Al final de la vida

En realidad no tengo ganas de decir ni de escribir nada. (Pero me las aguanto…) Solo quisiera estar sentado en una vieja silla de playa,...

17 de febrero, 2016

En realidad no tengo ganas de decir ni de escribir nada.

(Pero me las aguanto…)

Solo quisiera estar sentado en una vieja silla de playa, en el Revolcadero, como cuando era niño.

Sentado, en silencio, con un buen libro y mis recuerdos; el espejismo de mis hijos jugando tan tranquilos… como si nada; como sin decepciones ni distancias…

Soy un hombre al final de la vida; en la recta final, que bien podría ser larga.

El fuego de mi vientre me engaña;




Todo me asombra igual que cuando niño;

Muchas cosas me indignan;

De muchas me arrepiento;

Mi madre tenía la razón cuando decía, que no me preocupara; que cuando llegara la hora del espejo, conocería la contrición.

Pero también he aprendido, (¡yendo a Misa!), que cada dia es un nuevo comienzo; tanto, como el pasado es una película que hasta se antoja ajena, y solo sirve como el desván de mi vieja casa: para revivir momentos gratos o encontrar cosas útiles.

El niño que me habita, y el joven que crepita en mis entrañas, protestan; se alebrestan como corresponde, y me contradicen, y me refutan, y me combaten, y se rebelan…

Soy un hombre al final de esta vida;

Dios, que es charro (y no charro sindical), se las ingenia para tirarnos del caballo, sin importar si vamos a Damasco como Pablo, o a Xochimilco a una barbacoa.

Si en verdad hubiera reencarnación, le pediría a Dios, (que sin duda es democrático), que me concediera una sola condición:

REGRESAR SIN HORMONAS.

En mi ya larga vida, todas las pendejadas han sido “gracias” a la testosterona.

Cuando era yo volcán (y no apagado, como el de José-José), pensaba que esta fiesta embriagadora duraría para siempre; todo sería Acapulco y Cuernavaca.

No anhelaba viajar.

Mis horizontes como los de la maceta, no pasaban del corredor de mi existencia sedentaria.

Mi gran aventura comenzaba en el Mercado de la calle de Medellín, cuando nos llevaban a comprar huaraches, para que mis hermanas y yo sintiéramos, desde la mismísima Colonia Roma, que la brisa del mar ya nos tocaba.

Como si en Acapulco no los vendieran.

Como si andar descalzos por Iguala, en la escala obligada del camino, nos fuera a tatemar como a Cuauhtémoc.

Soy un hombre al final de la vida.

En mi curriculum, el timbre de más gloria, consiste en el que me brinda mi más reciente encargo: Sacristán de la iglesia de este pueblo. (Unos dirían “la iglesia en manos de Lutero”… ¿y a mí que Lutero me cae bien?).

Siempre que “paso aceite”, mi lado luminoso (que lo tengo), me consuela diciendo que he sido afortunado; y estoy de acuerdo.

Las andanzas y las peripecias me han salido baratas.

Aparte de mi último accidente, que me dejo sin mi trabajo de albañil, y casi con la pata de pirata; estoy “completo”.

Si me anunciaran en “Segunda Mano”, dirían que no soy viejo, sino clásico.

Reconocerían que mi vestidura esta raída (la calvicie), pero original.

Los instrumentos de mi “tablero” dicen puras verdades…

La máquina funciona sin promesas.

Viaje a su propio riesgo.

Leo estas líneas como si las oyera.

Me visualizo como viejo necio, sentado en una mecedora (NO EN LA DE ALGUN ASILO), contando anécdotas sin importancia; esperando encontrar a alguien que descubra en el fondo de mis ojos, al joven que persiste y aun espera.

He vivido una vida como todas; pero pensando en Dimas; en la hora culminante que todavía no me llega.

¿Habré dejado huella?

No me importa si a la hora de mi muerte vuelan más zopilotes que deudos; si se cuentan más chistes que se vierten lágrimas.

Sé que mi mejor amiga; la amiga que no veo desde hace mucho; a la que ya no oigo, tendrá como siempre ha tenido para mí, palabras de disculpa; comentarios de encomio (reconociendo en su fuero interno, que era yo material de manicomio).

Soy un hombre de fe, en la antesala de las tres de la tarde, como aquel Buen Ladrón, colega, pero santo a diferencia mía.

Quería decir todo esto, porque la lluvia que hoy viene desde Asia, le da a estos bosques aspecto de Tailandia, con todo y el bochorno que te agobia.

Como yo ya no miento, y no quiero ni debo hacer promesas, en este punto, todo lo que anhelo, es sentirme de nuevo con tres años; cuando la Playa de Hornos era virgen (o casi); cuando vivía rodeado de cariños, y todos me veían, precisamente, como promesa.

Me imagino visto desde fuera; mientras quienes me observen se pregunten:

¿De qué tanto se ríe?

¿Y por qué llora?

Soy un niño al final de la vida.

Comentarios

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enero 1, 1970

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