Un mundo nos vigila, también el CISEN

Desde la portada del New York Times (NYT), en específico el reportaje del pasado 19 de junio, se ratificó con vehemencia...

27 de junio, 2017

Desde la portada del New York Times (NYT), en específico el reportaje del pasado 19 de junio, se ratificó con vehemencia lo que don Pedro Ferríz Santa Cruz nos advertía desde hace décadas, “inteligencias superiores” nos vigilan, nos observan y graban desde muy cerca. Estos modernos hombres de negro (principalmente de pasado y trayectoria) hackean los dispositivos móviles y las redes sociales de los periodistas mexicanos incómodos que investigan diversos temas relacionados con el ejercicio de gobierno, la corrupción, así como a defensores de derechos humanos, activistas sociales de políticas públicas tendientes a la transparencia, rendición de cuentas y hasta la vida privada de los hijos de periodistas, la vida alienígena y la vida alienada de todo ciudadano que consideren “peligroso” para México, según expone el diario estadounidense.

Tarde, como es característico del régimen, el presidente Enrique Peña Nieto salió a desmentir los señalamientos del NYT, al asegurar que en México no se espiaba a ningún periodista, defensor de derechos humanos o activistas por la transparencia, y que no existía ninguna prueba de que los ciudadanos presuntamente espiados, se hubieran visto afectados en su acontecer diario. Informó que la Procuraduría General de la República investigaría las denuncias presentadas, y que la tecnología que se tiene para intervenir comunicaciones, se utiliza exclusivamente para vigilar a los grupos delincuenciales y del narcotráfico que atentan contra la seguridad nacional. Remató diciendo que él mismo como presidente podría haber padecido espionaje, por lo que es cuidadoso en sus conversaciones y en los mensajes sospechosos que recibe en sus equipos de comunicación.

Pegasus es el nombre del programa espía, que infecta los teléfonos inteligentes de los sujetos a espiar, solamente es vendido a los gobiernos nacionales y estatales con la finalidad de vigilar a las organizaciones terroristas, grupos de la delincuencia organizada y del narcotráfico. Pero como en cada visión patriótica de cada época, los encargados de la “inteligencia” nacional utilizan esas tecnologías para amedrentar al adversario político.

Días antes del mensaje del presidente Peña, mediante un escueto comunicado, se negaron los señalamientos por espionaje al aducir que no existían “pruebas” del uso del programa cibernético Pegasus. El secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, señaló también que no se espiaba en México a periodistas, ante las protestas de reporteros de Sinaloa que le dieron la espalda mientras ofrecía su discurso, y quienes levantaron mantas para recordar el asesinato del periodista Javier Valdez y denunciar los nulos resultados en la investigación judicial. Resulta contrastante que José Murillo Karam, miembro del grupo político del secretario Chong, haya sido el encargado de comprar dicho spyware a la empresa israelita NSO Group.

Los casos de intervención telefónica, espionaje político y filtración de audios o videos tendientes a desprestigiar a los enemigos políticos en turno son tan viejos y conocidos, que por ser una tradición añeja, no deja de ser ilegal y sucia. Se recuerda esos “buenos tiempos” del final de los gobiernos revolucionarios, cuando la Dirección Federal de Seguridad (DFS) nos “protegía” de la amenaza comunista que pretendía desestabilizar los logros irrefutables de nuestras instituciones democráticas.

La DFS, abuela del actual Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), tuvo su etapa más “representativa” al frente del capitán Fernando Gutiérrez Barrios, a quien se le acusó de orquestar una represión selectiva en contra de los grupos “populistas” y desestabilizadores de la época. Fue nuestra versión “a la mexicana” del FBI, con agentes ideologizados como “tigres” guardianes de los logros de la revolución mexicana.

En una paradoja digna de Ripley, Gutiérrez Barrios, a quien se le denominó como la leyenda de la seguridad nacional, el hombre mejor informado de México, fue presuntamente secuestrado por una guerrilla del estado de Guerrero, y se rumoró que el líder del grupo Atlacomulco, el maestro Carlos Hank González, fue quien pago su rescate en el mes de diciembre de 1997.

En los tiempos de la docena trágica panista, el legendario organismo de seguridad, ya como CISEN (desde 1989), vino a menos en presupuesto y en su “mítico” personal a cargo, ya que a esta institución encargada de la seguridad nacional, se le vio como otra institución más del montón, a la que podía llegar cualquier funcionario para pagar algún compromiso de campaña. Con la alternancia panista, se despidió a mucho de su personal original, se reconfiguró la agencia de seguridad, para ser un centro de análisis, donde los mismos tiempos y tecnologías, transformaron las características de sus funcionarios y personal para ser ente más pragmático. No sin dejar de espiar a los políticos adversarios.  

En los tiempos de la globalidad y las redes sociales, se cumplió la ficción orwelliana de la novela 1984, donde la sociedad está vigilada por el gran ojo, y los espiados, a su vez pueden espiar a otros en una lógica surrealista. Aunque existe una sociedad libre, se reprime selectivamente a los políticos opositores, también se puede manipular cierta información. Los teléfonos inteligentes, consumidos de manera masiva, son el instrumento que la ficción imaginó como la herramienta que roba la intimidad personal, sin necesidad de implementar medidas coercitivas para dicho fin. Todo depende de la responsabilidad con que se usa cualquier tecnología consumida colectivamente.

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