El conflictivo Ricardo Anaya

Ricardo Anaya pasó muy pronto de ser el chico maravilla a una decepción...

6 de septiembre, 2016

Ricardo Anaya pasó muy pronto de ser el chico maravilla a una decepción, aquel que sorprendió con un vibrante discurso que pronunció en la Cámara de Diputados ante el embajador estadounidense Anthony Wayne -que lo catapultó a la escena nacional-, se ha convertido en un personaje conflictivo con alto grado de arrogancia.

Anaya se transformó de aquel joven inteligente, prudente, plural, de muy buenas maneras y con habilidad negociadora, ya con el escrutinio de todas las miradas puestas sobre él, en un personaje que hoy se percibe codicioso, ansioso, pero sobre todo muy ambicioso.

Pareciera que el poder y su perspectiva le cobró muy rápido la factura, no solamente porque pone en entredicho su capacidad, sino por su talante y comportamiento.

Anaya confundió su papel de organizador y conductor con el de protagonista, con una clara tendencia en busca de la candidatura presidencial; el dirigente panista abusó del uso de los spots institucionales, al igual que Andrés Manuel López Obrador, para lanzarse a lo que a todas luces es una estrategia de posicionamiento personal.

Sin dejar de lado la exageración con la que festejó los triunfos panistas del pasado 5 de junio en siete gubernaturas, lo que además de salir de contexto, dejó una impresión generalizada de querer adjudicárselos individualmente.

Anaya olvidó que hoy en otro tenor, el que se mueve y mucho, sí sale en la foto; de modo que alertó a sus rivales y se está ganando no sólo el rechazo de diversos grupos al interior de su partido, sino naturalmente también de los de sus competidores.




Muestra clara de ello son los conflictos que sostiene con Roberto Gil Zuarth y con su otrora mentor Gustavo Madero, quien a decir suyo, le incumplió el compromiso de designarlo presidente de la Cámara de Diputados, que en este período le corresponde por acuerdo de las bancadas a Acción Nacional.

Ni qué decir de lo que refleja el escandaloso audio dado a conocer recientemente en el que él queda de manifiesto, aunque el diputado Triana niegue su participación en la conversación, que la imagen de Anaya va en franco detrimento entre sus correligionarios y peor aún, ya hay varias conspiraciones en marcha en su contra.

El problema para Anaya no se circunscribe únicamente a debilitar su aspiración presidencial, sino que el asunto camina en otro sentido, porque con esta dinámica lo que pone en riesgo es al propio partido.

En política, los acuerdos y las alianzas son la base fundamental para sostener posiciones, vigencia y proyectos con futuro. Si por el contrario, se establece un estilo que va en contraste mediante las exclusiones y las imposiciones, irreductiblemente no sólo se debilita el liderazgo, sino que en consecuencia se elimina la perspectiva.

Lo que Anaya no está considerando es que en su calidad de presidente del partido, todo lo que haga o diga, infiere directamente en la imagen del propio partido, porque como su figura más representativa, se entiende que es él quien representa los valores o en su caso defectos de la institución política.

Aunque no se puede generalizar ni mucho menos pretender que Ricardo Anaya por su posición simbolice ni todo lo bueno, ni todo lo malo del PAN, la fuerza de su presencia sin duda incide en el público espectador, que será finalmente su objetivo electoral.

El otrora joven maravilla no está solo, Margarita Zavala por su lado hace lo propio y más de experiencia aprovecha los dislates de su rival, tanto para demeritarlo como presidente del partido, como su eventual contendiente por la candidatura.

La exposición de los conflictos en los que Anaya está involucrado son por descontado publicidad negativa para su causa y positiva para la exprimera dama, que independientemente de sus virtudes conocidas, al menos cuida celosamente no hacer públicas sus debilidades.

Según los últimos sondeos de opinión, si la elección para la candidatura panista para la Presidencia de la República fuera en este momento, Margarita Zavala tendría ventaja suficiente sobre Anaya.

De seguir las cosas en el estado en que se encuentran, a pesar del largo trecho que falta para la definición, la posición de Anaya seguirá debilitándose, sobre todo si además de popularidad pierde aliados al interior del partido.

No hay ninguna duda de que cuando el momento se acerque, los liderazgos panistas, los grupos y sus jefes, se inclinarán por quien esté más cerca de la nominación. En el PAN siempre ha quedado claro que los intereses están por encima de las lealtades, los intereses otorgan posiciones, las lealtades no.

Pero eso parece no importarle a don Ricardo, porque es evidente que su carácter y actitudes no cambian, a pesar de lo que deja como aspirante y por supuesto como dirigente del partido, al que finalmente le termina haciendo mucho daño, cuando su obligacion principal es protegerlo.

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Ricardo Anaya pasó muy pronto de ser el chico maravilla a una decepción...

enero 1, 1970

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