En anteriores exámenes de admisión de la UNAM, apenas entre 2% y 3% de quienes lo presentaban alcanzaban 100 o más aciertos de 120 posibles. Esta vez el número subió a 16%, un aumento que no lo explica la casualidad ni una generación de jóvenes repentinamente más talentosa. Lo explica la irrupción de la inteligencia artificial (IA).
El comité técnico que la propia UNAM formó para revisar el asunto determinó que se realice un nuevo examen, presencial, para unos 58.000 estudiantes que obtuvieron puntajes fuera de lo común. Es una determinación acertada porque dar por buenos, sin más, unos resultados tan alejados de los habituales habría equivalido a dejar ingresar bajo sospecha a miles de jóvenes.
La universidad se preparó para aplicar el examen. Con tecnologías de hace 5 años diseñó un bloqueador de navegador y un sistema de reconocimiento de rostro, captura de pantalla, audio, video, seguimiento automatizado y revisión por personas. No fue suficiente para supervisar a cualquiera que tuviera una ventana abierta hacia un chatbot o un segundo aparato fuera del ángulo de la cámara.
Hace cinco años, universidades como Stanford u Oxford se preguntaban si valía la pena vetar que los solicitantes citaran Wikipedia en sus ensayos. Hoy la duda es distinta: ahora se preguntan si conviene bloquear herramientas de IA capaces de contestar, en segundos, un examen entero de opción múltiple.
El verdadero dilema no está en si la vigilancia de la UNAM fue buena o mala, sino en si un examen de este peso puede seguir presentándose desde casa. La IA resuelve ejercicios complejos, lee imágenes, sigue instrucciones habladas y responde en segundos. Sumar ayuda de un tercero o suplantación de identidad vuelve el reto en una cuestión de confianza hacia la institución.
Corregir el proceso también tiene un costo humano. No todos los que sacaron 100 aciertos o más recurrieron al fraude. Muchos pasaron meses preparándose y ahora deberán comprobar de nuevo algo que ya habían comprobado. Su enojo se entiende, pero un mecanismo que obliga a repetir la prueba a decenas de miles de aspirantes tampoco puede sostenerse frente a una desviación de 13 puntos sin explicación.
El asunto ya golpeó al gobierno de la UNAM. El pasado viernes renunció la Secretaría General, Patricia Dávila Aranda, la primera mujer en ocupar el cargo, horas después del anuncio del examen de control. El rector Leonardo Lomelí puso en su lugar a Javier de la Fuente, exdirector de la Facultad de Odontología.
Lo sucedido en la UNAM será observado por cualquier universidad que aplique exámenes importantes por internet. Volver a lo presencial, mezclar evaluación a distancia con verificación física o replantear las preguntas para que la IA pierda ventaja son algunas de las rutas que empiezan a discutirse.
La IA no dejó obsoleta a la educación superior. Dejó obsoleto un modelo de evaluación pensado para una época en la que el aspirante estaba solo frente a una hoja en blanco. Ya no se trata de frenar que los estudiantes recurran a la IA, sino de construir exámenes que sigan teniendo sentido aunque la IA siga ahí.
La UNAM es la primera universidad mexicana en documentar públicamente este problema. No será la última, siempre que las demás reconozcan abiertamente una falla similar en lugar de esconderla.
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