que sirve el café. Las mesas están numeradas, el voluntario encargado levanta el número para avisar en la entrada que la mesa para seis está lista, ellos llegan y se les indica su lugar, de pie y detrás de su silla hacen oración y se sientan a desayunar.  Al terminar cada uno lleva sus desechables, los deposita en la basura, salen del edificio e inicia el trajín de preparar las mesas para los siguientes.

Había tanto ruido como los de cualquier restaurante muy ocupado,  solo que el ruido que escuché era otro, venía de cada mirada, de cada sonrisa, de cada rostro ajado, de cada “Dios la Bendiga” y sobretodo de cada “Gracias”. La dimensión que toman estas personas delante de mis ojos es enorme, contraria a lo que podría pensar al verlas deambular por las calles y yo, por llevar la mirada baja no pensé siquiera en ellos con voz, nunca se me ocurrió pensar que pueden sonreír y jamás imaginé que supieran decir: Gracias.

El eco que queda de ese ruido es que, lejos de pensar si merecen o no, me queda pensar en cuántas cosas tenemos, cuántas queremos merecer; esa la lucha constante entre querer tener como obligación y exigir lo que creemos que se merece. Ellos saben que su desayuno es un regalo y lo agradecen, no importa a dónde vayan o qué hagan después.

Mi trabajo fue levantar el número, recibirlos en la mesa, indicarles su lugar y hacer oración para bendecir los alimentos. Yo no sé rituales de bendiciones en la mesa ni oraciones recitadas de memoria; sé agradecer cada bocado como una fuerza especial para el cuerpo, el espíritu y el alma. Sé que cada plato de comida tiene antes un recorrido, que quien cocina deja en la comida un gusto y una alegría para que los demás se alimenten de ello.

Al llegar ellos a la mesa lo primero que pregunté fue: ¿Trajeron una sonrisa? Al estar acostumbrados a la oración de rutina y no escuchar lo de siempre, los seis de cada mesa me miraban al mismo tiempo y sonreían. Vi sonrisas desdentadas, otras de bocas cicatrizadas, de labios partidos casi tristes y eso sí, todas ellas llenas de luz. La sonrisa la pedí en cada una de las más de 30 mesas que me tocó atender, yo les agradecí a ellos que me regalaran su sonrisa y la oración, la oración fue diferente en cada mesa.

La anécdota que no podía faltar además de los ruidos: A una mesa llegó un joven que después de sonreír dijo: “— ¿y mi pastel? Creo que hoy es mi cumpleaños”, en ese momento pasaba la persona con la charola de pastelitos de colores, tomé el pan que él tenía en su lugar y lo cambié por el pastel con cubierta azul: “aquí está tu pastel, ¡Feliz cumpleaños!”  —le dije,  los compañeros de mesa le aplaudieron, él se rodeó con sus brazos y se dijo “feliz cumple dude”

Salí de ahí con la extraña sensación de haber hecho muy poco en relación a lo que se necesita. Hay tanto que aprender. Si a usted alguna vez se le olvida y se ha quejado suficiente, le recomiendo que vaya una mañana al Desayunador del Padre Chava o a cualquier lugar en donde haya personas que no le gusten, ellos le enseñarán lo fácil que es ser agradecidos y le recordarán lo sencillo que es sonreír.

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