Amazon anunció ayer que eliminará hasta 30 000 puestos en las próximas semanas. Antes, el 29 de septiembre, Accenture, la consultora multinacional con sede en Irlanda, informó el despido de 11 000 trabajadores y Meta hizo lo mismo el 22 de octubre al despedir a 600 empleados de su laboratorio de inteligencia artificial (IA). Las tres justifican sus decisiones con el mismo argumento: la “eficiencia” que traerá la automatización. En realidad, se trata del inicio de una transformación laboral profunda donde millones perderán su empleo antes de que la economía genere otros que aún no existen.
El Foro Económico Mundial, en su informe Future of Jobs Report 2025, calcula que hacia 2030 se habrán perdido 92 millones de empleos en todo el planeta, aunque surgirán 170 millones nuevos. Eso suena bien, pero el desfase temporal entre los que se destruyen y los que se crean podría durar entre cinco y siete años. En ese lapso, millones quedarán sin trabajo estable, sin ingresos y sin posibilidad real de reubicarse.
Accenture lo demuestra: recorta personal en áreas administrativas, pero duplica su plantilla de especialistas en inteligencia artificial y forma a medio millón de empleados en nuevas competencias digitales. Es una reconversión masiva del trabajo hacia tareas de alto valor tecnológico. Quien no pueda adaptarse quedará fuera. Amazon reducirá oficinas, automatizará procesos y trasladará decisiones humanas a algoritmos. Meta, por su parte, reestructura su división de IA para concentrar inversiones en modelos más avanzados y rentables.
México enfrenta este cambio sin preparación. Más de la mitad de los trabajadores siguen en la informalidad, la productividad laboral es una de las más bajas de América Latina y la formación técnica no crece al ritmo que exige el mercado digital. Los sectores más expuestos —manufactura, servicios y educación técnica— ya muestran rezagos en capacitación y adopción tecnológica. Las universidades apenas comienzan a actualizar sus programas y los institutos tecnológicos carecen de presupuestos suficientes. Ni el Estado ni el sector privado han invertido para reconvertir a millones de empleados que pronto quedarán obsoletos.
Sin embargo, algunos pasos comienzan a darse. El presupuesto de egresos de 2025 destinó más de un billón de pesos a educación, ciencia y cultura, y la Secretaría de Educación Pública, junto con la CFE, inició un programa para llevar internet gratuito a miles de escuelas rurales. También se construirán nuevas preparatorias y universidades, y el plan “La escuela cerca de tu casa” busca que más jóvenes puedan continuar sus estudios sin abandonar su comunidad. Son avances modestos que exigen preparar docentes de alta calidad, pero necesarios si México quiere formar la base humana que le permita sobrevivir en la era digital.
La tecnología crea riqueza, pero también destruye empleo y amplía la desigualdad. La historia lo ha demostrado en cada revolución industrial. La diferencia ahora es la velocidad. México intenta mejorar su sistema educativo, pero sigue lejos de la economía digital. Sin una política industrial coherente, una estrategia nacional de innovación y una coordinación real entre Estado y empresas, el país no tendrá cómo competir. Ojalá no sea demasiado tarde.
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