Caligrafía

Como muchos, fui niña de colegio de monjas en donde la lectura, escritura y la ortografía eran prioridad.

2 de septiembre, 2016

Como muchos, fui niña de colegio de monjas en donde la lectura, escritura y la ortografía eran prioridad. Además de cualquier otra materia, la tarea siempre incluía planas completas de caligrafía, gusanitos, espirales, círculos y zigzags en una libreta de doble raya, tenía renglones que servían para marcar el tamaño de las letras mayúsculas y las minúsculas, así como la altura de cada uno de los dibujos; la letra manuscrita o cursiva y la de molde o script debían estar perfectamente alineadas en esos renglones.

Después, vino la lectura de comprensión, la ortografía y la redacción en ese orden, había que comprender lo leído, con ello, la ortografía se convertía en objeto de estética, si se ve mal, está mal escrito. Con la lectura de comprensión y la ortografía venía la redacción, con la misma historia o cuento leído había que hacer un resumen a manera de explicación; así, las letras y la comprensión se hicieron parte importante para cumplir con las demás materias.

Nunca fui una estudiante de excelencia y jamás estuve en el Cuadro de Honor, aunque haya ganado concursos de ortografía y redacción. Los exámenes mensuales no fueron de diez y muchas veces pasé con seis, qué pena, de panzazo; lo mejor es que mis tareas elevaron por promedio, la calificación casi roja y por tareas bien hechas, nunca reprobé materias ni cursos.

Lo mejor de la escuela, para mí, eran las tareas, sobre todo las de investigación, que para muchos era solo la compra de una monografía, una bibliografía o un mapa; copiar el reverso de las estampas del personaje histórico y pegarlo en una cartulina, comprar un mapa con división política o sin ella y dibujarlo de acuerdo a lo que pedía la maestra. Comprar una tabla periódica y aprender de memoria los elementos químicos o comprar una cartulina y pegarle cuanto mono cupiera, adornarla y entregarla para concursar en el periódico mural.

No recuerdo si mis tareas algún día merecieron ocupar un lugar en el periódico mural, un corcho grande colgado en el pasillo del colegio en donde se exhibían por semana, los mejores trabajos de las alumnas; lo que sí recuerdo es que muy rara vez pedí que me compraran monografías, bibliografías o mapas y mucho menos copié los datos del reverso en mi libreta.

En casa, había una cantidad considerable de libros en los que encontraba información más extensa que la contenida en las estampitas; como nunca supe dibujar rostros, los calcaba con papel carbón en las hojas de una libreta y después calcarlo en la cartulina.




Para las tareas de geografía, utilizaba el Atlas Mundial, un librote de mapas gigantes con datos hasta de la más recóndita isla del planeta; esos, de ese tamaño, los calcaba en papel albanene con tinta china y los iluminaba, esparciendo con un algodón, el polvo sacado de la punta de los colores con una navaja.

Las tareas de matemáticas eran de salón, imposible para mí resolverlas sola, entre preguntas y copiadera casi salían hechas del colegio, ya después, en casa trataba solo de analizar y comprender, como en la lectura, el porqué del resultado en los problemas.

Hoy, mi letra no es la que hacía en la escuela y mis libretas están llenas de notas rápidas con caligrafía que a veces no entiendo. Cuando trato de hacer aquella letra de los concursos me doy cuenta que tanto uso del teclado en los aparatos electrónicos la echó a perder. Compré, hace poco, una libreta de doble raya y empecé a hacer caligrafía otra vez porque la letra cursiva sin separarla se ha hecho fea, “la letra cursiva siempre va de la mano y la de molde, va una por una, como la fila para entrar al salón, tomando distancia” decía la madre Armida en segundo de primaria.

Así como la libreta de doble raya usada en primaria y adquirida en este tiempo de letra de “patas de araña” también la comprensión, la redacción y la investigación se vuelven parte importante del estudio por necesidad y curiosidad, porque en estos tiempos, parece que nada de eso parece ser primordial.

La caligrafía entonces, es el gran recurso para tener una letra bonita y legible, para desaparecer las “patas de araña” decían los maestros. La lectura, el recurso para la comprensión de las cosas, la ortografía es la imagen de quien escribe y, todo junto, la elegancia en la educación que cada uno muestra por medio de la comunicación escrita.

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Como muchos, fui niña de colegio de monjas en donde la lectura, escritura y la ortografía eran prioridad.

enero 1, 1970

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