Donald Trump llegó por segunda vez a la presidencia de su país tras una campaña en la que prometió lo posible y lo imposible. Hoy cumple un año en el poder, tiempo en que se ha dedicado a cuatro temas: aranceles, migración, guerra cultural y política exterior. Casi todo lo hace mediante órdenes ejecutivas, muchas de ellas ilegales y anuladas por los tribunales. Su discurso promete una nueva edad de oro para Estados Unidos, pero el dato mata el relato: el país crece a tropezones, el costo de vida sigue apretando a la clase trabajadora y la estabilidad institucional se deteriora.
En lo económico, sus palabras triunfalistas no resuelven las dificultades. La recaudación por aranceles se disparó a 264,000 millones de dólares el año pasado y los aranceles promedio ya rondan entre el 15% y el 20%, niveles no vistos desde antes de la Segunda Guerra Mundial. El dinero entra a las arcas, pero significa precios y costos más altos. Trump sigue diciendo que “China paga”, pero eso no es cierto: pagan consumidores o empresas, y al final el golpe se siente en el bolsillo.
A lo anterior se suma su promesa rota de enviar cheques por 2,000 dólares financiados con los aranceles. Y el déficit federal se mantiene cerca de 1.7 a 1.8 billones de dólares, muy por arriba de lo que pronosticó. Vendió los ingresos arancelarios como la solución mágica para todo: reducir deuda pública, recortar impuestos, subsidiar sectores y aliviar el costo de vida. Otra mentira.
Mientras tanto, el desempleo subió al 4.4% y la creación de empleo se concentró en salud y asistencia social, no en las industrias que, según él, ya despegaron gracias a él. La inflación anual ya no está en los picos de 2022 y 2023, pero los precios se mantienen muy por encima de los niveles prepandémicos. Los alimentos, sobre todo los importados, siguen encareciéndose, y la vivienda y varios servicios continúan al alza. Por eso pierde popularidad: aumentan los decepcionados y enojados, y la palabra “fracaso” ya asoma en encuestas nacionales.
En lo institucional, la promesa de “drenar el pantano” se convirtió en una guerra contra el “estado profundo” y en intentos por politizar la burocracia, presionando a la justicia y la seguridad. A su base MAGA le encanta, pero los votantes de centro ven cada vez más caos. De ahí que su aprobación oscile entre 39% y 42%, y la desaprobación ya se ubique entre 55% y 56%.
En el frente externo tampoco llegó la paz instantánea. Ucrania sigue siendo una guerra de desgaste. Gaza sigue destruida. A cambio, se impuso su estilo transaccional: presionando a aliados, golpeando con aranceles y tratando acuerdos y tratados como fichas de cambio.
Para México el cambio es evidente: el T-MEC sigue, pero bajo condicionalidad permanente. Migración y fentanilo son las palancas para amenazar exportaciones de vehículos, alimentos y cualquier sector que se le ocurra. En el mundo de Trump, cooperación es sumisión. Y, por ahora, la amenaza arancelaria seguirá sobre la mesa porque le funciona políticamente, aunque sea tóxica para la planeación y la inversión en México.
En su primer año Trump ha demostrado que solo gobierna para dominar el escenario, aunque eso encarezca, polarice y desgaste instituciones y aliados.
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