De compras en Morelia para Tijuana

Una caminata por las calles de Morelia en visita a la querencia, a la tierra que formó otros recuerdos casi disipados...

13 de octubre, 2015

Una caminata por las calles de Morelia en visita a la querencia, a la tierra que formó otros recuerdos casi disipados, recorrer la calle desde Venustiano Carranza hasta la Plaza de Armas, oler las puertas viejas, entrar en las casas que guardan historias. La Casa de las Artesanías y el Mercado de Dulces, los Portales y el Jardín de las Rosas.

En la esquina del Correo voy a comer un helado sabor mamey combinado con zapote porque de esos no hay en cualquier parte, además con esos sabores el tiempo se transforma en rostros y risas de tantos que ya no están. Al regreso,  me sentaré junto a la fuente de Los Patos a saborear un gazpacho de jícama y pepino y observaré cómo ha cambiado la ciudad.

Quiero comprar las cosas que brillan, las que son huecas, las blancas, también las azules y además los dulces. Voy a comprar la tarjeta esa que tiene las luces amarillas de la calle. Voy a comprar el dos por uno en las plaquitas de cobre, un vaso o una taza, un llavero. Unas campanitas de plata que en verdad son de alpaca y brillan casi igual. Una cucharita con un tallado de la catedral. Un encendedor con un dibujito rojo, un caballito para tequila o charanda y un platito para no sé qué.

Un montón de postales de lugares extintos que están opacas, fotografías en color sepia de señores que no conozco y que me recuerdan a mi abuelo, el que no conocí. Un paquete de papel picado anaranjado y amarillo con la misma figura; pienso en adornar una mesa cualquiera. El florero de barro de muchos colores con figuras de alguien y relleno de alcatraces de colores vivos y exagerados.

Busco charamuscas que parecen feas ahora y huelen a piloncillo viejo, un trompo y un balero. Unas tablitas unidas por un listón que se desdoblan, suben y bajan. Una caja de madera cruda de la que sale una serpiente con un clavo como lengua y que pica los dedos cuando se abre. Una campanita de cobre blanco y rojo que suena suavecito, tilín, tilín.

Voy a caminar otras cuadras mientras arrastro los dedos por las paredes de cantera rosa. No voy a hablar  ni voy a pensar, voy a sentir que la calle es de esponjas. Voy en silencio entre los ruidos y ruidosa yo entre el silencio.




Pensándolo bien y con éste ruido y éste silencio incongruente me detengo a ver que de nada servirán mis compras absurdas, que nada de eso quiero porque ya lo imaginé todo en el fondo de un cajón.

Sé desde ahora que ni las plaquitas de cobre las voy a colgar y que jamás exhibiré el florero cargando los alcatraces que se decolorarán a la primera luz de sol. Que a donde voy nada de lo que presuma será suficiente para que lo vivan los de allá. Las tablitas esas de madera que se desdoblan acabarán en la basura el día después de la limpieza, nadie tomará charanda en el caballito de vidrio y la cucharita con la catedral jamás será usada.

Si lo pienso bien prefiero doblar ésta calle por la que ando, meterla en mi morral con todo lo que hay en ella, los ruidos y los silencios, los sabores y los aromas. Cuando regrese a mi lugar la desdoblaré igual que las tablitas y caminaré por ella una y otra vez con los demás, con los que no conocen y los llevaré detrás y enfrente de mí, caminarán por la calle y rozarán sus dedos sobre la cantera rosa, escucharán los sonidos de la historia igual que lo hice yo.

Al final, compro solo la campanita y la calle no la pude acomodar en el morral. Regreso con la imaginación cargada, los demás no saben lo que pasa dentro de mí cuando recorro ésta y todas las calles de la Morelia que me vio nacer.

Será como muchas otras cosas que comparto con nadie porque nadie sabe de Morelia y las cosas que me dice cuando estoy cerca. Y pensándolo aún mejor me quedo con mi recuerdo, con el sabor de la nieve de mamey y de zapote, con mi memoria, con mi campanita de cobre que suena suavecito tilín, tilín y con mi Calle Real en el corazón.

De regreso en alguna calle de Tijuana sonaré la campanita, con suerte tenga magia y ahuyente por un rato la violencia y el enojo diario de la gente.

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enero 1, 1970

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